EN VIDEO (Cuento)

 

EN VIDEO

“Cada uno según el don que ha recibido, minístrelo a los otros, como buenos administradores de la multiforme gracia de Dios”

Primera Epístola de San Pedro Apóstol, 4:10

 

            Ya que estaba de pie sirviendo una buena cantidad de vino en la copa de Jeremy, Andrew le preguntó a éste:

            —¿Quieres más vino?

            —Sí, por favor -respondió Jeremy. Tosió.

            Cuando se conocieron, Andrew vio en Jeremy alguien agradable.

            —Bonito taller.

            Se encontraron en el taller automotriz de Jeremy.

            Andrew, dos días antes, había decidido navegar por internet buscando una videocámara y una videocasetera, ambas de modelos específicos y muy raros en el mercado. Encontró en un mismo usuario tanto una como la otra, y quiso conocer a esa persona. Jeremy accedió, y le dijo a Andrew que pasara a su taller, para efectuar la compra de modo presencial y presentarse.

            —Todo es lo mismo, en un mismo sentido, en un mismo modo, con un mismo resultado —dijo Andrew al sentarse después de servirse también vino. Era un hombre maduro, un tanto corpulento, que cuidaba su piel y pintaba su cabello de un negro espeso, intimidante, llevado en un peinado extraño que hubiera podido ser el de un monje. Sin embargo, su gusto era una cuestión indudable, oscuro y elegante señor resultaba

            —Por eso me atengo a las enseñanzas de Jesucristo. Si, como dices, las cosas no varían, mejor que las cosas se mantengan según la Creación del Padre —dijo Jeremy.

            —Ah. Interesante. Interesante, interesante, Jeremy. La información que produce al capullo —como un videocasete dentro del reproductor, extraído como mariposa después de su pupa, de su video siendo grabado, o bien, siendo reproducido. El casete lleno de cinta magnética, la forma final de la imagen. Pensó Andrew—. Claro que, eso verán tus hermanos en tus videos. Tu verdadera alma, Jeremiah. ¿Sabes? yo no fui aceptado por Cristo…

            —¡Ah, venga, Andrew, no digas eso…!

            En el taller, Jeremy le había hablado a su comprador de Cristo.

            —¿Es nuestro Salvador? Sí, sí es nuestro Salvador, Él es Jesucristo —le dijo muy serio pero con completa calma a Andrew, ya que entablaban una buena conversación sobre religión.

            “Gracias, hermanos, esta es una nueva tarde que concluye con nuestro hermano Jesucristo, Hijo de nuestro Dios y Dios en la perfección con Él…”, decía, sobre un escenario, al micrófono, Jeremy, en un video de su iglesia, donde era pastor, interrumpido por los vítores que hacía la audiencia a Jesús el Rey… “Gracias. Gracias y… Gracias y festejemos con un nuevo aplauso y un `¡Te siento, mi Dios!´ al Espíritu Santo”, a lo que la congregación respondió:

            —¡Te siento, mi Dios!

            —¡¿Te siento, mi Dios?! —respondía Jeremy antes de dirigir el micrófono al público, que respondía:

            —¡Te siento, mi Dios!

            —¡¿Te siento, mi Dios?!

            —¡Te siento, mi Dios!

            En unos cuantos años, su iglesia, que formaba parte de una organización cristiana que incluía más de ciento cincuenta iglesias como la suya, era la encargada de dirigir la videograbación de eventos a través de varios estados, así como asistir en todo momento a grabaciones de alabanzas y prédicas. Con los años, todo se tornó digital, pero Jeremy era un experto en el arte del videocasete y se volvió algo cercano a un coleccionista.

            Andrew tenía una sonrisa, en su gruesa boca, delicada pero aguda, cuando, antes de dar un trago a su copa, le preguntó:

            —¿Qué es lo que haces todavía?

            Jeremy notó la insinuación perversa en la manera de Andrew de ver el Video, en su pregunta que significaba cómo Jeremy se las ingeniaba para producir un video con una cámara de mano y su videocasete, en estos tiempos en que sería como transportarse en carreta. Sin embargo, se había tropezado en su vida con hombres mucho más malignos que aquel adinerado hombre excéntrico que quizá usara su equipo con fines pornográficos.

            —Lo cual es cierto, Jeremy. Es cierto.

            —¿Lo es?

            —En el sótano, pequeño amigo.

            Jeremy parecía un tanto decepcionado, a pesar de esperarlo. Luego de decirle a Andrew que él usaba su par de cámaras favorito y su equipo de edición para grabar y editar videos con fines religiosos, en cambio, en efecto, pensó Jeremy, él lo usa para eso.

            —No es exactamente pornografía. O, bueno, ¡no lo sé! Para mí, que tengo entendidas tantas cosas con respecto al arte y a la comunicación, es también difícil. Quizá no es pornografía.

            —Si me dices que es arte, Andrew, creo que es porque te conozco ya, mi amigo. Arte erótico ¡¿cierto?! ¡Ja já, viejo pillo! Eso no creo que te lo prohíba el Señor —dijo Jeremy.

            —No. No es arte. O, bueno, ¡no lo sé!

            Andrew terminó, después de no ponerse de acuerdo en qué tanto es pornográfico todo lo que no sea más que sexual o qué tanto el arte puede ofender o curar o fallar o tantos otros cuestionamientos, por decir, simplemente, que abajo, en el sótano, todo se resumía a:

            —Horrores.

            Y:

            —Obscenidades. Justo debajo de nosotros.

            Jeremy miró mecánicamente hacia el suelo. Vio sus zapatos, la alfombra.

            —Bromeo —rio Andrew—. No estamos sobre el sótano. Pero es lo que hay ahí. Horrores y obscenidades que he producido y que sigo produciendo.

            —¿Tienen alguna razón de ser? —preguntó Jeremy.

            —Por supuesto que la tienen. En un principio, uno diría que por lo tanto no es pornografía… ¡pero la pornografía tiene también una razón de ser! —dijo Andrew riendo otra vez.

            —Sí, de acuerdo, pero dejemos ya atrás esa disertación. Esos horrores, esas obscenidades…

            —Son lo peor, Jeremy; no tienes que insistir. No lo hago por Dios, eso sí. Eso podemos decirle. Lo hago por la belleza de ello ¿sabes? ¿esa pureza de la imagen magnetizada, henchida, sonora? Por dibujar las cosas. Las cosas horrorosas y obscenas. Es una forma de dibujar. Creo que es una exageración, pero no una mentira, lo que está en el video. Es un tanto horroroso y obsceno él mismo ¿no crees, Jeremy?

            —“Obsceno” y…

            —“Horroroso”

            —Okey… “Obsceno” y “horroroso”. NO. No veo al Video como obsceno ni horroroso. Es como decir que el maná estaba sucio o mal preparado. Es lo que es. Es la imagen de su número en el Libro. Es una impresión. Yo veo lo que los católicos ven en sus altares cuando practican la consagración de la Eucaristía, en la pantalla de un video bien grabado: ¿Cuál es el secreto de un video bien grabado? Grabar algo que sea de Dios. Usted, quizá, decida hacerse su propia versión de lo que es un hombre que juega a ser Dios para sí mismo. Los hombres que quieren ser Dios para complacerse hasta el hastío, no para terminar con la pobreza o la enfermedad que no sea la de ellos mismos.

            —Pero Él me perdona.

            —¡Él te perdona, sí! —asintió Jeremy—. Claro que te perdona. A Él no le importa que juegues a ser tú mismo.

            Esta vez Andrew sintió una pequeña molestia que le causó un ligero parpadeo en un ojo.

            —Yo no lo hago como un juego.

            —En cierto sentido, tal vez sí.

            —¡Por favor! Lo que hago quizá sea un exceso. Todo eso guardado ahí abajo. Es más: ¿Y si tengo un estudio de grabación allá abajo también?... Una cama, una mazmorra, ¿qué podría ser?

            —Un juego más, Andrew.

            Jeremy no intentaba contrariar a Andrew, hacerlo molestarse. Más bien, consideraba que se relajaría, de un momento a otro, por el resto de su vida, si le escuchaba hablar del perdón de Dios.

            —Si lo fuese. No lo es.

            La edición de un video en particular. La última conferencia del pastor Roger.

            Al contrario…

            —Al contrario, Jeremy —le dijo Andrew conduciéndolo de vuelta a la sala.

            Estaban en su casa, a donde Andrew invitó a Jeremy a cenar al día siguiente, aquella tarde en el taller.

            —Al contrario. Porque mi vida es eso. Esto. Ello. Él. Como lo quieras llamar. Si es un juego, mi vida es un juego. Pero mi vida es algo serio. Mi vida es una adicción. Mi vida es un exceso. Y una adicción es lo más serio que puedes imaginar en la vida. Nunca cesa. Nunca se va. Permanece. Sólo la muerte se la lleva lejos. Y yo…

            Jeremy miraba, sentados ya en un sofá, el rostro de Andrew, hablando de su más oscura afición. Si no tuviera “horrores” y “obscenidades” allá abajo… de cualquier manera, también sería una situación bastante oscura que estuviese diciendo que los tiene.

+++

 

            Ella sólo recargó su cabeza, rubia y con el cabello arriba de los hombros, de un rostro delicado y dulce, sobre sus rodillas dobladas, sentada ante la ventana. Una lágrima cayó sobre la tela de su falda desde su pómulo.

            —Seguir aquí, sin Papá… sin Mamá, con estos problemas, Jerry…

            —¿Aquí? ¿Dónde, Jenny? ¿En un mundo de divorcios y de abortos?

            Ella levantó su cabeza. Con firmeza le dijo:

            —Eres muy severo conmigo, Jeremiah.

            —Soy tu hermano, Jenny. ¿Qué quieres que haga? Ni siquiera me dejas que te hable del modo en el que no soy ese tipo “severo” del que me está hablando mi pequeña hermana contigo.

            —¡¿Para que juegues a ser Dios?!

            Él recordó. Andrew.

            Andrew y su juego a ser Dios.

            —No estoy jugando a ser Dios cuando hablo de Dios como de un Ser Supremo que me permitió sobrevivir una familia…

            —¿Una familia qué? ¿Somos una familia qué? —le instigó Jennifer.

            —Mira, mejor calmémonos, Jenny ¿sí?

            Sus ojos estaban llenos de lágrimas otra vez, y su pequeña cabeza rubia, de un lado hacia otro, daba una negativa.

            —No. “Mejor calmémonos” no. Somos una familia…

            —¡Caótica! Una familia caótica, como familia y como personas ¿okey? Eso es lo que son… Eso… ¡es lo que son! Un caos.

            Jennifer sonrió despectivamente.

            —Ni siquiera te entiendo.

            —Tal vez por lo ebria que estás.

            Jeremy sabía que Jennifer jamás se volvería cristiana, sólo por el miedo a cambiar su estilo de cabello. Y su cabello ni siquiera era lo que más le importaba a su hermana. De hecho, dentro de lo vano de su belleza y de sus movimientos, había una persona intrigada por el mundo y la vida desde que era la más pequeña mujer. Si, en cambio, la única razón para Jennifer por la cual no abrazaba la religión de Cristo fuera ese peinado, Jeremy sabía que ganaría la batalla. Pero no era sólo el pelo, eran las palabras, el perfume, las amigas, cada hábito. Hasta su marido, en realidad.

            —¿Qué hay de ti? —ella le preguntó, aún con cierto desprecio—. Tu vida en tu iglesia… En esa iglesia donde todos los feligreses llevan una vida sexual plena gracias a la monogamia que se imparte en las invocaciones al Dios de los Evangelios por hombres como tú. Más jóvenes que tú. Pero tú fuiste joven

            —¡Te siento, mi Dios!

            —¡¿Te siento, mi Dios?!

            y eras esa clase de… De espécimen —concluyó Jennifer—. Ese espécimen que te lleva al Cielo como ser vivo y como mujer, esa creatura luminosa, antropomórfica, fálica y caucásica, que habla con Dios y sabe qué hacer en todo momento y situación. Ese ser, ¡ese puto ángel eres tú ¿no, imbécil?!

            —En cierto sentido, sí lo soy, Jennifer. En caso…

            —Ay, vete a la mierda, perdedor…

            —En caso de que fuera una burla, no, estás equivocada, porque sí soy oveja de mi Pastor, linda ¿de acuerdo? No es una burla que Dios…

            Jennifer se levantó y comenzó a buscar sus zapatos.

            —…me haya bendecido en cuanto tomé ¡Su Sabiduría y Su creación! como parte de mi vida.

            —Lo que sea, idiota —respondió Jennifer buscando sus zapatos en la alfombra.

            La vio alejarse por el camino de piedras, en su auto. Jeremy, su esposa y sus hijos vivían alejados de la ciudad.

            Ebria. Estaba ebria. Se fue manejando ebria. Olía a eso. A licor dulce, caliente; a divorciada. Una divorciada ahora aún casada pero próxima a divorciarse de nuevo. Guapa, educada, esbelta, triste. Demasiado lista para ser una chica tonta. Porque tonta, tonta no era.

            Jeremy no había aceptado los videos que Jennifer tenía de Papá y Mamá.

            —No me sirven.

            —Pero ¿para qué los quiero yo, dime? Tú eres el fenómeno de los videos, no yo.

            —Sí lo eres.

            —No.

            —Sí.

            —¡Tú sabes a qué me refiero! Videos de casete o como llames esa puta basura.

            —Lo que sea. Gracias, pero no me sirven.

            Y Jennifer lo miró con esos ojos redondos y tristes. Lo juzgó con su globo ocular húmedo, pequeño y violento.

            —¡Eres un desgraciado!

            Era un desgraciado, continuó, porque, entonces, siempre mintió a Papá y a Mamá diciéndoles que los amaba.

            —¡Oye, Jennifer, eso no es lo que estoy diciendo, que no los amaba!

            Pero nunca, jamás, su hermana creería que él, Jeremy, intentaba de todo corazón y, además, era buenísimo en eso, ser amable con el prójimo. Amable o más que amable. Lo que fuera. Lo que pidieran Cristo y Roma. Lo que él sabía que podía dar.

            Sin embargo, no, no quieres a Papá, no quieres a Mamá, ahora que están muertos.

            —Sólo digo que mi colección es de videos de alabanza. Nada más.

            Andrew no pudo evitar reír frente a su taza pequeña de espresso, en un lindo café cerca de los suburbios.

            —Pero también guardas videos de tu familia, bueno, de la otra familia. De tu esposa, de tus hijos; cumpleaños, vacaciones, escuela, etcétera. Jeremy… Tú tienes tus propios horrores y obscenidades escondidos en tu videoteca, amigo.

            Andrew parecía estimulado por la idea, mientras Jeremy se decía, como siempre, que su interlocutor no hacía otra cosa que jugar un juego oscuro.

            —Los videos de tu vida.

            —Mi vida es la iglesia. Los cumpleaños son ahí.

            Andrew miró fijamente a Jeremy.

            —¿Todos y todo? ¿Fiestas, secretos?

            Jeremy sonrió. Andrew pudo ver sus dientes macizos y blancos.

            —Pues ¿quieres saber algo?

            —¡Sí!

            —Después de la cena en tu casa, con el vino…

            —¿Ajá…?

            —En la noche —Jeremy sonreía casi riendo—, en la noche, te lo debo confesar, le pedí a mi mujer hacer un video de los dos juntos, como cuando oramos y…

            —¿Y hacen el amor?

            —Sí.

            —¿Hacen el amor orando?

            —Todo lo hacemos con Dios y orando.

            —Vaya… —dijo Andrew, atónito.

            Se habían grabado. Reían. Una Biblia abierta rebotando sobre las sábanas desordenadas y opacas.

            Pero era eso ¿no? Le pidió Andrew a Jeremy que no mintiera.

            —Videograbas a tu familia. ¿El día que llegaron los cachorritos?

            Sí. Era cierto. Al grado, incluso, de tener ya en videocasete la ocasión en que su niña, la mayor, recibió su teléfono móvil. Pero, sí. La perrita Luna. Era cierto. Desde que llegaron las cámaras digitales, en las iglesias grababan con el mismo teléfono móvil que le regaló a Sara. Desayunos. Días de campo. En videocasete.

            —¿Cómo lo tomaría tu hermana? ¿Cómo algo malo en ti? Algo bueno en otros, pero malo en ti. Porque eres un hombre de Dios. Debes estar videograbando a Dios, no a tu familia. A ellos no. No señor ¡¿por qué?!

            Con las suites para cello de Bach, la videocámara toma a la esposa de Andrew metida ya en la cama, bajo las brillantes sábanas y con una ligera mascarilla. “¿Crees que Jeremy nos considere malas personas?”, se oye la voz de Andrew. “Jeremy ni siquiera me conoce, tontito”, contesta la mujer a la cámara. “¿Nos quiere salvar?”, dice Andrew acercando la toma a su mujer. “Es tarde para hablar de extraños, Andrew”. “Estás en primer plano, mi amor… Dime, ¿qué piensa de ti un hombre del Señor?”

            —Es un pecado en ti, para ella.

            Jeremy optó por reír, pero sin que pudiera parecer que él no creía, pues lo hacía esta vez, en la seriedad de Andrew.

            —¿Tu padre? ¿Te consideraba un pecador al ser su hijo el cristiano demente?

            —Sí —Jeremy tuvo que aceptar. Era ahora él el que jugaba. Jugaba a ser el Hombre—. Mi madre no, pero, lo que era peor, me consideraba una especie de ser debilucho e impotente. Trataba a mis hijos como los hijos que tuviera mi mujer con muchos esfuerzos. Mi mujer cristiana. Pero como si sus nietos no fueran hijos de mí, un pusilánime, un…

            —¿Un marica?

            —Algo así.

            Andrew se dio cuenta de algo mientras daba el primer sorbo a un espresso más, lo cual le provocó un placer doble que le hizo emitir un ruidito de satisfacción.

            —Pero tu padre ¿era uno de esos seres sobresexuales para un niño? Muchos padres son así. No tendrías por qué sentirte mal. ¿Él era así contigo? ¿Sobresexual?

            Los videos de su madre, de su padre. De Mamá y Papá. Y luego entraba al cuadro Jennifer, aún una jovencita, como una princesa de cristal cortado británica, con ellos, tibios, ordinarios, trabajando para ella y él, los hijos, sólo porque así podrán pagar todas las hipotecas. Dos pequeños ogros que no verán, hasta la vejez, la ciudad de tan alto o los zapatos de cocodrilo del primer marido de Jennifer tan fácilmente. De vez en cuando sí, claro. Ellos educaron a esos dos hijos. Ellos gastaron millones en esos dos hijos. Ellos han visto a donde se dirigen esos dos hijos.

            —No. Yo diría que sólo era un hombre grosero. Altanero.

            Papá, hecho un anciano, lo abraza sentado, Jeremy de pie. Papá ríe de contento.

            —Contento de tenerte ahí, Jerry —le recrimina Jennifer, pues ha visto los videos—. ¡Los videos que no quieres! Los videos que no quieres porque Papá y Mamá se cuelgan de tu brazo con devoción, Jerry, emocionados, ¡amándote, desgraciado!

            En esos videos que no quieres.

            Jeremy la observa, recargado en el marco de la puerta de la cocina, con los brazos cruzados.

            —Dámelos, entonces. No recordaba que tuvieran mucho qué ver conmigo.

            —Pero… —lo interrumpió Andrew—. Recordemos que tu padre… ¿Alguna vez te golpeó, Jeremy?

            —¡No! —se apresuró a aclarar Jeremy—. Pero siempre me hizo sentir mal con respecto a mí mismo.

            ¿Se lo digo? Si le digo que su padre besa su mano en los videos de su vejez, es porque su padre se arrepintió del daño que le hizo.

            —¿Y por qué no habrías de decírmelo?

            —Quizá fuiste… ¿Cómo te llama tu hermana?

            —Idiota, Andrew. Mi hermana me llama idiota.

            —Severo. ¡Tú fuiste severo, Jeremy!

            —No, según las Escrituras no fui severo.

            Caer de las alturas del bienestar humano al tormento del martirio o al tormento del castigo. Andrew esperaba que no. Tenía unas imágenes hermosas de arte renacentista en Italia. Ricos que fueron pobres, libres que fueron esclavos… Tu Dios, que se hizo diablo. En ese videocasete era así. Lo miraba con una copa de vino blanco, seco, frío, y un poco de galletitas con paté.

            —No eres severo conmigo. Porque nunca me has dicho que me iré al Infierno, sé que no eres severo conmigo —le dijo Andrew, mirándolo con cierta profundidad curiosa.

            Jeremy, al notarlo, entendió a qué venía el comentario, aparentemente ingenuo, de Andrew.

            —Sabes que yo no estoy lo suficientemente seguro de lo que sucede en tu vida, Andrew, para saber si vives en pecado o no. ¿El Infierno? No, no creo que lo merezcas más que el perdón del Señor en la Cruz. Eso es lo que pienso. Pero… —Jeremy fue quien ahora quiso ver en Andrew. Lo miró fijamente y, sonriendo, continuó— Es difícil ignorar lo que no pongo en duda que has producido en el sótano de tu casa, viejo. Aunque imagine algo que para la Ley de Texas o de Tennessee o de Berlín sería permisible y recomendable socialmente, es algo que sé… que tú ves como horrores y obscenidades… Quizá el pecado no sea el acto, sino el sentimiento.

            Inclusive gritos, sí. ¿Entre esos videos, gritos? Sí. Sangre. Tetas. No crímenes, sino escenas del crimen. No violaciones, sino perversiones. Horrores y obscenidades. Grabados y editados de manera muchas veces estilizada, otras veces no tanto. Y aunque no era el veinte por ciento del contenido de su videoteca lo que salía de ahí, sí tenía un estudio de videograbación con una cama y un pequeño cuarto estrecho de ladrillo y sin ventanas.

            —Déjate de tonterías ya, Andrew. ¡Déjate de juegos, hermano!

            —¿No lo entiendes? —le preguntó, fatigado, triste, Andrew—. No es la sangre, no es el semen, esas niñas, esos cuerpos… Es el Video. Cómo luce mejor. Con sensacionalismo, con pornografía, con confesiones, con saturaciones… Saturaciones sucias, agresivas… Es un arte para mí, Jeremy. Es el arte que lo define todo para mí… para mí.

            ¿Es lo único que tengo?

            —No sé si sea lo único que tengo, pero no tengo mucho más… Sin embargo, es suficiente. Es determinante. Es desafiante…

+++

 

            —¿No podrías hacer eso? —le preguntaba, mientras hablaba, Jennifer a su hermano—. Por lo menos, pre-ten-der. Hay gente que ama a otros seres humanos. No sólo a Dios. Ni siquiera amas a la Virgen. Sólo a Dios. Pero Papá te amaba, Mamá te amaba…

            —Tú misma…

            —¡Te amaban!

            —¡Sí, sí…! Pero tú misma, tú misma has dicho que les mentí, que me creyeron que los amaba, que eso es lo que hice mal. Corresponder a su amor.

            —¡¿“Corresponder”?!

            —Sí, hasta donde yo pudiera hacerlo. Dentro…

            —¡Ah, vaya, gracias!

            —¡Dentro de mis posibilidades, sí!

            Otra vez metida en la cocina de su casa. Llegaba, con algo que podría ser Channel, arrojaba su bolso, su suéter, a gritar. Ya no lloraba. Ya no estaba ella triste.

            —¿Y qué posibilidades son esas, dime?

            —Las posibilidades de mi alma, Jennifer. Porque tengo una. Siento y sé que tengo una, por lo tanto, la tengo ¿está bien?... ¡¿Está bien?!

            —¿Sí? Muy bien. Las posibilidades de tu alma son quizá una farsa de tu parte, en primera. Quizá no tengamos un alma aquí en la Tierra, a eso me refiero. Quizá, por no tener alma, tú clamas a todos los vientos —iba diciendo Jennifer, mientras Jeremy pensaba que, por llevar sin ver a su marido dos semanas, venía a pasar la tarde con él— que la tienes cuando piensas o sientes o como le llames a esa certeza tuya, a esa intuición tuya, todo lo contrario. Intuyes que no hay Dios.

            —Algunos lo hacen pasado el tiempo. Eso es la Historia. Antes la intuición era Dios. Ahora la intuición es Su ausencia.

            —Pero, dices lo que tienes que decir en todo momento… Como un perro. Un perro amaestrado. “¡Mi hermano, El Perro Amaestrado!”, pasen a verlo. El perro que palmoteaba la espalda de Papá en vez de darle un beso, como si estuvieras loco, como si tuvieras un problema mental porque, como sí creían que los amabas, pensaban que no te podías comunicar bien con ellos. Qua algo andaba mal con el hijo que los invitó una tarde, una linda tarde de un sábado, a su iglesia. En su iglesia, todos los locos entrando en trance los tomaron del cabello y los quisieron bautizar con sus propias manos. Entonces fue cuando ese hijo les dijo que ¡hablaba, Jeremy, hablaba! con Dios…

            —Hablar con Dios…

            —¡Cállate!

            —¡Hablar con Dios —gritó Jeremy, más impaciente que ofendido, al rostro iracundo y redondo de muñeca refinada de su hermana— es la cosa más natural del mundo, Jennifer!

            Como de una payasita experta, la cara de Jennifer se tornó en una burla total, con su boca un círculo ya y sus cejas hacia abajo. Incluso su timbre de voz era una burla.

            —¡Oh, sí, telequinéticamente me comunicaré con el Dios de Egipto postrado en el Trono del Faraón Ayatolá! ¡Hablaremos con Jehová y sentiremos todo su amor! ¡Dinos, grandísimo Dios, cuáles son los secretos del Universo!

            —No te olvides de decirle a la gente que le pida dinero, Jennifer, si estás ya en eso.

            —Hasta esa tarde en que te necesitó —le dijo Andrew mientras caminaban, con un ligero viento, nublado el cielo, por la avenida, buscando un par de mocasines que le quería regalar a Jeremy.

            —Esa tarde en que te necesitó —continuó Andrew en la fiesta esa noche. Iban de gala, en un salón cubierto de latón dorado— no pudo evitar llegar al punto de decirte que, de tu parte, ya era suficiente.

            Jeremy, como ya se había acostumbrado a hacerlo, rio ante la seriedad de la acusación de Andrew.

            —¿Perdiendo el control? ¿Poniéndose así? ¿En una casa donde los niños jamás han oído a sus padres discutir, ni siquiera molestos uno con el otro?

            —¡Puedes por lo menos hacer eso, Jeremy! ¡Fingir que somos reales, que te necesitamos de algún modo, de algún puto modo, finge, imbécil! ¡Finge, finge que somos reales!

            Ella grita a mitad de la cocina. Pienso en la gaveta de los cuchillos, se da cuenta Jeremy, instintivamente.

            —¡Finge que te importamos un poco, tan sólo un poco! —ella comienza a llorar, triste otra vez— ¡Aunque sólo seamos cerdos para ti! ¡Finge, finge que somos reales! ¡Aunque Papá esté muerto! ¡Aunque Mamá esté muerta! ¡Finge que son reales!

            —¿Llamaste a un médico? ¿Un médico que la calmara?

            Jeremy volvió a reír.

            —¿Cómo en las películas, que llaman a un médico cuando una mujer se pone histérica?

            Tal vez, cuando vio media filmografía de Hitchcock en VHS.

            —Sí. Esa clase de situación requiere un médico.

            Jeremy suspiró.

            —La cosa es que debí llamar un médico. Llorando, diciendo cosas sobre si son reales para mí o no, exhausta, tomó los platos que se secaban y los arrojó al suelo. No era toda la vajilla, pero fue todo un estruendo. Un segundo después, la tenía abrazada, temiendo, esta vez sí, un ataque de nervios.

            —Y la quisiste videograbar.

            Sí. Lo habría hecho de haber podido. Ella, sin embargo, no lo habría permitido.

            —¿Qué se habría quedado en el videocasete?

            —Una mujer devastada. Hermosa. Incapaz de tenerse en pie. Finalmente, mi hermana no se puede tener en pie.

            —De tristeza.

            —Sí.

            —¿Crees que así le hacían el amor sus maridos?

            Jeremy metió los pulgares en el chaleco y levantó el mentón, para decir:

            —Estoy seguro de que sí… ¿Cuánto tiempo falta?

            —Calma. Disfruta la fiesta. Quiero que la disfrutes para que, ante san Pedro, digas que no soy un pecador así sin más.

            —Pero tú vas a morir antes que yo. Tú serás quien interceda por mí ante san Pedro.

            Andrew comenzó a carcajearse.

            —Ni siquiera crees en san Pedro a las puertas del Cielo ¿verdad?

            —No exactamente.

            Una mujer bien vestida, con bellos tacones elegantes y sobrios. Ese tipo de sensualidad exquisita. Llorando, en el suelo de la cocina, desaliñada, descompuesta, horrible. Sí. Lo imaginaba. Molestaría su porte deshecho con la cámara. Sólo eso haría al cruzar el límite. Molestarla un poco con la cámara, un poco más que molestarla con la toma.

            Jeremy tosió.

            Llegó la hora de que Jeremy videograbara la fiesta. Era un regalo de parte de Andrew para el club del que era parte. Toda clase de entremeses y vinos. Toda clase de vestidos, el mismo esmoquin. Plata, oro. Reverencias, incluso, sin ser una farsa, a la cámara.

            —Buenas noches, señor.

            —Buenas noches, caballero —contestaba Jeremy, haciendo el video de la fiesta.

            Jeremy sólo hacía eso por placer. Placer con el Video. Andrew lo observaba, sólo para saber qué estaba sucediendo en la imagen. Podía visualizarlo todo por completo en el video al mirar a Jeremy con la cámara. Cuando lo tuvo cerca, de nuevo, lo acercó y desvió la toma; tapó el micrófono con una mano, y le preguntó:

            —¿No lo vas a editar tú también, o sí, maldito egoísta?

            El resultado fue un éxito. Todos lo comentaban.

            Espera…

            —¿Qué?

            “Espera un poco”, se oye la voz de Andrew mientras recupera el control de la cámara.

            —¿Qué hay de él? ¿De Jeremy, Melissa?

            —Ay, no lo sé, Andrew. No lo sé, amor, disculpa…

            Ella se mete a las sábanas y se da la vuelta, hacia abajo, con la mejilla sobre la almohada.

            En el amplio espejo del baño:

            —Yo voy a decirte qué hay de Jeremy: QUE RECUPERES A CRISTO, MI HERMANO.

            Voy a decírselo.

            Una amplia sonrisa se dibujó en el rostro de Jeremy.

            —Espero no haberlo perdido todavía. Pero, bueno, te escucho. Debo creer en quien pueda traer consigo la Palabra.

            Ahora, el serio rostro de Andrew fue el que sonrió. Sorprendido por las palabras de Jeremy, por su concreción, dijo:

            —¿Es así de fácil creer en el Señor?

            La cara furibunda de Jennifer, súbita, diciéndole que no con la cabeza. No se puede tener contacto con Dios. Sería imposible, sería contra natura.

            —Sí. Él nos dice cómo, precisamente, nunca perderlo.

            —Pues, a eso voy, Jeremy. A tu paso a Cristo. Así te evangelizó. Te proclamo único candidato a tu paso a Cristo. A ser Él. Finalmente… Venga, toma un poco de vino.

            El vino toca los labios de Jeremy. Los acaricia, los calienta. Él dejaría que los quemaran, por lo menos, en ese instante. En el anuncio de la única palabra de Dios.

            Por la ventana, un cielo de un azul profundo aún celeste, de frondosas nubes de un blanco que producía hasta sombras. Estaban en casa de Jeremy.

            —Todos mis videos son una ofrenda que he hecho a Dios.

            —¿A Cristo, hermano?

            Jeremy asintió.

            —A Cristo. Y… ¡y es cierto! Es hora de ser la Luz. De que la Luz ocupe todo en mi existencia que no sea ella. Y Ella está en los videocasetes. Ahí la veo. A Dios. A Su Luz. Y mi mujer es Dios ahí. Mi hija, mis niños.

            Lo demás, se queja Jeremy, como si sintiera con amargura el decirlo, es sólo una especie de ciudad del Pueblo de Israel. Mercados en los templos, fariseos en la predicación, apóstoles ignorados. Así no era antes.

            —No —y lleva un par de dedos a su ceja, la acaricia nerviosamente, para decir—: Antes, en los videocasetes de la iglesia, en ese entonces, las imágenes registran esos tiempos en que todo era alabanza y oración.

            Te tengo que hablar entonces de eso.

            —¿De qué? De algo que significa no ser Dios como tú lo eres, Jeremy. Te videograbas. Como Rá, que se autoconcibió. Se preñó a Sí mismo. Salió el Universo de entre sus patas de grillo color del trigo. Y el videocasete es Dios en ti. En tu mano, Adonai.

            Le iba contando a Jeremy Andrew la vez que recibió un sobre en el correo. Eran fotografías en blanco y negro. Tenían imágenes de una chica que videograbé en una pequeña orgía con una pandilla de latinos. De puertorriqueños. La chica era hija de un millonario. Y novia de un millonario. El novio, por lo tanto, me manda imágenes de su novia, la que videograbé sonriendo y dispuesta a tener sexo y escuchar música, con una máscara de cuero y sus tetas amarradas con cinturones de cuero. Sin embargo, ni siquiera la violó. La convenció de que ella era de él, no de unos puertorriqueños o de un viejo mirón. La recibió de vuelta disfrutando un poco de sadomasoquismo.

            —Las fotos eran malas, pero imágenes. Además, en ese punto, no sabes qué es coincidencia y qué es parte de una autoría en una fotografía tan ruin. A propósito puede ser una mala toma, para hacerla más brutal.

            Como Jeremy y su encuadre de la jacaranda en México. Minutos, con el viento soltando sus flores moradas y suaves. Un árbol de América Latina. Un viaje con otras iglesias. Algunos cristianos, todos en un uniforme de shorts blancos y playera blanca, cruzando la toma o, sin ellos darse cuenta, viendo de un lado a otro del paisaje, buscando, tal vez, el punto de reunión. La voz de Jeremy explicando el origen de la jacaranda en América del Norte, traída desde Sudamérica.

            —Eso es distinto —le dijo Andrew buscando su mirada, tomando sus manos—. Por eso te digo que tú serás quien me envíe a mí —comenzó a llorar—, ¡a mí al Infierno, Dios!

            Un bosque, en una pequeña colina rodeada de árboles cubiertos por agua de lluvia cayendo gota a gota, su hija corre persiguiendo una mariposa, con el cabello indomable y largo, su carita cubierta por la sombra del sombrero rosa para la lluvia, dando uso a sus botas para la lluvia rosas. Un cambio de toma a un close-up de esas hojas amplias que escurren esa agua que se precipitó. Los troncos empapados, altos, gruesos.

            —Mira mi reloj, Jeremy.

            Era un Rolex gris.

            —¿Sí?

            —¿Tú crees, Señor, que lo aceptarás como mi entrada a Tu Reino, como símbolo de mi carencia de medios para hacerlo dando algo de mayor valor?

+++

 

            Hagamos un milagro.

            —Bueno, Tú, Jeremy. Es hora de que hagas un milagro.

            ¿Dios veía ahora todas las imágenes en las videocintas de su sótano? Le perdonaba, estaba seguro.

            Sin embargo, Andrew se sabía ignorante.

            —No conozco bien los Evangelios.

            Altares, pues eran varios, cubiertos de lámina de oro en una catedral de Guanajuato, en México. El cristo vertical y delicado, de una madera tan trabajada y barnizada que brillaba, era hermoso y su Cristo bien parecido, la cabeza colgando sobre su pecho, en pleno dolor.

            Todo es Luz. Luz blanca, le explicaba Jeremy a Andrew. Luz blanca que traspasa la película que es la cinta casi negra del videocasete.

            —Por ahí pasa la Luz, Andrew.

            La sangre mezclada con la tierra del suelo en una toma larga y torpe, agitada, de un video en su sótano.

            —Necesito… —dijo Andrew, intentando concentrarse en una idea—. Necesito saber qué es un milagro tuyo, necesito saber qué es la que llamas la Palabra.

            En la iglesia ese sábado todos parecían un tanto disgustados con el hecho de estar vivos. Jeremy tomó el micrófono y habló de corrientes de agua viva con la que Jesucristo saciará a los que nunca han saciado su sed. Tenía que irse con cuidado, pues para muchos de los cristianos congregados ahí, el dolor no es parte de la Luz, sino que es una ilusión provocada por la ausencia del Señor. Dijo cómo Jesús proclamó que el que llora ahora, gozará por siempre en el Reino de los Cielos, que es el Suyo.

            —Quiero estar preparado para mi Dios, hermanos. ¡Quiero estar preparado para el Reino del Señor! Quiero llorar ahora, ¡rápidamente!, quiero llorar ya, para gozar después en Su santa gloria, que es lo que Él nos ha prometido… ¿Creen que nuestro hermano Jesús cumple Sus promesas?

            —¡Sí!

            —¡¿Creen que nuestro hermano Jesús cumple Sus promesas?!

            —¡Sí!

            —Él puede escucharlos, pero yo todavía no puedo escucharlos. ¡¿Creen que nuestro hermano Jesús cumple Sus promesas?!

            —¿Jenny? —contestó Jeremy su móvil. Al otro lado, la respiración de su hermana, algo cansada, hacía perceptible que había estado llorando.

            —Sí, Jerry, soy yo, ¡tu hermana! —respondió Jennifer, haciendo lo posible por sonar afable.

            —Mi hermana. ¿Y qué quiere mi hermana?

            —Un poco de comprensión —dijo, con un tono un tanto exigente, pero parecía que realmente buscaba una tregua, que estaba molesta con él, sí, pero que había estado llorando cinco horas seguidas—. Matt me pidió el divorcio, no aguanto la cabeza y mi jefe insiste en darme un ascenso que no quiero. Y eso es suficiente para…

            —Estar como siempre estás. ¿No te das cuenta? Llorar todos los días no le hace bien a alguien como tú. Tú deberías pasar seis horas diarias en un restaurante con tus amigas. De cualquier manera, trabajas sólo cuatro todos los días. Viajar. ¿Por qué no viajas, en vez de estar rompiendo platos en la casa de terceros?

            Su vida triste. Ella no sabía qué responder. Era, quizá, una persona menos espiritual que Jeremy. Pero, a pesar de ello, se consideraba más bella. Otro espécimen, muy distinto espécimen. No un ángel, sino una dama. Una mujer, un hada, una mujer casada, una divorciada.

            —¿Dónde estás, Jennifer?

            Jennifer estaba en la habitación de un hotel en el centro de la ciudad, en un décimo piso. Casi todas las luces estaban apagadas, y junto a ella sólo estaba un vaso con güisqui.

            —¿Por qué no vas a tu casa?

            —Quería ir a tu casa. Contigo, con Linda y con los niños. Les juro que no voy a estorbar. Por favor, Jerry, por favor. Mira, para que…

            —Está bien. Si eso quieres hacer de tu vida, ser una tía inestable y desequilibrada, yo no puedo más que ayudarte. Te puedes quedar en el cuarto de visitas. Sin embargo…

            Tendría que acompañarlos a la iglesia los sábados.

            —Va a volverse una gran mujer —le dijo Andrew—. Una soñadora.

            Vieron una patrulla que se detuvo a registrar a un indigente claramente ebrio. Llevaban la videocámara con ellos, para videograbar el primer milagro de Jeremy, aun sin saber cuál sería. Parecía a punto de llover.

            —De algún modo, ella ha fracasado. No que haya perdido una oportunidad tras otra. Simplemente, lo ha perdido todo —dijo Jeremy.

            —Pero, Maestro, qué de malo hay en ello. La recibirás en tu casa y la sanarás con Tu Palabra ¿no es así?

            Se bañará su cuerpo. Cepillará su cabello que no peinará. En tu casa, Cristo.

            La lluvia comenzó, por lo tanto, Andrew cubrió su cabeza y la cámara con su abrigo, quedando su persona con el aspecto de algún monstruo mecánico, jorobado, con una máquina en vez de cabeza.

            La imagen mostraba a Jeremy yendo presurosamente hacia la patrulla. De un momento a otro, pues orando Dios le respondió:

            —Hosanna,

            comenzó a correr hacia ellos, intentando liberar al indigente que estaban esposando los oficiales de Policía.

            —¡Este es mi hijo bienamado!

            La cámara se acerca a ambos oficiales, que han pasado a someter también a Jeremy. Uno de ellos, en algún momento, voltea hacia donde estaba el monstruo con cabeza de máquina. La imagen lo muestra asustándose y, por lo mismo, enfureciendo de un instante a otro:

            —¡Hey! ¡¿Qué es esto?! ¡Venga acá, señor!

            —¡No!

            La toma da un giro de 180 grados, conforme Andrew comienza a correr.

            —¡Señor, deténgase y ponga las manos en alto!

            —¡No!

            El comandante pidió que detuvieran el video.

            —¿Drogas? ¿Enfermedades mentales?

            —No, señor. El que atacó a Martínez llevaba un Rolex que le regaló el hombre de la cámara, parece ser. El hombre de la cámara llevaba un Cartier.

            —Ya veo.

            —Encima traían suficiente para pagar su fianza.

            —¿Cómo estás, Martínez?

            —Bien, señor, fue sólo un rasguño. Literalmente. ¡Jé!

            —Bien. Pues, procedan, y que los dos caballeros salgan en cuanto antes de aquí para que ustedes dos se pongan a trabajar.

            En la acera, luego de la lluvia, en la noche, afuera del Departamento de Policía, los dos amigos se miraron uno al otro. Habían salido de ahí. El Cristo fue aprehendido.

            —Caminemos, Jeremiah. Caminemos al final de la noche, Dios. Dios que estás aquí.

            Que estaba ahí. Dice la Biblia, ahora sabía Andrew, que si uno tiende su lecho en el Sheol, ahí también estará Jehová.

 

FIN

 

Eric/Agosto 18, ´25/Qro, México

 

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