ASAF Y LA SEGUNDA MUERTE DE MONSIEUR DE ROLLEBON (Novela existencialista)

 

ASAF Y LA SEGUNDA MUERTE DE MONSIEUR DE ROLLEBON

por Eric Laparcua Heinze Moreno

 

“Hay bastantes cosas que existen así”

LA NÁUSEA

 

 

            Caminaba alrededor de la circunferencia vial del fraccionamiento en la noche. La interminable curva de las bardas de ladrillo amplio, amarillo, casi bello, era seguida por Ernesto Sajíaz. Iba pensando que él mismo era un monstruo, pues todas las pocas personas que pasaban junto a él, bajo el alumbrado débil, le atemorizaban. Una mujer joven caminaba como si fuera una con esa noche, como si fuera invulnerable a la oscuridad de esas horas. Sus pechos eran amplios, su pelo largo y negro, su rostro, atractivo. No temía. Los monstruos son los que temen. Los monstruos son los que…

            ¿Qué es la noche que tuviera mucho que ver con él? Quizá todo, porque Ernesto Sajíaz era un hombre.

 

 

 

            Ernesto Sajíaz hablaba con él en un pequeño restaurante de la zona universitaria de la ciudad. Con Pedro Tilo, amigo y colega suyo.

            Ernesto Sajíaz dijo: “Pienso en respetar… en tener principios.”

            Pedro Tilo preguntó: “¿Principios? ¿Al escribir o como persona?”

            Ernesto Sajíaz: “Al escribir, sí. De estilo. Respetar otras líneas y encontrar la verdadera intención de la literatura estética.”

            Pedro Tilo: “¿Por ejemplo…?”

            Ernesto Sajíaz: “Mira al mesero, Pedro. Es un chico simpático, joven, demasiado alegre para ser la suya una alegría común, parece de una familia acomodada… Si yo escribiera una escena sobre este restaurante, por razones de belleza la mesera sería una figura realista pero también bella, una mujer redonda, madura, fea, vestida de colores más vivos que las paredes de este viejo establecimiento. Si escribiera algo naturalista, sería un pecado que viendo yo al verdadero mesero, escribiera y describiera a un mesero distinto, quizá a uno mayor, demasiado mayor para lograr mucho más en su vida desde aquí, amable y atento, de poco mundo, para hacerle parecer más real. Sin embargo, los tres meseros son distintos a un mesero que representara un valor literario mucho más específico.”

            Pedro Tilo: “Podría ser un niño”.

            Ernesto Sajíaz: “No. El niño es demasiada carga dramática, es demasiado plástico. El mesero puede ser un hombre largo y delgado, vestido con pantalones negros y viejos, y zapatos de vieja usanza, negros y alargados. Callaría después de tomar la orden, lo veríamos sólo con el rabillo del ojo, de un lado al otro del restaurante vacío, haciendo Dios sabrá qué.”

            Pedro Tilo: “¿Por qué?”

            Ernesto Sajíaz dijo: “Porque en la novela las imágenes imaginativas deben ser una extensión de la imagen verbal y caligráfica del enunciado.”

            Mientras esperaban la cuenta, Pedro Tilo miró a su amigo. Su cara redonda, coronada por un espeso y duro pelo negro, blanca, de facciones también circulares. Llevaba una camisa blanca bajo un suéter salmón delgado. Ernesto Sajíaz, ahí, como siempre, en donde no sospecharías que está, estaba. Lo que miraba en su amigo era una parte de la historia de su amigo. Raquel Leño, su mujer por quince años, le había dejado porque ella se iba a morir.

            Ernesto Sajíaz no sabía siquiera de qué. Lo que ocurría era eso, fue esto, se dijo en algún momento él mismo. Enferma, visitó al médico un par de veces en menos de dos semanas, y llegó un día a la casa que compartían los dos, y le dijo: “Me estoy muriendo ¡y no soy la escritora que quise ser! Mi obra no es la que yo quise construir, por tu culpa. Por tu vanidad de concurrir personas y lugares poco comprometidos, por tu influencia en mí al escoger mis temas y mis conceptos. Te seguí, te amé, dudando siempre. Y ahora lo sé. No tengo una obra como la tuvo Faulkner. No te quiero volver a ver.” Entonces Ernesto consideró seguir escribiendo, pues, aunque la de la fama y las ganancias era Raquel Leño, el que terminó por ser visto como el autor auténtico, el artista underground, el que intentaba la Filosofía era él. Así que, seguiría escribiendo. Quería superar el constante sinsabor en su cerebro, y vivir nuevamente. Era leído, era respetado, y eso es como a un varón una dama que goza con él más de lo que él cree, y él se entrega, porque creerá al final, y por el sexo.

            Al salir del restaurante, caminaron a la parada de camiones, para que Pedro Tilo se fuera a hacer sus compras. Ernesto Sajíaz miraba hacia el horizonte que no veía, frente a un pequeño parque y una parte mínima de la Universidad.

            Dijo a Pedro Tilo: “Pedro, ¿fui vano?”

            Pedro Tilo sonrió ampliamente, sin separar los labios, respondiendo: “Sí.”

            Pero Ernesto Sajíaz no se sintió juzgado. Se sintió interpretado.

            Pedro Tilo encendió un cigarrillo. Miraba a dos chicos con su uniforme deportivo del bachillerato. Pudo ver el pequeño monte vertical de sus penes enroscados tras la tela delgada y suave de los pants. Volteó hacia Ernesto Sajíaz.

            Pedro Tilo: “El arte siempre será sensual, se dice”.

            Ernesto Sajíaz subió las cejas y las bajó. “Es cuestión del lenguaje. ¿Qué tan sensual se tiene que ser para ser sensual, o qué clase de sensualidad es la única que es sensual? Otro ejemplo, es lo tangible si nos ponemos a pensar, Pedro, que un cuerpo humano, esto es 1 ó una unidad (pero no sólo unidad, y esa es la respuesta), es como unidad. Porque un cuerpo humano fuese igual a una determinada cantidad específica de átomos por cubo milimétrico. La persona, el 1 y unidad, seríase igual a una fórmula algebraica inamovible que le hace una unidad y no millones de millones de unidades. 1 hombre es igual a x, no a x átomos si puede ser tangible como unidad… Es complicado, porque si en cada persona varía la densidad átomica, la unidad es aún menos tangible como unidad, es un compuesto azaroso, un fenómeno… Así que, si preguntamos a dos matemáticos si la unidad es sólo tangible como unidad, ambos pueden diferir sin estar ninguno en lo falso, porque sólo responden a una palabra, tangible, que además está en su límite, el enunciado filosófico. La tangibilidad es una cuestión del lenguaje, mientras la matemática se encarga de la abstracción material… ¿Siempre es sensual el arte? Quizá sí. Pensaba en `Mi tío´, de Tati, esa película francesa, excelsa, pura. No me parece sensual, como tal, mas, quizá, su pureza artística sea, sólo por pura, no por artística, sensual también. Mas, es un buen ejemplo de una obra de arte que podría ser de las no sensuales, si las hay. Hay algunas escenas de feminidad, de las coquetas burguesas, creo… La vi hace veinte años. ¡Y sigue conmigo! Quizá hasta las imágenes de mujeres estilizadas y coquetas sean algo no sensual, sino sólo una abstracción estética casi eufórica, traviesa, quizá hasta más estimulante en cuanto a arte, para algunos, que un filme de Godard, siempre sensual.”

            La ruta de Pedro Tilo se detuvo y abrió sus puertas.

 

 

 

            Ernesto Sajíaz caminaba al pequeño cuarto que rentaba, donde escribía, donde pensaba, dentro de la instrucción del dibujo que es la Literatura, ese coño negro y lacio, fino, en la página amplia, blanca, de una jovencita rolliza y hermosa ¿Por su Lengua? El écrire. Su escribir, viniéndose venía de Castilla o de Rulfo, no de las dos, quizá en otro… De la lengua viene la saliva, la boca es el libro que permite el beso feroz. La ferocidad de la rama delgada, tan delgada que pareciera que el peso de sus pocas hojas la hace crujir. Permitir eso es trabajar. Escribir. El cielo, con sus nubes, que le hacen. Y extender dentro del perímetro de una esfera alguna de esas coordenadas posibles, por el espacio, gracias da el espacio al tiempo, luego el tiempo ama al espacio, pero las letras, a veces, arden, y no aman, ni son amadas, pero, y esto es muy importante, Ernesto Sajíaz no quería escribir nada que no tuviera de objetivo una sanación o, en el sano, la celebración, intelectualmente. La oscuridad no le importaba en sí misma, sino que la oscuridad provoca el rechazo del lector. Ernesto Sajíaz no soportaba ya el rechazo del lector. No se atrevía a ver un médico, a un psiquiatra.

Donde escribía de una manera tan entregada por no querer deber por sus letras algo al lector en su vida. La lengua también del caracol, ¡y el caracol también tiene su ferocidad! Esa ferocidad es el tiempo, y feroz el espacio que, por feroz, feroz al caracol le hace, le rodea. Para el caracol, el mundo es más grande que el Universo. ¿Soy un caracol? Cosas así se preguntaba Ernesto Sajíaz, pero eso no le daba miedo. Alguna vez se consideró tan demente como Pedro Tilo. Y nunca dejó de hacerlo. En cuanto a Raquel Leño, de un día a otro era un personaje en su vida, el único, la única ficción en ella. Y escribía. No pensaba en Raquel Leño porque las bragas de ella nunca fueron patéticas y no iban a serlo ahora. Su cuerpo de formas de mujer. No pensaba realmente en tener algo con las súbita pretendientes de ahora, pues no iba a lastimar a Raquel Leño. La muerte, de cualquier manera, había llegado: ¿Raquel Leño sufriría y moriría pronto, o no? La muerte, le trastornaba, pero no le perturbaba. Veía que en los templos de la muerte es donde más está el del templo de enfrente. Él está ahí. En las piedras arquitectónicas; girando cuadradas, escalan suelos y alturas. La punta que se derrama a las tierras, engordándose la bendición. Una mujer madura, quizá, de su edad, cuarenta y un años. Una mujer algo gorda, morena, con las piernas abiertas, mostrando un sexo espantoso y sensual. Quizá, pero no. Es como la madera, siente pero se lastima. Nosotros igual y también al revés. La verdad siempre tiene alternativas, así de amplia es.

            Por la ventana, se veía una calle de un gris claro, iluminado, con árboles que se sembraron de un verde casi limón. Pagaba por el cuarto menos de tres mil pesos al mes. Era minúsculo. La cama, el escritorio de aluminio, un ropero, el baño sin muros. No se aceptan visitas, decía el letrero y decía la rentera. Cruzaba la pierna, del modo sensual pero no sensualmente, miraba por la ventana y, así, había poco a poco conseguido tronar la nuez en su cerebro. No se permitía fumar, pero, de vez en cuando, prendía un cigarrillo que fumaba con la ventana abierta, sin mosquitero. ¿Se volvería como el lobo de la estepa, siendo la radicalidad de cumplir lo que uno no es radicalmente? En los pasillos no había cucarachas, pero estaban tan limpios, mas a la vez eran tan pobres, no en el sentido económico, que quizá hubiera preferido, la noche anterior había pensado, mirar muros pelados. Porque la muerte le trastornaba ahora, y era un deseo de ser succionado por su terrible destino sensualmente. La muerte eran dos enormes pechos rubios para él, ahora. Lo dejó su mujer. Le culpó.

            Raquel Leño le gritaba casi: “¡Novelas que están hasta mal escritas, Ernesto!”

            Ernesto Sajíaz dijo: “¡No, tú lo sabes mejor que yo!”

            Le gritaba bajo un vestido de mujer, casual pero de mujer y oscuro, con sus bragas bajo de él, pensando en todo menos en mostrarse nunca más a él por razones sensuales. Sensualmente, se sentían imprescindibles el uno al otro, y un día no. La muerte le quitó el amor de una mujer, pero se presentaba ante él como mujer. A él como hombre, no como artista. Como en el fraccionamiento, en ese círculo la muerte, y vio a esa mujer tan guapa, que se dejaría por la noche hasta violar y no sería violada, se comunicaría con la interacción malvada del abuso, y no sería comida porque el Mal probaría el Bien o se saciaría de maldad suficiente en sólo un suspiro o resultaría que de ella obtuvo o no maldad así. Pero la maldad es también una palabra que no puede llevarse a su radicalidad verbal, porque llegaría al límite y no sería nada, y diría la Filosofía que no hay maldad y, entonces sí, habría problemas. Sobreviviría al dolor, que es sobrevivir un crimen, regresar a casa con la cartera. La muerte le hizo salir corriendo de ahí, pues Ernesto Sajíaz ahí sentía que debía ir por el sentido contrario de la rueda de la noche, del viento, de los árboles negros.

            Habló en un poema de una anciana en impermeable y con paraguas a juego, que vio por la ventana un día nublado. Chispeaba, pero no había siquiera charcos, y la mujer no estaba loca. En el poema parecería loca. ¿Cómo describir que no estaba loca a una figura que cualquiera podría tomar definitivamente como tal? En un poema como los poemas que escribía Ernesto Sajíaz, no es fácil, debe ser uno un poeta, no un escritor. Hay escritores que son poetas y poetas que son escritores. El escritor que Pedro Tilo más leía dijo: “La Literatura es poesía.”

 

 

 

            La muerte y su verso negro. Ernesto Sajíaz pensó que alguien más gracioso que él diría: “Es todo lo que se ve hoy en día.” Y es todo lo que ve el hombre que no es él.

            Quería hacer cosas como comprar un periódico a mitad de una plaza pública.

            La muerte y su escurrir hacia arriba.

 

 

 

            Buscaba seriedad en su próxima temática. Siempre fue serio como escritor, pues como escritor era grandioso en el sentido de que era lo que quería que fuera. Sí, se ha dicho que la gente le leía con placer. Era la pareja de Raquel Leño que escribía tan bien como ella. Y más interesante aún. Ella lo admiraba, le escuchaba, lo escribía sin tener que hacerlo. Pero regresó del médico y…

            Un kiosco. La plaza del Centro que más le gustaba. Vio pasar a una de esas mujeres algo gordas y guapas de sus sueños dirigidos por valores socioeconómicos inesperados para otros, hasta invisibles para él. Un escritor europeo que es mexicano, decía Pedro Tilo, no es Sartre sino Roquentin.

            A eso, siempre que se lo decía a alguna persona que estaban conociendo de él, Ernesto Sajíaz respondía: “Tú dices leer LA NÁUSEA cuando sientes que te viene una depresión, amigo”.

            Pedro Tilo: “Y me sacó de una, Ernesto.”

            De cualquier manera, Ernesto Sajíaz no pretendía la belleza, considerando que todo texto bien escrito y literario es bello. Por eso, la pregunta. ¿Toda belleza es sensual? Pretendía la belleza sólo como hombre, porque es el hombre quien…

            Hasta Pedro Tilo tenía momentos en que no se quería acostar con alguien y ser sensual. Cuando un muchacho, bastante guapo, en una fiesta tranquila, pero de mucha gente y muchas mesas, le dijo que se llamaba Marcos.

            Pedro Tilo sonrió, lo miró, escudriñándolo, y dijo: “¿Puedo preguntar tus apellidos, muchacho?”

            “Marcos Albularach Mendoza”

            Pedro Tilo: “¡Ah! ¿Sabes por qué el nombre de Marcos es tan libanés?”

            Marcos Albularach: “Sí, tengo una idea.”

            Pedro Tilo: “Porque en el evangelio de san Marcos, Jesús citó a Isaías: `Este pueblo de labios me honra´, hablando de los judíos del templo, exactamente en el capítulo 29 del libro de ISAÍAS, donde el versículo 17 dice: `¿No se convertirá de aquí a muy poco tiempo el Líbano en campo fructífero y el campo fértil será estimado por bosque?´ Continúa la exhortación a cómo Jehová salvará la casa de Jacob, la única preciada para Él ya en Israel, pues, a pesar de todo, Jesús, no recuerdo en qué versículo ni de qué evangelio, dijo literalmente que la salvación vendrá de los judíos… Y precisamente, el pecado de Israel, hasta en el Viejo Testamento se enuncia, fue no cambiar, mientras el Líbano, el pueblo que pertenece más auténtico hoy, junto con África, siempre se entregó a hermosas mezclas culturales y raciales, hasta llegar a las religiosas, al grado de que, gracias tanto a san Charbel, un libanés católico es para todo el mundo igual de libanés; y ese es el mensaje de Cristo, la renovación del alma de los pueblos, para que ella no muera: En un principio, Israel poseía razón, al no cambiarla, la perdió o la cambió por su propia hermosura, inferior a la de Dios mismo, pero la favorita de Él. Como un expresidente, Jehová, que es el mismo que Alá y Yahvé, nunca dejará de ser El Dios de Israel…”

            Marcos Albularach: “Vaya, señor Tilo, ¡le agradezco esto!”

            Pedro Tilo suspiró no por el muchacho, sino por el pasado, tomó la mano débil de Marcos Albularach y llorando le habló de su infancia, de su juventud y de la Historia de México. Porque Pedro Tilo podía radicalmente amar a los libaneses lo decía. Eso es buena Filosofía.

            Ernesto Sajíaz se percató de que sudaba. Pero a veces Pedro Tilo era irremediablemente sensual: “Decía mi padre, judío, que la diferencia entre el judaísmo y el cristianismo radica en que, a diferencia del judaísmo, el pecado en el cristianismo es conocer las Escrituras.” Hablando de religión seriamente. Bueno, más bien, Pedro Tilo nunca podría hablar seriamente. Por eso lo compraban y no lo leían. Porque bromeaba.

            Raquel Leño siempre quiso acostarse con Pedro Tilo, pero Raquel Leño no se acostaba con quien quería. Porque Pedro Tilo no sólo era todo un personaje. También era una persona, un hombre. O tal vez, Pedro Tilo era tan artista, que otros querían hacer el amor con su arte. Su cuerpo era una obscenidad.

            Era una plaza muy bella, sí. Grande, descubierta al sol y polvosa en unas zonas, fresca y bajo la sombra de viejos árboles en otras. Boleros jóvenes, treintañeros, de una generación heredera de esos viejos llenos de vitalidad, con sus bigotes discretos. Y Ernesto Sajíaz pensó que la muerte es la intuición de y en el otro, y una otredad tremenda. Es lo otro cuando uno está ahí, cuando, en Filosofía, el yo está ahí y todo yo es también un otro y viceversa. A menos, claro, que sólo hubiese un yo. Ni siquiera un Universo. Ni siquiera la Historia.

            Continuaban Ernesto Sajíaz y Pedro Tilo cuando el primero arremetía: “Además, cuál es el problema. Ser Ronquentin es una especie de bendición para un mexicano. No trabaja, sólo piensa.”

            Pedro Tilo: “No recuerdo el final.”

            Ahora, Ernesto Sajíaz cruza la pierna del modo sensual pero no sensualmente, como si la elegancia pura o alguna clase de muy pura elegancia pudiera estar casi exenta de sensualidad. Sólo un caballero de pecho cubierto, pero cuello abierto; puede no ser tan rígido al escoger una elegancia no sensual, una mera galantería entre el diálogo arquitectónico de donde esté. Como él, en la banca de fierro grueso y despintado. Parece disfrutar el momento, un aire frío, una brisa que no se quemó. Sus ojos casi se entrecierran por lo relajados que están ya sus párpados y su boca cerrada no sonríe, pero descansa. Será interrumpido al voltear la vista plácidamente hacia otro ángulo, de donde ve surgir, justo en ese instante, a Pedro Tilo de la esquina de un edificio de piedra y ladrillo duro de finales del siglo XIX. Caminaba siempre como si estuviera cansado, porque caminaba todo el día sin cansarse. Sólo un dolor de piernas podría llevarle a decirse: “¡Ya quiero llegar al final!” Él disfrutaba caminar. Venía desde lejos, con una especie de saco que, aunque en buenas condiciones, daba la impresión de estar raído. Miraba a todos lados, como si estuviera ciego. Una vez, recordó Ernesto Sajíaz, Raquel Leño le hizo una observación sobre Pedro Tilo: “¿Ves cómo baila, moviendo de un lado a otro la cabeza? A esa velocidad, sólo está viendo colores, formas…” Se dijo a sí mismo sin pensar: “Quizá sí está ciego”, y ese enunciado le resultó inmediatamente cómico.

            Se dijo: “¡Qué raro que me haga reír yo mismo!”

            No tardó en arribar su amigo.

            Pedro Tilo: “Holas, amigo… Oye, necesito que me regales tu celular. Puedes comprarte otro tú. O ayúdame y cómprame uno, aunque sea el más barato de todos.”

            Resultó que la cámara de su celular no funcionaba y la necesitaba para conocer gente en internet, seguramente con fines sexuales.

            Pedro Tilo: “Fui a Telcel. Me dijo el agente que tenían que canalizar mi aparato al ingeniero, para que instalara alguna clase de software, no entendí muy bien. Pero tengo que extraer todos mis datos, mis aplicaciones, todo. Contactos, fotos. Y si lo necesito para estar en comunicación con todas esas personas precisamente con esos datos, ¡estoy perdido!

            Ernesto Sajíaz: “Pues extrae los datos.”

            Pedro Tilo: “No. Son demasiados.”

            Ernesto Sajíaz: “Pero, si te doy mi celular tendrás que ingresar eso datos. Los extraerías, de todos modos, Pedro.”

            Pedro Tilo: “No. De tu celular sólo usaría la cámara.”

            Quería tomar fotos con un celular cualquiera y enviar esas fotos a su propio teléfono sin cámara. O a su correo electrónico, explicó.

            Ernesto Sajíaz, un tanto desconcertado, dijo: “¿Por qué no te compras tú una cámara?”

            Pedro Tilo: “Porque no tengo dinero.”

            Ernesto Sajíaz emitió un “Ah”, y luego comenzó a reír, y preguntó divertido: “¡¿Me estás pidiendo dinero?!”

            Pedro Tilo quiso aclarar con lo que cualquiera tomaría como cinismo, sin serlo: “No, sólo tu celular o un celular, aunque sea el más barato.”

            Ernesto Sajíaz: “No puedo creerlo, Pedro.”

            Pedro Tilo: “¿Qué?”

            Ernesto Sajíaz: “Me estás pidiendo dinero, viejo”, dijo mientras se levantaba de la banca.

            Pedro Tilo ya no dijo nada.

            Ernesto Sajíaz: “Bueno, en fin. Al Vip´s ¿no?”

            Su amigo le recordó a Ernesto Sajíaz que se habían puesto de acuerdo para ir a la biblioteca del estado, cuyo nombre llevaba después del fundador del Partido Acción Nacional, de quien se escribe en un sitio web que nació en el Antiguo Mineral de Batopilas. Y fue rector de la UNAM.

            Ernesto Sajíaz: “Cierto, a la Biblioteca Gómez Morín.”

            Pedro Tilo le contó a Ernesto Sajíaz que, al salir del edificio donde se encontraba su sucursal Telcel, notó que, como siempre, había una banda de organilleros en la pequeña avenida.

            Pedro Tilo: “Es una zona relativamente nueva de la ciudad, pero ahí están siempre, con sus uniformes oscuros, ¿marrones?”

            Ernesto Sajíaz: “Quizá demasiado oscuros para decir pardos. Pardo, de hecho, es una palabra difícil de usar. Es casi un arcaísmo, muy, muy poética.”

            Pedro Tilo: “`De noche todos los gatos son pardos´”

            Ernesto Sajíaz: “Ese es un ejemplo, esa frase popular, de cómo se puede usar una palabra tan poética sin interrumpir el ritmo de la oración. Una oración que se vuelve un verso, que mantiene su prosa con fuerza. Muy bella, sí… Pero, esa zona no es relativamente nueva. Tiene como cuarenta años.”

            Pedro Tilo: “Bueno, pero no son construcciones del Porfiriato, estarás de acuerdo. Me parece que vienen de esa época, los organilleros o cilindreros. De hecho, creo que el organillo, esa máquina increíble, tiene su origen en Alemania.”

            Ahora, Pedro Tilo no estaba ciego. Sus ojos grandes como dos canicas le miraban, mientras conversaban al paso rápido que él acostumbraba y, sin saberlo, exigía de los demás, pues así es como el artista exige las cosas, sin saberlo. Y en toda la tarde no insistió en que Ernesto Sajíaz le proporcionara una cámara. Ernesto Sajíaz pensó, sin rechazar la incomodidad de hacerlo, pues Pedro Tilo era su amigo y otro varón, que le parecía un tanto repulsivo que usara, de cualquier manera, su celular para tomarse fotografías Dios sabría cómo o de qué. Era como si Pedro Tilo creyera estar rodeado por un manto satánico que hiciera para él sus vicios invisibles, por decirlo de algún modo. Era la persona más viciosa que conocía. Tanto, que Pedro Tilo tenía que tratar con un psicólogo recién egresado los traumas que él mismo se provocó al fumar sesenta cigarrillos diarios cuando una plaga de cocaína contaminada con metanfetaminas o cristal invadió su barrio, por ejemplo, y no podía evitar masturbarse el pene por varias horas seguidas. Su padre tosía debido a su condición de fumador de segunda mano en ese entonces. Alguna vez, también, vomitó sangre sin dejar de tomar. Ya no bebía y, parecía ser, lo demás estaba en calma. Pero, alguna vez, Pedro Tilo llegó a beber cuatro cafeteras completas al día. “¡Las erecciones han regresado!”, decía, como si predicase. Y cuando lo decía, la otra persona, hasta su psicólogo, le hacía mala cara, y él lo notaba y pensaba: “¿Qué pensará del resto de la historia, de mí?” Muy seriamente. El miedo que no tenía, el miedo de Ernesto Sajíaz, de ser rechazado como escritor por los lectores, lo tenía de ser rechazado como hombre por los otros seres humanos. Así que, y su amigo Ernesto Sajíaz lo sabía bien, Pedro Tilo buscaba jóvenes libertinos que seducía, y “pervertidos” como él que encontraba en internet. Alguien como Raquel Leño, y eso podríamos comprobarlo, ni queriendo hacerlo se acostaría con él, así fueran sólo sociales o culturales o urbanidad las razones de que eso no sucediera.

 

 

 

            Jesucristo era sensual porque predicaba el escándalo. En cuanto terminaba de hablar procuraban prenderle. Pero no era vano. Mozart. Simone De Beauvoir. Pedro Tilo era un sensual hasta la risa, pero no era vano, aunque lo pareciere. Pero él sí. Él era vano, Raquel Leño le dijo que era vano y que sus novelas eran vanas por él, debido a él, a su “influencia” que Ernesto Sajíaz pensaba era más bien amor. Y que fue amor en ella, sí. Ficción. Porque vano era él y quizá un pedazo de mierda. Por lo menos, para los demás. O eso le decían los demás. Quizá intentaban así curarle. Haciéndole creer que era rechazado como persona, porque él podría tolerarlo, para que dejara de sentir la vida con dolor. Enrique Sajíaz pensó: “El único detalle es que no vivo la vida con dolor.” Tal vez, se dijo después, por eso soy vano. Pedro Tilo lo había tratado de consolar: “¡Haces bien en ser vano, Ernesto, para ya con eso! Ser vano es saber que el mundo o la vida o como le quieras llamar es mejor poco que mucho. Es una mierda, así que, ¡mejor poquito! Tú sabes eso, yo no, por eso te llamas vano.”

            Ernesto Sajíaz, intentando no molestarse con Pedro Tilo, le dijo a éste: “Tú fuiste quien me dijo que soy vano, Pedro.”

            Pedro Tilo: “No. Tú me preguntaste si eras vano, yo respondí que sí. Pero eso no es lo mismo a voltear y decirte de zopetón `Mira, cabrón, eres vano´. Ni siquiera lo había pensado ¿sabes?”

            ¿Qué había de mirar el rostro aquél de Raquel Leño que con la edad se tensaba en vez de colgar de sí mismo, con ese concierto de violín que era ese beso duro, de una mujer que no es rubia, que no es morena, una especie de vástago amazónico casi?

            Porque no lo publicaba. No recorría el mundo diciendo a todos que le gustaba hacer el amor con Beethoven. ¿Por eso era vano? Raquel Leño ahora le contestaría que no lo hacía porque todos con los que se trataba ni siquiera escuchaban a Beethoven. “¡Yo también soy sensual, carajo!”, gritó.

            No se encontraba bien. Daba vueltas en el cuarto que rentaba, que, decíamos, era prácticamente una celda. Giraba en pequeños círculos. Empezaba a sentir dolor. Se sentía leído. Leído y rechazado. Y se sentó y escribió en un cuaderno notas para textos nuevos e ideas, ideas de la vanidad, como que las ideas son vanidad, sobre todo si se apuntan en un cuaderno. Arrancó las hojas. “¡Puta madre!”, gritó en silencio.

            Ella estaba ahí. La parte de ella que había sido desde su separación una unidad, algo tangible como ficción frente al tiempo, se encontraba aún más invisible.

            Algo más que real, dice el poeta, es lo verdadero, y el lingüista le toma la palabra. Lo verdadero era el súbito vómito interno de ese rechazo, el de los otros. Tuvo que recordar, para sosegarse, las palabras de Jesucristo sobre cómo sólo lo que sale del hombre es tóxico. La orina y los malos pensamientos, con sus malas acciones. Algo que entre en el hombre, así sea el peor suplicio en el cuerpo, lo peor aun puede transformarse en caridad e iluminación cristianas. “¡Yo no perdí a nadie, carajo, a nadie perdí!”; de cualquier manera, salían esas palabras. De su lengua. De su Lengua, también. De entre su Literatura. Salía algo tóxico y no era orina. Malos pensamientos salían de él. “¡Malos, malos!”, les regañan. Salían porque él se iba poniendo de Castilla, esos pensamientos, esas palabras, esa acción. ¡Ese verbo chingar, tan quijotesco, tan de españoles como Sancho! Algo más que real era un vómito interno de rechazo que en él entró. No debería hacerle daño. Un rechazo no salió de sí mismo y contra él mismo. De él salió el nuevo miedo, la grosería. Pero se repuso. Comprendía su impulso por escribir y sentir que no tenía el miedo ahora de antes, pero temía que ese miedo fuera, verdaderamente, positivo para su escritura. Si escribía así, con esta flor espantosa de dolor que había entrado en él, en el hombre, el escritor escribiría dolor y el lector le rechazaría.

            Sintió como si se hubiese arrastrado a la ventana, a hablarse de su sonrisa. La sonrisa de Raquel Leño. De sus pechos, de su brasier. Por años, sólo la besaba en sus momentos más honestos solamente, para dar lo mejor de él a eso, al sexo, como convicción, como piropo a Raquel Leño. Lo mejor de sí para lo mejor de la vida. “Tú.”

            “Quince años… fue influir en alguien, no amarlo. No ser su pareja…” ¿En el tiempo o sólo en las palabras?, se confundió. Se revolvió hasta su estómago. Consideró que estaba pensando ya como lo que llamó cualquier pendejo.

            “Mi padre dejó de buscar consuelo existencial en la religión, específicamente la católica, cuando murió su madre, mi abuela, pues ella era la única razón de que él lo hiciera, siendo que mi abuela era la única persona que él ha escuchado en su vida en la que él crea que sabe lo que es lo mejor para él y que tiene todas las respuestas a sus preguntas angustiadas. Murió. Mi padre dejó de escuchar a los sacerdotes, nunca escuchó a los filósofos y juzgó falsas casi todas las doctrinas Psicológicas. Yo no sé, sin embargo, si Dios y mi abuela sí conseguían separarlo de su angustia existencial. Quizá sólo lo distraían, en lo que moría e iba al Cielo, pero aún no cumple los setenta y llegará quizá a los noventa y tantos. Pero le distraían, ¿sabes? Si el misticismo y la Filosofía y el Psicoanálisis le defraudaron, no fue porque estuviera en desacuerdo, sino porque, simplemente, no les creía ni una sola palabra como cuando escuchaba a su madre”, contaba muy seguido Pedro Tilo. “Nada de lo que entra en el hombre es malo”, se repitió Ernesto Sajíaz.

            La técnica, sin embargo, alcanzaba Ernesto Sajíaz a vislumbrar, podría, dentro de esas mismas uniones, rectas y/o curvas, deshacer sus pensamientos.

             Sin pensamientos, en Europa, ¿cuál es el motor de la existencia y qué ocupa la mente? La Estética y la pornografía.

            Hasta escuchar gotear “Quod scripsi, scripsi.

            Es una mala traducción la que se hace. En un intento barroco, españoloide por fallido, de extender el enunciado, se le amputa. “¡Lo escito, escrito está!”, se cita mal. Pues el Gobernador dijo aquéllas palabras para refrenar su propio poder, el del acto de los fariseos y el de su propia Roma, y de esas otras palabras que las antecedieron: “El rey de los judíos.” Poncio Pilatos sólo dijo: “Lo escrito, escrito”, refiriéndose a que lo escrito está escrito y nada más. Es todo lo demás lo que permanece grabado en las piedras. Los cráneos. El Gólgota, donde derramó, dicen los ancianos, la sangre Jesucristo en una copa de David que cargaba un querubín, y donde Juan se derrumbó en sus delgadas rodillas al ver a su amado Jesús no poder emitir ruido alguno de la boca abierta de su grito de dolor.

            Mayor, continúan, fue el grito de espanto que dio el Sol al ver crucificado al Hijo de Dios.

            No quería Ernesto Sajíaz escribir desde semejante oscuridad, ni mucho menos desde un pecaminoso esplendor.

            Él no era un Renacentista, se decía. “El lineamiento es de novela Polaca o Francesa.” Ni siquiera sabía si sería correcto recurrir a la mención de la obscenidad que sentía a su alrededor, en otros, cada vez más y que le desagradaba. Pero sentía, por estas cercanías suyas de la muerte, entrando, que deberían salir como palabras concretas en vez de insultos y de improperios. Así fueran obscenas. Sólo describir una imagen y mantener así un cuadrado europeo. Recurrir al espacio no para explorar la obscenidad que ya le asqueaba, sino para explorar con ella otras cosas, como el vacío existencial en un vacío artístico pero literario. Pedro Tilo o alguien como Pedro Tilo camina por el Centro de Querétaro, años atrás, a las dos de la mañana, observando la arquitectura de una iglesia, y pasando junto a un auto donde dos personas acaban de tener sexo o van a tenerlo. Y escribir que ve sólo una cruz de neón, de buen gusto a pesar de serlo, sobre la punta de la torre de una iglesia, y volteando a mirar al interior de un coche viejo en la noche y viendo una eyaculación y una mujer cerca del pene. ¿Podría acercarse así a Pedro? Ernesto Sajíaz no ponía apellidos a sus personajes. Nadie lo aplaudía, a nadie molestaba. Ni siquiera él sabía por qué, pero lo sentía, en la plasticidad de una ausencia de apellido en una extensión del enunciado, incluso a un grado sintáctico se ve afectado todo el estilo del texto. El autor sabrá, por ejemplo, si será para él más realista la sensación de un solo nombre o un nombre con apellido… o apellidos. En ese punto, Ernesto Sajíaz podría discurrir por horas, casi como si estuviera desesperado por hacerlo. De ahí venía, en ocasiones, no saber y sólo sentir. No saber suele ser causa y resultado de la pereza. Si un trabajador, por ejemplo, llega a su lugar de trabajo y se le pide trapear los baños, él no sabrá ni por dónde empezar e intentará, inclusive, renunciar o hacer trampa y no trabajar. Pero, si se le muestran dónde están sus instrumentos de trabajo y para qué sirven y cómo funcionan el cloro y el “pinol” o “pino”, acabará de hacer la labor antes de siquiera querer quejarse. Lo disfrutará, y terminará por disfrutar el trabajo. No se sentirá explotado. Será un mural de Diego Rivera ese muchacho.

            El arte. Palacio Nacional, en efecto, y Diego Rivera. Su obra cumbre, se dice, es ese mural en las escaleras. EPOPEYA DEL PUEBLO MEXICANO, su desenlace en Occidente. Las revoluciones rojas y las aves negras mexicanas. La entrega de la voluptuosidad, para los comunistas prohibida, al clero, y la industrialización de la Virgen de Guadalupe. Las ciudades del futuro, de la ciencia, de Dios, alimentándose del campo gringo que trabaja el bracero. El bracero es un inmigrante legal mexicano, en el país al Norte de México, que entró a Estados Unidos gracias al Programa Bracero, que duró desde 1942 hasta 1964, más de cinco años después de terminado el fresco.

            Quizá, por principios socialistas, en cuanto a la base intelectual socialista que plantearía lo que significa realmente el mural, se niega que sea una obra sensual. Y puede que no lo sea. Quienes la disfrutan, podrían ver la redención de todo arte negado a la sensualidad. Al mismo tiempo, otros podrían ver en él sólo un resultado sensual, de movimientos sensuales, de comentarios casi cerebrales, con la intención de transmitir la belleza de todos los elementos bellos de las izquierdas mexicanas y horrendos de la derecha. Esa unidad de cientos o miles de átomos es tan sensual como crear un Universo observable por completo. Diego Rivera, la persona más sensual en la Historia de México, separó su persona de su obra, y Frida Kahlo estaba enamorada, por lo menos, de alguno de los dos, ambos habitando su cuerpo deformado por los ojos del mundo ordinario y torpe. Ernesto Sajíaz estaba seguro que ella estaba enamorada de toda la persona de Diego Rivera. Eso en Diego Rivera de su persona que nadie soportaba, una nube negra dentro de su carácter, le hacía ser violento y sentirse rechazado, ambas cosas; eso, Frida Kahlo también lo amó, a pesar de ser aquello de él de lo que ella no siempre estuvo enamorada. Ella y él decidieron guardar el secreto de su decisión final. De si fueron ficciones al otro o no.

 

            Como una gravedad del asunto, ser una persona es también parte de la existencia del artista, aunque su esencia total no esté ahí. La relación sexual con otro artista es cosmos poco privado, incluso es invadido, pero íntimo. Esa intimidad que da fuerza a los caballos del deseo, de la esfera engrasada del enamoramiento. Ninguna seducción es inevitable. Seducir es una extensión del hombre en el tiempo, pues tuvo que aprender a hacerlo. Él no seduce como la pantera negra, al andar así como andan las panteras, sigilosas más que prudentes. La pantera siempre será prudente. La mujer envuelve en sus piernas al macho.

            Dentro de eso, pensó Ernesto Sajíaz, los genitales de Frida Kahlo de la imaginería popular y las conjeturas historiadoras son el sexo negro y tupido hegemónico, el sexo potente de sus cejas feroces.

            Miró. Acostado en la cama, miraba ahora el techo color crema, la bombilla. Se tranquilizaba. Ronquentin no trabajaba, pero pensaba. Así podía vivir, en el caminar a un punto donde el desenlace podría ser el triunfo de la pesadilla sobre el sueño, sobre el bienestar codiciado. Quizá pensar es un trabajo, si se es un filósofo. Pues, además, Ronquetin escribía. ¿Por qué decía Pedro Tilo que Ronquentin no trabajaba?

            Porque él no trabajaba tampoco. Ni Ronquentin, ni Pedro Tilo y tampoco Ernesto Sajíaz trabajaban. La sociedad, pensaba Ernesto Sajíaz al darse cuenta de su condición, podría bien gritarles a los tres: “¡Sensuales!”

            “Sensuales hijos de puta”, les llamarían en la sociedad si la sociedad leyese sus libros. Al final, hasta los de Raquel Leño y más que todos, eran libros descabellados, para algunos. Para otros, eran delicias, ellos eran un grupo dentro de varios grupos, también. Les entendían y no, los leían bastante y no. Pero eran leídos. Estaban completos, como escritores. A pesar de la melancolía, a pesar de los vicios, a pesar de las temporadas de pobreza, eran leídos, y eso es todo. Así es la historia, “No sufrí.” Como ese cuento de Pedro Tilo, ELEKTRONIK TÜRKÜLER.

            Transcribiré ELEKTRONIK TÜRKÜLER, con la aclaración de que lo que Pedro Tilo escribió en cursiva, lo escribiré en letra estándar, y viceversa.

ELEKTRONIK TÜRKÜLER

 

A mi amigo Víctor Gonzáles Serratos, por los diálogos.

 

Now I believe that what you say/ is the undesputed truth

Goodbye Stranger-Supertramp.

 

1

            Los viejos zapatos. La vieja chamarra y el viejo sombrero. “Sí… Y viejo yo también”, se dijo mientras se colocaba el atuendo con el cual fue ingresado a aquel reclusorio veinticinco años antes.

            –Muy bien, señor Kit, es un hombre libre. Veinticinco años en prisión no es cualquier cosa… –le decía el guardia que le abría las puertas al otro mundo, si es que era otro mundo y no el mismo mundo injusto y depravado en el que habitó a partir del momento en que vio a su dulce Verónica desplomada como una mascada a mitad de la sala del apartamento en la planta baja donde vivían y se amaban.

            Allá estaba… ¿“Lawrence”? El que pasaría por él, como le dijo el joven abogado que, siendo que el viejo abogado había muerto el lustro anterior, le representaba con alegría y gozo: el joven abogado que le ahorró otros diez años ahí adentro; el que pasaría por él para llevarle a donde fuera que fuese a llevarle.

            Era joven también, Lawrence. Iba todo vestido de blanco y parecía un Don Johnson de veintiocho años de edad. Sonreía, a su vez alegre, a su vez gozoso.

            El auto recorría las calles descongestionadas del pasado hecho futuro en el presente.

            –Sí, Kit. El cielo. ¿Lo extrañabas?

            Kit encendió un cigarrillo. Era un roble de setenta y cuatro años de edad y, aunque la tristeza se supera, sin irse, sintió la euforia de ir sentado en el asiento del copiloto de un Cadillac blanco de treinta años de antigüedad, ¡tomando las curvas, escuchando música que Lawrence llamó “como el buen vino” (a lo que Kit respondió: “Gracias, hombre”). Las curvas y los semáforos, las palmeras, el humo, los hermanos, las aves, las mujeres… ¡semidesnudas!

            – “Pero ¡¿qué es esto?!”, se pregunta Kit ¿eh? ¡Jajajajá!... Esta ciudad, viejo señor Kit, es su imperio.

            –O viejo o señor; sólo uno, dos son demasiado. No soy tan viejo, hermano.

            Aunque sí lo era, pero Lawrence sólo estaba siendo simpático. Su simpatía, sin embargo, no era la de un idiota o de un chiquillo nervioso, era la de un hombre atractivo y joven que tenía ese olor: El olor de las armas de fuego y de la cocaína aspirada sobre el cuerpo desnudo de hembras de todos colores y sabores, el olor de la madurez tras las gafas caras y grandes de un muchacho inteligente y lúcido que sabía demasiado bien qué hacer con la propia locura.

            – ¡Jajajajá!... Abra la guantera, señor Kit. Un regalo de bienvenida y una especie de contrato renovado para un viejo hijo de perra que resulta ser: ¡El nuevo jefe de Joy City!

            Una pistola niquelada. 9 mm. Una palmera grabada en la culata. Kit sintió su sangre hervir un poco más. Plomo, aceite y pólvora, el acero de ello ahí para él, de vuelta, como un golpe húmedo de su tristeza, casi si hubiese calado el sexo tierno y psicodélico de Verónica una vez más. La tomó. La acarició con fuerza. Lentamente, pero con fuerza. Un ave cruzó su visión. City Joy era tranquila y peligrosa, tan grande que parecía despoblada. Era una ciudad poderosa de una nación poderosa.

            –A escasas docenas de kilómetros de la prisión, y es otro mundo, ¿no, señor Kit?

            –Sólo llámame Kit, mejor –dijo el viejo, sin molestia alguna, sino como agradecimiento.

            –Tengo que preguntarle como fue adentro.

            –¿Adentro de mí?

            –No, adentro usted.

            –Tabiques, grises y limpios, duros y apretados como piedras de Machu Pichu. La puerta, gris, de no sé cuántos putos pies de ancho y de algún metal marciano que me acosó por veinticinco años de locura y fealdad.

            Se miró en el espejo como si fuera una damita a punto de maquillarse. Su rostro, precisamente, era un rostro gris y marciano como su celda: “Sí, esa puta puerta lo hizo así.”

            –Yo solía ser un hombre guapo… –se quejó inocentemente.

            –¿De qué habla, señor Kit? ¡Está bellísimo! Tal vez los trabajos forzados lo endurecieron un poco…

            –¿“Un poco”? Me siento hecho de cemento. Por el otro lado, no hubo trabajos forzados. Sólo fue el encierro. Sin cielo, sin pájaros, sin sol. Sólo una celda, gris y de mierda, de un hormigón hijo de puta y ahí, por años…

            –¿Todo lo que vio?

            –Y el pasillo y las duchas, menos de media hora diaria. Si se atrofiaba todo mi cuerpo: mi problema. Era una celda amplia, sin embargo. Más bien una especie de sala de interrogatorio sin color, a excepción…

            Sí, ese cumpleaños, cuando un alcaide excéntrico fue a parar a esa prisión diez meses, antes de que lo matara un preso en quien confió lo suficiente para tenerlo a una distancia que resultara fatal.

            –…de un cumpleaños.

            –¿“Un cumpleaños”? ¡Bueno, suena bien!

            –Metieron dos rebanadas de pastel y varios globos de colores al interior de mi celda gris, ya sabes. En lugar de ducharme me habían dado un cigarrillo.

            –¿Y eso por qué?

            Kit le contó sobre el alcaide ortodoxo que murió en la cárcel de Joy City.

            –Nunca lo olvidaré. Entre la puerta y yo, globos de todos colores.

            Eso había sido todo en veinticinco años, en lo que se refería a la alegría: Eso y la cascada mental de música recorrida sólo en la memoria y en el invento. Música de él y de Verónica. Verónica:

            Recorrieron todavía varios minutos hablando de la estática prisión y su interminable tiempo, como una muerte ya desfazada de la realidad ante lo libre de la tarde, tarde como un oro lavado en aguas milagrosas de nadie, cósmicas y diarias, antes de que Lawrence le preguntara:

            –También tengo que preguntarle: ¿Está todavía en pena, de luto, hombre?

            –¿Por ella? ¿Por Verónica?

            –Sí, señor Kit, por ella.

            Ella, con sus muslos bronceados y desnudos, entallada en unos pantaloncillos cortos de mezclilla deshebrada en los bordes.

            –Todavía puedo verla, ¡escucharla!, drogándose con “Breathe”, de Pink Floyd…

            –¿Era una chica retro?

            –Sí, hermano. Con el paliacate deslavado sobre su pelo negro. Tenía un pelo salvaje y negro, ¿sabes?, como un caballo.

            Sus dos senos pequeños y pueriles descubiertos frente a él, casi amorfos, en la oscuridad compartida con la luz amarillenta de una vieja lámpara. Él los rozaba, jugueteaba con los pezones amplios y estirados, y los lamía sin un final aparente. El vientre suave y apenas crecido, de un ombligo grande y lascivo. Besarla.

            –Entré esa tarde a la casa. Ella estaba ahí, derrumbada, con esos muslos suyos cubiertos con la coca que le di, de la heroína que nunca probé, empanizados por ese majestuoso polvo ¿ves? Estaba muerta y me había dejado… Lo triste es que la pasábamos mejor que nunca en ese entonces. No fue el final de una tormenta ni un lógico desenlace de una pesadilla. No. Era perfecta, hombre. “Run, rabbit, run!”, ¿comprendes? Nos amábamos. Sólo una chica de Joy City. Entendía e idolatraba a Pink Floyd, como tanta gente…

            –Sí, es algo muy común.

            –Y la vi ahí, sólo tendida ahí, hermano. Al salir corriendo, con el teléfono en la mano, ya sabes, a gritar por un médico, por un buen samaritano, por un Dios, los putos tiras ya estaban ahí, los muy maricones.

            Eran varias patrullas, no había escapatoria. Al voltear, pues quería morir acribillado y, de ser posible, junto a Verónica (“Sobre ella una última vez”), más policías salieron por la misma puerta.

            –Y me agarraron, viejo. Contra el suelo, las esposas, los derechos, en la patrulla, al Infierno… Obviamente, ellos mismos la mataron.

            No fue grande el silencio antes de que Lawrence dijera:

            –Veinticinco años por matar a dos polis por cuestión de negocios: ¡Tuvo suerte, señor Kit! Suerte y dos abogados jodidamente buenos, si quiere oír eso.

            –Ella podía gritar, hombre, ahí adentro, en mi celda. Gritos no de miedo, ni de un intolerable martirio, sólo gritos de tristeza. Digo, todo lo hicimos, ¿cómo ponerlo?, en nombre del rock & roll, hombre.

            Lawrence sonrió al tomar una curva de noventa grados.

            –A mí me gusta Phil Collins… –dijo.

–Me gusta Phil Collins.

Lawrence retomó el tema:

            –Pues, ese “rock & roll” son decenas de cabrones mandados al otro mundo. Si yo hiciera un cálculo algebraico y extraño, pero probablemente posible y aburrido, fueron trabajos que ayudaron a mover toneladas de droga en las calles de nuestro país. Y lo digo porque lo dije en serio: La Organización le entrega el mando de Joy City.

            “¿Lo quiero?”, se oyó Kit pensar.

            –Y por eso, señor Kit, le informo: Hay de dos hoy en esta ciudad: Trabajar con ellos o contra ellos.

            –¿Quiénes?

            –Los tiras, la Policía.

            –¿Ah, sí? ¿Y cómo está eso?

            –En estos últimos diez años las cosas se han jodido: El material que se vende en las calles es peor que basura. Es algo que te droga y te enloquece al mismo tiempo. Te mata. Es el maldito Apocalipsis de los drogadictos… Pero la Organización se quedó desde hace décadas sin los verdaderos cabrones como usted, señor Kit. Usted no fue el único que la Policía enterró…

            –Esa Policía era porquería, más corrupta que cualquier triste hermano negro vendiendo polvo en Father´s Avenue. Mucho peor: No eran el mismo ser humano…

            –Pues en esto terminó la cosa: Verdadero excremento en las calles, por el simple hecho, por el simple hecho de que todos los recursos de la Organización terminaron en eso: En destruir esa Policía. Ahora los tiras son buenos y cocainómanos, pero no estamos solos ellos y nosotros: Los Boas, a quienes no les ha importado hacer lo que hicieron con el material en las calles. Es una cuestión sectaria, dinero que ha llegado desde otros continentes y otros modos de pensar y de actuar.

            Kit comenzó a reír.

            –Lo mismo era en ese entonces: Cristo, Castro, Lucifer e Israel… No te preocupes, chico: Es sólo muerte y dinero: Entradas y salidas.

            El viejo cortó cartucho.

            –Creo que tomaré el trabajo, Lawrence. Sin embargo, siento que lo honorable… ¿Crees en el honor? Si no, no serías de la Organización.

            Lawrence separó, como un ángel se separa de la luz celestial para cazar demonios, la mano derecha del manubrio en solemne juramento.

            –Creo en el honor, señor Kit.

            –Bien. Lo honorable, hermano, es que te diga que, si Verónica siguiera viva, estaría retirado formalmente, como un burócrata o un C.E.O después de un año de infartos… Aunque no la hubiese vuelto a ver, de estar viva ella, yo estaría pidiendo que me llevaras al hotel con piscina más rascuache y cercano posible, donde pediría alguna cerveza o, incluso, un daiquirí. Creo que son de plátano.

            El ocaso tomó su forma en la visión ahora crepuscular de Joy City. Había tiempo para vivir, para morir, no importaba la noche que no tardó en llegar. Lawrence no le dio un recorrido por el nuevo apartamento a Kit, sólo se despidió de él y cerró la puerta, un tanto mezclado su ser con la melancolía del viejo sobreviviente, quien se sentó frente al plasma y respiró el olor suave del condominio de lujo, armado con la 9 mm., desarmando una vez más, como tantos cientos de veces, la tristeza con el llanto: Su Verónica asesinada, que no cabía ya dentro de su mano áspera, que no podía asir como a esa nueve milímetros. Su paloma dulce, en el lado oscuro de la Luna, devorada por los propios cánticos, incendiada sin fuego por el negro color de Joy City y otros centros del crimen en el país más violento del mundo civilizado y occidental. Lawrence le había hablado de un “cambio político.” Pero ¿qué es un cambio político? Sólo una manifestación comparativa de las ciencias sociales, pues ¿acaso la Ilustración francesa no hablaba de ciencias naturales y ciencias sociales (La Ilustración, que estaba a favor de la razón, forzosamente estaba en contra de lo racional, estructura previa y ajena de pensamiento, de la Verdad Absoluta… Esa noche en que se tomó La Bastilla, en que los franceses estaban baleados y acuchillados en las calles entre las cortinas brillantes de sus propias sangres…)?

            “Verónica: Tú sabes de qué te hablo, a qué me refiero cuando te hablo de ti. Niña mía…”

            En prisión empezó a darse cuenta de esa supervivencia: Sobrevivir la tristeza no significa que esa tristeza estará fuera de nuestra vida; al contrario, se afianza, se yergue para hacerse un refugio para uno. Se habita. Ni siquiera está en contra de sí misma, vanidosa y pura.

 

2

Venía de matar a un hombre, al llegar a la sala de su apartamento nuevo, cuando la vio. Tenía una figura espectacular, un rostro de divina hermosura bajo su cabellera negra y lacia peinada en una coleta sencilla, arma y placa sujetas a su cadera.

            –¿Tiene una orden del juez para estar metida en mi propiedad?

            –No, pero estoy buenísima.

            Kit no dijo nada. La observó, la midió, aún tenso tras dar muerte a un policía retirado que le debía veinticinco años y el amor de su vida.

            –¿Quieres un poco de café?

            –Eso estaría bien –ella contestó afablemente.

            Sentados en el desayunador de la cocina, la agente Clarks le dijo que no venía por él, por Kit.

            –A quien sigo el rastro es a su nuevo amigo Lawrence.

            –Para mí es un buen tipo.

            –¿Sí?

            –Sí –él confirmó, con sus ojos azules.

            –¿Trabaja usted para él o él para usted?

            –Sólo es un camarada, agente Clarks. Eso es todo.

            –¿Y este apartamento? Es bastante para sólo un camarada.

            –No viene de su dinero, sino el mío: Unos miles de dólares que produjeron unos buenos intereses.

            –No me diga –ella sonrió.

            Ella le gustaba. En efecto, estaba buenísima.

            Hablaron de temas comunes con la plática entre Lawrence del día anterior. Era una mujer muy agradable, muy atractiva, y él sintió el poder de su sexualidad. Quiso insistir:

            –Supongo que me pedirá información, información seria sobre la Organización.

            Una sonrisa cruzó el rostro delicioso y blanco de la agente.

            –Antes de pedir una transferencia al departamento de Narcóticos de Joy City, como agente especial del FBI trabajé en casos sin resolver, donde me topé con el único que jamás resolví.

            –¿Alienígenas?

            –Un tornillo…

            –¿Un tornillo?

            –Una mujer madura murió. Como era sospechosa de un sinnúmero de crímenes federales, la Agencia insistió en saber la causa exacta de su muerte. Una autopista fue hecha, y se encontró un tornillo en su cerebro.

            Kit rió.

            –¡Dios mío! Sádicos hijos de puta ¿eh?

            –¡No había orificio ni entrada alguna al centro de su cerebro! Era como si su cuerpo se hubiese creado alrededor del tornillo.

            –Creo que es hora de un silencio incómodo.

            –Señor Kit, estoy segura de que sabe la situación de Joy City en lo que se refiere al veneno que se está vendiendo en las calles.

            Kit no dijo nada y prendió un cigarrillo.

            –Ese veneno no sólo corroe el cuerpo y la mente de sus consumidores… También les produce el extraño poder de la telepatía.

            –Y el FBI está interesado en eso y no es una casualidad que usted esté trabajando en el caso.

            –El veneno tiene que retirarse de las calles, de eso no cabe duda. Pero los consumidores se han vuelto adictos tanto a la sustancia como a los poderes que les infunde. Hombres y mujeres que ya no saben ni su nombre, sin embargo, se están organizando en contra de las autoridades, tanto de las federales, esto es, la Policía y las agencias, como contra la de usted, la Organización, cuyo poder, también, es una cuestión nacional.

            –Organizándose en contra de la Organización. Irónico, ¿no lo cree?

            –El veneno también los vuelve sumamente violentos y destruye toda noción moral en sus personas.

            –Y por eso está usted tratando con un criminal como yo, como si fuera el puto San Francisco de Asís: Ya soy un mal menor, hay algo de honor en mí, como si fuera “El Padrino” o Robin Hood.

            –Mire, Kit, podemos trabajar en conjunto…

            –Quiere que dé mi voto en contra de este puto tóxico en el crack…

            –Y en la coca y en la yerba y en el cabrón crystal meth.

            –¡Hasta el crystal meth parece bueno ahora!

            –Se han presentado casos de autofagia, señor Kit.

            –Y usted no confía en mi amigo Lawrence.

            –Por algo será. ¿Le importa si uso el tocador?

            –No, adelante, señorita.

            –Gracias, caballero.

            Las cosas siguieron su curso rumbo a otro café, hasta llegar a lo inesperado: Las lágrimas de Kit, por Verónica. Estaban en la sala.

            –Debe entender, señor Kit, que la Policía de Joy City ya es otra. Y yo no soy…

            –No, es verdad, usted no es nada.

            –Yo no maté a Verónica.

            La agente Clarks tomó la hosca mano del asesino. Y él besó esa mano, la condujo a sus labios y a sus lágrimas.

            –Soy un viejo que no ha…

            –En veinticinco años. Lo sé, señor Kit, créame que lo sé.

            La increíblemente bella dama besó la rugosa piel del rostro pétreo de Kit, de su cuello, él sujetó sus caderas, las apretó. Sus lenguas dentro del otro se motivaron con una excitación real y razonable, pero no racional. Cayó la chamarra de él, salió la blusa de ella, mostrando un abdomen duro y femenino bajo un sostén que parecía arrullar dos senos grandes y blandos. Desabotonó con sus manos hábiles de mujer ninja los botones de la camisa del mafioso samurái, quedando a su vista un torso inflamado del tamaño de un toro.

            Kit le quitó sus vaqueros sobre el sofá y por encima de las pantaletas delgadas abarcó el sexo de la agente Clarks con sus fauces de creatura marina y mítica. Pudo saborear el algodón blanco y suave, que se iba empapando de él y de ella. Se las quitó. El vello púbico, aunque abundante y concentrado, estaba depilado en sus contornos para formar una gruesa línea negra que brillaba de lo mojada que se había puesto. Cayó el sostén y llovieron los besos, y a los pocos minutos ella tenía dentro de su boca el miembro violento del otrora matón que acababa recién de tomar el poder de Joy City… si es que era suficiente para ayudar a sacar el veneno de las calles.

            El semen de Kit se derramó en la boca de la agente Clarks de un momento a otro, y ella tragó todo el que pudo. Él sintió que estuvo demasiado afuera del mundo (¿o era el mismo mundo?) para saber si eso significaba amor o mera lujuria: ¿y por qué habría de amarlo?, se preguntó. Aunque como un trato, como una negociación, le acomodaba, ¡cómo no! Además, con sexo o sin sexo, si de él dependía sacar esa mugre de las calles ésta saldría de ellas cuanto antes.

            Antes de que ella se vistiera, Kit le pidió que le permitiera acariciar su carne suave desnuda. Los contornos de su cuerpo, los pechos, las nalgas, sus muslos. La agente Clarks lo abrazó, incluso; y comenzó a llorar.

            –Espero no estarme quebrando, justo ahora y por nada, pero he visto cosas muy jodidas allá afuera.

            –Alcancé a escuchar algo sobre caníbales suicidas.

            –Usted no deje succionarse por ello. Considere todo parte de una leyenda urbana.

            En la bella agente vivían imágenes de locura, maldad y brutalidad sin límite… Veía los cuerpos, unos vivos y otros muertos, unos completos y otros peor que mutilados. Sangre, carne, muerte y crimen.

            –Debe recordar, agente Clarks, que mi situación es la de un hombre con estómago fuerte.

            –Para muchos en la agencia hoy, hombres como usted, Kit, son auténticos héroes… ¿Piensa que no sé de dónde viene, dónde estuvo esta mañana…?

            –¿Dónde estuve esta mañana?

            –Saldando cuentas, por supuesto.

            –En realidad, sólo fuimos de paseo.

            –Sí, seguramente…

            Vestidos, a punto de despedirla, de su bolso, de diseño moderno, compacto y despreocupado, la agente Clarks extrajo un sobre blanco.

            –Tome, Kits. Sé que hoy la información viene en formato virtual, pero esto quizá sea más discreto.

            Kits tomó el sobre.

            –Son nombres y direcciones, de dos clases: Policías que tuvieron que ver con su arresto… y con la muerte de su chica, de Verónica; y miembros de Los Boa, de los que principalmente están moviendo todo ese veneno en Joy City… y en todo el país, realmente.

            –¡Tengo suerte de ser un crío de esta ciudad! –apuntó Kit con sarcasmo.

            –No voy a decirle que no confíe en nadie, porque tendrá que confiar en todo mundo. Le deseo más que suerte.

            –Y yo a usted, agente Clarks.

            Ella le dio un corto beso y él le preguntó si se volverían a ver:

            –Ojalá que sí, Kit. Me la he pasado bien.

            Cuando llegó la noche, Kit continuaba, ya sentado en un cómodo sillón y con un trago a un lado, revisando las tres cuartillas de nombres y otros datos. Era una lista negra, un contrato de muerte. Pero, si él mismo se equivocaba al sentir los besos de esa buena mujer honestos y sinceros, tenía que desconfiar de la otra información, esa que no estaba escrita: “Le conviene que estén muertas estas personas, Kit.” Tal vez, ella mentía y sólo quería usar su fuerza y, por pomposo que sonara y relativo que fuera, su poder. Quizá esas mismas personas eran las que estuvieron interesadas en sacar el veneno de Joy City…

            ¡¿Y quién querría, por qué, sacar el veneno de Joy City?! Ello costaría dinero, vidas, tiempo y toda clase de otros recursos. A menos que resultara, después de todo, más redituable vender droga limpia a compradores lo más cuerdos y sanos posibles. Se sintió débil, se sintió torpe: Ya no recordaba el porqué de aceptar el puesto en la Organización. Que él pudiera entender, era sólo una especie de autoflagelación que le hiciera sentir un dolor aparte de su tristeza, la cual ya no le desesperaba ni le agitaba ni le cortaba la respiración, pero seguiría ahí, parecía ser, por siempre.

            Sirvió más escocés en el vaso, prendió un cigarrillo: ¿Qué importaba todo? ¿A favor de quién, de qué, jugaría, mataría? No lo sabía. O sí lo sabía. Eliminar a todo hijo de perra de esa lista y volver a acostarse con la agente Clarks como premio, quizá de por vida y hallando nuevamente el amor. Sólo que tendría que asegurarse que no le costaría el apartamento ni, ¡mucho menos!, la libertad, todavía tierna en su persona; Lawrence, su gente, todos los que ahora veían por él y estaban a sus órdenes, no podrían, tampoco, sentirse traicionados: ¡Era posible que ellos mismos fueran los nombres en esa lista, que la agente Clarks e incluso todo el puto FBI no fueran tan brillantes ni trabajadores, después de todo, y en cambio, estuvieran caldeando las aguas o apostando, a ciegas!

            Pero no, pues se dio cuenta en ese instante: Con esa lista en su mano de quien dudaba, realmente, era de sí, Kit, y lo que cuestionaba no era otra cosa que su propia existencia.

            El teléfono móvil repiqueteó.

            –Kit.

            –Lawrence aquí, señor Kit.

            –Lo sé.

            –¿Paso por usted mañana temprano, jefe? –preguntó alegremente su contacto con el Universo.

            –Sí, hermano, mañana temprano.

            Colgó. Era hora de dormir.

 

3

Respira, conmigo. En el hondo remolino del olvido no estás tú sola, estamos olvidados de por vida: Tus labios dormidos contra mis labios dormidos (vi tu claridad con mis labios, tus labios hallaron su propia claridad en los míos), recostados en la noche, de eclipse solo y personal, anfibio en la humedad de tu presa herida en el silencio de la roca de mi corazón, tu corazón, los corazones nuestros. Tú desnuda, yo desnudo, hombre, y luego el infierno de unos segundos sería el fuego del resto del tiempo escondido, escondiéndome en una atroz calma del reloj incrustado en su invisibilidad inmisericorde y desintegrado entre las arenas (mis quemaduras) sollozantes del desierto de la verdad a puñetazos.

Siente y siento, la velocidad del prisma, ¿habré de salir pronto, o muero, o vivo? Pero estate aquí aunque estés afuera, o muerta, o viva. Dame de tu delirio, dame más, sé fogosa ahí sin aire en la sala de nuestro hogar… En el techo del norte del centro de Joy City, cuando tú, oscuridad, palpabas con tu lengua el sabor de dos palabras que se elevaban en el elixir del idioma, lamiendo coca de mi pistola, besando yo todas tus balas, irrigados en la sangre galopando en la quietud del amor encontrado, puesta historia de vida, enredo de dos simios en santidad violenta, me viste matar a alguien, te oí gemir mi nombre en la cama que gritaba los colores.

¡Aquí en mi pecho, sí, detén tu dedo, ¡recuérdate!, ausculta tu presencia de latidos que no se esfuman con el peligrar de los cuerpos salvajes! Añórate, me añoras, añorarásnos por la eternidad: Sé que eres la luz que éramos nunca, es infinita. La corona de sal es tu bocado de profeta en su explosión extasiada. Y te colocas en mi cara, yegua de vinos, hoja del destino rufián del elixir delicado que escurre de tus formas, hembra tan mía, que mujer tan tuya soy siendo macho en celo, despertado en la gloria de una voltereta en pleno rush. Sigue lamiéndome a través de toda tu historia, mi manera, voz de mi sufrir clavada a mí sin ala alguna. Vamos cayendo.

Se incendia todo este metal que metí en la pirueta de tu amarme tanto como el agua al mártir de boca ya gris aguarda. ¡Te necesito aquí en mi pecho para que sigamos ambos estallando, mi amor, Verónica! Sé dónde estás sólo cuando te lo pregunto: ¿Dónde estás?, yo te pregunto, a lo que tu garganta dice a mi cicatriz monstruosa que justo allá donde los dos nos encontramos entrelazadas y furibundos. Fuiste arrancada de mi jardín, yo soy tu pasto:

¡Arroja, arrójalos, los billetes que dio en parto la Muerte, y baila, chiquilla, con esa tormenta que son tus caderas, mi dulce leona! Me encuentro, “yo”, en ti, somos bruma de la ciudad que es negra y colorida y que se recuesta para que el sol la queme hasta hacerle un caramelo habitable y sexual… ¡Trepida, sigue trepidando, mi vida, para que pueda a ti decirte cómo me cabalgas, querida ninfa sangrante! No te expliques si no me explico, no surjas si no te surjo, ¡no llores si no es a besos, pasión de mis tugurios! Y siendo el mismo resoplar, la misma fibra bella que es el humo de un travieso guijarro de crack, los dos nosotros, háblame, mete saliva caliente en mi oído de bestia y bombardea mis ojos en llanto con tus pezones feroces, inquieta diva de mis callejones. Toda tú y todo yo están unidos.

Fumo… Tú… Se desplaza el hado a fotografías metidas en mi cráneo aún dando vueltas enamoradas, porque recuerdo el ardor de la selva que me devoró el rostro y el espíritu bajo la fumarola de tus ideas, delincuente viruta de Dios, galaxia de acero frutal y químico, par de nalgas de mi musa clemente, clemencia hacia mí: Par de nalgas que yo habito. Es tu certeza lo que fornico, es tu orgasmo de lo que nunca escapo, y me comes. ¡Te presento la copa y tu nariz la hechiza porque olfatea la piedad de mi intento y así me arrancas del equilibrio que no es mío y que persigo!

Eres tan sutil por tanto encanto, doncella resquebrajada entre mis lamentos de placer viriles, animalita de placer. ¡Pero sigue esa danza, síguela ya, sigue toda tú todo! Sigue, pues olvido que regresa la mañana desquiciante en que daba vueltas tu cadáver fresco y pastoril tendido en el suelo, ¡tan vivo y hermoso que me arrepiento de haberlo visto tan fijamente! Porque en el fondo, creo que lo sabes, mi amor, estoy completamente desquiciado: mi razón es un cometa nuevo cada vez que pasa un día o que pasan dos. Y te veré, tras mi propia sobredosis de inocencia, oh cerveza oscura, en el lugar que tú y yo, Verónica, conoceremos muertos al no encontrar un solo paso más de fatiga, un solo tilde más de injusticia, amable niña mía. Mi muertita.

Mi música.

Mi Verónica.

Mi Verónica.

 

4

            –¡Inhálala, hijo de puta! –le gritó Lawrence al policía jubilado amarrado de la cintura a una silla en la cocina de su sombría y vacía pequeña casa de madera americana, ante una charola cubierta de cocaína.

            Esa cocaína llevaba el veneno que desgarraba a Joy City.

            Kit, ahí, sostenía en el extremo de su brazo, vertical, la 9 mm. Frente a él ese policía cuyo nombre y dirección no formaban parte de la lista de la agente Clarks, y que estaba negándolo todo: No sabía quién era Kit (“¡Todos saben quién es este hombre, cabrón, ¿a quién intentas engañar?!”, clamó Lawrence), no tenía idea de la muerte de Verónica, ni del arresto, ni de la prisión, sino sólo del veneno; eso es lo que decía.

            –Voy a dispararle ahora, Lawrence.

            El policía pidió piedad.

            –¿Va a dispararle ahora, señor Kit? ¿De qué demonios habla? ¡Córtele una oreja, incéndiale el culo, yo qué sé! Pero cobre venganza. A todos les dispara sin ninguna satisfacción real.

            –Simplemente no me importa, hermano. Para algo está la conciencia.

            Lawrence no dijo más, sólo abrió los brazos y los volvió a bajar, diciendo:

            –Bueno, si ese es su único deseo.

            Kit metió una bala justo en el centro del rostro de su víctima. La cabeza se quebró con el impacto.

            En el Cadillac blanco, rumbo a algún restorán de cadena para almorzar unos hot-cakes, Kit le dijo a su amigo:

            –Estoy dejando atrás cierta clase de sufrimiento, es lo que puedo decir; eso quiero que sea mi vida.

            –Usted es el jefe, señor Kit –respondió Lawrence, ecuánime–. No tengo personalmente nada en contra del estoicismo, aunque creo que un poco de pasión ayuda, que podría caerle bien.

            Kit dio una calada a su cigarrillo.

            –Y lo agradezco, hermano, en verdad que sí, pero, y espero no resulte un puto cliché aunque lo sea, nada la traerá de vuelta, nada me quitará el cuarto de siglo de entierro en esa puta cárcel. No estoy disparándole a estos cabrones como un viejo atribulado por sus penas; les estoy disparando como un miembro de la Organización saldando cuentas, eso es todo.

            –Deme un cigarrillo, señor Kit.

            El viejo lo hizo; Lawrence cargaba su propio encendedor.

            –¿Qué tanto va a involucrarse en esto, señor Kit? ¿Mucho o poco? Porque, realmente, puede dejarlo todo pasar y que Joy City se prenda en llamas, ¿a quién le importa?

            –A mí me importa.

            –No sé si fui ambiguo, o negligente, al decirle que las cosas no son sólo un par de órdenes, pues con que usted tome sólo una postura es suficiente. Pero, también existe la posibilidad de que se involucre en esto…

            –¿Es cierto lo de la telepatía; que el veneno produce eso en el consumidor? –preguntó Kit.

            Lawrence guardó silencio unos segundos antes de responder.

            –Sí, es cierto. Y a eso iba…

            Kit comenzó a emitir una risa ronca pero ligera, mientras miraba por el parabrisas la soleada ciudad por la mañana.

            –Supongo que esa maldita celda era lo que pensaba que era: Un puto portal a otra dimensión… Dame el veneno, y terminemos de una vez con eso.

            –La droga sería…

            –Lo que sea, no me importa.

            –En la guantera hay de todo, viejo. En unas horas o tal vez en un par de días estará adentro, señor Kit. Si de verdad es eso lo que quiere.

            Kit abrió la guantera. Pequeñas bolsas de yerba, barbitúricos, polvos de toda clase, así como pequeñas pipas de todo tipo y un par de espejos de bolsillo, había ahí.

            –¡Muy bien! –dijo Kit, y estiró el brazo para tomar una bolsita llena de píldoras en forma de cristales–. Esto se ve bien…

            –Tan sólo prenda algo de yerba, señor Kit, no se rompa la cabeza.

–Está bien, pero voy a llevarme algo de coca para después.

            Ahora fue Lawrence quien rio.

            –Lo que sea que le acomode, jefe. Le advierto, sin embargo, con respecto a posibles mareos y dolores de cabeza, y a un efecto bastante fuerte.

            Tóxico. El efecto era eso: fuerte, sí, pero, más bien, tóxico. Podía sentirlo en el rostro, en el cerebro, en los riñones: Todo se había inflado con potencia y un placer que le atolondró invadió su organismo, que empezó al temblar.

            Frente al menú en el restaurante de hot-cakes, Kit sólo dijo:

            –No estoy lúcido. Todo parece de cemento…

            –Y eso que es yerba. ¡Lo que le espera con esa puta cocaína! El cristal es lo peor…

            –¡Ah! ¿Así que, has estado experimentando, hermano?      

            –Sí. Debo aceptar que sí.

            –Maldita sea, ¿qué hora es?

            –El mediodía, señor Kit. ¿Alguna cita?

            –Eh… ¡No! De hecho, no sé por qué pregunté por la hora. Y no me importa. ¿Hay malteadas aquí?

            –¡Y pai de cereza!

            A su mente, a todo el sistema de su persona, de Kit, acudió la figura de la agente Clarks. Lujuria y cariño mezclados, por ella sintió un verdadero deseo, posible sufrimiento, irresistible pero intolerable ardor.

            El siguiente policía retirado y en el aparente olvido total que fueron a visitar los dos hegemónicos miembros de la Organización esa tarde no corrió con tanta suerte: El señor Kit decidió arrancarle todos los dedos.

            La sangre por doquier, el viejo sintió una zona de su mente invadida por colores que, de algún modo lo supuso, eran, en realidad, personas existentes, conscientes y presentes.

            –¿Qué putas es esto?

            –¿Qué?

            –Todo, hermano, ¿qué putas está pasando?

            –¡Tranquilo, señor Kit, no por ser malo deja de ser normal!

            Al oscurecer el día, el efecto se esfumó, surgiendo únicamente un sentimiento de calurosa tristeza. Verónica, la cárcel y el dolor. La vida, siempre se decía Kit, no es una porquería, una reafirmación a sí mismo. La vida contra el mundo, y el mundo contra la vida. El hombre regresará a su estado animal.

 

5

            Ella estaba ahí, ahí de vuelta. Con él, y para él, parecía ser. Toda desnuda, ave rara en tierra, ofrecía todas las entradas a sus adentros al viejo Kit. Él entraba, no sin frenesí.

            Tumbados en la alfombra, él fumaba y ella preguntó:

            –¿Ya lo ha consumido?

            –¿El veneno?

            –Sí, el veneno. No diga que no, Kit. Toda Joy City sabe que sí.

            –¿Y cómo “lo sabe toda Joy City”?

            La agente Clarks se apoyó en un brazo; sus senos se ladearon hermosos sobre el suelo afelpado.

            –Lawrence es telépata.

            Los colores no habían cambiado, los colores que él asumía eran personas no habían pasado de ser colores a ser hombres y mujeres. Tanteó el terreno con su propia experiencia, la cual él consideraba pobre pero todo lo que tenía en ese mundo, espacio y tiempo de confusión.

            –Por lo que yo pueda considerar, linda, lo de la telepatía es…

            –¿Una tontería, Kit; usted lo cree así?

            –Una exageración.

            El semblante de la agente cambió, de despreocupado casi y lleno de certidumbre, al de curiosidad y un leve asombro.

            –¡No puede ser!

            –¿Qué?

            Ella se enderezó.

            –¿Usted cree en Dios, Kit?

            –¿Cómo?

            –En Dios.

            Kit soltó una carcajada.

            –¿Usted no, señorita Gobierno de Norteamérica?   

            –Tengo que irme –ella indicó no sólo al viejo sino a ella misma también repentinamente.

            Se levantó, se vistió aprisa.

            –¿Puedo buscarla, agente Clarks?

            La mujer volteó hacia él a mirarle:

            –Yo lo buscaré a usted…

            –¿De un momento a otro… se va? ¿Está molesta, no debí probar el veneno y saber qué putas pasa en este lugar; es eso?

            Recogiendo su placa, su arma, sus esposas, la agente Clarks sólo dijo:

            –Cada quien tiene su parte, y yo debí prever cuál sería la de usted.

            –Y esa vendría siendo ¿cuál?

            –La de justiciero todopoderoso, esa es su parte, Kit.

            –Está molesta, es un hecho.

            Él en el suelo, sentado desnudo, y ella de pie, vestida y despeinada, aún tocada por su propio sudor, replicó:

            –Hemos confiado en usted.

            –¿“Hemos”?

            –Joy City.

            –Ese “Joy City” suena a una parte de Joy City, no a toda. Y espero que no a usted.

            –¿De qué está hablando, Kit?

            –De lo mismo que usted.

            La noche se extendió en su soledad y en el misterio. Las luces blancas de las estrellas por la ventana, las bombillas amarillas dentro de las lámparas de autor, los colores dentro de su cabeza, saturaban su visión de un ritmo que parecía hacerse de una violenta carne espacial. Todavía oliendo a ella, a la agente, su amante, aún apenas olisqueando lo que sucedía en la ciudad: Quizá algo, si no peor que la muerte, quizá más complejo que la muerte.

            “Telepatía”; algo en esa palabra cambió el rumbo de la conversación.

            A la mañana siguiente, al subir al Cadillac blanco de Lawrence, Kit le dio el nombre y la ubicación de una de las personas en la lista negra que proporcionó la agente Clarks.

            –Quiero hacerle una visita esta tarde.

            Pensativo, Lawrence preguntó:

            –¿Vamos a despacharlo?

            –Sí, hermano. Vamos a despacharlo.

            Llegaron al domicilio después de una ardua jornada de trabajo.

            No había nadie en la pequeña casa de los barrios bajos.

            –Vaya… No le quería preguntar, señor Kit, pero ¿de dónde obtuvo el dato, jefe?

            No sin una astucia disimulada perfectamente, el viejo respondió:

            –Del FBI.

            –¡¿Del FBI?! Eh… ¡vamos a meternos al Cadi, jefe!

            De vuelta en el interior del auto, Lawrence continuó:

            –¿Del FBI? ¿Cómo que del FBI?

            –Sí. Del FBI. Quizá la lista sea falsa, o un señuelo…

            –¡Exactamente! ¡¿Y si nos cargan con las manos en la masa?!

            –Vamos, muchacho, ¿qué pasó con el peligro, con la adrenalina?

            –Odio el puto peligro y odio la puta adrenalina, señor Kit…

            –Bueno, creo que sí, es demasiado estar arriesgándote a ti…

            –¡No, no lo es, es mi trabajo! –dijo Lawrence, recomponiéndose y alegre.

            Pero en los dos días siguientes, ninguna de sus visitas había sido afortunada. Sin embargo, Kit estaba más que consciente de un pequeño hecho: Él siempre daba el nombre y la dirección a Lawrence por lo menos un par de horas antes de la visita, y aunque su subordinado jamás se separaba de él, bien pudo haber avisado sobre la visita, al implicado… aunque fuera telepáticamente.

            Por lo tanto, Kit decidió hacer una de esas visitas a una de las personas que no encontraron en un principio, pero solo y a medianoche. Y la encontró.

            Era un tipo fornido el que abrió la puerta. No esperaba a Kit, pero parecía saber perfectamente que era él. Con la 9mm. del viejo en la cara, lo dejó pasar.

            –¿Quieres un balazo en la rodilla, Joe?

            –¡¿Qué putas quieres?!

            –No lo sé. ¿Tienes amigos en el FBI?

            –Tengo amigos en todas partes, hijo de puta.

            –¿En la Organización también?

            –En la Organización también, cabrón…

            –Esta noche no –le dijo Kit antes de dispararle en la frente.

            Registrar la casa. Encontró pipas recién usadas, una pistola vieja… y ciento veinte mil dólares en efectivo. Parecía una casa cualquiera de un delincuente cualquiera. Ni señal de pertenencia a Los Boa ni a la Organización. Ni al FBI, por supuesto: Pero sólo un tira drogado es así de respondón ante una 9mm.

            Pero la noche aún no terminaba. Al regresar a su apartamento, Kit consumió un poco, o bastante, de la droga con veneno… los colores regresaron, se fue la tristeza, supo bien el haber disparado a ese hombre a sangre fría. Sin embargo, nada de telepatía, a pesar de que, en efecto, podía incluso sentirlo físicamente, en su mente y su cerebro se habían activado espacios que antes yacieron desconocidos en sus setenta y cinco años de vida.

            Se sentó en el sillón a fumarse unos cuantos cigarros, cuando lo invadió una extraña fuerza que precedió al milagro: Mirando el cenicero de grueso cristal de Murano, Kit comenzó a deslizarlo sobre la pequeña mesa de mármol con la mente. El cenicero cayó y se esparcieron ceniza y colillas en el tapete. Él no se exaltó, como si hubiese presentido que era completamente capaz de hacer eso desde un principio. De un momento a otro, se sintió fatigado y comenzó a toser, un dolor de cabeza le invadió, sin embargo, aunque molestos, esos síntomas de envenenamiento también caracterizaban cierto picante y físico placer. Volvió a consumir la droga, y tanto tos como jaqueca desaparecieron, además de que sin levantarse del sillón encendió el televisor.

            Pero nada de telepatía. Después de poco más de una hora, la droga envenenada lo dejó tieso y adolorido, sin poder dar uso a sus nuevos poderes telequinéticos.

            Y nada de telepatía… lo cual, recordó, había alterado a la exquisita y misteriosa agente Clarks.

            Antes del amanecer, la tristeza cruzó su persona como el rayo de luz del color de Pink Floyd que ella, Verónica, era. Se hundió. “La tristeza… se sobrevive y se queda.” Sus desnudas piernas, su último rostro, no el único, pero perenne. Y junto a esa tristeza otra emoción lo invadió, una intuición de sufrimiento… dolor… angustia, angustia a más no poder, como si afuera no hubiese amor, ¡y era seguro que afuera no hubiera amor!

            Sólo un amor en un interior, pero ese adentro dónde se encontraba, para poder meterse ahí. No para todos la muerte es un pecado, no para todos la Muerte es el Demonio. La Muerte se queda lo mejor de una vida.

            No, no era muerte lo que, allá, afuera había. Era dolor y confusión. Era desesperación. Una desesperación palpitante, como un nervio sin su escudo de carne. Ríos de sangre… y de silencio. Pudo imaginar, con lo último de su rendida energía mental, dos pueblos: Uno surgiendo, uno sufriendo. Uno en el suelo y el otro en el cielo. Convergiendo, acechándose y mordiéndose como perros furiosos. La lucha entre el bien y el mal nunca deja de ser violenta. Como dicen por ahí, de Gandhi: ¿“Sin una sola bala”? ¡Pero si los indios sufrieron prácticamente un genocidio; y eso no es “pacífico”, es todo lo contrario a la paz; son los números puestos contra tu pueblo, Mahatma; la dignidad a cambio de un interés político! Bien lo decían los libros que cayeron a través de la puerta de hierro, a sus manos en prisión. ¿No había hablado Lawrence de cambios políticos? Kit creía que sí, que algo habían hablado al respecto o quizá no. Un cambio político. ¿De qué clase? ¿Cómo el de Gandhi, como el de Stalin? ¡Mein Führer! ¿Quién podría salvar Joy City? Y con “Joy City” se refería esa emoción, a hombres y mujeres, Dios lo quisiera: fuera de una lata y dentro de un versículo: Lawrence hablando de política y la agente Clarks hablando de Dios. Pero él, Kit, no, tranquilamente lo dijo en silencio, no era Dios. No.

            ¿Qué había allí, afuera? El mundo, de nuevo. Sí, eso era. Además, presintió otro acontecer: Desde un principio, supuestamente se había decidido hacía años, él salió de prisión a hacerse cargo de Joy City, ¡a tomar el poder de la Organización! Sin embargo, no sólo no desarrolló poderes telepáticos que, él intuyó, serían necesarios para el actual sistema de gobierno de la Organización; también parecía que él no quedó convencido, al grado de que ni la agente Clarks ni el subordinado Lawrence lo plantearon, de que la realidad en el presente era aceptar un completo caos: Un no perder hasta llegado el día del fracaso: Una bala, un tormento, un encierro. La primera la paz, el segundo la humillación, y el tercero la esclavitud: Ni la paz era querida por los habitantes de Joy City ahora: El veneno terminó por transformarse de una desgracia a un deseo, un deseo obstaculizado por los que aún lo quisieran fuera de ahí. ¿Y por qué lo querrían fuera de ahí? Tal vez toda Joy City debiera arder… Mas, volviendo a lo mismo, ¡vaya que los había quienes quisieran verla surgir y en las alturas! La telepatía como un milagro de Satanás: y gente adorando a Satanás. La telepatía como travesura de Dios: y gente peleando por sus vidas.

            Hasta en él mismo encontró Kit más de una contradicción. Tomó su pistola. Era hora solamente del amor: ¡Ojalá siguiese en la Tierra!

 

6

            En ocasiones cuando no se puede confiar en nadie, no está presente la obligación, o el deber, de confiar en alguien en absoluto.

            –Voy a necesitar un auto propio, Lawrence.

            –¿Un auto propio? Claro, señor Kit, lo tendrá… “Concesiones de un empleado, capítulo I…” Se ve cansado, jefe: Esas drogas no están mal ¿eh?

            –Nada mal, hermano.

            –Vamos a tronarnos a un tipo gordo de Los Boa, jefe. “¿Permiso concedido? ¡Sí!” Bien, es todo lo que necesitábamos.

            Lawrence, tras varios minutos de camino hablando del Sol y las mujeres, aparcó a media cuadra del supuesto destino.

            –Espera aquí, señor Kit, necesito verificar algo con ese tonto. Piensa que usted hará un trato con él; pero no sé lo drogado que vaya a estar, o que no esté solo.

            –De acuerdo, hermano.

            Lawrence bajó y no tardó en llegar, a lo lejos, a una casa donde le dejaron entrar sin mayor problema o conversación. Fue un segundo después cuando pasó:

            Sin nadie ahí, la puerta del asiento del copiloto, donde estaba Kit, se abrió. El viejo no supo qué pensar ni qué sentir al segundo siguiente. Sin el espejo lateral del auto para poder notarle, un hombre joven y grande se deslizó desde el exterior de la puerta trasera hasta Kit, a quien le colocó una pistola en el corazón con su mano izquierda, mientras con la derecha extrajo la 9mm.  del pasajero. Y dijo, sin gritar, pero muy seriamente:

            –Sal.

            Kit hizo caso.

            –¿Ve ese auto gris? –le preguntó el hombre del arma, ya a espaldas de él.

            Kit lo vio.

            –Corra hacia él si no quiere un tiro. Hágalo, por su bien.

            En ese mismo instante, el viejo pudo percibir el sonido de las sirenas policiacas a lo lejos.

            –Vienen por usted, hombre, así que, ¡corra!

            El viejo lo hizo. Llegó al auto gris, un Chrysler. Dos hombres vestidos de negro, en los asientos delanteros arrancaron el coche.

            –Suba, señor Kit –le dijo el conductor, tirando a la calle un cigarrillo a la mitad–, y rápido.

            Se fueron de ahí sin ser seguidos.

            –Antes que nada, ese Cadillac blanco tenía dos kilos de cocaína en la cajuela, señor Kit. Le acabamos de sacar de la trampa de su vida.

            –¿Por qué? ¿Quiénes son ustedes? ¿Puedo prender un cigarrillo?

            –¡Los que quiera…! Queremos, bueno, quisimos salvarle porque usted es, probablemente, un buen hombre, y le creemos un buen y posible elemento dentro de toda esta puta situación.

            –¿Qué puta situación?

            –La guerra.

            –¿Debido al veneno?

            –Y a sus extrañas facultades y a todo el puto sectarismo levantado por él y… Y etcétera.

            Joy City se resbalaba rápidamente al otro lado de la puerta de Kit… La puerta.

            –¿Es mi imaginación o esa puerta, la del Cadi, se abrió…?

            –¿Sola?

            –Telequinéticamente.

            –Usted puede hacer eso también, ¿no?

            –Anoche, lo hice. No es algo que contarle, y apenas me acostumbro a toda esta cuestión de ciencia ficción.

            –No es ficción, señor, no. Y la ciencia no puede decir o hacer mucho, por lo menos no con todo el mundo matándose y metiéndose a toda clase de prisiones humanas… Y si los científicos no tienen respuestas o la menor puta idea de qué está pasando, menos nosotros… Respuestas, le digo, no las tenemos. Sería como intentar comprobar la existencia de Dios: Ella está ahí, pero el bruto del hombre también y eso lo jode todo. Las comprobaciones-luego-del-hecho hacen andar al hombre, no a los hechos mismos. Por lo tanto, señor Kit –y el hombre extrajo una imponente pistola escuadra–, es hora del baile perpetuo aquí en Joy City. Es como el futuro en las películas de robots.

            –Oh. Eso explica todo, supongo.

            –Nosotros no tenemos poderes telepáticos, pero como usted, tenemos facultades telequinéticas. No sabemos por qué, pero sabemos que el criterio de selección no es de este mundo. Como si Dios mismo, ¡o la Virgen Negra!, nos hubiera puesto juntos.

            Condujeron varios minutos en silencio. Kit recuperaba no el aire, sino cierta ilusión. La de la libertad. ¡Era preso del hombre desde hacía tanto tiempo! Llegaron, finalmente, a una casa que bien pudo considerarse una mansión, blanca y con columnas y varios escalones largos que daban un auténtico toque de auténtica majestuosidad al estilo plantación del Sur.

            –Vamos, señor Kit –le dijo uno de los tres jóvenes–. Este es el cuartel general de nosotros, La Black Gang.

            Mientras subían los bellos peldaños y entraban en el hermoso recinto, continuó:

            –Aquí estamos auspiciados por un viejo millonario que manda traer su droga del extranjero: No le gusta el veneno. La pasa en su habitación del tercer piso. Casi ni le vemos, verás: su droga es la heroína.

            El lugar estaba completamente limpio y cubierto de lujosos muebles y ornamentos.

            –Subamos. En el segundo piso guardamos todas las armas… bueno, menos las que traemos cargando.

            Hombres y mujeres vestidos de negro surgieron de varias puertas de cedro y pasillos alfombrados con tapetes rojos.

            –Lo que no sabemos es si esto es el principio o el final. No sabemos nada. Comemos, nos drogamos, matamos y dormimos. Justo como animales, pero sin tener nada en contra de lo animal, ¿entiende a qué me refiero?

            –Sí. Una utopía.

            –También morimos, eso es cierto, a la vez. Sin embargo, señor Kit, siempre fue así para todo joven muchacho llevando un cigarrillo de marihuana en el bolsillo para compartir con sus amigos.

            –O con su novia, hermano –apuntó Kit, recordando esa tarde.

            El joven, que se identificó como Paul, sonrió:

            –Con su novia, sí… –luego, su semblante se ensombreció–. No sé si las grabaciones le gusten o no, pero tengo una que no le va a gustar, señor Kit. Es algo sobre lo que no tenemos opinión alguna.

            Lo condujeron a un amplio salón donde, imperial, una gigantesca pantalla abría una tercera parte del muro. Paul gritó a alguien que no estaba a la vista:

            –¡Pon el video que llegó anoche, Peter!

            –¡Enseguida, Paul! –contestó una voz: el plasma se encendió, mostrando, después de un largo minuto, la imagen de un auto a medianoche, aparcado en un oscuro callejón.

            –Endurezca el estómago, señor Kit.

            La agente Clarks apareció en el extremo del plano, andando hacia el automóvil, al que entró. Cuando la agente encendió el motor, el auto estalló.

            Un globo de fuego sepultó a la mujer, a la sexy, buenísima agente Clarks.

            Paul volteó hacia Kit…

            –¡¿Está llorando, señor Kit?! –preguntó, tanto sorprendido como divertido.

            –Sí. Estoy llorando.

            –Señor Kit, ni siquiera sabemos si es algo malo. Además… Vaya, ¡sólo sígame!

            Paul caminó hacia la puerta del salón, mientras Kit seguía mirando ese foco de lumbre.

            –¡Señor Kit, vamos, venga para acá!

            ¿Qué podría hacer el viejo?, él mismo se preguntó, y salió de la habitación con Paul.

            –Sígame, gran hermano.

            Llegaron a otro salón, lleno de gente igual de joven dando mantenimiento a varias armas de fuego, incluso algunos de ellos estaban fabricando una bomba.

            –¡Diane, ¿dónde estás, chica?!

            –¡Estoy aquí, Paul!

            –¡Pues ven para acá! ¡Ha llegado nuestro señor Kit!

            De un momento a otro, apareció ante Kit lo que le supo a una visión celestial. Era una joven, muy joven mujer portando una playera blanca, con el estampado de Pink Floyd: La portada de “The Wall”.

            –Nada ni nadie le devolverá a Verónica, y no sabemos quién o qué era la agente Clarks (su viejo amigo, Lawrence, quizá lo sepa, pero nosotros no), pero aquí está esta linda e inteligente jovencita nuestra. Obviamente, le gustan los hombres maduros como usted. Usted no es una imposición que se le hace a ella, sino todo lo contrario… ¿Cómo ve?

            –Bien… ¡bastante bien!

            Ella le extendió la mano sonriendo, y Kit la estrechó y la condujo a ella hacia sí, para besarla profusamente.

            –¿Usted también practicará la telequinesis, señor Kit?, porque aquí no es obligación: Puede tanto desarrollarla como hacerla irse de usted.

            –Vaya. ¿Tú, Paul?

            –Yo sí, señor Kit, recuérdelo.

            –Llámame Kit, a secas.

            –¡Oh Kit, estoy tan emocionada de tenerte aquí! Dicen que hablas con la Muerte, mi hombre.

            Una media sonrisa se dibujó en el rostro del viejo.

            –Soy demasiado callado para eso, pero, ya que estamos en ese tema, puedo desarrollar esa posibilidad en mí.

            –¡Bienvenido a la vida, Kit! ¡Bienvenido al Paraíso en la Tierra!

            Kit extrajo, aún sonriendo, su paquete de cigarrillos.

            –¿Fumas, mi niña?

            La sonrisa más pura, traviesa, angelical, que él jamás vio en su vida, iluminó el rostro perfecto de Diane, que exclamó:

            –¡Sí, me encanta fumar!

            –Ya somos dos, entonces.

 

FIN

 

 

            Ese cuento le recordaba que Pedro Tilo pensaba que la Literatura era Florencia. Crece y se quema. Florencia alta en poder, enana menos del David en sus piedras. Ese cuento era justo eso, el comentario eterno aunque no una máxima de la humanidad, que hace Sartre en ¿QUÉ ES LA LITERATURA?

            “Florencia es ciudad, flor y mujer… Para mí, Florencia es también cierta mujer.”

            Se abre esa flor que algunos llaman asquerosa. Otros la aprecian tanto que se secan primero ellos. La Literatura está calzada y es pie desnudo en otros.

            Pedro Tilo, como lo vio alguna vez Ernesto Sajíaz, tendido sobre un colchón en una casa grande, con cien invitados: “Por ejemplo, la cocaína en el pene. Un hombre que no es judío, podrá conservar el poder del polvo dentro de su prepucio, pero un glande circunciso, grande y firme, puede, pues el dueño judío tiene mucha cocaína, puede quedar más tiempo seco, inflado, mientras se le enharina de coca que cae y es consumida. De un momento a otro, el pene seco dejará salir una lágrima de líquido preseminal de la uretra, por donde el no circunciso metió pequeños guijarros del polvo.” Ernesto Sajíaz consideró algunas cosas que decía irreales, pero todas literarias. Entendió su comentario, su manera de concentrarse y observar el impulso, sin perder el control de esa Filosofía, que, con los años, ninguno de los dos amigos supo a quién de ellos mismos pertenecía la mayor autoría.

 

 

            Rechazo. Era difícil escribirlo, describirlo más. Era una plasta real de pensamientos invisibles y sensaciones exageradas, pero que pueden quitar a alguien la vida, la respiración, la alegría. Por lo menos, pues se habla ya de la llegada de la muerte en una vida que se pasó con dificultades. Lo difícil no es ser feliz, sino evitar el sufrimiento. ¿Hay fuerzas contra la existencia?

            También se podía hablar de las falsas realidades que existen.

            Visiones de Dios y una mujer puede ser la vida, como lo puede ser la Literatura. Como Asaf, el cantor de David. Ernesto Sajíaz lo recordaba por las conversaciones de Pedro Tilo con otros hombres. Hablaba de un falo ungido por su propio aceite de roble joven pero picante. De recibir una descarga fuerte de semen en su boca. Ernesto Sajíaz se retiró de ahí, pero no sin olvidar del nombre de Asaf.

“Dios es conocido en Judá;

En Israel es grande su nombre.

En Salem está su tabernáculo,

Y su habitación en Sion.

Allí quebró las saetas del arco,

El escudo, la espada y las armas de guerra.”

            Ernesto Sajíaz percibía claramente la melancolía de los salmos de Asaf en tantas estrofas, pero también como en aquélla, con la que comienza el Salmo 76. Pues Judá traicionó a Jehová y Sión también, como dice Isaías, el Profeta. Un profeta o Dios mismo quebrará las armas robadas al Dios de los Ejércitos, y las palabras serán devueltas. Entonces, regresará la paz, pues no todos los judíos ni sionistas perecieron en el castigo o siquiera fueron pecadores. Por eso el Espíritu Santo se permite tanta tristeza y muerte en su obra sobre el equilibrio del alma en manos de otro, en la esperanza misma. Porque vuelve Jehová cuando volverán sus pueblos y Él no será vencido.

            Esa Filosofía de ellos. Si tu padre te consiente y no educa, tu hermana, que es educada y no consentido, te resentirá en los buenos días y en los malos te envidiará. Y tú, tú querrás tener la vida apacible de una persona que hace las tareas y, veinte años después, tiene dinero para irse de viaje; y resentirás a tu padre al bromear y envidiarás a tu hermana por el hambre en el estómago. En vez de decir: “¡Gracias a Dios, mi padre me consiente; como si fuéramos un par de jesuitas él y yo!” y “Gracias, papá…”

            Habrá que estudiar el Maniqueísmo. Así que Ernesto Sajíaz tomó su INTRODUCCIÓN A LA HISTORIA DE LA FILOSOFÍA, de la UNAM.

            La vida y saber que cualquiera ve la Forma definitiva del Universo, o de Dios, en donde él la encuentra. Uno no escoge el álbum ni la droga más que lo que escoge el sentimiento que los días nublados tienen en él.

            Pero eso no lo libraba del nuevo acontecer, que surgía detrás de dos figuras sombreadas, entrelazadas. El fenómeno. Extrañar, como si la muerte fuera, a la Raquel Leño enamorada, escritora. ¡Escribía con el cigarrillo sujeto entre los labios, como una francesa!

            La palabra quiere ser devorada. No se puede. A lo que voy es a que Ernesto Sajíaz quería saber si era extrañar. Ahora encontraba que eso era un deseo. Desear está bien, hasta que sufres. Eso lo dice Buda. Eso es el deseo, un peligro quizá fatal. Su humedad no siempre rodea el organismo adecuado. Pueden caer los besos a las bocas, y aun sufrir por ello. Entonces se busca la posibilidad de retomar el camino de la añoranza como un arte, la melancolía como Literatura. Y nada más. Si la vida está en la Literatura, Literatura ella misma es.

            “¡Como un maldito poema, Dios mío!”, se decía Ernesto Sajíaz, este cuestionamiento sobre extrañar. Necesitaba salir, tomar aire. Ahora era un hombre. Un hombre deteniendo al escritor. Un hombre que vive algo que no era cien por ciento probable de pasar, de sucederle. No es la pérdida de una mujer. Es la pérdida de Raquel Leño. Y Raquel Leño salía de su ficción. Su vida, los años, la felicidad. Estaban preparados, vivieron la felicidad. Ella se fue. “Ella” Raquel Leño o la felicidad.

No nos atormentemos. “Recomendemos la compasión”, decía Pedro Tilo muy en serio. Eso estaba tanto en el Existencialismo Ateo como en la Biblia. La compasión no tiene sinónimos. La misericordia es más majestuosa y la lástima es basta. Por eso, se le ocurrió a Ernesto Sajíaz, está la responsabilidad del escritor. El ser responsable en relación a la nada. Ronquentin descubre que las palabras pueden abrirse a la inexistencia, que en las palabras está la inexistencia. Si la raíz negra deja de ser negra a la percepción mental, ni la raíz ni el negro de la raíz negra existen ya. El fenómeno debe coincidir con su abstracción para empezar a existir en cuanto muera como fenómeno. Eso es la cosa, porque el fenómeno y la abstracción son humanos, pero la cosa no.

Para Heidegger y Husserl, por ejemplo, no existen las hipótesis en la Filosofía, o, más bien, las hipótesis son palabras que conducen a la inexistencia en cuanto rigor científico. Es mejor aceptar que se puede filosofar soñando, siendo el espectador del fenómeno, del ser puro no existente. En las hipótesis la inexistencia hace un nido de palabras, a menos que deje de ser una hipótesis, esto es, que se vuelva un enunciado Filosófico, esto es, puro, lógico. Porque la lógica no es una línea recta, sino que la línea recta es una línea lógica. La alternativa a la Filosofía moderna es la definición moderna del ser poeta. Algunos poetas son filósofos y viceversa, como hemos llegado a pensar ya. Sí. Pero unos hacen poesía y los otros Filosofía, a menos que se llegue al punto de encuentro entre ambos, que es la Literatura.

Husserl proponía una suspensión del juicio. La abstracción no es explicativa, sino descriptiva. Al suspender el juicio, los prejuicios intelectuales ante el fenómeno, la existencia se presentará junto con el ser. La existencia no debe ser juzgada, pero mucho menos el ser. Juzgar un ser es ignorarlo.

Ernesto Sajíaz, a sí mismo: “Y claro, cuando le existencia se presenta acompañada del ser, la existencia deja de ser una o la angustia… La existencia con su ser se vuelve el sí. El sí, según Sartre, es responsable de su propia existencia… Cuando la existencia es en otro, el ser puede superar la materialidad existente con la suya, que es meramente un trazo imaginario en el Universo… Lo cual, por cierto, algunos llamarían existencia también, por estar en el Universo…”

Ernesto Sajíaz, suspirando, se levantó a medias sobre la cama, giró noventa grados a la izquierda, sentándose, suspiró, alargó su brazo a uno de sus libros más preciados. “Existencia Encuentro y Azar.” Quien lo escribió, Fernanda Navarro, llamó a su hermano, Fernando, quien conoció a Clive Owen en Cannes, donde Fernando estaba, gracias a la invitación de su hermano Guillermo, pues se presentaba alguna de las películas en las que él trabajó con su director Guillermo del Toro.

Fernanda Navarro: “Oye, Güero, no enciende el Marquís. ¿No puedes venir a checarlo?”

Fernando Navarro; “Well, of course! I´ll be there, ahm, let´s say at…

El coche no tenía gasolina.

Ximena Navarro, la hija de Fernando Navarro, le había dado ese libro de regalo a Ernesto Sajíaz. Ese mismo día, también, le dijo que Carlos Fuentes la recibió a ella con los suyos en su casa con Silvia Lemus, la mujer más guapa del mundo.

            Ernesto Sajíaz: “Si le dices a Pedro, se desmaya, Ximena.”

            Ximena Navarro: “Ay, siií…”

            Ernesto Sajíaz, dentro de su prudencia, de su sentarse con las piernas así, nunca escudriñó la dedicatoria en la primera página de papel del libro. Decía que a Luis de ¿Gamba?

¿Qué más?, pensó Ernesto Sajíaz, destrozado por sus propias dedicatorias. “en recuerdo de una conversación sobre el Teatro, la Existencia y el mundo ¿en Mérida?” Y firmaba Fernanda. Octubre de 1995, el año en que fue editado EXISTENCIA, ENCUENTRO Y AZAR, de Fernanda Navarro.

 

 

            En Chile Pablo Neruda escribió joven y galán “Puedo escribir los versos más tristes esta noche” y en México un docto de Cuba dice “Por mí, ¡que los escriba!”

            La niña del trigo, la niña morena. Nicole, para Ernesto Sajíaz.

            Las barcas que se mueven, amarradas, golpeando una orilla, golpeando otra madera.

            La luz de la visión salía detrás del fragmento de esfera para Ernesto Sajíaz: “¡La palabra: Extrañar!” Es, si uno siente que la toma en serio como vocablo, pueril. “Echar de menos.”

            Extrañar a Raquel Leño. Si no lo explicaba, porque lo estaba explicándoselo, él mismo se lo advirtió, ¿podría describirlo?

El resto era solo una poesía extraña

            Éste fue el verso que alguna vez, un par de años después, Ernesto Sajíaz escribió con respecto a la diferencia entre el dolor que sentía y las imágenes románticas de la mujer fugada. Las últimas eran, incluso, algo ridículas. Pero no podía ni caminar del dolor.

            Y se sentó en un parque. Recordó cuando Pedro Tilo le hizo reír con uno de sus disparatados desplantes de culpabilidad por nada. Ernesto Sajíaz le había prestado el libro que escribió Fernanda Navarro.

            Ernesto Sajíaz, cuando Pedro Tilo se lo devolvió: “¿Bien? ¡¿Qué pensaste, Pedro?!”

            Pedro Tilo estaba un tanto… ¿ansioso? ¿nervioso? ¿agitado? Le dijo que había sentido paranoia.

            Ernesto Sajíaz, riendo, preguntó: “¿Paranoia? Es un libro de amor, Pedro. El título lo dice.”

            Pedro Tilo, caminando de un lado a otro, junto a un Mercedes en la noche: “Ábrelo y ve.”

            Ernesto Sajíaz: “¿Y qué vamos a ver?”

            Pedro Tilo: “Las ideas, las categorías de estos filósofos. Son peligrosas.”

            Ernesto Sajíaz no dijo nada, y leyó: “En el plano cognoscitivo, estos filósofos han registrado un cierto abandono de toda definición de `sujeto´ que suponga que conoce la verdad.”

            Pedro Tilo: “¿Lo ves?... Lee otro, otra vez al azar.”

            Ernesto Sajíaz lo hizo diciendo: “A ver… Ah, mira, ¡Husserl!”

            “Para Husserl, el descubrimiento de la subjetividad –o del sujeto trascendental– es el descubrimiento de la dimensión propia de la filosofía, a saber, la dimensión trascendental. De esta manera se realiza la idea husserliana…”

            Pedro Tilo: “No no no, no estás leyendo todo. Ideas sobre trabajadores. Ideas modernas.”

            Ernesto Sajíaz: “Sólo está diciendo algo muy cierto. La subjetividad es el conocimiento. Es parte de la lógica. Ahora que, si te refieres a Sartre… ¡Tú amas LA NAÚSEA!... ¿Son tus miedos al socialismo otra vez?”

            Pedro Tilo: “Llámale como quieras. ¡Qué voy a saber yo del soviet!”

            Ernesto Sajíaz: “Sólo dilo tranquilamente, Pedro, para que no te partan la cara individuos que, por ser seres humanos, también se apasionan y te entienden mal las cosas.”

            Pedro Tilo dijo antes de prender un cigarrillo: “¿Cómo qué?”

            Ernesto Sajíaz: “Sobre ser un fascista, compadre.”

            Pedro Tilo: “No. Yo no digo que soy un fascista; y tú siempre haces lo mismo, al poner palabras en mi boca, Ernesto. Digo que lo que alcancé a leer en Mussolini fue que el Fascismo es un movimiento a favor del obrero y de las instituciones religiosas.”

            Ernesto Sajíaz: “Y siempre agregas que, por lo tanto, sí señores soy fascista…”

            Más tarde, Ernesto Sajíaz le dijo a Pedro Tilo, que sudaba sentado en un sofá en el interior de la casa donde estaban: “O que Hitler es judío.”

            Pedro Tilo: “Porque era judío.”

            Ernesto Sajíaz miró a su amigo con franqueza: “Dices que, por lo tanto, el movimiento nazi no es racial, sino político…”

            Pedro Tilo: “Económico.”

            Ernesto Sajíaz: “Económico, sí. Porque había un filósofo alemán en los veintes diciendo sobre Alemania que:”

            Pedro Tilo: “Que el marco tendría que ser pulverizado, levantado del suelo para auténticamente hacerlo fuerte en las prensas del trabajo alemán.”

            Ernesto Sajíaz: “Y que Hitler pensaba así, y que eso quiso hacer. Destruir el marco con una guerra intercontinental en la que fracasaría Alemania. Un derroche aparente, más inteligente que, sin embargo, que un derroche, fue hacer al derroche un arma de destrucción masiva. Una cuestión económica, en efecto, Pedro.”

            Pedro Tilo, realmente interesado en saber la respuesta, pues comenzaba a recordar que su amigo le estaba pidiendo prudencia. Prudencia que él no tenía. Preguntó: “¿Y eso qué tiene de malo, de escandaloso?”

            Ernesto Sajíaz: “Que al explicar el nazismo, la gente piensa que tu interés en él es una simpatía.”

            Pedro Tilo quiso defenderse. Ernesto Sajíaz lo detuvo: “Sé que no sería necesariamente así. Que podrías estar haciendo la labor de un historiado, o, por lo menos, de un periodista. Pero, Pedro…”

            Pedro Tilo: “La gente la toma a mal.”

            Ernesto Sajíaz nunca le diría, y se sentiría mal al pensar en hacerlo: “Di, mejor, que tienes sangre judía.” Porque para Pedro Tilo el padre era la última cuenta del rosario. Sabía cosas que convencían hasta a Ernesto Sajíaz de lo oscuro que puede a llegar a ser la permisibilidad espiritual humana. Pero era inocente. Él y Hitler eran judíos, y así vivía feliz, diciéndolo sólo sobre Hitler y nunca de él, así estuviera burlándose de su padre.

            Era la abuela el que lo amaba. Ella consiguió redimirle. En lugar de un suicida, Pedro Tilo era un drogadicto ocasional. Era un cómico en vez de un hablador. Era una especie de caballo de mar en calzoncillos ajustados para un chico casi tan afortunado como su amigo Pedro Tilo.

            Y entonces, lo supo. Pedro vive en San Petesburgo. Joven intelectual, bebe con Dostoievski en una habitación cerrada. Gozosos, Pedro se arroja a Dostoievski, saca su largo y grueso pene y lo empieza a chupar.

            Pedro: “Déjame ser tu niño ruso, Dostoievski.”

            No, pensó Ernesto Sajíaz.

            Pedro: “Déjame ser tu chico ruso, Fédor.”

            Los dos, en unos instantes, sintieron, de pronto, que no era necesario, que perdían la erección. ¡Pero no la voluptuosidad de dos amigos!

            Pedro: “Entonces, ¡hablemos de Literatura!”

            Fédor: “Pues, hablemos de Rusia.”

            Pedro: “Entonces, escribamos.”

            “Pedro”, se asió Ernesto Sajíaz a él. Sintió una estimulación real, sana y sanadora.

            Ernesto Sajíaz pensó, pues, en Rusia, para seguir escribiendo. La Literatura rusa es la última clásica, a pesar de sus afectaciones de autor moderno, como lo dice Tarkovski sobre Tolstoi. Pamuk, en ME LLAMO ROJO, habla a través de sus personajes, que el estilo en la antigua pintura canónica turca es un defecto en la obra. Por lo tanto, Ernesto Sajíaz entendía, Tarkovski suponía que el hombre sólo tiene defectos para hacer arte.

            Entonces, al escribir, quizá haya un defecto. Podría apresurarse, precipitarse incluso. Llegó casi corriendo, de noche, a su cuarto. Escribiría las primeras partes del cuento de Pedro. Sólo un cuento, para el que pregunte por Raquel Leño y él, en vez de llorar por ella, por ella leer un cuento que él acaba de escribir. Así, se dejaba masticar por la muerte.

            “En el tiempo del silencio, en el tiempo en que todo resulta bajo la Luna estar mirando la Luna, bajo la noche estar sintiendo la noche. Sobre la grama, siempre fresca, tras las lluvias, el desastre. Bajo las lluvias, el desastre. En esa noche en que todo es un territorio, una posibilidad de escapar de la posibilidad menos grave. Todo es vida, todo es ilusión, cuando realmente queremos divertirnos un poco.”

           

            “Todo es gratuito; este jardín, esta ciudad, yo mismo.”

            Ernesto Sajíaz siguió leyendo su ejemplar de LA NÁUSEA:

            “¿Cuánto tiempo duró esta fascinación? Yo era la raíz de castaño. O más bien yo era, por entero, conciencia de su existencia.”

            Lo cerró, “gratuito.” Cerrar el libro y sentir su cuerpo, tan agradable como la lectura y como la caligrafía. Él era, como unidad, un libro como él. Le hacía sentir bien un personaje que no necesitaba de un perdón. No quiere ser perdonado, a pesar de atisbar el sufrimiento o la locura. Ve el objeto, la cosa. “La cosa” era para él un vocablo asqueroso. La cosa se escurre, aguada, vacía, carnosa. Como un sexo pisoteado. La cosa ahí, y son muchas cosas. Ronquetin entiende, por otro lado, que el conflicto es la incomprensión. El fenómeno es la incomprensión. Eso le reclamamos a la existencia. No la podemos ni describir. No tan fácilmente, pensaba Enrique Sajíaz.

            Mira el hombre de la sala de los retratos a otro retrato. Un patriarca que colocó su mano sobre la cabellera rizada de su nieto, como si significara algo verdadero, como si le transmitiera el bienestar que le deseaba materialmente. Pero no, es sólo la mano sobre su cabeza. Su padre trabaja para el abuelo, no el abuelo para el padre. “¿Trabajaré yo para mi padre?”, se pregunta el nieto o, quizá, cree que ese momento le asegura el buen camino y al buen destino. Igualmente, en otro libro, Sartre, habla sobre el antisemitismo francés del burgués. Éste se encuentra necesitado de sentirse un ser superior, por razones que sólo a ella corresponden. Y señala a un judío, y dice: “¡Judío!”, y se siente superior al judío sólo por señalarlo, por imaginarlo. Llega el niño a casa, y pregunta: “¿Qué es judío?”

            Puede Enrique Sajíaz imaginar el pequeño cajón del café, la caja de cerillas, incluso un zapato, que mira Ronquetin en su Náusea, como la caja de cerillas que a la vez era un murciélago y ninguno de los dos de Picasso. Algo así. Su alma. Del objeto. El objeto tiene la vida del alebrije.

            ¿Raquel Leño sería esa aparición en él, en medio de la ciudad, de la ciudad representada por una figura de piedra de la Virgen María con los brazos abiertos que comienza a escurrir una línea de sangre desde un orificio en su pecho? Esa violencia, esa muerte. ¿Navegaría él a Raquel Leño si la muerte verdaderamente habitaba a su vieja amante? Él quería saber qué extrañaba. Si extrañaba, era que él poseía una psique comprometida con otro ser humano y, al no estar ese ser humano, tanto su mente como su cuerpo sentirían el vacío, esa cosa, como un auténtico dolor o carencia. Una ceguera que no dejaba de ser desesperante. Sentido de no asimilar la situación psíquica de no encontrar a nadie en el espacio del corazón, cuando el ojo del alma amaba esa visión y a diario. Estar, en verdad, dentro de cierto peligro, por un arrepentimiento suicida de nunca saberla existente, a pesar de que le hacía el amor a su ser y a su ser olía las noches de Teatro. Leía sus libros, que hablaban no sólo sobre su madre, sino sobre su entrega a la modernidad. A la misma, al final, la insultó, la arrancó de los brazos de su propia obra. A la modernidad se le da aún de mamar. Raquel Leño se la destetó y le dijo que él la hizo a ella inexistente como ser, quitándole su existencia para que fueran “novelas de él” y no de ella las que Raquel Leño escribió en el transcurso de quince años.

            Raquel Leño: “¡Porque pensé que podía dedicarle un par de años a experimentar como tú, como tus amigos, como tus tipas, tus escuinclas descerebradas!... Y ahora, que me voy a morir, que no publicaré quizás ningún libro más, mi obra no es una que resulte coherente ni en sí misma ni de acuerdo a lo que quise dar a leer a los lectores de este mundo!”

            Y le llamó asesino. Le dijo que él la mató. Lo recordaba ahora. Lo volvía a escuchar, a ver, ahora. “Asesino, tú me mataste.” A ese grado, a ese grado le odiaba. Pero alcanzaba a darse cuenta de otra cosa: En ese momento, esa tarde mientras escuchaba esos gritos contra él, Enrique Sajíaz extrañaba ya a su mujer. Ya no era su mujer. Con sus bragas asexuadas de lo mucho que le había olvidado a él Raquel Leño. Las mismas que no quitaba cuando la penetraba, el mismo ejemplar, cubriéndole el hoyo y protegiendo sus muslos de las gotitas de orina colgando de su vello púbico. Esperando a algo o alguien más, hasta por mera costumbre. O por hacerle daño. Un daño psíquico. Ocupar el espacio de Raquel Leño para poner el de Satanás. Solamente que Enrique Sajíaz sentía exigir, entonces, mejor el de la muerte.

            Ir a su casa. Verla. Pues sentía que, si sabía que ella escribía algo ahora, que tenía la esperanza de publicar más, mucho más aún, antes de su muerte, él se sentiría mejor.

            Eso era egoista, sádico, y su propia clase de ceguera. El peligro de que, sin la responsabilidad, el contacto con el otro es un conflicto contra la existencia debido a nuestro propio ser. La luz de otro sol no es la luz del Sol, tendría que ser el mismo sol o uno idéntico, a igual distancia, etcétera, para ser la misma tierra. Porque la luz, el fuego del otro, no importa si es el Cielo o el Infierno, no representa la cordura en un yo. Nos quedamos ciegos al tocarnos, y nos tocamos porque estamos ciegos. Pero no le importó. No pensó siquiera. Sintió el impulso en su cuerpo, el cuerpo alrededor del vacío, la mente atrapada en él al querer ocuparlo. Sólo verla y saber que no murió. Que su muerte era también luz de él. Aunque él tenía su propia muerte, como todos, como la mía, que fue espectáculo y agravio a la vez.

            El Dios al que Asaf canta es el Dios de los Ejércitos. Dios es el Dios de la guerra. Pero los horrores de la guerra, eso es obra del hombre, dice Carpentier. La muerte, la muerte, Nazareno, decía en el desierto el Diablo, la muerte también es de Dios, ¿por qué dices que la muerte es mala, Jesús?

            Cataratas de luces de otras personas. Ernesto Sajíaz no podría contemplarlas. Sólo Dios, sólo un ángel. Y Enrique Sajíaz se entendió como una necesidad de un ser que explica toda existencia y es causa de sí, como dice Ronquetin, en su concepto moderno de Dios. Eso es lo que iba a decirle a Raquel Leño. Que en la modernidad, ella olvidó a Dios, cuando él le estaba enseñando el Modernismo Anglosajón por el cual se conocieron, y se enamoraron. Todo artista joven dado a experimentar en el arte, debe saber que el arte moderno es el arte de representar la modernidad sin olvidar los sentimientos clásicos que derrumbarán las figuras antiguas de la catástrofe original moderna. Ella iba a tener que entenderlo. Él ni le hizo daño ni dañó su obra. La enriqueció con la libertad de ella, de la autora, finalmente, de esos libros.

Pero él sabía que pecaba. Ella lo maldijo, además. Ernesto Sajíaz podría perder la razón, si es que no lo había hecho ya, aunque fuera intermitentemente, entre dos pasos de un lugar a otro de la ciudad, al variar su navegar en esos mareos de colosales sepulturas para sólo una persona que se desliza sobre la mugre de las peores banquetas.

            Ya no hay un puente aquí, sino que modernizaron el paso… pues el puente cansaba a las mujeres gordas y estaba siempre cubierto de orines que esucrrían por los peldaños de cemento quebradizo. Un paso adelante para la ciudad no erta un paso hacia adelante para Ernesto Sajíaz en ese momento. La muerte del puente era la existencia del puente. Él pasó muchas veces por ese puente, años atrás. Lo recordaba bien. Bloques del olor del orín dificultaban el paso por ahí. Con Raquel Leño, parecía al revés. Una peste, un hedor impedía que Ernesto Sajíaz surcara por el pasado al otro lado de la vía. No podía atravesar la pútrida sensación de ser odiado. Él era repulsivo por la repulsión de su mujer. “¡A mi edad, estar aguantando eso!”, se dijo Ernesto Sajíaz, y creyó que, por eso, tendría que sobrevivir a toda costa.

            ¿La muerte no regresaría, de un instante a otro instante de su vida, para pedirle masticarlo? La muerte podría mascarle como un hombre odiado por una hembra que antes él poseía. La perdió. La muerte se la quitó y él podría estarse corriendo dentro de una mujer que fuera casi una niña. En ves de eso, al abrir la puerta de su cuarto, cayó al suelo lentamente.

            Por ella. La aparición. El tiro en el pecho de la Virgen. De algún modo, ella traicionaba a la ciudad misma con su odio contra ese habitante, ahora autoproclamado miserable a sí mismo, eso lo grita, lo pregona, como cuando un general que desertó a don C. S. G. le cantaba corridos frente a su gente, pero les pedía que el señor no se enterara.

            Sí. Tropezar y buscar el otro fragmento de la parte de la médula rota. El año de la muerte de Ricardo Reis. Especificar todo, ese movimiento en la ciudad. La mujer que entre semana pide limosna afuera de Tiendas del Sol con una bocina que emite música popular, pero que los domingos también canta. Pedro Tilo le deja dinero. No mucho. Cinco pesos.

            Pedro Tilo: “Los tengo…”

            Sí, Pedro Tilo podría decir que él podría ser Bloch, pero no lo era. Él mismo lo sabía. Pedro Tilo era un judío fuera de la concepción que una cultura hizo de su propia Lengua. Pedro Tilo era una persona que, judío o no judío, por algo relacionado a judíos de verdad él podría morir atropellado, enfermo, muerto a golpes por un amante casual, sospechosamente.

            Llorando, Pedro Tilo alguna vez le dijo lleno de ironía: “Eso se lo agradezco a mi padre, sí señor… Pero si lo digo, soy un `racista´. ¿Qué coño es un racista? Si estoy molesto por esto, ¡por esto a mi alrededor! ¡Este Pueblo maldito…! Si me muestro contrariado por lo difícil que es ser un judío, me llamarán un traidor, un criminal, porque consideran que no existo.” Pedro Tilo nunca preguntaba qué es judío, porque nadie más pero nadie menos que él lo era… Pero es de esas palabras cuyo nombre tan corto engaña al que la imagina, porque hay cosas que tienen nombres cuya extensión puede ser de párrafos, de libros enteros. El nombre es la descripción, no la explicación. Esa la da el ser mismo a su nombre. Cada quien tiene su muerte, y el nombre propio es su imagen epitáfica, su mausoleo imaginario. Nunca preguntaba qué es judío, y dejaba de serlo. Era otra cosa. Era un apóstol, un plato en la casa de Jacob, el nieto de un polaco.

            Pedro no es judío. Es homosexual. Declarado y deseado.

            Pedro Tilo: “Debes agregarle esto, Ernesto: Es un chico que se enamoraría de una ballena vieja como de un niño de diez años, que tendría sexo anónimo y candente con un borracho como con un uranista académico, y lo dice, finalmente: `No tengo preferencias, ¡mas eso no significa que vaya a acostarme con la primera persona que se me ponga en frente!´ ¿Sabes? Aunque esté buscando sexo desesperadamente, el cosmos es el que decide, no la promiscuidad. Uno no es promiscuo, Pedro. Tan no soy promiscuo que ni siquiera voy a decir que soy una persona liberal, aunque  sea un liberal y nada más. La gente no entiende las palabras, Pedro. Sólo se las comen, se las llevan como cucarachas, y las civilizaciones caen. Por lo menos eso decía Octavio Paz, por más que le detestemos.”

            Ernesto Sajíaz: “Yo no detesto a Octavio Paz.”

            Pedro Tilo: “Es requisito. Como leerle, me imagino. Ya ves, robarte el tiempo es lo peor que le puedes hacer a un lector.”

            Ernesto Sajíaz: “Por otro lado, es la primera vez que lo dices así, tal cual.”

            Pedro Tilo miró interrogativo a Ernesto Sajíaz: “¿Decir qué?”

            Ernesto Sajíaz sonrió.

            Ernesto Sajíaz: “Que te gustan los hombres.”

            Pedro Tilo bromeó: “No creo que sea necesario decírtelo a ti.”

            Ernesto Sajíaz: “¿Por qué no quieres acostarte conmigo o por las veces en que te he visto filtrear con cientos de hombres?”

            Pedro Tilo rio, divertido: “Mira, Ernesto, la verdad es que nadie lo creería.”

            Ya no está el letrero pintado en la entrada de la Alameda:

SE PROHIBE LA ENTRADA

A VENDEDORES

CICLISTAS

Y PAYASOS

            Es la misma fuente, son los mismos árboles, las mismas piedras. Ya no se puede fumar cigarrillos dentro. La epidemia de ardillas fue controlada. Los baños son impagables. Pedro Tilo orinaba en otros sitios, donde no le cobraran cinco o diez pesos. Entraba en un restaurante cualquiera, cuando iba bien vestido. Cuando no, orinaba en cualquier calle escondida. Decía que sentía la adrenalina. El puente que se derruye, no hay vuelta atrás, la orina ha salido. Sal, sal, orina, sal de una puta vez por completo.

            Eso es lo que decidió Pedro Tilo dar de universal a Pedro, quizá para no hacerle tal. Pedro Tilo sabía que Pedro era una pieza completamente única y un personaje muy fácil de describir. Decidió respetar eso.

            Pero la muerte es el otro. En el otro está el yo primordial que lo hace otro, pero no el otro. En la muerte del otro está el yo, está su ser sin compañía de la existencia. El otro como un otro es un yo que existe y, por lo tanto, en ciertas discusiones podría ser categorizado como inexistente. El otro es un yo que existe sin el ser. Mas la Filosofía derivó en decir que se debe respetar la existencia y no al ser, pues debe cambiarse según las leyes universales del hombre, de la moral. La existencia, en cambio, es el bloque que no debe manipularse. Se respeta al otro porque es un yo que existe, y el yo, se dice, debe ser respetado al cien por ciento sólo porque es yo… Pero se debe respetar al otro por ser otro. Además, cambiar el ser no es siempre mejorarlo. Intantarlo no siempre es lograrlo. Es absurdo.

            Pero él no, aun escuchando sus propias palabras. Quería recuperar algo impulsivamente y que tenía que ver con su cordura. Con su sexualidad también. Así que, fue a Raquel Leño. En su casa, la de ella, grande, triangular y con mucho cristal y madera.

            Salió de ahí a punto de anochecer. Estaba ciego.

 

 

 

 

            Raquel Leño había tratado de suicidarse tomando un veneno, cuando aún estaba con Ernesto Sajíaz. No resultó. Pero desarrolló un extraño cáncer, que la mataba lenta y rápidamente.

            Sentada en un sillón, frente a Ernesto Sajíaz, Raquel Leño le dijo, reteniendo su contrariedad parcialmente: “¿Qué quieres, Ernesto? ¿A qué vienes, a que te muestre la vagina, a que te bese y abrace?”

            Ernesto Sajíaz: “Quiero saber si estás escribiendo.”

            Raquel Leño: “Creo que te dije que eso ya no es asunto tuyo.”

            Siguieron la absurda conversación. Psaron incluso por el punto de ella decirle que los opeáceos le hacían alucinar una boca humosa que tuviese en el paladar un tablero de botones de máquina antigua, moviéndose sin orden aparente. Depués pasó a hablar de la sensación en su cuerpo, de un dolor demasiado intenso, producto del tamaño del tumor presionando sus músculos. Pero terminó, al final, por decir que escribía su testamento como si fuera una obra literaria, y que le hacía bien. Entonces, comenzóa llorar, a hablar del detergente con el que limpian el hospital a donde va a tenderse, a negarse a las quimioterapias.

            Raquel Leño: “Yo no podría vivir con las náuseas.”

            Ernesto Sajíaz: “Todos pueden vivir con ellas. Y vivir bien.”

            Raquel Leño: “Yo, parece, que no soy todos, porque con la náusea bien me voy a morir.”

            Y Raquel Leño le dijo que alguien le hizo el amor. Y no era un concierto de violín. Era José José, y a cada embestida, ella tenía que moverse del dolor.

            Ernesto Sajíaz: “¿Quién es?”

            Jen-paul Sarte, el hombre más sensible a la angustia humana delo siglo xx, pasó su vejez sobando agitadamente las piernas de sus estudiantes en los cafés. Pero Ernesto Sajíaz, que pudo vivir su vida escribiendo sobre las plantas del desierto, tratando de seguir a Rulfo y no a Cervantes, caminando por el Centro, pues caminar cada sábado por la noche por el Centro es conocerlo. Alguien ausente a la angustia que no fuera un escritor llorando por su actriz. Ahora quería sentarse en la acera, tras cruzar el largo jardín frontal de Raquel Leño, y llorar por lo que Raquel Leño le explicó era un pelota de tejido amorfo. En cuanto a las razones para haber intentado suicidarse, Raquel Leño le dijo A Ernesto Sajíaz que no tenían que ver con él y no dijo más.

            Cuando pudo levantarse, con cinco mil pesos que no necesitaba realmente, pero que Raquel Leño le había dado, pidió un taxi en vez de caminar hacia la parada de camiones. Fue al centro, mareado, viviendo su náusea, por Pedro, por el mismo Ronquetin lo haría. Por Gallimard. Gallimard que sería un levantamiento en los cuadros de piedra de las calles de París, para salvar al subsuelo. Para leer bien a Baudrillard.

            El ejercicio editorial. La existencia de la Literatura no es sólo un libro bien impreso y encuadernado, si no llegó a serlo industrialmente. En al ejercicio editorial las palabras conducen a la inexistencia. Sólo se puede oler un libro de frente, se puede leer un libro al otro lado del mundo, pero el ejercicio editorial da la carne hermosa al espíritu cualquiera. ¿Dónde está la carne de la Literatura? ¿Quién la come? ¿Quién tiene una náusea?

            Caminaba entre los rayos de sol, bajando de los edificios del siglo XVI y XVII a la plaza a los edificios del siglo XVIII. Se dio cuenta de que él no era más que un personaje. Un hombre con nombre, carácter, vida, logros, que sólo era un tumor, un tipo desagradable ante la persona que lo veía derrotado y débil. La mujer que no tomaría a un hombre derrotado y débil, eso era él.

            Ernesto Sajíaz, sintiendo una punzada de dolor, se preguntó: “¿Qué es débil, la existencia o el ser?”

            Otra vez, la lengua. Pero para el que ha aprendido a escuchar, la lengua lame, resbala el ser a los pies del cazo lleno de soma para que Zoroastro lo beba y entre en trance: El ídolo cuya piel de metales semipreciosos es el fuego que a lamidas le ilumina los contornos de su cuerpo. El ídolo va  a decretar algo o a permanecer callado eternamente. Ese es el trago de soma sagrado. Cuando la respuesta es el ídolo caído pero la voz emitiendo la palabra Yo. “Yo soy Dios.” Luego, Dios siempre es otro, y cielos han visto más de nosotros que de Él en día cualquiera, y no hay nada bajo el cielo que no sea de Dios. “¿Tú diste al ave el vuelo?”, pregunta Jehová al hombre. “¿Tú diste a mi mujer la vida?”, pregunta Raquel Leño a Ernesto Sajíaz. “Pues, mira adentro.” Adentro, los corredores del hospital, donde gente muere en un quirófano dejando líneas de sangre por doquier. La imagen del tumor golpeteando su cuerpo. Los vómitos que evita. Sólo sobrevive en un nuevo mundo de horror, una mujer fuerte y guapa aguantando duros dolores en el coito. Golpes de verdad.

            Reducida Raquel Leño a Raquel Leño, se calmaba Enrique Sajíaz. “Bien lo sabía, a ella ni la conocí.” Era ficción. Pero era una ficción rasgada. Era el fantasma de otro.

            Sin embargo, yo, por ejemplo, podría decir que de mí no puedo compararme a que Sartre tuviese la Náusea, pues no la tuvo, y vivió la vida más feliz y europea del mundo. Yo, no sufro, pero tengo el problema, uno que me hace notar esta novela, de usar palabras distintas para dolor y sufrimiento. Y tengo el problema de tener a Enrique Sajíaz sin poder caminar bien, porque se pregunta qué clase de hombre le hace esas cosas a Raquel Leño. Se siente rodeado del más burlón Pagannini y, por otra parte, él sabe muy bien lo que es José José: Su padre fumaba cocaína y bebía en una cantina de doce a dos. Todo era la ciudad ahora desdoblada y él deseó el sexo de Raquel Leño más que nunca. Lastimarla. Deseó que ese hombre presionara su pene duro contra el tumor de Raquel Leño. Entró, a prisa, al Vip´s frente a la plaza del Centro. Corrió al baño a masturbarse, y regresó  a escoger una mesa. Cinco mil pesos extra ¿eh? Prácticamente cenó. Pensaba en Pedro. En cómo no, no es un burgués, sino un miembro de la realeza que sería muerta a tiros, y en el fuerte y grandecito trasero blanco del principito que cae aún sentado en un charco frío de agua de pescado en un callejón. Pero ya sabe leer, y no por milagro.

            Seguía asido a Pedro. ¿Entraría en el Vip´s frente al Palacio de Invierno de los zares? ¿Cómo entraría? ¿Buscaría pan y chocolate o alchol para un bohemio? ¿Qué edad tendría? Al final, ya sabría escibir también, y ser un caballerito que dice que el caballero se nota no ante la dama, sino ante el otro congénere. Realmente, quizá sólo sea su cuerpo grueso en su menudez, esbelto en su figura de jovencito que un siglo después caminaría como una dama. ¿Qué haría un muchacho pobre para conseguir pan y chocolate o alcohol para un bohemio aquí?

            Cuando gana una apuesta.

            Ernesto Sajíaz no se atrevió. “El Jugador”, tanto como la biografía, de Dostoievski hablan de la ludopatía, ahora llamada, de la adicción al juego, en una forma relevante y negativa.

            Fédor pierde a Pedro por el juego. Porque Pedro, solo por las noches, a veces perdía a Fédor por lo mucho que Fédor bebía, y caminaba, él mismo ebrio, buscando dinero para compar todos los tomos de su Enciclopedia Rusa, sobre calles cual colinas contra la Luna grande del San Petesburgo sin luz, contento, volviéndose adicto al juego, por no quere engañar a Fédor ni con un a dama, no señor. A Fédor no.

            No se puede ahorcar. No. Es atropellado, por un carruaje, huyendo de unos cobradores de apuestas. En la noche, frente al Café M. que, lleno de luces y bellas mujeres, solían concurrir cuando tenían dinero.

            Para empezar a escribir, Ernesto Sajíaz se dijo que Pedro no era el concierto para violín de Tchiakosvky, sino que él para otro era el concierto para violín de Tschaivosky.

 

 

 

            Raquel Leño o, más bien, el hombre que hacía eso, decía Ernesto Sajíaz puerilmente, era una escultura inmensa en medio de la plaza, rodeando con su cuerpo hercúleo y su cráneo casi calvo el cuerpo desnudo y atormentaod por el brutaql abrazo de ella.

            Ernesto Sajíaz sólo suspiró. Raquel Leño vivió lo mejor de su vida, ¡sus últimos días!, con alguien más. Eso ya no sería extrañar, pensaba, mientras las lágrimas salían, sin realmente ser un llanto, de sus ojos en el parque, ante la escultura.

            No moriría en un quirófano, como él pensó. Con los riñones drenados inutilmente. Se pegaría un balazo con su amante, con las mismas bragas puestas, ya tan poco ajustadas.

            La historia de un suicidio de dolor. Se teme el sufrimiento. Se teme el quirófano y los pasillos del hospital y hasta el maldtio gotero. Se intentó suicidar, y su muerte le dio la fruta más exquisita, así, frente a él, el intruso, Ernesto Sajíaz.

            Se doparían los dos. Ni siquiera con heroína, sería muy dolorosa la sobredosis. ¡Pero seguro que la probarían!

            Ella era esa avalancha de caballos faulknerianos, que el amigo de Ernesto Sajíaz nunca describe, sino que descirbe a los otros, a los de su marido, el soldado, el asesino, el hombre blanco del Sur. Ella quiso que fueran esos tres caballos despegando a los cielos, finos delgados salvajes y bellos, el azul del cielo del Centro de México.

            ¿Qué tal ser rechazado como lector o como marido? Como ser humano para la civilización, para la Literatura. Sintió, por lo tanto, que Raquel Leño le hacía a él lo que a ella le hacía quel amante de la escultura. Se dobló de dolor, no resistió ser tan repulsivo, todo dando vueltas alrededor de él. Entonces, sus manos estaban sobre el suelo de piedra, sobre la suciedad.

            Pedro lo recogió, lo ayudó, le ofreció una moneda, con un libro bajo el brazo.

            Pedro:”O… ¿Quiere un trago de vino?”

            Enrique Sajíaz dijo que no. Pedro se despidió, y el cuerpo de Ernesto Sajíaz despegó a su cuarto. Era la muerte.

            Tendido en su cama, buscaba el autogobierno de su cuerpo. Era el insecto de Kafka, finalmente. Eso ganó por escribir, a pesar de las precauciones. A pesar, se dio cuenta, de ser el villano, podría ser como uno de esos villanos que escriben bien. La salvación sólo sería el siguiente movimiento, el de la posibilidad.

            Lo inexplicable no siempre es cuestión de alienígenas y estigmas religiosos, es también cuestión de lo innegablemente existente y del ser. Raquel Leño surgió como un ser lleno de ideas misteriorsas que lo estaban matando. Estaba repleta de actos por dentro.

            Pedro Tilo: “Voy a dedicar mi artículo a él. Estoy harto, lo que se dice no poder más. Me insulta y habla de “Existencialismo” a un hombre que es un existencialista formal desde los diescisiete años. El Existencialismo es una doctrina lingüística, fundada por Jean Paul Sartre, que enuncia a la existencia como lo que precede al ser y al ser como responsable de sí como un ser, no como un yo. Es pesadísimo. Es de los que me da problemas por la cuestión judía. Voy a escribir algo sobre Asaf. Mira, aquí tengo las notas que tomé a mano. Están ya en la computadora… Espera.” Mientras cambiaba rápidamente el cigarrillo de mano, Pedro Tilo suspiró. “Lo que se dice harto y fatigado, Ernesto. Es un hombre de mucho dinero… Nada que ver contigo o conmigo, amigo…”

            De su saco sacó un par de hojas cuadriculadas de libreta escolar, dobladas y algo arrugadas.

            Pedro Tilo: “Canta, hermano, Como esa canción de epígrafe a ELEKRTONIK TÜRKÜLER. Asaf cantaba. Las cosas más tristes, es verdad. Pero no siempre. Dios complacido”.

            (Pedro Tilo: “Heidegger y Camus no negaron ser llamados Existencialistas por desprecio, sino por respeto a Sartre, a las posibilidades de Sartre. A su libertad. Ahora ya podemos leer, finalmente, a Gide en México. Pero a Sartre, quizá nuevamente, ya no. Su libertad peligrosa. Nunca salió del café. Con sus chicas. Con ella. Ella y su aventura con un escritor norteamericano, no con Nelson Algren, a él no lo quiso. Con Thomas Wolfe o algo así. Fue bastante intenso. Sartre ni se enteró, casi. Su relación era abierta. No todo es vano, no todo es público.” La mano de Pedro Tilo tiró el resto de su trago a la calle. “¡Ah! Mierda, salpiqué mis zapatos.” Los zapatos se encontraban tan bien lustrados, tan negros, que Ernesto Sajíaz pudo ver las gotas de bebida sobre la piel.)

            Asaf. Ebrio, Ernesto Sajíaz llegó a su cuarto, a su pequeño hogar. Se tumbó en la cama unos minutos. Después, se levantó y fue a sentarse a su escritorio, a revisar las notas de Pedro Tilo sobre el cantor.

            Enfrente de todo Jerusalén, a donde Israel fue convocado, el rey David hizo pasar el arca del pacto de la Alianza con Jehová su Dios a su lugar, que él mismo había preparado. Y el tabernáculo había sido tienda de David.

            De entre Israel, hacía tiempo Jehová apartó a la tribu de Leví para que estuviese delante de Él para servirle y para bendecir en Su nombre, por lo cual no tenía Leví parte ni heredad con sus hermanos. Jehová es tu heredad, como Jehová le dijo. Y así, los levitas cargaron, por el conocimiento de David de que así era mandado en las Escrituras desde Moisés, el arca de la Alianza; y el rey David mandó llamar entonces a los cantores, pues él sabía que Jehová su Dios le había mandado alabanza. Dejó de porteros del arca a Berequías y Elcana; Beniaía y Eliezer. Mandó orquestar a los músicos cantores, todos de entre los hermanos de los levitas: Hemán, Asaf (hijo de Berequías) y Etán cantaban y tocaban los címbalos, de bronce. Zacarías, Aziel, Semiramot, Jehiel, Uni, Eliab, Maasías y Benaía con salterios agudos de Alamot. Matatías, Elifelehu, Micnías, Obededom, Jeiel y Azazías tenían “arpas afinadas en la octava para dirigir.”

            Pedro Tilo anotaba que la palabra venida del hebreo “instrucción”, masquil, era la manera de Asaf de entenderse como judío. Para él mismo, Pedro Tilo, los judíos son los hombres descritos en el masquil de Asaf Salmo 78. “Los judíos son las manos que rodean a Israel.” Continuaba escribiendo, diciendo que su historia familiar era esa, la de traiciones burdas y grotescas, de ineptitudes y codicias, de crueldad y abuso, una y otra vez. Pero sólo la redención de ellos podría significar el perdón de Jehová al hombre. Por eso el rey David no era un hombre, sino más que un hombre. Al morir la generación de los previos judíos, sus hijos no cometerán los pecados de sus padres, y serán recibidos de vuelta en Israel, el Reino de Dios y de sus escogidos. Entre paréntesis, Pedro Tilo hacía una referencia a “las Bienaventuranzas cristianas.”

            Asaf tenía que vivir por David, el líder espiritual de Israel, lo que el rey no debía experimentar en carne propia. Lo vivió su ungido, Asaf, hijo de Berequías, célebre cantor de la corte del rey. Porque muchos Salmos hablan del sufrimiento del Profeta, pero los Salmos de Asaf hablan del sufrimiento de un judío. Como los del rey David.

            Ernesto Sajíaz se dijo: “¿Qué tanto, Pedro, hay en ti, amigo, de la palabra judío, que no te puedes callar?”

            Pedro Tilo, en una fiesta: “La palabra judío debería ser erradicada del lenguaje, para bien o para mal.” El “para bien o para mal” fue percibido por los escuchas como el colmo de la maldad verbal. “Por un lado, significa lo que se sufrió en el Holocausto, por el otro, significa lo que algunos seres humanos, ¡varios!, quisieron pulverizar.”

            O, con la tristeza no de la decepción de un intelectual a otro, sino de un amigo que teme por la vida del suyo, escucharle usar sus palabras más allá de la razón:

            Una persona molesta con Pedro Tilo, en otra fiesta: “¿Está diciendo que había algo de `estudiado´, me parece que es la palabra que usó, en el exterminio nazi?”

            Pedro Tilo: “¿Exterminio? ¿Cuál exterminio?”

            La persona molesta, ahora molestísima: “¡El de los judíos!”

            Pedro Tilo: “¿Pero, exterminio? Si quedaron muchísimos…”

            ¿Por qué provocar a alguien, así? ¿Qué buscaba? ¿Noches de cristal? Iban a romperle la cara un buen día. Su sensualidad haría que le violaran sexualmente, en alguno de esos palacios a donde le llevaba a tomarse sus copas. A sus “fiestas”. ¡A sus orgías! Y conocer gente agradable ahí en esas fiestas, y gente desagradable actuando de forma violenta, incluso contra ti mismo, frente a tu esposa, que no te suelta el brazo por quince años de fiestas así. Porque en sus fiestas, en las de Raquel Leño, Pedro Tilo, que siempre está ahí, apoya a Estados Unidos de América, y exige a Raquel Leño más “simpatía con él” por leer ella a Faulkner “también.”

            “Un maldito alcohólico mató a mi mujer.” Esa era la verdad. Succionó su vida, se la fumó, cigarrillo tras cigarrillo, a seis cigarrillos la hora. Porque Pedro Tilo salía con dos cajetillas para él y una completa para obsequiar cigarrillos a quienes se los pedían. Él siempre traía tabaco para esos chicos de dieciocho años. Como había escrito un cuento sobre pedofilia, todos sonreían al mirarle mejorar. Pero se alcoholizaba de tal forma en las noches, que sus parejas siempre fueron personas comunes que conocía en el día a día, nunca los príncipes y princesas enjoyados de sus sueños, que se fueron tornando en hermosísimas pesadillas, que le eran un vicio, que eran sus veladas. Y él se volvió su sátiro. Y ese sátiro grandilocuente era el sabio Asaf, haciendo los cantos de la noche. Esas personas, esos hombres y mujeres que Raquel Leño acusaba como a Ernesto Sajíaz mismo, destruyeron su obra. Rechazó ella a su público, lo quiso abortar y se pudrió dentro de ella, con su nombre, con su estilo. En vez de sólo haber amado, que es haber sido leída. Eso es el Existencialismo en cuanto a Literatura Existencialista. Escribir para el presente un libro presente. Raquel Leño estaba mal.

            Vivir con la copa, o la taza, cerca de la mano. Como su padre le decía a su hermana menor: Hoy tenemos más que suficiente, y mañana lo suficiente tendremos, que es más.

Ser leído, tu nombre, tu rostro, tu persona, lo que sea, ser leído.

            “¡Raquel”, se desesperó. Lo había dejado todo ir, adiós, a la nunca. La obra, la obra podría ser una sola novela. No un testamento. Pero él no se iba a culpar si ella insistía en no escribir lo que quería escribir, ¡culparle como a un asesino! El asesino era Pedro Tilo, el asesino era Faulkner, ¡no Ernesto!... “¡Yo no sufro más que como judío!”, quiso gritar, repitiendo lo que hacía de Pedro Tilo un judío, para él. Ernesto Sajíaz y Pedro Tilo, dos judíos, el Dios era la Literatura y el Profeta era el Modernismo Anglosajón.

            Raquel Leño: “De Faulkner no quiero que tampoco me hables ya. Faulkner no es lo que piensas.”

            “¡Pero es normal no atreverse a escribir como Faulkner, Raquel! Yo no escribo como él, no me atrevo. García Márquez ni intentó volver a hacerlo después de CIEN AÑOS DE SOLEDAD… ¡Y no es necesario!”, le diría, si la tuviera enfrente, y la llevaría a la librería a comprarle ABSALOM, ABSALOM! en inglés y después a una fiesta. Inventarían un cuento entre todos, que escribiría Raquel Leño. Alguien diría que EL OTOÑO DEL PATRIARCA también es faulkneriano.

            Si hubiese un Cielo, un Israel, como decía Pedro Tilo, ¿Raquel Leño la pasaría con él? ¿O estaría tendida desnuda, abierta, con su sexo enorme, ante otro hombre, bajo un árbol?

            Bajo el árbol, comiendo una fruta. Su cuerpo tiene las formas de una mujer que ha esperado perezosamente la llegada del permiso de comer el fruto prohibido. Sus carnes flojas, su silueta desparramada ahora, mordiendo con la boca abierta, gimiendo nasalmente, la gran manzana, penetrada por fuerza por el hombre que salta sobre ella. Ernesto Sajíaz tendría que colocar en el suelo las patas del caballete, acomodar el lienzo, sacar las pinturas y hacerle el cuadro a Dios. Tal vez, con espanto, metidas entre las lonjas y los muslos enormes, note las viejas bragas, para él asexuales.

            Ahora no la extrañaba. Ella ocupaba el espacio del Demonio. Pues, así como Dios es un nombre que le sigue al ser, Lucifer es un ser que le sigue al nombre. Dios puede ser malo, pero el Diablo nunca puede ser bueno, dentro de las normas lingüísticas existencialistas. No se sabe si el Diablo existe. Se cree más que Dios es el padre también del Mal. Pero si Jehová es Dios, no puede existir el Diablo. Si el Diablo existe, Dios es malo. Dios puede ser malo, no ser Dios sino sólo Jehová, el Creador, Todopoderoso, pero imperfecto por no tener Misericordia. Jehová es un ser que fue llamado Dios, el dios de dioses, y que es Dios sólo para el hombre que así lo considera. Esa es la palabra Dios. Si el Diablo no estuviese en contra del bienestar, su nombre sería Lucifer, no el Diablo. Lucifer fue engañado por Israel, lo que significa que Israel es el Diablo por ser lo que la palabra Diablo significa, por ejemplo.

            El Diablo no puede ser Dios, pero Dios puede no ser bueno y al mismo tiempo todopoderoso.

            Asaf cantaba a su Señor. La palabra YHWH, Yahvé, que enuncia el eje del ser, “Yo soy el que soy”, posteriormente mántrico, perdió en la tradición oral el registro de su fonética original, pues los hebreos dejaron de pronunciarla, por respeto, y pasaron a articular: “Señor”, que es Adonai. La Biblia católica sustituye el nombre de Dios por Señor, también. El nombre de su Señor, en las Escrituras lo dice, a Él le produce intenso celo, y proclama a uno de esos Profetas menores que desaparecieron por tanta tierra en sus desiertos, que: “¡RECUÉRDALES QUE MI NOMBRE ES JEHOVÁ!” Dios o no Dios, Jehová es el Señor de sus escogidos.

            La historia de Jehová, es pertinente aclararlo, se desarrolla según varía Su nombre. Ese nombre, en la Historia, indica todo lo que es Su presencia. Volviéndose como Su hijo en la Tierra, como los pastores y los comerciantes y las prostitutas, ahora se pasea en las regiones y las poblaciones por él agraciadas, llamándose a Sí mismo “El Dios”, librando la guerra en contra de todas las almas y naciones entregadas a la palabra dios, al concepto dios de los hombres y dioses por encima de otros hombres y más dioses que El Creador, Jehová. El dios es el fenómeno, no el ser.

            “Escucha, Israel, y testificaré contra ti.”, dice el primer Salmo de Asaf, Salmo 50. Se le atribuían, precisamente, a este cantor sensibles facultades proféticas. Y a través de la profecía, el pueblo de Israel quedaba desnudo como en el día de su creación y en el día de su muerte. Pues Cristo dijo: “Tienen cubiertos los ojos, tapados los oídos, para que no se vuelvan a mí y yo los sane.” Así, cuando hasta Israel escucharía las expresiones de ira de Jehová, alguien a Israel impide regresar al bienestar de su Dios. Ese alguien es el Diablo, y si no es el ángel Lucifer, el Diablo siempre fue otro ser, un ser que aún no coincide con su idea primordial. Pero, como también se canta, hemos alejado tanto a Dios de nos, que Él tampoco puede a nosotros oírnos, estemos o no arrepentidos, los canales naturales de comunicación con Jehová han sido estropeados por manos humanas. El Cielo mismo, dice la tradición, seguirá en guerra hasta el día en que la última hormiga deje de sufrir aquí en la Tierra. Moriremos y llegaremos a un Cielo en guerra. Eso es el Diablo. Es más grande que Israel, e Israel se cree sin necesidad de Dios, pues piensa que el Diablo no es otra cosa que un ángel bello y mangoneable llamado Lucifer. Pero la angustia existencialista nos llama a aceptar que, no por no pensar que Dios existe o por pensar que no existe, vamos a aseverar que no necesitamos lo que le consideramos que vendría siendo para la humanidad. Una oportunidad. Para un niño con hambre, un enfermo de cáncer, un judío en el Holocausto, una víctima en un accidente automovilístico.

            Nuestras palabras nos dan hambre, pero nos conducen a cazos vacíos. Soñar con Dios no es el pecado de Dios, es el pecado del hombre.

            Asaf bendice a Sión, Jehová su Dios lo hizo. Ese es el momento del Salmo, cuando se bendice al monte de Sión con el regreso de Jehová a Su morada. Pero Jehová también dice: “Por cuanto las hijas de Sión se ensorbecen, y andan con cuello erguido y con ojos desvergonzados; cuando andan van danzando, y haciendo son con los pies; por tanto, el Señor raerá la cabeza de las hijas de Sion, y Jehová descubrirá sus vergüenzas.” Lo que significa que, en vez de las generaciones jóvenes no hacer lo que sus padres, son las hijas del lugar bendito, por no ser el lugar bendito, las que se corrompen al no leer la Literatura de Asaf, al pensar que la corrupción les dará a Israel como un Cielo, cuando es lo que hará de Israel un infierno. El judío deja de ser judío, y pasa a ser el Diablo. Está contra Jehová.

            Era verdad. Eso decía Asaf, ese ciclo judío, tanto biográfico como histórico, que el hombre debe vivir. Porque, al final, es Asaf quien avisa, quien alerta: “Han dicho: Venid, y destruyámoslos para que no sean nación, Y no haya más memoria del nombre de Israel.” Israel, el Reino de Dios. Israel es como palabra un grito de guerra, tanto la combatida como la victoriosa, que viene del hebreo “el que lucha con Dios” y “Dios prevalece.”

            Como la parábola de Jesucristo, de los labradores malvados que asesinan a los trabajadores y al hijo del patrón. Como la parábola de los labradores que no hacen florecer las viñas del patrón. Asaf es depojado de su reino. Incluso hoy se sabe que el pueblo tiene derecho a un Estado. A una propiedad que es defendida con violencia, cuando podría ser la fuente de la vida. Ellos han dicho: “Heredemos para nosotros las moradas de Dios.”

            Sólo quedan palabras para agredir, cuando las que eran para defenderse no consiguieron la caída de una civilización. Sartre lo dijo, llega el momento en la vida de muchos intelectuales, de dejar la pluma y tomar el rifle.

            ¿Eso hacía Pedro Tilo? ¿Tomar un rifle, hablar hasta que lo mataran a golpes y no sólo escribir? Le dijo a Ernesto Sajíaz que tenía una idea hermosa para un cuento: La biografía de un general musulmán, un sultán mejestuoso, joven, hábil, fiel, perfecto, que, mientras se libra una poderosa batalla contra los infieles, que intentan entrar a su palacio, el sultán despierta. Mira a su alrededor confundido, adormilado, y se da cuenta que soñaba, que él sólo es un soldado de Israel en las trincheras, armado con un rifle, protegido con un casco demasiado grande, y que una nueva batalla va a comenzar.

 

 

 

            Miedo a usar las palabras. A decir sociedad. Como escritor, decir sociedad es usar un término demasiado primitivo para describir algo demasiado complejo intelectualmente. Pero como persona, él no decía sociedad por la cuenta que se daba de lo poco que la conocía. No la quería. No creía en ella. Es una palabra estúpida, se decía. Solamente que iba a usarla. A imaginar la sociedad. La sociedad es orgánica, pero una idea completamente virtual. Es una obligación impuesta al hombre. Miedo a usar las palabras, en vez de amarlas.

            La sociedad posee un control sobre el individuo, y no es una organización de los individuos, sino de lo social, de ahí que permanezca como un ser virtual, y que no todo lo orgánico es social, así como tampoco todas las organizaciones lo son. Amar las palabras es una guerra.

            Por el vidrio escurre el manojo de semillas de la granada.

            Miedo a amar, a besar, a presionar con la boca la carne más suave de la otra persona. Porque es un cadáver, ahora, la otra persona.Uno rehúsa entrar a esa caverna. El camino no existe, en ocasiones, de una persona a otra.

            La calle sigue melódica en los dedos, en los ojos, en los pies. No es que sea profundo, sino que profundo es el miedo a no terminar un cuento, una novela. Por eso se escribe bien en la cárcel, cuenta la tradición. ¿Cuál sufrimiento hay de Cervantes en el segundo Quijote? Sólo es gozo, esa es la nota de lamento del Quijote, sólo una tersura en la imagen de la novela, no por el sentimiento de la melancolía, sino por su color que hasta en los peores momentos de Sancho hace brindis.

            Fragmento del Quijote:

            “Fuéronse a comer, y la comida fue tal como don Diego había dicho en el camino que la solía dar a sus convidados: limpia, abundante y sabrosa; pero de lo que más se contentó don Quijote fue el maravilloso silencio que en toda la casa había, que semejaba un monasterio de cartujos. Levantados, pues, los manteles, y dadas gracias a Dios y agua a las manos, don Quijote pidió ahincadamente a don Lorenzo dijese los versos de la justa literaria; a lo que él respondió que, por no parecer de aquellos poetas que cuando les ruegan digan sus versos los niegan y cuando no se los piden los vomitan…

            –…yo diré mi glosa, de la cual no espero premio alguno, que sólo por ejercitar el ingenio la he hecho.”

            En un punto, desde un principio, don Quijote habla un castellano tan antiguo, que los otros personajes lo notan. Un castellano medieval como el del LIBRO DEL BUEN AMOR:

            “Vozes dulces, sabrosas, claras é bien puntadas,

            A las gentes alegra, todas tyene pagadas.”

            Tanto para Archipestre De Hita como para los personajes del Quijote, la lengua de Castilla, desde antes de ser por completo la de Cervantes, resultaba presta a la vulgaridad o la ridiculización de sus propiedas riquísimas. Lo burdo del español mexicano viene más de España  que de una espontánea epidemia verbal presente en el brutal impacto en el indio de ver a su madre violada. Es el indio quien ensalzó al castellano, le hizo Dios. Y Pedro Tilo decía, en un sentido contrario a su cruel juego con respecto al exterminio judío, decía que no hubo exterminio indio; no por festejar un crimen español, sino por negar una tragedia mexica. Los mexicanos que no son morenos, son españoles venidos de la guerra civil española, por ejemplo. Tienen sangre alemana, como los menonitas. Por parte de Cortés quizá no hubo siquiera agravio, por lo que una india lo amó y milagrosamente aprendió en un santiamén el castellano.

            Pedro Tilo: “Hay un mexicano, y esto me choca pensarlo, que tiene a la Malinche como una persona real y a la Virgen de Guadalupe como un invento para algo peor que los idiotas.”

            Es García Márquez quien escribe la novela que le siguió al Quijote, es Fuentes quien habla de “la Lengua de Castilla” recibiendo el Príncipe de Asturias. Es el español quien desterró a más de una órden religiosa, de las cuales auténticos oasis de conocimiento cultural surgían en la Nueva España.

            Ernesto Sajíaz se daba cuenta de que pensaba lo que siempre había dicho.

            En el Quijote se encuentra un pasaje de una buena descarga de gases que no puede evitar Sancho, que suda asido a su señor, montado en su rocín artrítico, quejoso de esas sopas tan fuertes de su escudero. Y es de una alegería exquisita, a pesar de lo mucho que en ese momento lo sufren ambos personajes. Porque en el español la grosería es alegre. Del español se acepta el tortazo, viene de él. Ahí está la belleza del castellano, su grosería. Sólo el español es alegre en su grosería. Su grosería, fuera del lenguaje estético, en cambio, mata. Mata toros, españoles y hasta reyes. Mata todo si no es la carcajada. En él no se miente, en él se esconde, y luego él mismo acepta su interior grosero, y sale pa´fuera. Él muta, él caca, mordida de bola dura, de un sabor opaco, neutro, antes del siguiente escalón, tras la grosería que ya mata, se muerda la bola de caca, y un sabor excrementicio, popóseo estalla y puede causar la arcada si no se escupe a tiempo. La grosería no es violencia en Cervantes, pensador. La violencia es grosería y el único real problema de don Quijote y su escudero Sancho Panza. El amor, en cambio, en don Quijote no pierde nada al perder la ilusión, que sobrevivió toda la historia. Es un desplante de insensatez de ambrosía roja, de los labios rojísimos de Dulcinea del Toboso, que le espera. Pero El Caballero de la Triste Figura la corteja. El duelo de lanzas por Dulcinea y la realidad misma es sólo una intensificación de todo lo que hemos visto, que es a Don Quijote de la Mancha pelear sin atino y con perjuicio, cuando le sacan las sangres de la quijada en la venta y molinos simples le avientan con las fuerzas de un gigante. Pero Sancho Panza, a los finales de su buena ventura, consigue la cena del gobernador ahora de la ínsula prometida ni por el señor, sino por su señora Literatura, ama dél, hinca los dientes pequeños pero gordos en verdaderas aves enmieladas y en una chuletiza propinada por los servicios y extremidades de más de una dama, y así se paga hasta el gusto de verle, al pobre, tan bello en su zarandeatica para uno, que hasta se goza en que el muchacho es tan común. El castellano de vulgar le pasa a hermoso, pero le muestra siempre grosero, prosaico con todo y culpas. El hombre era un hombre no sólo de pueblo, sino ya ni del tiempo gótico, antes de llegar el recurso desde la Nueva España para nuevas guerras y nueva iglesia. Si no surgió en España y Francia un Estado en cada cual tras la Nueva España, en algo mucho lector se equivoca, pues Europa, medieval, bárbara, se enjoyó toda de reina. Tanto, que hasta perdió su cordura, opinan algunos, con respecto a la cuestión de la cultura. Pero es sólo sentir, y si en sentir no se duda, no siempre se puede sentir. Entonces, a viva voz, ya se extraña esa golosina que es Cervantes, en historias y en estilo, propia su estructura, que son los tres elementos conocidos como la conformación de la Novela.

            “Porque hay falsas realidades que existen”, pensó Ernesto Sajíaz.

 

 

 

            ¡Cómo temblaban al día siguiente las cosas, por extrañarla ahora tanto! Con el Sol de la mañana, caliente, amarillo, y la falta de alcohol en la mente y en el ánimo, la extrañó de otra forma. Más que como una dama, como un cuerpo.

            Pudo ver su rostro por varios segundos como un todo. Ella sonríe. Ella se va.

            Raquel Leño sonríe. Caen sus lágrimas. Se sonroja. Se cohibe. Se percibe adolorida. Quizá se retuerce del dolor, que erotiza, al que provoca, al que perturba con el falo del macho que la toma con embestidas fuertes, trémulas, húmedas.

            Como una respuesta surgida de un complejo cálculo mecánico hiper rápido, surge una idea que es más que un planteamiento. Es un posible comando. Raquel Leño debe ser destruida. Por ello, Ernesto Sajíaz se siente aún pecador, ahora mortal, casi un cobarde. No por eso va a sentirse, a final de cuentas, poco estimulado por la idea de extirpar a Raquel Leño tanto como ella quiere permanecer con su tumor, con su entrega. Con su propia clase de grosería. Una muy baja, si es grosería. Una sublime, si es por hacer el amor con su cuerpo más que nunca.

            La solicitaba, como Marcel el beso de su madre. A diferencia del alter ego de Proust, Ernesto Sajíaz no la amaba. Incluso prefería el asco, el desprecio, que el necesitar el abrazo que no recibía, unos buenos días cordiales, con un beso acostumbrado. Él no sabía si la tibieza de esos besos era un causante o un síntoma del eventual desprecio de Raquel Leño.

            Ernesto Sajíaz quería estirar la voz de Raquel Leño. Sentir las lágrimas de la desaparición. Tenía que odiarla o eso quería causarse para por fin poder dar una bocanada de aire. Una situación común en tantos hombres, incluso en un servidor, sin nunca llegar a saber que realmente fueran un error. Ni una culpa.

            Destruirla como un virus. Atacarla, excretarla, hcer el amor con otra mujer. Comer su coño, lamer su boca, morder su piel. Olerla. Más joven, gustándose en una voluptuosidad de novedad y curiosidad encontrada. Podría ir tan bajo como pedir a Pedro Tilo una novela de Faulkner.

            Por teléfono, Pedro Tilo le traducía: “Abril séptimo 1928. Por la cerca, entre los espacios flor rizantes, yo podría verle golpeando. Ellos venían hacia donde la bandera estaba y yo fui por la cerca. Luster estaba cazando en la grama por el árbol flor…”

            Después, hablaron de Shakespeare. Soñaron con los que llamaban ya “desesperaciones purgantes.” Ernesto Sajíaz se daba cuenta que, hubiese o no matado a alguien personalmente, su amigo Pedro Tilo era, en efecto, un “asesino”, como todos los personajes de Shakespeare, casi. Pero conocer toda la poesía, el Verso de Shakespeare, es casi imposible. Es una obra extensísima, le decía Pedro Tilo. Ernesto Sajíaz se especializó, por intentar comprender a Shakespeare bien aunque con pocas piezas, en “Macbeth” y “Hamlet”, y en el personaje de Shylock. Si de por si le gustaba, le apasionaba el pequeño discurso del usurero, ahora le enloquecía casi lo mucho que podría entender en él de lo que sentía hacia Raquel Leño como mujer:

            “Si no alimenta nada más, alimentará mi venganza.”

            Sintió en él el deseo de lastimarla, inclusive brutalmente. De favor, brutalmente. Llegado a ese punto, su extrañarla se agudizó a tal manera, que fue él quien se retorció de dolor. Se detuvo. La amó otra vez. No, no la podía lastimar. ¿Cómo?

            Pero tendría que dejarla caer. Hermosamente. Como las suites de cello de Bach que son apagadas y avanzan por la arena como las visiones del hashish. Dejarla caer y andar, a pesar de que, diciéndose “Oh Dios, si existes…”, quiso golpear a su mujer.n Dejarla caer y verla morir, pero sólo porque se estaba muriendo.

            Podría hacer el amor con una mujer extranjera de pelo corto. La edad de Raquel Leño, pero con una energía más juvenil. Ella era de un país hermoso de Europa. Le hablaba de postres a Ernesto Sajíaz y Ernesto Sajíaz le hablaba de Pedro Tilo para hacerla reír, siendo que escuchaba tan atenta al jocoso compadre del fascista aquél. Hacer el amor con ella y besarla. Decirle que no puede continuar, que la ama.

            Se abrió el cielo. Ernesto Sajíaz salió a caminar por la zona, sin alejarse mucho de los árboles que veía por su ventana. Jehová no le permitiría, empero, comprometer la felicidad de una mujer enferma.

            El Dios de Israel: Sin embargo, Ernesto, te prefiero.

            En cuanto vio a Pedro Tilo, su amigo le hizo saber que estaba listo para la batalla. Le entregó una Biblia suave pero pesada, todavía fresca.

            Pedro Tilo: “Mira. Es una Biblia hermosa. Es casi para paganos. Es Protestante, en cierto modo. Ábrela en Isaías 36. Lee el primer párrafo. Creo que es hasta el versículo 10.”

“36 Aconteció en el año catorce del rey Ezequías, que Senaquerib rey de Asiria subió contras todas las ciudades fortificadas de Judá, y las tomó. 2Y el rey de Asiria envió al Rabsaces con un gran ejército desde Laquis a Jerusalén contra el rey Ezequías; y acampó junto al acueducto del estanque de arriba, en el camino de la heredad del Lavador. 3Y salió a él Eliaquim hijo de Hilcías, mayordomo, y Sebna, escriba, y Joa hijo de Asaf, canciller, 4a los cuales dijo el Rabsaces: Decid ahora a Ezequías: El gran rey, el rey de Asiria, dice así: ¿Qué confianza es esta en que te apoyas? 5Yo digo que el consejo y poderío para la guerra, de que tú hablas, no son más que palabras vacías. Ahora bien, ¿en quién confías para que te rebeles contra mí? 6He aquí que confías en este báculo de caña frágil, en Egipto, en el cual si alguien se apoyara, se le entrará por la mano, y la atravesará. Tal es Faraón rey de Egipto para con todos los que en él confían, 7Y si me decís: En Jehová nuestro Dios confiamos; ¿no es este aquel cuyos lugares altos y cuyos altares hizo quitar Ezequías, y dijo a Judá y a Jerusalén: Delante de este altar adoraréis? 8Ahora, pues, yo te ruego que des rehenes al rey de Asiria, mi señor, y yo te daré dos mil caballos, si tú puedes dar jinetes que cabalguen sobre ellos. 9¿Cómo, pues, podrás resistir a un capitán, al menor de los siervos de mi señor, aunque estés confiando en Egipto con sus carros y su gente de a caballo? 10¿Acaso vine yo ahora a esta tierra para destruirla sin Jehová? Jehová me dijo: Sube a esta tierra y destrúyela.”

           

 

 

¿Cuántas tardes habían pasado de aquellas pocas pero tardes completas? La dispersión mental de su propia carne, de su filosofar. Ernesto Sajíaz se dio cuenta de su nueva condición de hombre cubo. No dejó la carne, no deja la Literatura, pero las mantiene en dispersión. Pide ver un eje. Quiere saborearse como hombre cubo para conocerse, como lo haría una mujer. Como lo hizo y lo sigue haciendo su mujer en ese resbalar de cuerdas del arco.

            Como un santo atormentado, quisiera hacer de la sexualidad de Raquel Leño un acto fornicativo, un pecado o falta. Quiere salir de su estado-lengua y reptar los sentidos de los tejidos suaves del interior de la almeja de su mujer.

            Entiende la existencia, pronta, temible, de lo mojada que está toda la tira rugosa y gruesa, con forma de orquídea, que brilla insospechadamente frágil, distraída, penetrada, irrigada, despreocupada pero también vulnerable ante ciertos contactos físicos. Pero esa misma delicadeza le mordió el rostro. Raquel Leño no es su mujer.

            Ernesto Sajíaz, sabiéndose frente al pasado, se sintió revuelto. Tenía que acudir al propio pulpo que le hablaba con palabras basadas en sonidos en forma de o, que le platicaba todas las cosas que Raquel Leño le había dicho personalmente, además de las que escondía.

            Ese pulpo se estaba burlando de él. Al fondo del mar, donde la luz es morada, el pulpo hablaba sus os y Ernesto Sajíaz era atravesado por la noción de algo que él no llamaría pérdida, sólo porque pérdida es una palabra demasiado luctuosa. Pero haciendo una denotación, era una perdida. Un cambio. Y al pensar cambio, sintió dentro de él la palabra cambio como un cambio y nada más. Dentro de su estómago. Ni siquiera fue desagradable.

Fue claro, de cualquier manera.

            Entraba con la Biblia bajo el brazo, o con LA NÁUSEA, corriendo. A escribir después de distraerse con la lectura. De estar, literalmente y como lo diría Pedro Tilo, saliendo de una depresión. Temía, incluso, que el paso final para superarla necesariamente fueran los medicamentos. Quería acercarse a la mujer extranjera, como Narváez a la India en lo oscuro de la parte baja del templo. De la parte negra del templo, de la noche. Del poco fuego. Del músculo del amor, así sea sólo una mirada descuidada o accidental. El contacto permitido al conquistador, de sí mismo, de la conquista de sí misma. Entra en la niña. Ella le abraza y grita. El explorador español llora de gusto, de amor. Así, Ernesto Sajíaz se soñó. “El muy cubo que soy”, se dijo.

            Conocerla. A la mujer extranjera, en la que pensaba enamorado. Caminar por un parque. Gustaban de la misma música. Pedro Tilo le propuso que fingiera llorar frente a ella, diciéndole que a quien extrañaba era a Faulkner, porque Raquel Leño lo había arruinado para él como un autor a leer en el día a día de una novela o de una lecturam de unos minutos. Pero era una idea venida de la marihuana, y que estaba hasta un poco de más, aunque era todo menos mal intencionada.

            Pedro Tilo. “Te haría ver con carácter.”

            Ernesto Sajíaz no pudo evitar reír, a pesar de que casi lloraba: “Estás hasta las chanclas, imbécil.”

            Irían a comer postres y se acostarían juntos. Ella sería la mujer esfera, pero él lo callaría. Le diría algo más viril, fingiría. Ella le creería, pero no importaría. Era otra la mujer que le hizo un pecador. “Será que Dios ama a los hombres porque pudiesen ser pecadores que no pecan, contra su paopia naturaleza y por amor a Él.”

            No habría maldad. La mujer esfera no sería Raquel Leño llegando voraz a robarle todas las circunferncias del universo. O por lo menos con esa peligrosa intención. La mujer esfera sería la mujer extranjera.

            Una noche, esperando el camión que le llevaría de una avenida aledaña al Centro a su colonia, se dio cuenta de la visión calmante del absurdo. El absurdo es un creador. Y en un creador siempre hay alguien creativo. Era absurdo esperar casi una hora a que pasara el camión mientras tenía, al mismo tiempo, la certeza de que el camión pasaría. La soledad de esa parte de la avenida. Una pareja de jóvenes ancianos esperando la misma ruta. Sólo la noche y el tiempo. En un caldo de miedo. Miedo a que hubiera un mal. Una supresión del destino, sólo porque el destino fuera feliz, pero con la certeza de que no sucedería. Un miedo sin peligro. En un artista, en un escritor, el absurdo puede terminar en una bala, en una carcajada. En lo mejor.

            Se preparan las luces y los gestos del absurdo, que es una representación cuando ya tiene su nombre de absurdo. La recreación, el desafío del hielo, del pecho perfecto que se contornea rodeado de dolor. Dolor, dolor, dolor. “Vaya que hay dolor en la vida”, se dio cuenta Ernesto Sajíaz. Había visto la vida fuera del absurdo, y en su absurdo, el dolor no es un sufrir.

            Adiós a las noches de clarinete, de tomar fuerte, entre tentaciones. Deafíos, la muerte. El conocer el sabor a durazno de su sexo desnudo, bajo el vestido negro, prudentes, pero negras y elegantes, sus pantaletas que saca de sus piernas, sin quitarse los tacones, cuando eran jóvenes y decir…

            Las fiestas. No sólo París es una puta fiesta. Pero vaya que es la mejor. Discutir temas intelectuales, sentir que con eso, en ese momento, la estás perdiendo y te odia ya. Luego le haces el amor, le crees. Pasan quince años. Ella tiene que ser fulminada por el rayo del llorar fálico. Que no suceda, pide un caballero. Que no suceda más, pide el dolor.

            Raquel Leño, quejándose de él, se mofa: “¡Sí! ¡Algo de vida, por favor!”

            Como un trago de coñac, lo de entre sus piernas, en ese entonces. En los tiempos del desafío que él ganó, quedándose con ella. Raquel Leño creció, y por supuesto que le odió por ganarle un desafío que debió ser amor u olvido.

            Y saberla por ahí, ¡en el recuerdo total!

            Porque un verdadero héroe no pierde su heroicidad con la derrota. Y el amor necesita de héroes. Eso le dijo Pedro Tilo.

            Pedro Tilo: “Por cierto, le conté a Angélica la historia de tu cuento, del que escribes.”

            Ernesto Sajíaz: “Ah, vaya. ¿Te dijo algo?”

            Pedro Tilo: “Le gustaría saber si Pedro es perseguido por los cobradores de apuesta sólo por dinero, o si el pequeño hizo alguna fechoría más grave.”

            Ernesto Sajíaz: “Tanto como cuento como historia formalmente dostoievskiana, es sólo por dinero, no importa que sea prácticamente un niño.”

            Pedro Tilo prendió un cigarrillo. Estaban en la banca de un parque. Estaban, dentro de todo, pasando un bonito día.

            Pedro Tilo: “Hay algo en las aves, o de las aves, no lo sé, eso que, como dice Saramago, en los hombres no tiene nombre, pero es lo que somos. Algo así. En ENSAYO SOBRE LA CEGUERA…”

            Ernesto Sajíaz recordó como un chorro de sangre el pasaje de la última violación de esos villanos.

            Pedro Tilo: “Algo que son, que las tiene aquí. Quizá redimir al hombre, finalmente, con las poesías de su vuelo. Como EL ALBATROZ, de Baudelaire.”

            Pedro Tilo conocía bien a Baudelaire. Hasta en la sobriedad, en el sopor de la vida de un escritor como él, había leído a Baudelaire y poseído un ejemplar de LAS FLORES DEL MAL. Pero le aceptaba una mente criminal, a pesar de su exquisitez macabra. Ernesto Sajíaz le preguntó cuándo fue la última vez que leyó LAS FLORES DEL MAL, pues Pedro Tilo solía leer libros de Verso en lugar de una novela.

            Pedro Tilo pareció sonreír imperceptiblemente. Miró hacia otro lado, fumó, y sonrió abiertamente.

            Pedro Tilo: “Hace mucho… `Como un cadáver, como un cadáver tendido´ o como mi amigo Pablo Ruiz decía, `Como un cadáver, como un cadáver muerto´.” Citó. “Depende de la teraducción, pues, si se cambian las palabras, ¡las ideas!, por respetar la rima o la métrica, según algunos: ¿por qué no cambiarlas por imaginación? Bueno… según algunos, pues.”

            Ernesto Sajíaz: “¿Tus amigos?”

            Pedro Tilo realmente comenzó a reflexionar si lo eran. Quizá ni siquiera Pablo Ruiz ponía más atención en eso que al decir que él leyó “Como un cadáver, como un cadáver muerto”. Era poesía ese teorizar, nada más.

            Pedro Tilo: “Aunque, debo aceptar, sé que son, por lo menos, mis lectores, Ernesto. Intento juzgarles… ¡nunca!”

            Ernesto Sajíaz: “¿Qué es la Literatura, Pedro?”

            Pedro Tilo: “Siempre me preguntas lo mismo y jamás recuerdo qué te dije la última vez.”

            Ernesto Sajíaz pensaba que nunca jamás se lo había preguntado. Se lo dijo. Pedro Tilo volvió a mirara hacia enfrente, como al horizonte que los árboles, en la zona universitaria, cubrieron para Ernesto Sajíaz esa tarde, al salir del restaurante.

            Pedro Tilo: “El arte de la memoria, supongo.”

            Ernesto Sajíaz vio las cejas arqueadas de su amigo. Se alegró por él. Se estaba acostando con alguien. Venía de ahí. Y tras el efecto de la cocaína que le hacía una señorita encerrado en una habitación con alguien, quedaba en Pedro Tilo el efecto de una persona que está mirando Europa caer como la lluvia, sin esfuerzo alguno.

            Pedro Tilo: “Lo que más me agradaba cuando era joven, cuando leía y escribía un poco mejor que hoy, era la admiración que sentía por el autor de una obra de arte, incluso de obras anónimas y/o colectivas. Creo que esa sensualidad que acusamos tú y yo, por nuestro compromiso con ella, es la Literatura, pero sé que no toda la Literatura es ella, sino que todo de la Literatura en ella está. Porque, nos hemos preguntado, ¿no todo lo que es estimulante y placentero es sensual?”

Ernesto Sajíaz: “¿Cuál es el resto, enonces, de la Literatura para ti?”

            Pedro Tilo: “El auténtico escándalo. Quizá Kundera. Sabes que me encanta. No he escrito del todo como él.”

            La Europa que no cayó, sino por la que desfiló un ejército de tanques, también era Europa. Donde no se quemaron los libros. A unos kilómetros de donde se autoinmoló una persona. Una tira de sangre que une a Bohemia con Sarajevo, a Checoslovaquia con Estalingrado. Distintas guerras. La Europa que llueve. Algo de tristeza adentro, sin embargo, por lo impensable del hambre o el frío o la perdida de privacidad, incluso de cordura. Y escribir.

            Pedro Tilo: “Pero mi guerra es aquí. En México. La cuestión de mi familia. No es una guerra que debería escribirse. Es terrible. Se puede comunicar, pero estoy demasiado enfermo para no escribir, al final, algo verdaderamente atroz.”

            Ernesto Sajíaz: “¿Es tu miedo al rechazo como persona?”

            Los ojos de Pedro Tilo se alegraron súbitamente abriéndose como platos. Intentó recordar algo. Cuando lo hizo, dijo Pedro Tilo: “¡Encontré la respuesta! La respuesta a aquello que también comentábamos la otra vez. Pareciera que fuera ayer.”

            Ernesto Sajíaz: El rechazo como escritor como miedo en ti y el rechazo como persona como miedo en mí. Sí, lo recuerdo.

            Pedro Tilo: “Es fácil. Doloroso, es verdad. Es simple. El que es rechazado como artista es rechazado como persona, el que es rechazado como persona es rechazado como artista. Ahora sólo falta dilucidar a qué viene que temamos, cada quien, que primero surja en nosotros, o en los otros, el rechazo de nos. Que te rechacen como persona porque te rechazaron como artista, en ti, Ernesto. En mí, lo contrario. Sin embargo, ambos se presentarían juntos.

            Ernesto Sajíaz dijo sarcásticamente: “Vaya, Pedro, qué alivio.”

            Pedro Tilo: “¡Venga, Ernesto, cambia la actitud, hijo de Cristo! El filósofo eres tú. No soy tu secretaria, cabrón, pero creo que puedo ayudarte.”

            Ernesto Sajíaz, ocurriéndosele algo: “Pero, si te fijas, Pedro, hemos conseguido abstraer el rechazo del fenómeno que era, haciendo del rechazo un objeto.”

            Pedro Tilo: “Nuestro objeto, ¡claro!”

            Pedro Tilo se levantó y exclamó: “Wú…!”

            Se volvió a sentar. Le interesaba la idea de tener no sólo en su mirada, sino en sus manos al rechazo que tendría, por definición, que estar fuera de su control. Pero, desaparecería o sólo se escondería. ¿Perdería la existencia?

            “¿Las palabras llevarían a eso, a la inexistencia del rechazo?”, Ernesto Sajíaz se preguntó.

            Ernesto Sajíaz descruzó la pierna y con la mano sacudió superficialmente sus pantalones.

            Ernesto Sajíaz, antes de levantarse, dijo: “¡Vamos por un café!”

            Pedro Tilo: “¿Al Oxxo?”

            Ernesto Sajíaz: “Sí, al Oxxo. ¿O dijiste oxxo?”

            Pedro Tilo: “Eh… No, sí pensé en el Oxxo, no en un oxxo.”

            Ernesto Sajíaz: “Aunque pudo haber sido.”

            Pedro Tilo, levantándose: “Sí, claro, pero no conozco bien la zona.”

 

 

            Ernesto Sajíaz leyó en su ejemplar de LA NÁUSEA:

            “Nunca hubo nada que fuera como una revelación; no puedo decir: a partir de tal día de tal hora, mi vida se ha transformado.” Ernesto Sajíaz sintió que esas palabras eran de la Literatura hablando de sí misma, definiéndose. Describiéndose. La oración, en realidad, era parte de un diálogo entre el protagonista y una mujer.

            Una mujer salida del mundo al ser comprendida era la tercera mujer. Raquel Leño. Pero Ernesto Sajíaz leyó la oración dentro de lo que imaginó, que Sartre indujo.

            Y caminó pensando en la Literatura. Pero hacia la casa de triángulos, cristal y madera de Raquel Leño. Tocó el timbre. El interfón lo respondió otra persona, pero Raquel Leño abrió la puerta.

            Raquel Leño: “¿Qué pasó, Ernesto? Pásale.”

            Sentado frente a ella, algo tranquila, algo bebida, la miró con sus ojos redondos, oscuros. Si hubiese usado sombrero, lo tendría girando del ala con sus dedos.

            Ernesto Sajíaz dijo: “Para… para…”, y un llanto lo interrumpió antes de completar, finalmente, la frase. “Para… para… ¡sobrevivir! Para sobrevivir, Raquel…”

            Raquel Leño no expresó el desconcierto y la tristeza que sentía, pues las consideraba sensaciones inadecuadas en ese momento. Le dijo a Ernesto Sajíaz que se calmara. Él lo hizo.

            Ernesto Sajíaz: “Para sobrevivir, cobardemente, Raquel, no puedo venir y ofrecerte una disculpa.”

            Raquel Leño: “No te preocupes, no me gustan las disculpas.”

            Ernesto Sajíaz: “Pero sí puedo decirte algo que leí en los Evangelios.”

            Raquel Leño parecía interesada.

            Raquel Leño: “A ver, dime.”

            Ernesto Sajías: “Dice Jesucristo que sólo lo que sale del hombre hace daño, que lo que entra, jamás. Como tu dolor físico. Estoy seguro que es algo que entró en ti y que sale de ti. Pues mira, Raquel, si entra en ti un dolor, conviértelo en una razón para sentir y actuar de acuerdo a la caridad cristiana, y disfrutar así de Dios y soñar con el Cielo y querer seguir viviendo, a pesar del dolor. Si de una persona sale maldecir a Dios, en vez de adorarle, lo malo no fue lo que en él entró.”

            Raquel Leño: “Pero yo soy atea.”

            Ernesto Sajíaz: “¡No importa! Porque de ti salen un montón de experiencias sexuales frenéticas, ni siquiera una resignación.”

            Raquel Leño: “Sí, Ernesto, pero eso ya lo hago y, además, creo que ya me lo habías dicho.”

            Raquel Leño intentó recordar si realmente lo había hecho.

            Ernesto Sajíaz: “¿En verdad?”

            Raquel Leño, cada vez más amable: “Sí, Ernesto, creo que sí me lo dijiste cuando veniste.”

            Ernesto Sajíaz: “Estoy seguro que no. Y, por otra parte, Raquel, dentro de la misma idea de esas palabras de Jesucristo, tú, tú resultaste ser una buena apóstol de él. Nada malo salió de ti…”

            Raquel Leño se conmovió. En ningún momento de su vida, depués de escuchar esa tarde a Ernesto Sajíaz hablar así, pensó que de ella salió, quizá, lastimarlo. De algún modo, él dejó de hacerlo también.

            Raquel Leño: “Cuando quieras venir, Ernesto, eres bienvenido. ¡Pero sólo si vienes a decirme cosas lindas como esas ¿eh?! Si no, no, corazón.”

            Ernesto Sajíaz dijo en la puerta: “Nos vemos, Raquel.”

 

 

 

            Ernesto Sajíaz quiso enfrentar la noche, atravesando la circunferencia brutalmente, por el supuesto espacio existente del camino. Porque en su pupila vio la necesidad de aventarse a la Monstruosidad como ante una confitura para María Antonieta. Sin embargo, a pesar de los bombones rosados de la Reina, era un dulce aún muy oscuro así lamido. Era noche ya, pero porque el Sol acabía de meterse. El cielo era azul, habían nubes a la vista, pero era de noche ya, apenas, pues. ¿Cuándo caerían las estrellas? Ernesto Sajíaz no se lo preguntaba. Atravesaba. Había llegado al punto de enfrentar una posibilidad de alma en la transfiguración que fuera sólo la profundidad de la superficie de la cosa. La cosa era él. Tomó la navaja y la elevó. Rasuró el pelo que quedaba después de cortarlo con unas tijeras que adquirió de peluquero alrededor de su cráneo redondo, de un blanco pálido y descubierto. Lo hizo con cuidado, pues temblaba. Le llevó tanto tiempo, que él no creyó haber tenido la paciencia de no desesperarse, pero no quedó una sola pelusa visible. Miró en el espejo sin marco su rostro. De sus ojos grandes, carnosos pero vacíos en su mirada, caían gruesas lágrimas que él no sabía qué significado dar. Pero era tiempo de encontrar la Monstruosidad en su alma. En la lengua callada, que de repente se siente quemada por una hoja delgada al rojo vivo. Una cuchilla de dos filos. El sudor, el olor de su amiga extranjera, estaba en él. Ella sabía, por supuesto, que se iba a afeitar. No estaba, además, tan demente como una europea que fuera a raparse también porque él lo hizo, con la belleza propia de ella. Era una mujer, inclusive, elegantísima, pero de mezclilla. Ernesto Sajíaz pensaba en ella con el sentimiento del enamorado que ríe de alegría con la que estuvo riendo de alegría una tarde anterior. A pesar de que sólo sucedieran pocas cosas, un par de veces, él podría amarla. Ella podría dejarle ir, no dejar de verle. Reír. Aceptar que tuvieron sexo alguna vez, etcétera. Era el tiempo de recordar el niño delicado en él, en su silencio, en la lengua que pudo haber rebanado su lengua. “El monstruo que soy es un cerdo”, se dijo.

            “¡Buscaré trufas!”, cantó. Porque para que la Filosofía de Zaratustra sea, las palabras de Zaratustra son dichas por un hombre que camina bailando. Si Zaratustra no baila, sus palabras no lo hablan todo.

            Como una garza, cantó casi volando de un lado a otro de su pequeño cuarto. Entonces supo que lloró porque había llorado.

            Era un monstruo de la Europa de Pedro Tilo, con tantos secretos. Porque eran secretos, a fin de cuentas, los que ni solo recordaba. Estaban ahí, en el humo de esa mujer que le hizo comenzar el hábito de escribir fumando.

            Pedro Tilo: “¡Justo cuando yo estoy haciendo lo contrario!”

            Ernesto Sajíaz: “Vamos. Joaquín Sabina dice que no se puede escribir sin un cigarrillo.”

            Pedro Tilo soltó la carcajada.

            Pedro Tilo: “¡Vaya, eres todo un fumador ya ¿eh?”

            Ernesto Sajíaz: “Y me mandó preguntarte algo.”

            Pedro Tilo: “¿Ah, sí? Dime.”

            Ernesto Sajíaz: “¿Qué le pedirías a Hitler, Pedro?”

            Ernesto Sajíaz atravesaba la circunferencia. Y era un monstruo. Y sólo los osos y los monstruos se abrazan. Cantó. Cantó con su caminar, con su peso nuevo de los postres, con el cráneo afeitado, pero seductor: Llevaba un sombrero de ala redonda y grande, negro. Negro. Como su abrigo. Como sus zapatos. Todo el atuendo, mi Dios, era negro. Y atravesaba la circunferencia una vez más en el nuevo espacio pertinente, político, social ahora. Porque él estaba seduciendo a su hijo, la Literatura.

            Consumiría el último respirar del cielo. Nadie moriría, rica lluvia de estrellas fugaces. Cambio. Alma que se va a preguntar si puede estar estática. Si puede serlo. La lengua carnosa, gruesa, del marrano, aún conectada a la vida por el calor y el frío de sus tejidos.

            La última emoción. La promesa. El canto a la alegría.

            Pedro Tilo: “¿Qué le pediría a Hitler? Salvar Francia. Definitivamente.”

            Ernesto Sajíaz: “¿Salvar Francia?”

            Pedro Tilo: “Sí. Salvar Francia.”

            Ernesto Sajíaz: “Albert Camus te lo agradecería.”

            Se levantaron de la banca de fierro grueso de la plaza.

            Pedro Tilo: “Y yo lo agradecería a las autoridades pertinentes.”

            Ernesto Sajíaz: “Eres increíble. Ni siquiera te das cuenta de lo que estás diciendo. No ves todo el fragmento de la idea que enuncias. No lo dirías. Quizá lo pensarías. Pero no lo dirías.”

            Pedro Tilo frunció el ceño: “¿No lo sé? ¿No lo veo? No me hagas reír. Lo que sucede es que no es propaganda de mi parte.”

            Ernesto Sajíaz, cada vez más divertido: “¿No?”

            Pedro Tilo: “¡Es Historia!”

            Pero Ernesto Sajíaz sabía que, en cierto sentido, esa Historia era sólo información para un historiador en el mundo de la guerra ininterrumpida.

            Pedro Tilo: “Es Historia. Aunque, dime, sé sincero, Ernesto.”

            Ernesto Sajíaz: “Te escucho.”

            Pedro Tilo: “¿Me entregarías a ellos, a los nazis?”

            Ernesto Sajíaz tuvo que reír tanto, que la gente a su alrededor vio a un hombre carcajeándose con las manos apoyadas en las rodillas en medio de la plaza.

            Entonces, todo el cielo estaba negro, pero la tierra no. Y él seguía andando la tierra. Pero sin ser el Diablo, sino, más bien, un hombre. Un poco Dios.

 

 

17/09/2025

Querétaro, México.

Eric Laparcua Heinze Moreno.

 

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