ASAF Y LA SEGUNDA MUERTE DE MONSIEUR DE ROLLEBON (Novela existencialista)
ASAF Y LA SEGUNDA MUERTE DE MONSIEUR
DE ROLLEBON
por Eric Laparcua Heinze Moreno
“Hay bastantes cosas
que existen así”
LA NÁUSEA
Caminaba
alrededor de la circunferencia vial del fraccionamiento en la noche. La
interminable curva de las bardas de ladrillo amplio, amarillo, casi bello, era
seguida por Ernesto Sajíaz. Iba pensando que él mismo era un monstruo, pues
todas las pocas personas que pasaban junto a él, bajo el alumbrado débil, le
atemorizaban. Una mujer joven caminaba como si fuera una con esa noche, como si
fuera invulnerable a la oscuridad de esas horas. Sus pechos eran amplios, su
pelo largo y negro, su rostro, atractivo. No temía. Los monstruos son los que
temen. Los monstruos son los que…
¿Qué es la
noche que tuviera mucho que ver con él? Quizá todo, porque Ernesto Sajíaz era
un hombre.
Ernesto
Sajíaz hablaba con él en un pequeño restaurante de la zona universitaria de la
ciudad. Con Pedro Tilo, amigo y colega suyo.
Ernesto
Sajíaz dijo: “Pienso en respetar… en tener principios.”
Pedro Tilo
preguntó: “¿Principios? ¿Al escribir o como persona?”
Ernesto
Sajíaz: “Al escribir, sí. De estilo. Respetar otras líneas y encontrar la
verdadera intención de la literatura estética.”
Pedro Tilo:
“¿Por ejemplo…?”
Ernesto
Sajíaz: “Mira al mesero, Pedro. Es un chico simpático, joven, demasiado alegre
para ser la suya una alegría común, parece de una familia acomodada… Si yo
escribiera una escena sobre este restaurante, por razones de belleza la mesera
sería una figura realista pero también bella, una mujer redonda, madura, fea,
vestida de colores más vivos que las paredes de este viejo establecimiento. Si
escribiera algo naturalista, sería un pecado que viendo yo al verdadero mesero,
escribiera y describiera a un mesero distinto, quizá a uno mayor, demasiado
mayor para lograr mucho más en su vida desde aquí, amable y atento, de poco
mundo, para hacerle parecer más real. Sin embargo, los tres meseros son
distintos a un mesero que representara un valor literario mucho más
específico.”
Pedro Tilo:
“Podría ser un niño”.
Ernesto
Sajíaz: “No. El niño es demasiada carga dramática, es demasiado plástico. El
mesero puede ser un hombre largo y delgado, vestido con pantalones negros y
viejos, y zapatos de vieja usanza, negros y alargados. Callaría después de
tomar la orden, lo veríamos sólo con el rabillo del ojo, de un lado al otro del
restaurante vacío, haciendo Dios sabrá qué.”
Pedro Tilo:
“¿Por qué?”
Ernesto
Sajíaz dijo: “Porque en la novela las imágenes imaginativas deben ser una
extensión de la imagen verbal y caligráfica del enunciado.”
Mientras
esperaban la cuenta, Pedro Tilo miró a su amigo. Su cara redonda, coronada por
un espeso y duro pelo negro, blanca, de facciones también circulares. Llevaba
una camisa blanca bajo un suéter salmón delgado. Ernesto Sajíaz, ahí, como
siempre, en donde no sospecharías que está, estaba. Lo que miraba en su amigo
era una parte de la historia de su amigo. Raquel Leño, su mujer por quince
años, le había dejado porque ella se iba a morir.
Ernesto
Sajíaz no sabía siquiera de qué. Lo que ocurría era eso, fue esto, se dijo en
algún momento él mismo. Enferma, visitó al médico un par de veces en menos de
dos semanas, y llegó un día a la casa que compartían los dos, y le dijo: “Me
estoy muriendo ¡y no soy la escritora que quise ser! Mi obra no es la que yo
quise construir, por tu culpa. Por tu vanidad de concurrir personas y lugares
poco comprometidos, por tu influencia en mí al escoger mis temas y mis
conceptos. Te seguí, te amé, dudando siempre. Y ahora lo sé. No tengo una obra
como la tuvo Faulkner. No te quiero volver a ver.” Entonces Ernesto consideró
seguir escribiendo, pues, aunque la de la fama y las ganancias era Raquel Leño,
el que terminó por ser visto como el autor auténtico, el artista underground,
el que intentaba la Filosofía era él. Así que, seguiría escribiendo. Quería
superar el constante sinsabor en su cerebro, y vivir nuevamente. Era leído, era
respetado, y eso es como a un varón una dama que goza con él más de lo que él
cree, y él se entrega, porque creerá al final, y por el sexo.
Al salir
del restaurante, caminaron a la parada de camiones, para que Pedro Tilo se
fuera a hacer sus compras. Ernesto Sajíaz miraba hacia el horizonte que no
veía, frente a un pequeño parque y una parte mínima de la Universidad.
Dijo a
Pedro Tilo: “Pedro, ¿fui vano?”
Pedro Tilo
sonrió ampliamente, sin separar los labios, respondiendo: “Sí.”
Pero
Ernesto Sajíaz no se sintió juzgado. Se sintió interpretado.
Pedro Tilo
encendió un cigarrillo. Miraba a dos chicos con su uniforme deportivo del
bachillerato. Pudo ver el pequeño monte vertical de sus penes enroscados tras
la tela delgada y suave de los pants. Volteó hacia Ernesto Sajíaz.
Pedro Tilo:
“El arte siempre será sensual, se dice”.
Ernesto
Sajíaz subió las cejas y las bajó. “Es cuestión del lenguaje. ¿Qué tan sensual
se tiene que ser para ser sensual, o qué clase de sensualidad es la
única que es sensual? Otro ejemplo, es lo tangible si nos ponemos
a pensar, Pedro, que un cuerpo humano, esto es 1 ó una unidad (pero no sólo
unidad, y esa es la respuesta), es como unidad. Porque un cuerpo humano fuese
igual a una determinada cantidad específica de átomos por cubo milimétrico. La
persona, el 1 y unidad, seríase igual a una fórmula algebraica inamovible que
le hace una unidad y no millones de millones de unidades. 1 hombre es igual a x,
no a x átomos si puede ser tangible como unidad… Es complicado, porque
si en cada persona varía la densidad átomica, la unidad es aún menos tangible
como unidad, es un compuesto azaroso, un fenómeno… Así que, si preguntamos a
dos matemáticos si la unidad es sólo tangible como unidad, ambos pueden diferir
sin estar ninguno en lo falso, porque sólo responden a una palabra, tangible,
que además está en su límite, el enunciado filosófico. La tangibilidad es una
cuestión del lenguaje, mientras la matemática se encarga de la abstracción
material… ¿Siempre es sensual el arte? Quizá sí. Pensaba en `Mi tío´, de Tati,
esa película francesa, excelsa, pura. No me parece sensual, como tal, mas,
quizá, su pureza artística sea, sólo por pura, no por artística, sensual
también. Mas, es un buen ejemplo de una obra de arte que podría ser de las no
sensuales, si las hay. Hay algunas escenas de feminidad, de las coquetas
burguesas, creo… La vi hace veinte años. ¡Y sigue conmigo! Quizá hasta las
imágenes de mujeres estilizadas y coquetas sean algo no sensual, sino sólo una
abstracción estética casi eufórica, traviesa, quizá hasta más estimulante en
cuanto a arte, para algunos, que un filme de Godard, siempre sensual.”
La ruta de
Pedro Tilo se detuvo y abrió sus puertas.
Ernesto
Sajíaz caminaba al pequeño cuarto que rentaba, donde escribía, donde pensaba,
dentro de la instrucción del dibujo que es la Literatura, ese coño negro y
lacio, fino, en la página amplia, blanca, de una jovencita rolliza y hermosa
¿Por su Lengua? El écrire. Su escribir, viniéndose venía de Castilla o
de Rulfo, no de las dos, quizá en otro… De la lengua viene la saliva, la boca
es el libro que permite el beso feroz. La ferocidad de la rama delgada, tan
delgada que pareciera que el peso de sus pocas hojas la hace crujir. Permitir
eso es trabajar. Escribir. El cielo, con sus nubes, que le hacen. Y extender
dentro del perímetro de una esfera alguna de esas coordenadas posibles, por el
espacio, gracias da el espacio al tiempo, luego el tiempo ama al espacio, pero
las letras, a veces, arden, y no aman, ni son amadas, pero, y esto es muy
importante, Ernesto Sajíaz no quería escribir nada que no tuviera de objetivo
una sanación o, en el sano, la celebración, intelectualmente. La oscuridad no
le importaba en sí misma, sino que la oscuridad provoca el rechazo del lector.
Ernesto Sajíaz no soportaba ya el rechazo del lector. No se atrevía a ver un
médico, a un psiquiatra.
Donde escribía de una manera tan
entregada por no querer deber por sus letras algo al lector en su vida. La
lengua también del caracol, ¡y el caracol también tiene su ferocidad! Esa
ferocidad es el tiempo, y feroz el espacio que, por feroz, feroz al caracol le
hace, le rodea. Para el caracol, el mundo es más grande que el Universo. ¿Soy
un caracol? Cosas así se preguntaba Ernesto Sajíaz, pero eso no le daba miedo.
Alguna vez se consideró tan demente como Pedro Tilo. Y nunca dejó de hacerlo.
En cuanto a Raquel Leño, de un día a otro era un personaje en su vida, el
único, la única ficción en ella. Y escribía. No pensaba en Raquel Leño porque
las bragas de ella nunca fueron patéticas y no iban a serlo ahora. Su cuerpo de
formas de mujer. No pensaba realmente en tener algo con las súbita
pretendientes de ahora, pues no iba a lastimar a Raquel Leño. La muerte, de
cualquier manera, había llegado: ¿Raquel Leño sufriría y moriría pronto, o no?
La muerte, le trastornaba, pero no le perturbaba. Veía que en los templos de la
muerte es donde más está el del templo de enfrente. Él está ahí. En las piedras
arquitectónicas; girando cuadradas, escalan suelos y alturas. La punta que se
derrama a las tierras, engordándose la bendición. Una mujer madura, quizá, de
su edad, cuarenta y un años. Una mujer algo gorda, morena, con las piernas
abiertas, mostrando un sexo espantoso y sensual. Quizá, pero no. Es como la
madera, siente pero se lastima. Nosotros igual y también al revés. La verdad
siempre tiene alternativas, así de amplia es.
Por la
ventana, se veía una calle de un gris claro, iluminado, con árboles que se
sembraron de un verde casi limón. Pagaba por el cuarto menos de tres mil pesos
al mes. Era minúsculo. La cama, el escritorio de aluminio, un ropero, el baño
sin muros. No se aceptan visitas, decía el letrero y decía la rentera. Cruzaba
la pierna, del modo sensual pero no sensualmente, miraba por la ventana y, así,
había poco a poco conseguido tronar la nuez en su cerebro. No se permitía
fumar, pero, de vez en cuando, prendía un cigarrillo que fumaba con la ventana
abierta, sin mosquitero. ¿Se volvería como el lobo de la estepa, siendo la
radicalidad de cumplir lo que uno no es radicalmente? En los pasillos no había
cucarachas, pero estaban tan limpios, mas a la vez eran tan pobres, no en el
sentido económico, que quizá hubiera preferido, la noche anterior había
pensado, mirar muros pelados. Porque la muerte le trastornaba ahora, y era un
deseo de ser succionado por su terrible destino sensualmente. La muerte eran
dos enormes pechos rubios para él, ahora. Lo dejó su mujer. Le culpó.
Raquel Leño
le gritaba casi: “¡Novelas que están hasta mal escritas, Ernesto!”
Ernesto
Sajíaz dijo: “¡No, tú lo sabes mejor que yo!”
Le gritaba
bajo un vestido de mujer, casual pero de mujer y oscuro, con sus bragas bajo de
él, pensando en todo menos en mostrarse nunca más a él por razones sensuales.
Sensualmente, se sentían imprescindibles el uno al otro, y un día no. La muerte
le quitó el amor de una mujer, pero se presentaba ante él como mujer. A él como
hombre, no como artista. Como en el fraccionamiento, en ese círculo la muerte,
y vio a esa mujer tan guapa, que se dejaría por la noche hasta violar y no
sería violada, se comunicaría con la interacción malvada del abuso, y no sería
comida porque el Mal probaría el Bien o se saciaría de maldad suficiente en
sólo un suspiro o resultaría que de ella obtuvo o no maldad así. Pero la maldad
es también una palabra que no puede llevarse a su radicalidad verbal, porque
llegaría al límite y no sería nada, y diría la Filosofía que no hay maldad y,
entonces sí, habría problemas. Sobreviviría al dolor, que es sobrevivir un
crimen, regresar a casa con la cartera. La muerte le hizo salir corriendo de
ahí, pues Ernesto Sajíaz ahí sentía que debía ir por el sentido contrario de la
rueda de la noche, del viento, de los árboles negros.
Habló en un
poema de una anciana en impermeable y con paraguas a juego, que vio por la
ventana un día nublado. Chispeaba, pero no había siquiera charcos, y la mujer
no estaba loca. En el poema parecería loca. ¿Cómo describir que no estaba loca
a una figura que cualquiera podría tomar definitivamente como tal? En un poema
como los poemas que escribía Ernesto Sajíaz, no es fácil, debe ser uno un
poeta, no un escritor. Hay escritores que son poetas y poetas que son
escritores. El escritor que Pedro Tilo más leía dijo: “La Literatura es
poesía.”
La muerte y
su verso negro. Ernesto Sajíaz pensó que alguien más gracioso que él diría: “Es
todo lo que se ve hoy en día.” Y es todo lo que ve el hombre que no es él.
Quería
hacer cosas como comprar un periódico a mitad de una plaza pública.
La muerte y
su escurrir hacia arriba.
Buscaba
seriedad en su próxima temática. Siempre fue serio como escritor, pues como
escritor era grandioso en el sentido de que era lo que quería que fuera. Sí, se
ha dicho que la gente le leía con placer. Era la pareja de Raquel Leño que
escribía tan bien como ella. Y más interesante aún. Ella lo admiraba, le
escuchaba, lo escribía sin tener que hacerlo. Pero regresó del médico y…
Un kiosco.
La plaza del Centro que más le gustaba. Vio pasar a una de esas mujeres algo
gordas y guapas de sus sueños dirigidos por valores socioeconómicos inesperados
para otros, hasta invisibles para él. Un escritor europeo que es mexicano,
decía Pedro Tilo, no es Sartre sino Roquentin.
A eso,
siempre que se lo decía a alguna persona que estaban conociendo de él, Ernesto
Sajíaz respondía: “Tú dices leer LA NÁUSEA cuando sientes que te viene una
depresión, amigo”.
Pedro Tilo:
“Y me sacó de una, Ernesto.”
De
cualquier manera, Ernesto Sajíaz no pretendía la belleza, considerando que todo
texto bien escrito y literario es bello. Por eso, la pregunta. ¿Toda belleza es
sensual? Pretendía la belleza sólo como hombre, porque es el hombre quien…
Hasta Pedro
Tilo tenía momentos en que no se quería acostar con alguien y ser sensual.
Cuando un muchacho, bastante guapo, en una fiesta tranquila, pero de mucha
gente y muchas mesas, le dijo que se llamaba Marcos.
Pedro Tilo
sonrió, lo miró, escudriñándolo, y dijo: “¿Puedo preguntar tus apellidos,
muchacho?”
“Marcos
Albularach Mendoza”
Pedro Tilo:
“¡Ah! ¿Sabes por qué el nombre de Marcos es tan libanés?”
Marcos
Albularach: “Sí, tengo una idea.”
Pedro Tilo:
“Porque en el evangelio de san Marcos, Jesús citó a Isaías: `Este pueblo de
labios me honra´, hablando de los judíos del templo, exactamente en el capítulo
29 del libro de ISAÍAS, donde el versículo 17 dice: `¿No se convertirá de aquí
a muy poco tiempo el Líbano en campo fructífero y el campo fértil será estimado
por bosque?´ Continúa la exhortación a cómo Jehová salvará la casa de Jacob, la
única preciada para Él ya en Israel, pues, a pesar de todo, Jesús, no recuerdo
en qué versículo ni de qué evangelio, dijo literalmente que la salvación vendrá
de los judíos… Y precisamente, el pecado de Israel, hasta en el Viejo
Testamento se enuncia, fue no cambiar, mientras el Líbano, el pueblo que
pertenece más auténtico hoy, junto con África, siempre se entregó a hermosas
mezclas culturales y raciales, hasta llegar a las religiosas, al grado de que,
gracias tanto a san Charbel, un libanés católico es para todo el mundo igual de
libanés; y ese es el mensaje de Cristo, la renovación del alma de los pueblos,
para que ella no muera: En un principio, Israel poseía razón, al no cambiarla,
la perdió o la cambió por su propia hermosura, inferior a la de Dios mismo,
pero la favorita de Él. Como un expresidente, Jehová, que es el mismo que Alá y
Yahvé, nunca dejará de ser El Dios de Israel…”
Marcos
Albularach: “Vaya, señor Tilo, ¡le agradezco esto!”
Pedro Tilo
suspiró no por el muchacho, sino por el pasado, tomó la mano débil de Marcos
Albularach y llorando le habló de su infancia, de su juventud y de la Historia
de México. Porque Pedro Tilo podía radicalmente amar a los libaneses lo decía.
Eso es buena Filosofía.
Ernesto
Sajíaz se percató de que sudaba. Pero a veces Pedro Tilo era irremediablemente
sensual: “Decía mi padre, judío, que la diferencia entre el judaísmo y el
cristianismo radica en que, a diferencia del judaísmo, el pecado en el
cristianismo es sí conocer las Escrituras.” Hablando de religión
seriamente. Bueno, más bien, Pedro Tilo nunca podría hablar seriamente. Por eso
lo compraban y no lo leían. Porque bromeaba.
Raquel Leño
siempre quiso acostarse con Pedro Tilo, pero Raquel Leño no se acostaba con
quien quería. Porque Pedro Tilo no sólo era todo un personaje. También era una
persona, un hombre. O tal vez, Pedro Tilo era tan artista, que otros querían
hacer el amor con su arte. Su cuerpo era una obscenidad.
Era una
plaza muy bella, sí. Grande, descubierta al sol y polvosa en unas zonas, fresca
y bajo la sombra de viejos árboles en otras. Boleros jóvenes, treintañeros, de
una generación heredera de esos viejos llenos de vitalidad, con sus bigotes
discretos. Y Ernesto Sajíaz pensó que la muerte es la intuición de y en el
otro, y una otredad tremenda. Es lo otro cuando uno está ahí, cuando, en
Filosofía, el yo está ahí y todo yo es también un otro y viceversa. A menos,
claro, que sólo hubiese un yo. Ni siquiera un Universo. Ni siquiera la
Historia.
Continuaban
Ernesto Sajíaz y Pedro Tilo cuando el primero arremetía: “Además, cuál es el
problema. Ser Ronquentin es una especie de bendición para un mexicano. No
trabaja, sólo piensa.”
Pedro Tilo:
“No recuerdo el final.”
Ahora,
Ernesto Sajíaz cruza la pierna del modo sensual pero no sensualmente, como si
la elegancia pura o alguna clase de muy pura elegancia pudiera estar casi
exenta de sensualidad. Sólo un caballero de pecho cubierto, pero cuello
abierto; puede no ser tan rígido al escoger una elegancia no sensual, una mera
galantería entre el diálogo arquitectónico de donde esté. Como él, en la banca
de fierro grueso y despintado. Parece disfrutar el momento, un aire frío, una
brisa que no se quemó. Sus ojos casi se entrecierran por lo relajados que están
ya sus párpados y su boca cerrada no sonríe, pero descansa. Será interrumpido
al voltear la vista plácidamente hacia otro ángulo, de donde ve surgir, justo
en ese instante, a Pedro Tilo de la esquina de un edificio de piedra y ladrillo
duro de finales del siglo XIX. Caminaba siempre como si estuviera cansado,
porque caminaba todo el día sin cansarse. Sólo un dolor de piernas podría
llevarle a decirse: “¡Ya quiero llegar al final!” Él disfrutaba caminar. Venía
desde lejos, con una especie de saco que, aunque en buenas condiciones, daba la
impresión de estar raído. Miraba a todos lados, como si estuviera ciego. Una
vez, recordó Ernesto Sajíaz, Raquel Leño le hizo una observación sobre Pedro
Tilo: “¿Ves cómo baila, moviendo de un lado a otro la cabeza? A esa velocidad,
sólo está viendo colores, formas…” Se dijo a sí mismo sin pensar: “Quizá sí
está ciego”, y ese enunciado le resultó inmediatamente cómico.
Se dijo:
“¡Qué raro que me haga reír yo mismo!”
No tardó en
arribar su amigo.
Pedro Tilo:
“Holas, amigo… Oye, necesito que me regales tu celular. Puedes comprarte otro
tú. O ayúdame y cómprame uno, aunque sea el más barato de todos.”
Resultó que
la cámara de su celular no funcionaba y la necesitaba para conocer gente en
internet, seguramente con fines sexuales.
Pedro Tilo:
“Fui a Telcel. Me dijo el agente que tenían que canalizar mi aparato al
ingeniero, para que instalara alguna clase de software, no entendí muy bien.
Pero tengo que extraer todos mis datos, mis aplicaciones, todo.
Contactos, fotos. Y si lo necesito para estar en comunicación con todas esas
personas precisamente con esos datos, ¡estoy perdido!
Ernesto
Sajíaz: “Pues extrae los datos.”
Pedro Tilo:
“No. Son demasiados.”
Ernesto
Sajíaz: “Pero, si te doy mi celular tendrás que ingresar eso datos. Los
extraerías, de todos modos, Pedro.”
Pedro Tilo:
“No. De tu celular sólo usaría la cámara.”
Quería
tomar fotos con un celular cualquiera y enviar esas fotos a su propio teléfono
sin cámara. O a su correo electrónico, explicó.
Ernesto
Sajíaz, un tanto desconcertado, dijo: “¿Por qué no te compras tú una cámara?”
Pedro Tilo:
“Porque no tengo dinero.”
Ernesto
Sajíaz emitió un “Ah”, y luego comenzó a reír, y preguntó divertido: “¡¿Me
estás pidiendo dinero?!”
Pedro Tilo
quiso aclarar con lo que cualquiera tomaría como cinismo, sin serlo: “No, sólo
tu celular o un celular, aunque sea el más barato.”
Ernesto
Sajíaz: “No puedo creerlo, Pedro.”
Pedro Tilo:
“¿Qué?”
Ernesto
Sajíaz: “Me estás pidiendo dinero, viejo”, dijo mientras se levantaba de la
banca.
Pedro Tilo
ya no dijo nada.
Ernesto
Sajíaz: “Bueno, en fin. Al Vip´s ¿no?”
Su amigo le
recordó a Ernesto Sajíaz que se habían puesto de acuerdo para ir a la
biblioteca del estado, cuyo nombre llevaba después del fundador del Partido
Acción Nacional, de quien se escribe en un sitio web que nació en el Antiguo
Mineral de Batopilas. Y fue rector de la UNAM.
Ernesto
Sajíaz: “Cierto, a la Biblioteca Gómez Morín.”
Pedro Tilo
le contó a Ernesto Sajíaz que, al salir del edificio donde se encontraba su
sucursal Telcel, notó que, como siempre, había una banda de organilleros en la
pequeña avenida.
Pedro Tilo:
“Es una zona relativamente nueva de la ciudad, pero ahí están siempre, con sus
uniformes oscuros, ¿marrones?”
Ernesto
Sajíaz: “Quizá demasiado oscuros para decir pardos. Pardo, de hecho, es una
palabra difícil de usar. Es casi un arcaísmo, muy, muy poética.”
Pedro Tilo:
“`De noche todos los gatos son pardos´”
Ernesto
Sajíaz: “Ese es un ejemplo, esa frase popular, de cómo se puede usar una
palabra tan poética sin interrumpir el ritmo de la oración. Una oración que se
vuelve un verso, que mantiene su prosa con fuerza. Muy bella, sí… Pero, esa
zona no es relativamente nueva. Tiene como cuarenta años.”
Pedro Tilo:
“Bueno, pero no son construcciones del Porfiriato, estarás de acuerdo. Me
parece que vienen de esa época, los organilleros o cilindreros. De hecho, creo
que el organillo, esa máquina increíble, tiene su origen en Alemania.”
Ahora,
Pedro Tilo no estaba ciego. Sus ojos grandes como dos canicas le miraban,
mientras conversaban al paso rápido que él acostumbraba y, sin saberlo, exigía
de los demás, pues así es como el artista exige las cosas, sin saberlo. Y en
toda la tarde no insistió en que Ernesto Sajíaz le proporcionara una cámara.
Ernesto Sajíaz pensó, sin rechazar la incomodidad de hacerlo, pues Pedro Tilo
era su amigo y otro varón, que le parecía un tanto repulsivo que usara, de
cualquier manera, su celular para tomarse fotografías Dios sabría cómo o de
qué. Era como si Pedro Tilo creyera estar rodeado por un manto satánico que
hiciera para él sus vicios invisibles, por decirlo de algún modo. Era la
persona más viciosa que conocía. Tanto, que Pedro Tilo tenía que tratar con un
psicólogo recién egresado los traumas que él mismo se provocó al fumar sesenta
cigarrillos diarios cuando una plaga de cocaína contaminada con metanfetaminas
o cristal invadió su barrio, por ejemplo, y no podía evitar masturbarse el pene
por varias horas seguidas. Su padre tosía debido a su condición de fumador de
segunda mano en ese entonces. Alguna vez, también, vomitó sangre sin dejar de
tomar. Ya no bebía y, parecía ser, lo demás estaba en calma. Pero, alguna vez,
Pedro Tilo llegó a beber cuatro cafeteras completas al día. “¡Las erecciones
han regresado!”, decía, como si predicase. Y cuando lo decía, la otra persona,
hasta su psicólogo, le hacía mala cara, y él lo notaba y pensaba: “¿Qué pensará
del resto de la historia, de mí?” Muy seriamente. El miedo que no tenía, el
miedo de Ernesto Sajíaz, de ser rechazado como escritor por los lectores, lo
tenía de ser rechazado como hombre por los otros seres humanos. Así que, y su
amigo Ernesto Sajíaz lo sabía bien, Pedro Tilo buscaba jóvenes libertinos que seducía,
y “pervertidos” como él que encontraba en internet. Alguien como Raquel Leño, y
eso podríamos comprobarlo, ni queriendo hacerlo se acostaría con él, así fueran
sólo sociales o culturales o urbanidad las razones de que eso no sucediera.
Jesucristo
era sensual porque predicaba el escándalo. En cuanto terminaba de hablar
procuraban prenderle. Pero no era vano. Mozart. Simone De Beauvoir. Pedro Tilo
era un sensual hasta la risa, pero no era vano, aunque lo pareciere. Pero él
sí. Él era vano, Raquel Leño le dijo que era vano y que sus novelas eran vanas
por él, debido a él, a su “influencia” que Ernesto Sajíaz pensaba era más bien
amor. Y que fue amor en ella, sí. Ficción. Porque vano era él y quizá un pedazo
de mierda. Por lo menos, para los demás. O eso le decían los demás. Quizá
intentaban así curarle. Haciéndole creer que era rechazado como persona, porque
él podría tolerarlo, para que dejara de sentir la vida con dolor. Enrique
Sajíaz pensó: “El único detalle es que no vivo la vida con dolor.” Tal vez, se
dijo después, por eso soy vano. Pedro Tilo lo había tratado de consolar:
“¡Haces bien en ser vano, Ernesto, para ya con eso! Ser vano es saber que el
mundo o la vida o como le quieras llamar es mejor poco que mucho. Es una
mierda, así que, ¡mejor poquito! Tú sabes eso, yo no, por eso te llamas vano.”
Ernesto
Sajíaz, intentando no molestarse con Pedro Tilo, le dijo a éste: “Tú fuiste
quien me dijo que soy vano, Pedro.”
Pedro Tilo:
“No. Tú me preguntaste si eras vano, yo respondí que sí. Pero eso no es lo
mismo a voltear y decirte de zopetón `Mira, cabrón, eres vano´. Ni siquiera lo
había pensado ¿sabes?”
¿Qué había
de mirar el rostro aquél de Raquel Leño que con la edad se tensaba en vez de
colgar de sí mismo, con ese concierto de violín que era ese beso duro, de una
mujer que no es rubia, que no es morena, una especie de vástago amazónico casi?
Porque no
lo publicaba. No recorría el mundo diciendo a todos que le gustaba hacer el
amor con Beethoven. ¿Por eso era vano? Raquel Leño ahora le contestaría que no
lo hacía porque todos con los que se trataba ni siquiera escuchaban a
Beethoven. “¡Yo también soy sensual, carajo!”, gritó.
No se
encontraba bien. Daba vueltas en el cuarto que rentaba, que, decíamos, era
prácticamente una celda. Giraba en pequeños círculos. Empezaba a sentir dolor.
Se sentía leído. Leído y rechazado. Y se sentó y escribió en un cuaderno notas
para textos nuevos e ideas, ideas de la vanidad, como que las ideas son
vanidad, sobre todo si se apuntan en un cuaderno. Arrancó las hojas. “¡Puta
madre!”, gritó en silencio.
Ella estaba
ahí. La parte de ella que había sido desde su separación una unidad, algo
tangible como ficción frente al tiempo, se encontraba aún más invisible.
Algo más
que real, dice el poeta, es lo verdadero, y el lingüista le toma la palabra. Lo
verdadero era el súbito vómito interno de ese rechazo, el de los otros. Tuvo
que recordar, para sosegarse, las palabras de Jesucristo sobre cómo sólo lo que
sale del hombre es tóxico. La orina y los malos pensamientos, con sus malas
acciones. Algo que entre en el hombre, así sea el peor suplicio en el cuerpo,
lo peor aun puede transformarse en caridad e iluminación cristianas. “¡Yo no
perdí a nadie, carajo, a nadie perdí!”; de cualquier manera, salían esas
palabras. De su lengua. De su Lengua, también. De entre su Literatura. Salía
algo tóxico y no era orina. Malos pensamientos salían de él. “¡Malos, malos!”,
les regañan. Salían porque él se iba poniendo de Castilla, esos pensamientos,
esas palabras, esa acción. ¡Ese verbo chingar, tan quijotesco, tan de españoles
como Sancho! Algo más que real era un vómito interno de rechazo que en él
entró. No debería hacerle daño. Un rechazo no salió de sí mismo y contra él
mismo. De él salió el nuevo miedo, la grosería. Pero se repuso. Comprendía su
impulso por escribir y sentir que no tenía el miedo ahora de antes, pero temía
que ese miedo fuera, verdaderamente, positivo para su escritura. Si escribía
así, con esta flor espantosa de dolor que había entrado en él, en el hombre, el
escritor escribiría dolor y el lector le rechazaría.
Sintió como
si se hubiese arrastrado a la ventana, a hablarse de su sonrisa. La sonrisa de
Raquel Leño. De sus pechos, de su brasier. Por años, sólo la besaba en sus
momentos más honestos solamente, para dar lo mejor de él a eso, al sexo, como
convicción, como piropo a Raquel Leño. Lo mejor de sí para lo mejor de la vida.
“Tú.”
“Quince
años… fue influir en alguien, no amarlo. No ser su pareja…” ¿En el
tiempo o sólo en las palabras?, se confundió. Se revolvió hasta su estómago.
Consideró que estaba pensando ya como lo que llamó cualquier pendejo.
“Mi padre
dejó de buscar consuelo existencial en la religión, específicamente la
católica, cuando murió su madre, mi abuela, pues ella era la única razón de que
él lo hiciera, siendo que mi abuela era la única persona que él ha escuchado en
su vida en la que él crea que sabe lo que es lo mejor para él y que tiene todas
las respuestas a sus preguntas angustiadas. Murió. Mi padre dejó de escuchar a
los sacerdotes, nunca escuchó a los filósofos y juzgó falsas casi todas las
doctrinas Psicológicas. Yo no sé, sin embargo, si Dios y mi abuela sí
conseguían separarlo de su angustia existencial. Quizá sólo lo distraían, en lo
que moría e iba al Cielo, pero aún no cumple los setenta y llegará quizá a los
noventa y tantos. Pero le distraían, ¿sabes? Si el misticismo y la Filosofía y
el Psicoanálisis le defraudaron, no fue porque estuviera en desacuerdo, sino
porque, simplemente, no les creía ni una sola palabra como cuando escuchaba a
su madre”, contaba muy seguido Pedro Tilo. “Nada de lo que entra en el hombre
es malo”, se repitió Ernesto Sajíaz.
La técnica,
sin embargo, alcanzaba Ernesto Sajíaz a vislumbrar, podría, dentro de esas
mismas uniones, rectas y/o curvas, deshacer sus pensamientos.
Sin pensamientos, en Europa, ¿cuál es el motor
de la existencia y qué ocupa la mente? La Estética y la pornografía.
Hasta
escuchar gotear “Quod scripsi, scripsi.”
Es una mala
traducción la que se hace. En un intento barroco, españoloide por fallido, de
extender el enunciado, se le amputa. “¡Lo escito, escrito está!”, se cita mal.
Pues el Gobernador dijo aquéllas palabras para refrenar su propio poder, el del
acto de los fariseos y el de su propia Roma, y de esas otras palabras que las
antecedieron: “El rey de los judíos.” Poncio Pilatos sólo dijo: “Lo escrito,
escrito”, refiriéndose a que lo escrito está escrito y nada más. Es todo lo
demás lo que permanece grabado en las piedras. Los cráneos. El Gólgota, donde
derramó, dicen los ancianos, la sangre Jesucristo en una copa de David que
cargaba un querubín, y donde Juan se derrumbó en sus delgadas rodillas al ver a
su amado Jesús no poder emitir ruido alguno de la boca abierta de su grito de
dolor.
Mayor,
continúan, fue el grito de espanto que dio el Sol al ver crucificado al Hijo de
Dios.
No quería
Ernesto Sajíaz escribir desde semejante oscuridad, ni mucho menos desde un
pecaminoso esplendor.
Él no era
un Renacentista, se decía. “El lineamiento es de novela Polaca o Francesa.” Ni
siquiera sabía si sería correcto recurrir a la mención de la obscenidad que
sentía a su alrededor, en otros, cada vez más y que le desagradaba. Pero
sentía, por estas cercanías suyas de la muerte, entrando, que deberían salir
como palabras concretas en vez de insultos y de improperios. Así fueran
obscenas. Sólo describir una imagen y mantener así un cuadrado europeo.
Recurrir al espacio no para explorar la obscenidad que ya le asqueaba, sino
para explorar con ella otras cosas, como el vacío existencial en un vacío
artístico pero literario. Pedro Tilo o alguien como Pedro Tilo camina por el
Centro de Querétaro, años atrás, a las dos de la mañana, observando la arquitectura
de una iglesia, y pasando junto a un auto donde dos personas acaban de tener
sexo o van a tenerlo. Y escribir que ve sólo una cruz de neón, de buen gusto a
pesar de serlo, sobre la punta de la torre de una iglesia, y volteando a mirar
al interior de un coche viejo en la noche y viendo una eyaculación y una mujer
cerca del pene. ¿Podría acercarse así a Pedro? Ernesto Sajíaz no ponía
apellidos a sus personajes. Nadie lo aplaudía, a nadie molestaba. Ni siquiera
él sabía por qué, pero lo sentía, en la plasticidad de una ausencia de apellido
en una extensión del enunciado, incluso a un grado sintáctico se ve afectado
todo el estilo del texto. El autor sabrá, por ejemplo, si será para él más
realista la sensación de un solo nombre o un nombre con apellido… o apellidos.
En ese punto, Ernesto Sajíaz podría discurrir por horas, casi como si estuviera
desesperado por hacerlo. De ahí venía, en ocasiones, no saber y sólo sentir. No
saber suele ser causa y resultado de la pereza. Si un trabajador, por ejemplo,
llega a su lugar de trabajo y se le pide trapear los baños, él no sabrá ni por
dónde empezar e intentará, inclusive, renunciar o hacer trampa y no trabajar.
Pero, si se le muestran dónde están sus instrumentos de trabajo y para qué
sirven y cómo funcionan el cloro y el “pinol” o “pino”, acabará de hacer la
labor antes de siquiera querer quejarse. Lo disfrutará, y terminará por
disfrutar el trabajo. No se sentirá explotado. Será un mural de Diego Rivera
ese muchacho.
El arte.
Palacio Nacional, en efecto, y Diego Rivera. Su obra cumbre, se dice, es ese
mural en las escaleras. EPOPEYA DEL PUEBLO MEXICANO, su desenlace en Occidente.
Las revoluciones rojas y las aves negras mexicanas. La entrega de la
voluptuosidad, para los comunistas prohibida, al clero, y la industrialización
de la Virgen de Guadalupe. Las ciudades del futuro, de la ciencia, de Dios,
alimentándose del campo gringo que trabaja el bracero. El bracero es un
inmigrante legal mexicano, en el país al Norte de México, que entró a Estados
Unidos gracias al Programa Bracero, que duró desde 1942 hasta 1964, más de
cinco años después de terminado el fresco.
Quizá, por
principios socialistas, en cuanto a la base intelectual socialista que
plantearía lo que significa realmente el mural, se niega que sea una obra
sensual. Y puede que no lo sea. Quienes la disfrutan, podrían ver la redención
de todo arte negado a la sensualidad. Al mismo tiempo, otros podrían ver en él
sólo un resultado sensual, de movimientos sensuales, de comentarios casi
cerebrales, con la intención de transmitir la belleza de todos los elementos
bellos de las izquierdas mexicanas y horrendos de la derecha. Esa unidad de
cientos o miles de átomos es tan sensual como crear un Universo observable por
completo. Diego Rivera, la persona más sensual en la Historia de México, separó
su persona de su obra, y Frida Kahlo estaba enamorada, por lo menos, de alguno
de los dos, ambos habitando su cuerpo deformado por los ojos del mundo
ordinario y torpe. Ernesto Sajíaz estaba seguro que ella estaba enamorada de
toda la persona de Diego Rivera. Eso en Diego Rivera de su persona que nadie
soportaba, una nube negra dentro de su carácter, le hacía ser violento y
sentirse rechazado, ambas cosas; eso, Frida Kahlo también lo amó, a pesar de
ser aquello de él de lo que ella no siempre estuvo enamorada. Ella y él
decidieron guardar el secreto de su decisión final. De si fueron ficciones al
otro o no.
Como una
gravedad del asunto, ser una persona es también parte de la existencia del
artista, aunque su esencia total no esté ahí. La relación sexual con otro
artista es cosmos poco privado, incluso es invadido, pero íntimo. Esa intimidad
que da fuerza a los caballos del deseo, de la esfera engrasada del
enamoramiento. Ninguna seducción es inevitable. Seducir es una extensión del
hombre en el tiempo, pues tuvo que aprender a hacerlo. Él no seduce como la
pantera negra, al andar así como andan las panteras, sigilosas más que
prudentes. La pantera siempre será prudente. La mujer envuelve en sus piernas
al macho.
Dentro de
eso, pensó Ernesto Sajíaz, los genitales de Frida Kahlo de la imaginería
popular y las conjeturas historiadoras son el sexo negro y tupido hegemónico,
el sexo potente de sus cejas feroces.
Miró.
Acostado en la cama, miraba ahora el techo color crema, la bombilla. Se
tranquilizaba. Ronquentin no trabajaba, pero pensaba. Así podía vivir, en el
caminar a un punto donde el desenlace podría ser el triunfo de la pesadilla
sobre el sueño, sobre el bienestar codiciado. Quizá pensar es un trabajo, si se
es un filósofo. Pues, además, Ronquetin escribía. ¿Por qué decía Pedro Tilo que
Ronquentin no trabajaba?
Porque él
no trabajaba tampoco. Ni Ronquentin, ni Pedro Tilo y tampoco Ernesto Sajíaz
trabajaban. La sociedad, pensaba Ernesto Sajíaz al darse cuenta de su
condición, podría bien gritarles a los tres: “¡Sensuales!”
“Sensuales
hijos de puta”, les llamarían en la sociedad si la sociedad leyese sus libros.
Al final, hasta los de Raquel Leño y más que todos, eran libros descabellados,
para algunos. Para otros, eran delicias, ellos eran un grupo dentro de varios
grupos, también. Les entendían y no, los leían bastante y no. Pero eran leídos.
Estaban completos, como escritores. A pesar de la melancolía, a pesar de los
vicios, a pesar de las temporadas de pobreza, eran leídos, y eso es todo. Así
es la historia, “No sufrí.” Como ese cuento de Pedro Tilo, ELEKTRONIK
TÜRKÜLER.
Transcribiré
ELEKTRONIK TÜRKÜLER, con la aclaración de que lo que Pedro Tilo escribió
en cursiva, lo escribiré en letra estándar, y viceversa.
ELEKTRONIK TÜRKÜLER
A mi amigo Víctor
Gonzáles Serratos, por los diálogos.
“Now I believe
that what you say/ is the undesputed truth”
Goodbye
Stranger-Supertramp.
1
Los
viejos zapatos. La vieja chamarra y el viejo sombrero. “Sí… Y viejo yo
también”, se dijo mientras se colocaba el atuendo con el cual fue ingresado a
aquel reclusorio veinticinco años antes.
–Muy
bien, señor Kit, es un hombre libre. Veinticinco años en prisión no es
cualquier cosa… –le decía el guardia que le abría las puertas al otro mundo, si
es que era otro mundo y no el mismo mundo injusto y depravado en el que habitó
a partir del momento en que vio a su dulce Verónica desplomada como una mascada
a mitad de la sala del apartamento en la planta baja donde vivían y se amaban.
Allá
estaba… ¿“Lawrence”? El que pasaría por él, como le dijo el joven abogado que,
siendo que el viejo abogado había muerto el lustro anterior, le representaba
con alegría y gozo: el joven abogado que le ahorró otros diez años ahí adentro;
el que pasaría por él para llevarle a donde fuera que fuese a llevarle.
Era
joven también, Lawrence. Iba todo vestido de blanco y parecía un Don Johnson de
veintiocho años de edad. Sonreía, a su vez alegre, a su vez gozoso.
El auto
recorría las calles descongestionadas del pasado hecho futuro en el presente.
–Sí,
Kit. El cielo. ¿Lo extrañabas?
Kit
encendió un cigarrillo. Era un roble de setenta y cuatro años de edad y, aunque
la tristeza se supera, sin irse, sintió la euforia de ir sentado en el asiento
del copiloto de un Cadillac blanco de treinta años de antigüedad, ¡tomando las
curvas, escuchando música que Lawrence llamó “como el buen vino” (a lo que Kit
respondió: “Gracias, hombre”). Las curvas y los semáforos, las palmeras, el
humo, los hermanos, las aves, las mujeres… ¡semidesnudas!
– “Pero
¡¿qué es esto?!”, se pregunta Kit ¿eh? ¡Jajajajá!... Esta ciudad, viejo señor
Kit, es su imperio.
–O viejo
o señor; sólo uno, dos son demasiado. No soy tan viejo, hermano.
Aunque
sí lo era, pero Lawrence sólo estaba siendo simpático. Su simpatía, sin
embargo, no era la de un idiota o de un chiquillo nervioso, era la de un hombre
atractivo y joven que tenía ese olor: El olor de las armas de fuego y de la
cocaína aspirada sobre el cuerpo desnudo de hembras de todos colores y sabores,
el olor de la madurez tras las gafas caras y grandes de un muchacho inteligente
y lúcido que sabía demasiado bien qué hacer con la propia locura.
–
¡Jajajajá!... Abra la guantera, señor Kit. Un regalo de bienvenida y una
especie de contrato renovado para un viejo hijo de perra que resulta ser: ¡El
nuevo jefe de Joy City!
Una
pistola niquelada. 9 mm. Una palmera grabada en la culata. Kit sintió su sangre
hervir un poco más. Plomo, aceite y pólvora, el acero de ello ahí para él, de
vuelta, como un golpe húmedo de su tristeza, casi si hubiese calado el sexo
tierno y psicodélico de Verónica una vez más. La tomó. La acarició con fuerza.
Lentamente, pero con fuerza. Un ave cruzó su visión. City Joy era tranquila y
peligrosa, tan grande que parecía despoblada. Era una ciudad poderosa de una
nación poderosa.
–A
escasas docenas de kilómetros de la prisión, y es otro mundo, ¿no, señor Kit?
–Sólo
llámame Kit, mejor –dijo el viejo, sin molestia alguna, sino como
agradecimiento.
–Tengo
que preguntarle como fue adentro.
–¿Adentro
de mí?
–No,
adentro usted.
–Tabiques,
grises y limpios, duros y apretados como piedras de Machu Pichu. La puerta,
gris, de no sé cuántos putos pies de ancho y de algún metal marciano que me
acosó por veinticinco años de locura y fealdad.
Se miró
en el espejo como si fuera una damita a punto de maquillarse. Su rostro,
precisamente, era un rostro gris y marciano como su celda: “Sí, esa puta puerta
lo hizo así.”
–Yo
solía ser un hombre guapo… –se quejó inocentemente.
–¿De qué
habla, señor Kit? ¡Está bellísimo! Tal vez los trabajos forzados lo
endurecieron un poco…
–¿“Un
poco”? Me siento hecho de cemento. Por el otro lado, no hubo trabajos forzados.
Sólo fue el encierro. Sin cielo, sin pájaros, sin sol. Sólo una celda, gris y
de mierda, de un hormigón hijo de puta y ahí, por años…
–¿Todo
lo que vio?
–Y el
pasillo y las duchas, menos de media hora diaria. Si se atrofiaba todo mi
cuerpo: mi problema. Era una celda amplia, sin embargo. Más bien una especie de
sala de interrogatorio sin color, a excepción…
Sí, ese
cumpleaños, cuando un alcaide excéntrico fue a parar a esa prisión diez meses,
antes de que lo matara un preso en quien confió lo suficiente para tenerlo a
una distancia que resultara fatal.
–…de un
cumpleaños.
–¿“Un
cumpleaños”? ¡Bueno, suena bien!
–Metieron
dos rebanadas de pastel y varios globos de colores al interior de mi celda
gris, ya sabes. En lugar de ducharme me habían dado un cigarrillo.
–¿Y eso
por qué?
Kit le
contó sobre el alcaide ortodoxo que murió en la cárcel de Joy City.
–Nunca
lo olvidaré. Entre la puerta y yo, globos de todos colores.
Eso
había sido todo en veinticinco años, en lo que se refería a la alegría: Eso y
la cascada mental de música recorrida sólo en la memoria y en el invento.
Música de él y de Verónica. Verónica:
Recorrieron
todavía varios minutos hablando de la estática prisión y su interminable
tiempo, como una muerte ya desfazada de la realidad ante lo libre de la tarde,
tarde como un oro lavado en aguas milagrosas de nadie, cósmicas y diarias,
antes de que Lawrence le preguntara:
–También
tengo que preguntarle: ¿Está todavía en pena, de luto, hombre?
–¿Por
ella? ¿Por Verónica?
–Sí,
señor Kit, por ella.
Ella,
con sus muslos bronceados y desnudos, entallada en unos pantaloncillos cortos
de mezclilla deshebrada en los bordes.
–Todavía
puedo verla, ¡escucharla!, drogándose con “Breathe”, de Pink Floyd…
–¿Era
una chica retro?
–Sí,
hermano. Con el paliacate deslavado sobre su pelo negro. Tenía un pelo salvaje
y negro, ¿sabes?, como un caballo.
Sus dos
senos pequeños y pueriles descubiertos frente a él, casi amorfos, en la
oscuridad compartida con la luz amarillenta de una vieja lámpara. Él los
rozaba, jugueteaba con los pezones amplios y estirados, y los lamía sin un
final aparente. El vientre suave y apenas crecido, de un ombligo grande y
lascivo. Besarla.
–Entré
esa tarde a la casa. Ella estaba ahí, derrumbada, con esos muslos suyos
cubiertos con la coca que le di, de la heroína que nunca probé, empanizados por
ese majestuoso polvo ¿ves? Estaba muerta y me había dejado… Lo triste es que la
pasábamos mejor que nunca en ese entonces. No fue el final de una tormenta ni
un lógico desenlace de una pesadilla. No. Era perfecta, hombre. “Run, rabbit,
run!”, ¿comprendes? Nos amábamos. Sólo una chica de Joy City. Entendía e
idolatraba a Pink Floyd, como tanta gente…
–Sí, es
algo muy común.
–Y la vi
ahí, sólo tendida ahí, hermano. Al salir corriendo, con el teléfono en la mano,
ya sabes, a gritar por un médico, por un buen samaritano, por un Dios, los
putos tiras ya estaban ahí, los muy maricones.
Eran
varias patrullas, no había escapatoria. Al voltear, pues quería morir
acribillado y, de ser posible, junto a Verónica (“Sobre ella una última vez”),
más policías salieron por la misma puerta.
–Y me
agarraron, viejo. Contra el suelo, las esposas, los derechos, en la patrulla,
al Infierno… Obviamente, ellos mismos la mataron.
No fue
grande el silencio antes de que Lawrence dijera:
–Veinticinco
años por matar a dos polis por cuestión de negocios: ¡Tuvo suerte, señor Kit!
Suerte y dos abogados jodidamente buenos, si quiere oír eso.
–Ella
podía gritar, hombre, ahí adentro, en mi celda. Gritos no de miedo, ni de un
intolerable martirio, sólo gritos de tristeza. Digo, todo lo hicimos, ¿cómo
ponerlo?, en nombre del rock & roll, hombre.
Lawrence
sonrió al tomar una curva de noventa grados.
–A mí me
gusta Phil Collins… –dijo.
–Me gusta Phil Collins.
Lawrence retomó el tema:
–Pues,
ese “rock & roll” son decenas de cabrones mandados al otro mundo. Si yo
hiciera un cálculo algebraico y extraño, pero probablemente posible y aburrido,
fueron trabajos que ayudaron a mover toneladas de droga en las calles de
nuestro país. Y lo digo porque lo dije en serio: La Organización le entrega el
mando de Joy City.
“¿Lo
quiero?”, se oyó Kit pensar.
–Y por
eso, señor Kit, le informo: Hay de dos hoy en esta ciudad: Trabajar con ellos o
contra ellos.
–¿Quiénes?
–Los
tiras, la Policía.
–¿Ah,
sí? ¿Y cómo está eso?
–En
estos últimos diez años las cosas se han jodido: El material que se vende en
las calles es peor que basura. Es algo que te droga y te enloquece al mismo
tiempo. Te mata. Es el maldito Apocalipsis de los drogadictos… Pero la
Organización se quedó desde hace décadas sin los verdaderos cabrones como
usted, señor Kit. Usted no fue el único que la Policía enterró…
–Esa
Policía era porquería, más corrupta que cualquier triste hermano negro
vendiendo polvo en Father´s Avenue. Mucho peor: No eran el mismo ser humano…
–Pues en
esto terminó la cosa: Verdadero excremento en las calles, por el simple hecho,
por el simple hecho de que todos los recursos de la Organización terminaron en
eso: En destruir esa Policía. Ahora los tiras son buenos y cocainómanos, pero
no estamos solos ellos y nosotros: Los Boas, a quienes no les ha importado
hacer lo que hicieron con el material en las calles. Es una cuestión sectaria,
dinero que ha llegado desde otros continentes y otros modos de pensar y de
actuar.
Kit
comenzó a reír.
–Lo
mismo era en ese entonces: Cristo, Castro, Lucifer e Israel… No te preocupes,
chico: Es sólo muerte y dinero: Entradas y salidas.
El viejo
cortó cartucho.
–Creo
que tomaré el trabajo, Lawrence. Sin embargo, siento que lo honorable… ¿Crees
en el honor? Si no, no serías de la Organización.
Lawrence
separó, como un ángel se separa de la luz celestial para cazar demonios, la
mano derecha del manubrio en solemne juramento.
–Creo en
el honor, señor Kit.
–Bien.
Lo honorable, hermano, es que te diga que, si Verónica siguiera viva, estaría
retirado formalmente, como un burócrata o un C.E.O después de un año de
infartos… Aunque no la hubiese vuelto a ver, de estar viva ella, yo estaría
pidiendo que me llevaras al hotel con piscina más rascuache y cercano posible,
donde pediría alguna cerveza o, incluso, un daiquirí. Creo que son de plátano.
El ocaso
tomó su forma en la visión ahora crepuscular de Joy City. Había tiempo para
vivir, para morir, no importaba la noche que no tardó en llegar. Lawrence no le
dio un recorrido por el nuevo apartamento a Kit, sólo se despidió de él y cerró
la puerta, un tanto mezclado su ser con la melancolía del viejo sobreviviente,
quien se sentó frente al plasma y respiró el olor suave del condominio de lujo,
armado con la 9 mm., desarmando una vez más, como tantos cientos de veces, la
tristeza con el llanto: Su Verónica asesinada, que no cabía ya dentro de su
mano áspera, que no podía asir como a esa nueve milímetros. Su paloma dulce, en
el lado oscuro de la Luna, devorada por los propios cánticos, incendiada sin
fuego por el negro color de Joy City y otros centros del crimen en el país más
violento del mundo civilizado y occidental. Lawrence le había hablado de un
“cambio político.” Pero ¿qué es un cambio político? Sólo una manifestación
comparativa de las ciencias sociales, pues ¿acaso la Ilustración francesa no hablaba
de ciencias naturales y ciencias sociales (La Ilustración, que estaba a favor
de la razón, forzosamente estaba en contra de lo racional, estructura previa y
ajena de pensamiento, de la Verdad Absoluta… Esa noche en que se tomó La
Bastilla, en que los franceses estaban baleados y acuchillados en las calles
entre las cortinas brillantes de sus propias sangres…)?
“Verónica:
Tú sabes de qué te hablo, a qué me refiero cuando te hablo de ti. Niña mía…”
En
prisión empezó a darse cuenta de esa supervivencia: Sobrevivir la tristeza no
significa que esa tristeza estará fuera de nuestra vida; al contrario, se
afianza, se yergue para hacerse un refugio para uno. Se habita. Ni siquiera
está en contra de sí misma, vanidosa y pura.
2
Venía de matar a un hombre, al llegar a la sala de su
apartamento nuevo, cuando la vio. Tenía una figura espectacular, un rostro de
divina hermosura bajo su cabellera negra y lacia peinada en una coleta
sencilla, arma y placa sujetas a su cadera.
–¿Tiene
una orden del juez para estar metida en mi propiedad?
–No,
pero estoy buenísima.
Kit no
dijo nada. La observó, la midió, aún tenso tras dar muerte a un policía
retirado que le debía veinticinco años y el amor de su vida.
–¿Quieres
un poco de café?
–Eso
estaría bien –ella contestó afablemente.
Sentados
en el desayunador de la cocina, la agente Clarks le dijo que no venía por él,
por Kit.
–A quien
sigo el rastro es a su nuevo amigo Lawrence.
–Para mí
es un buen tipo.
–¿Sí?
–Sí –él
confirmó, con sus ojos azules.
–¿Trabaja
usted para él o él para usted?
–Sólo es
un camarada, agente Clarks. Eso es todo.
–¿Y este
apartamento? Es bastante para sólo un camarada.
–No
viene de su dinero, sino el mío: Unos miles de dólares que produjeron unos
buenos intereses.
–No me
diga –ella sonrió.
Ella le
gustaba. En efecto, estaba buenísima.
Hablaron
de temas comunes con la plática entre Lawrence del día anterior. Era una mujer
muy agradable, muy atractiva, y él sintió el poder de su sexualidad. Quiso
insistir:
–Supongo
que me pedirá información, información seria sobre la Organización.
Una
sonrisa cruzó el rostro delicioso y blanco de la agente.
–Antes
de pedir una transferencia al departamento de Narcóticos de Joy City, como
agente especial del FBI trabajé en casos sin resolver, donde me topé con el
único que jamás resolví.
–¿Alienígenas?
–Un
tornillo…
–¿Un
tornillo?
–Una
mujer madura murió. Como era sospechosa de un sinnúmero de crímenes federales,
la Agencia insistió en saber la causa exacta de su muerte. Una autopista fue
hecha, y se encontró un tornillo en su cerebro.
Kit rió.
–¡Dios
mío! Sádicos hijos de puta ¿eh?
–¡No
había orificio ni entrada alguna al centro de su cerebro! Era como si su cuerpo
se hubiese creado alrededor del tornillo.
–Creo
que es hora de un silencio incómodo.
–Señor
Kit, estoy segura de que sabe la situación de Joy City en lo que se refiere al
veneno que se está vendiendo en las calles.
Kit no
dijo nada y prendió un cigarrillo.
–Ese
veneno no sólo corroe el cuerpo y la mente de sus consumidores… También les
produce el extraño poder de la telepatía.
–Y el
FBI está interesado en eso y no es una casualidad que usted esté trabajando en
el caso.
–El
veneno tiene que retirarse de las calles, de eso no cabe duda. Pero los
consumidores se han vuelto adictos tanto a la sustancia como a los poderes que
les infunde. Hombres y mujeres que ya no saben ni su nombre, sin embargo, se
están organizando en contra de las autoridades, tanto de las federales, esto
es, la Policía y las agencias, como contra la de usted, la Organización, cuyo
poder, también, es una cuestión nacional.
–Organizándose
en contra de la Organización. Irónico, ¿no lo cree?
–El
veneno también los vuelve sumamente violentos y destruye toda noción moral en
sus personas.
–Y por
eso está usted tratando con un criminal como yo, como si fuera el puto San
Francisco de Asís: Ya soy un mal menor, hay algo de honor en mí, como si fuera
“El Padrino” o Robin Hood.
–Mire,
Kit, podemos trabajar en conjunto…
–Quiere
que dé mi voto en contra de este puto tóxico en el crack…
–Y
en la coca y en la yerba y en el cabrón crystal meth.
–¡Hasta
el crystal meth parece bueno ahora!
–Se han
presentado casos de autofagia, señor Kit.
–Y usted
no confía en mi amigo Lawrence.
–Por
algo será. ¿Le importa si uso el tocador?
–No,
adelante, señorita.
–Gracias,
caballero.
Las
cosas siguieron su curso rumbo a otro café, hasta llegar a lo inesperado: Las
lágrimas de Kit, por Verónica. Estaban en la sala.
–Debe
entender, señor Kit, que la Policía de Joy City ya es otra. Y yo no soy…
–No, es
verdad, usted no es nada.
–Yo no
maté a Verónica.
La
agente Clarks tomó la hosca mano del asesino. Y él besó esa mano, la condujo a
sus labios y a sus lágrimas.
–Soy un
viejo que no ha…
–En
veinticinco años. Lo sé, señor Kit, créame que lo sé.
La
increíblemente bella dama besó la rugosa piel del rostro pétreo de Kit, de su
cuello, él sujetó sus caderas, las apretó. Sus lenguas dentro del otro se
motivaron con una excitación real y razonable, pero no racional. Cayó la
chamarra de él, salió la blusa de ella, mostrando un abdomen duro y femenino
bajo un sostén que parecía arrullar dos senos grandes y blandos. Desabotonó con
sus manos hábiles de mujer ninja los botones de la camisa del mafioso samurái,
quedando a su vista un torso inflamado del tamaño de un toro.
Kit le
quitó sus vaqueros sobre el sofá y por encima de las pantaletas delgadas abarcó
el sexo de la agente Clarks con sus fauces de creatura marina y mítica. Pudo
saborear el algodón blanco y suave, que se iba empapando de él y de ella. Se
las quitó. El vello púbico, aunque abundante y concentrado, estaba depilado en
sus contornos para formar una gruesa línea negra que brillaba de lo mojada que
se había puesto. Cayó el sostén y llovieron los besos, y a los pocos minutos
ella tenía dentro de su boca el miembro violento del otrora matón que acababa
recién de tomar el poder de Joy City… si es que era suficiente para ayudar a
sacar el veneno de las calles.
El semen
de Kit se derramó en la boca de la agente Clarks de un momento a otro, y ella
tragó todo el que pudo. Él sintió que estuvo demasiado afuera del mundo (¿o era
el mismo mundo?) para saber si eso significaba amor o mera lujuria: ¿y por qué
habría de amarlo?, se preguntó. Aunque como un trato, como una negociación, le
acomodaba, ¡cómo no! Además, con sexo o sin sexo, si de él dependía sacar esa
mugre de las calles ésta saldría de ellas cuanto antes.
Antes de
que ella se vistiera, Kit le pidió que le permitiera acariciar su carne suave
desnuda. Los contornos de su cuerpo, los pechos, las nalgas, sus muslos. La
agente Clarks lo abrazó, incluso; y comenzó a llorar.
–Espero
no estarme quebrando, justo ahora y por nada, pero he visto cosas muy jodidas
allá afuera.
–Alcancé
a escuchar algo sobre caníbales suicidas.
–Usted
no deje succionarse por ello. Considere todo parte de una leyenda urbana.
En la
bella agente vivían imágenes de locura, maldad y brutalidad sin límite… Veía
los cuerpos, unos vivos y otros muertos, unos completos y otros peor que mutilados.
Sangre, carne, muerte y crimen.
–Debe
recordar, agente Clarks, que mi situación es la de un hombre con estómago
fuerte.
–Para
muchos en la agencia hoy, hombres como usted, Kit, son auténticos héroes…
¿Piensa que no sé de dónde viene, dónde estuvo esta mañana…?
–¿Dónde
estuve esta mañana?
–Saldando
cuentas, por supuesto.
–En
realidad, sólo fuimos de paseo.
–Sí,
seguramente…
Vestidos,
a punto de despedirla, de su bolso, de diseño moderno, compacto y
despreocupado, la agente Clarks extrajo un sobre blanco.
–Tome,
Kits. Sé que hoy la información viene en formato virtual, pero esto quizá sea
más discreto.
Kits
tomó el sobre.
–Son
nombres y direcciones, de dos clases: Policías que tuvieron que ver con su
arresto… y con la muerte de su chica, de Verónica; y miembros de Los Boa, de
los que principalmente están moviendo todo ese veneno en Joy City… y en todo el
país, realmente.
–¡Tengo
suerte de ser un crío de esta ciudad! –apuntó Kit con sarcasmo.
–No voy
a decirle que no confíe en nadie, porque tendrá que confiar en todo mundo. Le
deseo más que suerte.
–Y yo a
usted, agente Clarks.
Ella le
dio un corto beso y él le preguntó si se volverían a ver:
–Ojalá
que sí, Kit. Me la he pasado bien.
Cuando
llegó la noche, Kit continuaba, ya sentado en un cómodo sillón y con un trago a
un lado, revisando las tres cuartillas de nombres y otros datos. Era una lista
negra, un contrato de muerte. Pero, si él mismo se equivocaba al sentir los
besos de esa buena mujer honestos y sinceros, tenía que desconfiar de la otra
información, esa que no estaba escrita: “Le conviene que estén muertas estas
personas, Kit.” Tal vez, ella mentía y sólo quería usar su fuerza y, por
pomposo que sonara y relativo que fuera, su poder. Quizá esas mismas personas
eran las que estuvieron interesadas en sacar el veneno de Joy City…
¡¿Y
quién querría, por qué, sacar el veneno de Joy City?! Ello costaría dinero,
vidas, tiempo y toda clase de otros recursos. A menos que resultara, después de
todo, más redituable vender droga limpia a compradores lo más cuerdos y sanos
posibles. Se sintió débil, se sintió torpe: Ya no recordaba el porqué de
aceptar el puesto en la Organización. Que él pudiera entender, era sólo una
especie de autoflagelación que le hiciera sentir un dolor aparte de su
tristeza, la cual ya no le desesperaba ni le agitaba ni le cortaba la
respiración, pero seguiría ahí, parecía ser, por siempre.
Sirvió
más escocés en el vaso, prendió un cigarrillo: ¿Qué importaba todo? ¿A favor de
quién, de qué, jugaría, mataría? No lo sabía. O sí lo sabía. Eliminar a todo
hijo de perra de esa lista y volver a acostarse con la agente Clarks como
premio, quizá de por vida y hallando nuevamente el amor. Sólo que tendría que
asegurarse que no le costaría el apartamento ni, ¡mucho menos!, la libertad,
todavía tierna en su persona; Lawrence, su gente, todos los que ahora veían por
él y estaban a sus órdenes, no podrían, tampoco, sentirse traicionados: ¡Era
posible que ellos mismos fueran los nombres en esa lista, que la agente Clarks
e incluso todo el puto FBI no fueran tan brillantes ni trabajadores, después de
todo, y en cambio, estuvieran caldeando las aguas o apostando, a ciegas!
Pero no,
pues se dio cuenta en ese instante: Con esa lista en su mano de quien dudaba,
realmente, era de sí, Kit, y lo que cuestionaba no era otra cosa que su propia
existencia.
El
teléfono móvil repiqueteó.
–Kit.
–Lawrence
aquí, señor Kit.
–Lo sé.
–¿Paso
por usted mañana temprano, jefe? –preguntó alegremente su contacto con el
Universo.
–Sí,
hermano, mañana temprano.
Colgó.
Era hora de dormir.
3
Respira, conmigo. En el hondo
remolino del olvido no estás tú sola, estamos olvidados de por vida: Tus labios
dormidos contra mis labios dormidos (vi tu claridad con mis labios, tus labios
hallaron su propia claridad en los míos), recostados en la noche, de eclipse
solo y personal, anfibio en la humedad de tu presa herida en el silencio de la
roca de mi corazón, tu corazón, los corazones nuestros. Tú desnuda, yo desnudo,
hombre, y luego el infierno de unos segundos sería el fuego del resto del
tiempo escondido, escondiéndome en una atroz calma del reloj incrustado en su
invisibilidad inmisericorde y desintegrado entre las arenas (mis quemaduras)
sollozantes del desierto de la verdad a puñetazos.
Siente y siento, la velocidad del
prisma, ¿habré de salir pronto, o muero, o vivo? Pero estate aquí aunque estés
afuera, o muerta, o viva. Dame de tu delirio, dame más, sé fogosa ahí sin aire
en la sala de nuestro hogar… En el techo del norte del centro de Joy City,
cuando tú, oscuridad, palpabas con tu lengua el sabor de dos palabras que se
elevaban en el elixir del idioma, lamiendo coca de mi pistola, besando yo todas
tus balas, irrigados en la sangre galopando en la quietud del amor encontrado,
puesta historia de vida, enredo de dos simios en santidad violenta, me viste
matar a alguien, te oí gemir mi nombre en la cama que gritaba los colores.
¡Aquí en mi pecho, sí, detén tu
dedo, ¡recuérdate!, ausculta tu presencia de latidos que no se esfuman con el
peligrar de los cuerpos salvajes! Añórate, me añoras, añorarásnos por la
eternidad: Sé que eres la luz que éramos nunca, es infinita. La corona de sal
es tu bocado de profeta en su explosión extasiada. Y te colocas en mi cara,
yegua de vinos, hoja del destino rufián del elixir delicado que escurre de tus
formas, hembra tan mía, que mujer tan tuya soy siendo macho en celo, despertado
en la gloria de una voltereta en pleno rush. Sigue lamiéndome a través de toda
tu historia, mi manera, voz de mi sufrir clavada a mí sin ala alguna. Vamos
cayendo.
Se incendia todo este metal que
metí en la pirueta de tu amarme tanto como el agua al mártir de boca ya gris
aguarda. ¡Te necesito aquí en mi pecho para que sigamos ambos estallando, mi
amor, Verónica! Sé dónde estás sólo cuando te lo pregunto: ¿Dónde estás?, yo te
pregunto, a lo que tu garganta dice a mi cicatriz monstruosa que justo allá
donde los dos nos encontramos entrelazadas y furibundos. Fuiste arrancada de mi
jardín, yo soy tu pasto:
¡Arroja, arrójalos, los billetes
que dio en parto la Muerte, y baila, chiquilla, con esa tormenta que son tus
caderas, mi dulce leona! Me encuentro, “yo”, en ti, somos bruma de la ciudad
que es negra y colorida y que se recuesta para que el sol la queme hasta
hacerle un caramelo habitable y sexual… ¡Trepida, sigue trepidando, mi vida,
para que pueda a ti decirte cómo me cabalgas, querida ninfa sangrante! No te
expliques si no me explico, no surjas si no te surjo, ¡no llores si no es a
besos, pasión de mis tugurios! Y siendo el mismo resoplar, la misma fibra bella
que es el humo de un travieso guijarro de crack, los dos nosotros, háblame,
mete saliva caliente en mi oído de bestia y bombardea mis ojos en llanto con
tus pezones feroces, inquieta diva de mis callejones. Toda tú y todo yo están
unidos.
Fumo… Tú… Se desplaza el hado a
fotografías metidas en mi cráneo aún dando vueltas enamoradas, porque recuerdo
el ardor de la selva que me devoró el rostro y el espíritu bajo la fumarola de
tus ideas, delincuente viruta de Dios, galaxia de acero frutal y químico, par
de nalgas de mi musa clemente, clemencia hacia mí: Par de nalgas que yo habito.
Es tu certeza lo que fornico, es tu orgasmo de lo que nunca escapo, y me comes.
¡Te presento la copa y tu nariz la hechiza porque olfatea la piedad de mi
intento y así me arrancas del equilibrio que no es mío y que persigo!
Eres tan sutil por tanto encanto,
doncella resquebrajada entre mis lamentos de placer viriles, animalita de
placer. ¡Pero sigue esa danza, síguela ya, sigue toda tú todo! Sigue, pues
olvido que regresa la mañana desquiciante en que daba vueltas tu cadáver fresco
y pastoril tendido en el suelo, ¡tan vivo y hermoso que me arrepiento de
haberlo visto tan fijamente! Porque en el fondo, creo que lo sabes, mi amor,
estoy completamente desquiciado: mi razón es un cometa nuevo cada vez que pasa
un día o que pasan dos. Y te veré, tras mi propia sobredosis de inocencia, oh
cerveza oscura, en el lugar que tú y yo, Verónica, conoceremos muertos al no
encontrar un solo paso más de fatiga, un solo tilde más de injusticia, amable
niña mía. Mi muertita.
Mi música.
Mi Verónica.
Mi Verónica.
4
–¡Inhálala,
hijo de puta! –le gritó Lawrence al policía jubilado amarrado de la cintura a
una silla en la cocina de su sombría y vacía pequeña casa de madera americana,
ante una charola cubierta de cocaína.
Esa
cocaína llevaba el veneno que desgarraba a Joy City.
Kit,
ahí, sostenía en el extremo de su brazo, vertical, la 9 mm. Frente a él ese
policía cuyo nombre y dirección no formaban parte de la lista de la agente
Clarks, y que estaba negándolo todo: No sabía quién era Kit (“¡Todos saben
quién es este hombre, cabrón, ¿a quién intentas engañar?!”, clamó Lawrence), no
tenía idea de la muerte de Verónica, ni del arresto, ni de la prisión, sino
sólo del veneno; eso es lo que decía.
–Voy a
dispararle ahora, Lawrence.
El
policía pidió piedad.
–¿Va a
dispararle ahora, señor Kit? ¿De qué demonios habla? ¡Córtele una oreja,
incéndiale el culo, yo qué sé! Pero cobre venganza. A todos les dispara sin
ninguna satisfacción real.
–Simplemente
no me importa, hermano. Para algo está la conciencia.
Lawrence
no dijo más, sólo abrió los brazos y los volvió a bajar, diciendo:
–Bueno,
si ese es su único deseo.
Kit
metió una bala justo en el centro del rostro de su víctima. La cabeza se quebró
con el impacto.
En el
Cadillac blanco, rumbo a algún restorán de cadena para almorzar unos hot-cakes,
Kit le dijo a su amigo:
–Estoy
dejando atrás cierta clase de sufrimiento, es lo que puedo decir; eso quiero
que sea mi vida.
–Usted
es el jefe, señor Kit –respondió Lawrence, ecuánime–. No tengo personalmente
nada en contra del estoicismo, aunque creo que un poco de pasión ayuda, que
podría caerle bien.
Kit dio
una calada a su cigarrillo.
–Y lo
agradezco, hermano, en verdad que sí, pero, y espero no resulte un puto cliché
aunque lo sea, nada la traerá de vuelta, nada me quitará el cuarto de siglo de
entierro en esa puta cárcel. No estoy disparándole a estos cabrones como un
viejo atribulado por sus penas; les estoy disparando como un miembro de la
Organización saldando cuentas, eso es todo.
–Deme un
cigarrillo, señor Kit.
El viejo
lo hizo; Lawrence cargaba su propio encendedor.
–¿Qué
tanto va a involucrarse en esto, señor Kit? ¿Mucho o poco? Porque, realmente,
puede dejarlo todo pasar y que Joy City se prenda en llamas, ¿a quién le
importa?
–A mí me
importa.
–No sé
si fui ambiguo, o negligente, al decirle que las cosas no son sólo un par de
órdenes, pues con que usted tome sólo una postura es suficiente. Pero, también
existe la posibilidad de que se involucre en esto…
–¿Es
cierto lo de la telepatía; que el veneno produce eso en el consumidor? –preguntó
Kit.
Lawrence
guardó silencio unos segundos antes de responder.
–Sí, es
cierto. Y a eso iba…
Kit
comenzó a emitir una risa ronca pero ligera, mientras miraba por el parabrisas
la soleada ciudad por la mañana.
–Supongo
que esa maldita celda era lo que pensaba que era: Un puto portal a otra
dimensión… Dame el veneno, y terminemos de una vez con eso.
–La
droga sería…
–Lo que
sea, no me importa.
–En la
guantera hay de todo, viejo. En unas horas o tal vez en un par de días estará
adentro, señor Kit. Si de verdad es eso lo que quiere.
Kit
abrió la guantera. Pequeñas bolsas de yerba, barbitúricos, polvos de toda
clase, así como pequeñas pipas de todo tipo y un par de espejos de bolsillo,
había ahí.
–¡Muy
bien! –dijo Kit, y estiró el brazo para tomar una bolsita llena de píldoras en
forma de cristales–. Esto se ve bien…
–Tan
sólo prenda algo de yerba, señor Kit, no se rompa la cabeza.
–Está bien, pero voy a
llevarme algo de coca para después.
Ahora
fue Lawrence quien rio.
–Lo que
sea que le acomode, jefe. Le advierto, sin embargo, con respecto a posibles
mareos y dolores de cabeza, y a un efecto bastante fuerte.
Tóxico.
El efecto era eso: fuerte, sí, pero, más bien, tóxico. Podía sentirlo en el
rostro, en el cerebro, en los riñones: Todo se había inflado con potencia y un
placer que le atolondró invadió su organismo, que empezó al temblar.
Frente
al menú en el restaurante de hot-cakes, Kit sólo dijo:
–No
estoy lúcido. Todo parece de cemento…
–Y eso
que es yerba. ¡Lo que le espera con esa puta cocaína! El cristal es lo peor…
–¡Ah!
¿Así que, has estado experimentando, hermano?
–Sí.
Debo aceptar que sí.
–Maldita
sea, ¿qué hora es?
–El
mediodía, señor Kit. ¿Alguna cita?
–Eh…
¡No! De hecho, no sé por qué pregunté por la hora. Y no me importa. ¿Hay
malteadas aquí?
–¡Y pai
de cereza!
A su
mente, a todo el sistema de su persona, de Kit, acudió la figura de la agente
Clarks. Lujuria y cariño mezclados, por ella sintió un verdadero deseo, posible
sufrimiento, irresistible pero intolerable ardor.
El
siguiente policía retirado y en el aparente olvido total que fueron a visitar
los dos hegemónicos miembros de la Organización esa tarde no corrió con tanta
suerte: El señor Kit decidió arrancarle todos los dedos.
La
sangre por doquier, el viejo sintió una zona de su mente invadida por colores
que, de algún modo lo supuso, eran, en realidad, personas existentes,
conscientes y presentes.
–¿Qué
putas es esto?
–¿Qué?
–Todo,
hermano, ¿qué putas está pasando?
–¡Tranquilo,
señor Kit, no por ser malo deja de ser normal!
Al
oscurecer el día, el efecto se esfumó, surgiendo únicamente un sentimiento de
calurosa tristeza. Verónica, la cárcel y el dolor. La vida, siempre se decía
Kit, no es una porquería, una reafirmación a sí mismo. La vida contra el mundo,
y el mundo contra la vida. El hombre regresará a su estado animal.
5
Ella
estaba ahí, ahí de vuelta. Con él, y para él, parecía ser. Toda desnuda, ave
rara en tierra, ofrecía todas las entradas a sus adentros al viejo Kit. Él
entraba, no sin frenesí.
Tumbados
en la alfombra, él fumaba y ella preguntó:
–¿Ya lo
ha consumido?
–¿El
veneno?
–Sí, el
veneno. No diga que no, Kit. Toda Joy City sabe que sí.
–¿Y cómo
“lo sabe toda Joy City”?
La
agente Clarks se apoyó en un brazo; sus senos se ladearon hermosos sobre el
suelo afelpado.
–Lawrence
es telépata.
Los
colores no habían cambiado, los colores que él asumía eran personas no habían
pasado de ser colores a ser hombres y mujeres. Tanteó el terreno con su propia
experiencia, la cual él consideraba pobre pero todo lo que tenía en ese mundo,
espacio y tiempo de confusión.
–Por lo
que yo pueda considerar, linda, lo de la telepatía es…
–¿Una
tontería, Kit; usted lo cree así?
–Una
exageración.
El
semblante de la agente cambió, de despreocupado casi y lleno de certidumbre, al
de curiosidad y un leve asombro.
–¡No
puede ser!
–¿Qué?
Ella se
enderezó.
–¿Usted
cree en Dios, Kit?
–¿Cómo?
–En
Dios.
Kit
soltó una carcajada.
–¿Usted
no, señorita Gobierno de Norteamérica?
–Tengo
que irme –ella indicó no sólo al viejo sino a ella misma también repentinamente.
Se
levantó, se vistió aprisa.
–¿Puedo
buscarla, agente Clarks?
La mujer
volteó hacia él a mirarle:
–Yo lo
buscaré a usted…
–¿De un
momento a otro… se va? ¿Está molesta, no debí probar el veneno y saber qué
putas pasa en este lugar; es eso?
Recogiendo
su placa, su arma, sus esposas, la agente Clarks sólo dijo:
–Cada
quien tiene su parte, y yo debí prever cuál sería la de usted.
–Y esa
vendría siendo ¿cuál?
–La de
justiciero todopoderoso, esa es su parte, Kit.
–Está
molesta, es un hecho.
Él en el
suelo, sentado desnudo, y ella de pie, vestida y despeinada, aún tocada por su
propio sudor, replicó:
–Hemos
confiado en usted.
–¿“Hemos”?
–Joy
City.
–Ese
“Joy City” suena a una parte de Joy City, no a toda. Y espero que no a usted.
–¿De qué
está hablando, Kit?
–De lo
mismo que usted.
La noche
se extendió en su soledad y en el misterio. Las luces blancas de las estrellas
por la ventana, las bombillas amarillas dentro de las lámparas de autor, los
colores dentro de su cabeza, saturaban su visión de un ritmo que parecía
hacerse de una violenta carne espacial. Todavía oliendo a ella, a la agente, su
amante, aún apenas olisqueando lo que sucedía en la ciudad: Quizá algo, si no
peor que la muerte, quizá más complejo que la muerte.
“Telepatía”;
algo en esa palabra cambió el rumbo de la conversación.
A la
mañana siguiente, al subir al Cadillac blanco de Lawrence, Kit le dio el nombre
y la ubicación de una de las personas en la lista negra que proporcionó la
agente Clarks.
–Quiero
hacerle una visita esta tarde.
Pensativo,
Lawrence preguntó:
–¿Vamos
a despacharlo?
–Sí,
hermano. Vamos a despacharlo.
Llegaron
al domicilio después de una ardua jornada de trabajo.
No había
nadie en la pequeña casa de los barrios bajos.
–Vaya…
No le quería preguntar, señor Kit, pero ¿de dónde obtuvo el dato, jefe?
No sin
una astucia disimulada perfectamente, el viejo respondió:
–Del
FBI.
–¡¿Del
FBI?! Eh… ¡vamos a meternos al Cadi, jefe!
De
vuelta en el interior del auto, Lawrence continuó:
–¿Del
FBI? ¿Cómo que del FBI?
–Sí. Del
FBI. Quizá la lista sea falsa, o un señuelo…
–¡Exactamente!
¡¿Y si nos cargan con las manos en la masa?!
–Vamos,
muchacho, ¿qué pasó con el peligro, con la adrenalina?
–Odio el
puto peligro y odio la puta adrenalina, señor Kit…
–Bueno,
creo que sí, es demasiado estar arriesgándote a ti…
–¡No, no
lo es, es mi trabajo! –dijo Lawrence, recomponiéndose y alegre.
Pero en
los dos días siguientes, ninguna de sus visitas había sido afortunada. Sin
embargo, Kit estaba más que consciente de un pequeño hecho: Él siempre daba el
nombre y la dirección a Lawrence por lo menos un par de horas antes de la
visita, y aunque su subordinado jamás se separaba de él, bien pudo haber
avisado sobre la visita, al implicado… aunque fuera telepáticamente.
Por lo
tanto, Kit decidió hacer una de esas visitas a una de las personas que no
encontraron en un principio, pero solo y a medianoche. Y la encontró.
Era un
tipo fornido el que abrió la puerta. No esperaba a Kit, pero parecía saber
perfectamente que era él. Con la 9mm. del viejo en la cara, lo dejó pasar.
–¿Quieres
un balazo en la rodilla, Joe?
–¡¿Qué
putas quieres?!
–No lo
sé. ¿Tienes amigos en el FBI?
–Tengo
amigos en todas partes, hijo de puta.
–¿En la
Organización también?
–En la
Organización también, cabrón…
–Esta
noche no –le dijo Kit antes de dispararle en la frente.
Registrar
la casa. Encontró pipas recién usadas, una pistola vieja… y ciento veinte mil
dólares en efectivo. Parecía una casa cualquiera de un delincuente cualquiera.
Ni señal de pertenencia a Los Boa ni a la Organización. Ni al FBI, por
supuesto: Pero sólo un tira drogado es así de respondón ante una 9mm.
Pero la
noche aún no terminaba. Al regresar a su apartamento, Kit consumió un poco, o
bastante, de la droga con veneno… los colores regresaron, se fue la tristeza,
supo bien el haber disparado a ese hombre a sangre fría. Sin embargo, nada de
telepatía, a pesar de que, en efecto, podía incluso sentirlo físicamente, en su
mente y su cerebro se habían activado espacios que antes yacieron desconocidos
en sus setenta y cinco años de vida.
Se sentó
en el sillón a fumarse unos cuantos cigarros, cuando lo invadió una extraña
fuerza que precedió al milagro: Mirando el cenicero de grueso cristal de
Murano, Kit comenzó a deslizarlo sobre la pequeña mesa de mármol con la mente.
El cenicero cayó y se esparcieron ceniza y colillas en el tapete. Él no se
exaltó, como si hubiese presentido que era completamente capaz de hacer eso
desde un principio. De un momento a otro, se sintió fatigado y comenzó a toser,
un dolor de cabeza le invadió, sin embargo, aunque molestos, esos síntomas de
envenenamiento también caracterizaban cierto picante y físico placer. Volvió a
consumir la droga, y tanto tos como jaqueca desaparecieron, además de que sin
levantarse del sillón encendió el televisor.
Pero
nada de telepatía. Después de poco más de una hora, la droga envenenada lo dejó
tieso y adolorido, sin poder dar uso a sus nuevos poderes telequinéticos.
Y nada
de telepatía… lo cual, recordó, había alterado a la exquisita y misteriosa
agente Clarks.
Antes
del amanecer, la tristeza cruzó su persona como el rayo de luz del color de
Pink Floyd que ella, Verónica, era. Se hundió. “La tristeza… se sobrevive y se
queda.” Sus desnudas piernas, su último rostro, no el único, pero perenne. Y
junto a esa tristeza otra emoción lo invadió, una intuición de sufrimiento…
dolor… angustia, angustia a más no poder, como si afuera no hubiese amor, ¡y
era seguro que afuera no hubiera amor!
Sólo un
amor en un interior, pero ese adentro dónde se encontraba, para poder meterse
ahí. No para todos la muerte es un pecado, no para todos la Muerte es el
Demonio. La Muerte se queda lo mejor de una vida.
No, no
era muerte lo que, allá, afuera había. Era dolor y confusión. Era
desesperación. Una desesperación palpitante, como un nervio sin su escudo de
carne. Ríos de sangre… y de silencio. Pudo imaginar, con lo último de su
rendida energía mental, dos pueblos: Uno surgiendo, uno sufriendo. Uno en el
suelo y el otro en el cielo. Convergiendo, acechándose y mordiéndose como
perros furiosos. La lucha entre el bien y el mal nunca deja de ser violenta.
Como dicen por ahí, de Gandhi: ¿“Sin una sola bala”? ¡Pero si los indios
sufrieron prácticamente un genocidio; y eso no es “pacífico”, es todo lo
contrario a la paz; son los números puestos contra tu pueblo, Mahatma; la
dignidad a cambio de un interés político! Bien lo decían los libros que cayeron
a través de la puerta de hierro, a sus manos en prisión. ¿No había hablado
Lawrence de cambios políticos? Kit creía que sí, que algo habían hablado al
respecto o quizá no. Un cambio político. ¿De qué clase? ¿Cómo el de Gandhi,
como el de Stalin? ¡Mein Führer! ¿Quién podría salvar Joy City? Y con “Joy
City” se refería esa emoción, a hombres y mujeres, Dios lo quisiera: fuera de
una lata y dentro de un versículo: Lawrence hablando de política y la agente
Clarks hablando de Dios. Pero él, Kit, no, tranquilamente lo dijo en silencio,
no era Dios. No.
¿Qué
había allí, afuera? El mundo, de nuevo. Sí, eso era. Además, presintió otro
acontecer: Desde un principio, supuestamente se había decidido hacía años, él
salió de prisión a hacerse cargo de Joy City, ¡a tomar el poder de la
Organización! Sin embargo, no sólo no desarrolló poderes telepáticos que, él
intuyó, serían necesarios para el actual sistema de gobierno de la
Organización; también parecía que él no quedó convencido, al grado de que ni la
agente Clarks ni el subordinado Lawrence lo plantearon, de que la realidad en
el presente era aceptar un completo caos: Un no perder hasta llegado el día del
fracaso: Una bala, un tormento, un encierro. La primera la paz, el segundo la
humillación, y el tercero la esclavitud: Ni la paz era querida por los
habitantes de Joy City ahora: El veneno terminó por transformarse de una
desgracia a un deseo, un deseo obstaculizado por los que aún lo quisieran fuera
de ahí. ¿Y por qué lo querrían fuera de ahí? Tal vez toda Joy City debiera
arder… Mas, volviendo a lo mismo, ¡vaya que los había quienes quisieran verla
surgir y en las alturas! La telepatía como un milagro de Satanás: y gente
adorando a Satanás. La telepatía como travesura de Dios: y gente peleando por
sus vidas.
Hasta en
él mismo encontró Kit más de una contradicción. Tomó su pistola. Era hora
solamente del amor: ¡Ojalá siguiese en la Tierra!
6
En
ocasiones cuando no se puede confiar en nadie, no está presente la obligación,
o el deber, de confiar en alguien en absoluto.
–Voy a
necesitar un auto propio, Lawrence.
–¿Un
auto propio? Claro, señor Kit, lo tendrá… “Concesiones de un empleado, capítulo
I…” Se ve cansado, jefe: Esas drogas no están mal ¿eh?
–Nada
mal, hermano.
–Vamos a
tronarnos a un tipo gordo de Los Boa, jefe. “¿Permiso concedido? ¡Sí!” Bien, es
todo lo que necesitábamos.
Lawrence,
tras varios minutos de camino hablando del Sol y las mujeres, aparcó a media
cuadra del supuesto destino.
–Espera
aquí, señor Kit, necesito verificar algo con ese tonto. Piensa que usted hará
un trato con él; pero no sé lo drogado que vaya a estar, o que no esté solo.
–De
acuerdo, hermano.
Lawrence
bajó y no tardó en llegar, a lo lejos, a una casa donde le dejaron entrar sin
mayor problema o conversación. Fue un segundo después cuando pasó:
Sin
nadie ahí, la puerta del asiento del copiloto, donde estaba Kit, se abrió. El
viejo no supo qué pensar ni qué sentir al segundo siguiente. Sin el espejo
lateral del auto para poder notarle, un hombre joven y grande se deslizó desde
el exterior de la puerta trasera hasta Kit, a quien le colocó una pistola en el
corazón con su mano izquierda, mientras con la derecha extrajo la 9mm. del pasajero. Y dijo, sin gritar, pero muy
seriamente:
–Sal.
Kit hizo
caso.
–¿Ve ese
auto gris? –le preguntó el hombre del arma, ya a espaldas de él.
Kit lo
vio.
–Corra
hacia él si no quiere un tiro. Hágalo, por su bien.
En ese
mismo instante, el viejo pudo percibir el sonido de las sirenas policiacas a lo
lejos.
–Vienen
por usted, hombre, así que, ¡corra!
El viejo
lo hizo. Llegó al auto gris, un Chrysler. Dos hombres vestidos de negro, en los
asientos delanteros arrancaron el coche.
–Suba,
señor Kit –le dijo el conductor, tirando a la calle un cigarrillo a la mitad–,
y rápido.
Se
fueron de ahí sin ser seguidos.
–Antes
que nada, ese Cadillac blanco tenía dos kilos de cocaína en la cajuela, señor
Kit. Le acabamos de sacar de la trampa de su vida.
–¿Por
qué? ¿Quiénes son ustedes? ¿Puedo prender un cigarrillo?
–¡Los
que quiera…! Queremos, bueno, quisimos salvarle porque usted es, probablemente,
un buen hombre, y le creemos un buen y posible elemento dentro de toda esta
puta situación.
–¿Qué
puta situación?
–La
guerra.
–¿Debido
al veneno?
–Y a sus
extrañas facultades y a todo el puto sectarismo levantado por él y… Y etcétera.
Joy City
se resbalaba rápidamente al otro lado de la puerta de Kit… La puerta.
–¿Es mi
imaginación o esa puerta, la del Cadi, se abrió…?
–¿Sola?
–Telequinéticamente.
–Usted
puede hacer eso también, ¿no?
–Anoche,
lo hice. No es algo que contarle, y apenas me acostumbro a toda esta cuestión
de ciencia ficción.
–No es
ficción, señor, no. Y la ciencia no puede decir o hacer mucho, por lo menos no
con todo el mundo matándose y metiéndose a toda clase de prisiones humanas… Y
si los científicos no tienen respuestas o la menor puta idea de qué está
pasando, menos nosotros… Respuestas, le digo, no las tenemos. Sería como
intentar comprobar la existencia de Dios: Ella está ahí, pero el bruto del
hombre también y eso lo jode todo. Las comprobaciones-luego-del-hecho hacen
andar al hombre, no a los hechos mismos. Por lo tanto, señor Kit –y el hombre
extrajo una imponente pistola escuadra–, es hora del baile perpetuo aquí en Joy
City. Es como el futuro en las películas de robots.
–Oh. Eso
explica todo, supongo.
–Nosotros
no tenemos poderes telepáticos, pero como usted, tenemos facultades
telequinéticas. No sabemos por qué, pero sabemos que el criterio de selección
no es de este mundo. Como si Dios mismo, ¡o la Virgen Negra!, nos hubiera
puesto juntos.
Condujeron
varios minutos en silencio. Kit recuperaba no el aire, sino cierta ilusión. La
de la libertad. ¡Era preso del hombre desde hacía tanto tiempo!
Llegaron, finalmente, a una casa que bien pudo considerarse una mansión, blanca
y con columnas y varios escalones largos que daban un auténtico toque de
auténtica majestuosidad al estilo plantación del Sur.
–Vamos,
señor Kit –le dijo uno de los tres jóvenes–. Este es el cuartel general de
nosotros, La Black Gang.
Mientras
subían los bellos peldaños y entraban en el hermoso recinto, continuó:
–Aquí
estamos auspiciados por un viejo millonario que manda traer su droga del
extranjero: No le gusta el veneno. La pasa en su habitación del tercer piso.
Casi ni le vemos, verás: su droga es la heroína.
El lugar
estaba completamente limpio y cubierto de lujosos muebles y ornamentos.
–Subamos.
En el segundo piso guardamos todas las armas… bueno, menos las que traemos
cargando.
Hombres
y mujeres vestidos de negro surgieron de varias puertas de cedro y pasillos
alfombrados con tapetes rojos.
–Lo que
no sabemos es si esto es el principio o el final. No sabemos nada. Comemos, nos
drogamos, matamos y dormimos. Justo como animales, pero sin tener nada en
contra de lo animal, ¿entiende a qué me refiero?
–Sí. Una
utopía.
–También
morimos, eso es cierto, a la vez. Sin embargo, señor Kit, siempre fue así para
todo joven muchacho llevando un cigarrillo de marihuana en el bolsillo para
compartir con sus amigos.
–O con
su novia, hermano –apuntó Kit, recordando esa tarde.
El
joven, que se identificó como Paul, sonrió:
–Con su
novia, sí… –luego, su semblante se ensombreció–. No sé si las grabaciones le
gusten o no, pero tengo una que no le va a gustar, señor Kit. Es algo sobre lo
que no tenemos opinión alguna.
Lo
condujeron a un amplio salón donde, imperial, una gigantesca pantalla abría una
tercera parte del muro. Paul gritó a alguien que no estaba a la vista:
–¡Pon el
video que llegó anoche, Peter!
–¡Enseguida,
Paul! –contestó una voz: el plasma se encendió, mostrando, después de un largo
minuto, la imagen de un auto a medianoche, aparcado en un oscuro callejón.
–Endurezca
el estómago, señor Kit.
La
agente Clarks apareció en el extremo del plano, andando hacia el automóvil, al
que entró. Cuando la agente encendió el motor, el auto estalló.
Un globo
de fuego sepultó a la mujer, a la sexy, buenísima agente Clarks.
Paul
volteó hacia Kit…
–¡¿Está
llorando, señor Kit?! –preguntó, tanto sorprendido como divertido.
–Sí.
Estoy llorando.
–Señor
Kit, ni siquiera sabemos si es algo malo. Además… Vaya, ¡sólo sígame!
Paul
caminó hacia la puerta del salón, mientras Kit seguía mirando ese foco de
lumbre.
–¡Señor
Kit, vamos, venga para acá!
¿Qué
podría hacer el viejo?, él mismo se preguntó, y salió de la habitación con
Paul.
–Sígame,
gran hermano.
Llegaron
a otro salón, lleno de gente igual de joven dando mantenimiento a varias armas
de fuego, incluso algunos de ellos estaban fabricando una bomba.
–¡Diane,
¿dónde estás, chica?!
–¡Estoy
aquí, Paul!
–¡Pues
ven para acá! ¡Ha llegado nuestro señor Kit!
De un
momento a otro, apareció ante Kit lo que le supo a una visión celestial. Era
una joven, muy joven mujer portando una playera blanca, con el estampado
de Pink Floyd: La portada de “The Wall”.
–Nada ni
nadie le devolverá a Verónica, y no sabemos quién o qué era la agente Clarks
(su viejo amigo, Lawrence, quizá lo sepa, pero nosotros no), pero aquí está
esta linda e inteligente jovencita nuestra. Obviamente, le gustan los hombres
maduros como usted. Usted no es una imposición que se le hace a ella, sino todo
lo contrario… ¿Cómo ve?
–Bien… ¡bastante
bien!
Ella le
extendió la mano sonriendo, y Kit la estrechó y la condujo a ella hacia sí,
para besarla profusamente.
–¿Usted
también practicará la telequinesis, señor Kit?, porque aquí no es obligación:
Puede tanto desarrollarla como hacerla irse de usted.
–Vaya.
¿Tú, Paul?
–Yo sí,
señor Kit, recuérdelo.
–Llámame
Kit, a secas.
–¡Oh
Kit, estoy tan emocionada de tenerte aquí! Dicen que hablas con la Muerte, mi
hombre.
Una
media sonrisa se dibujó en el rostro del viejo.
–Soy
demasiado callado para eso, pero, ya que estamos en ese tema, puedo desarrollar
esa posibilidad en mí.
–¡Bienvenido
a la vida, Kit! ¡Bienvenido al Paraíso en la Tierra!
Kit
extrajo, aún sonriendo, su paquete de cigarrillos.
–¿Fumas,
mi niña?
La
sonrisa más pura, traviesa, angelical, que él jamás vio en su vida, iluminó el
rostro perfecto de Diane, que exclamó:
–¡Sí, me
encanta fumar!
–Ya
somos dos, entonces.
FIN
Ese cuento
le recordaba que Pedro Tilo pensaba que la Literatura era Florencia. Crece y se
quema. Florencia alta en poder, enana menos del David en sus piedras. Ese
cuento era justo eso, el comentario eterno aunque no una máxima de la
humanidad, que hace Sartre en ¿QUÉ ES LA LITERATURA?
“Florencia
es ciudad, flor y mujer… Para mí, Florencia es también cierta mujer.”
Se abre esa
flor que algunos llaman asquerosa. Otros la aprecian tanto que se secan primero
ellos. La Literatura está calzada y es pie desnudo en otros.
Pedro Tilo,
como lo vio alguna vez Ernesto Sajíaz, tendido sobre un colchón en una casa
grande, con cien invitados: “Por ejemplo, la cocaína en el pene. Un hombre que
no es judío, podrá conservar el poder del polvo dentro de su prepucio, pero un
glande circunciso, grande y firme, puede, pues el dueño judío tiene mucha
cocaína, puede quedar más tiempo seco, inflado, mientras se le enharina de coca
que cae y es consumida. De un momento a otro, el pene seco dejará salir una
lágrima de líquido preseminal de la uretra, por donde el no circunciso metió
pequeños guijarros del polvo.” Ernesto Sajíaz consideró algunas cosas que decía
irreales, pero todas literarias. Entendió su comentario, su manera de
concentrarse y observar el impulso, sin perder el control de esa Filosofía,
que, con los años, ninguno de los dos amigos supo a quién de ellos mismos
pertenecía la mayor autoría.
Rechazo.
Era difícil escribirlo, describirlo más. Era una plasta real de pensamientos
invisibles y sensaciones exageradas, pero que pueden quitar a alguien la vida,
la respiración, la alegría. Por lo menos, pues se habla ya de la llegada de la
muerte en una vida que se pasó con dificultades. Lo difícil no es ser feliz,
sino evitar el sufrimiento. ¿Hay fuerzas contra la existencia?
También se
podía hablar de las falsas realidades que existen.
Visiones de
Dios y una mujer puede ser la vida, como lo puede ser la Literatura. Como Asaf,
el cantor de David. Ernesto Sajíaz lo recordaba por las conversaciones de Pedro
Tilo con otros hombres. Hablaba de un falo ungido por su propio aceite de roble
joven pero picante. De recibir una descarga fuerte de semen en su boca. Ernesto
Sajíaz se retiró de ahí, pero no sin olvidar del nombre de Asaf.
“Dios es conocido en
Judá;
En Israel es grande
su nombre.
En Salem está su
tabernáculo,
Y su habitación en
Sion.
Allí quebró las
saetas del arco,
El escudo, la espada
y las armas de guerra.”
Ernesto
Sajíaz percibía claramente la melancolía de los salmos de Asaf en tantas
estrofas, pero también como en aquélla, con la que comienza el Salmo 76. Pues
Judá traicionó a Jehová y Sión también, como dice Isaías, el Profeta. Un
profeta o Dios mismo quebrará las armas robadas al Dios de los Ejércitos, y las
palabras serán devueltas. Entonces, regresará la paz, pues no todos los judíos
ni sionistas perecieron en el castigo o siquiera fueron pecadores. Por eso el
Espíritu Santo se permite tanta tristeza y muerte en su obra sobre el
equilibrio del alma en manos de otro, en la esperanza misma. Porque vuelve
Jehová cuando volverán sus pueblos y Él no será vencido.
Esa
Filosofía de ellos. Si tu padre te consiente y no educa, tu hermana, que es
educada y no consentido, te resentirá en los buenos días y en los malos te
envidiará. Y tú, tú querrás tener la vida apacible de una persona que hace las
tareas y, veinte años después, tiene dinero para irse de viaje; y resentirás a
tu padre al bromear y envidiarás a tu hermana por el hambre en el estómago. En
vez de decir: “¡Gracias a Dios, mi padre me consiente; como si fuéramos un par
de jesuitas él y yo!” y “Gracias, papá…”
Habrá que
estudiar el Maniqueísmo. Así que Ernesto Sajíaz tomó su INTRODUCCIÓN A LA
HISTORIA DE LA FILOSOFÍA, de la UNAM.
La vida y
saber que cualquiera ve la Forma definitiva del Universo, o de Dios, en donde
él la encuentra. Uno no escoge el álbum ni la droga más que lo que escoge el
sentimiento que los días nublados tienen en él.
Pero eso no
lo libraba del nuevo acontecer, que surgía detrás de dos figuras sombreadas,
entrelazadas. El fenómeno. Extrañar, como si la muerte fuera, a la Raquel Leño
enamorada, escritora. ¡Escribía con el cigarrillo sujeto entre los labios, como
una francesa!
La palabra
quiere ser devorada. No se puede. A lo que voy es a que Ernesto Sajíaz quería
saber si era extrañar. Ahora encontraba que eso era un deseo. Desear está bien,
hasta que sufres. Eso lo dice Buda. Eso es el deseo, un peligro quizá fatal. Su
humedad no siempre rodea el organismo adecuado. Pueden caer los besos a las
bocas, y aun sufrir por ello. Entonces se busca la posibilidad de retomar el
camino de la añoranza como un arte, la melancolía como Literatura. Y nada más.
Si la vida está en la Literatura, Literatura ella misma es.
“¡Como un
maldito poema, Dios mío!”, se decía Ernesto Sajíaz, este cuestionamiento sobre
extrañar. Necesitaba salir, tomar aire. Ahora era un hombre. Un hombre
deteniendo al escritor. Un hombre que vive algo que no era cien por ciento
probable de pasar, de sucederle. No es la pérdida de una mujer. Es la pérdida
de Raquel Leño. Y Raquel Leño salía de su ficción. Su vida, los años, la
felicidad. Estaban preparados, vivieron la felicidad. Ella se fue. “Ella”
Raquel Leño o la felicidad.
No nos atormentemos.
“Recomendemos la compasión”, decía Pedro Tilo muy en serio. Eso estaba tanto en
el Existencialismo Ateo como en la Biblia. La compasión no tiene sinónimos. La
misericordia es más majestuosa y la lástima es basta. Por eso, se le ocurrió a
Ernesto Sajíaz, está la responsabilidad del escritor. El ser responsable
en relación a la nada. Ronquentin descubre que las palabras pueden abrirse a la
inexistencia, que en las palabras está la inexistencia. Si la raíz negra deja
de ser negra a la percepción mental, ni la raíz ni el negro de la raíz negra
existen ya. El fenómeno debe coincidir con su abstracción para empezar a
existir en cuanto muera como fenómeno. Eso es la cosa, porque el fenómeno y la
abstracción son humanos, pero la cosa no.
Para Heidegger y Husserl, por
ejemplo, no existen las hipótesis en la Filosofía, o, más bien, las hipótesis
son palabras que conducen a la inexistencia en cuanto rigor científico. Es
mejor aceptar que se puede filosofar soñando, siendo el espectador del fenómeno,
del ser puro no existente. En las hipótesis la inexistencia hace un nido de
palabras, a menos que deje de ser una hipótesis, esto es, que se vuelva un
enunciado Filosófico, esto es, puro, lógico. Porque la lógica no es una línea
recta, sino que la línea recta es una línea lógica. La alternativa a la
Filosofía moderna es la definición moderna del ser poeta. Algunos poetas son
filósofos y viceversa, como hemos llegado a pensar ya. Sí. Pero unos hacen
poesía y los otros Filosofía, a menos que se llegue al punto de encuentro entre
ambos, que es la Literatura.
Husserl proponía una suspensión
del juicio. La abstracción no es explicativa, sino descriptiva. Al
suspender el juicio, los prejuicios intelectuales ante el fenómeno, la
existencia se presentará junto con el ser. La existencia no debe ser juzgada,
pero mucho menos el ser. Juzgar un ser es ignorarlo.
Ernesto Sajíaz, a sí mismo: “Y
claro, cuando le existencia se presenta acompañada del ser, la existencia deja
de ser una o la angustia… La existencia con su ser se vuelve el sí. El
sí, según Sartre, es responsable de su propia existencia… Cuando la existencia
es en otro, el ser puede superar la materialidad existente con la suya, que es
meramente un trazo imaginario en el Universo… Lo cual, por cierto, algunos
llamarían existencia también, por estar en el Universo…”
Ernesto Sajíaz, suspirando, se
levantó a medias sobre la cama, giró noventa grados a la izquierda, sentándose,
suspiró, alargó su brazo a uno de sus libros más preciados. “Existencia
Encuentro y Azar.” Quien lo escribió, Fernanda Navarro, llamó a su hermano,
Fernando, quien conoció a Clive Owen en Cannes, donde Fernando estaba, gracias
a la invitación de su hermano Guillermo, pues se presentaba alguna de las
películas en las que él trabajó con su director Guillermo del Toro.
Fernanda Navarro: “Oye, Güero, no
enciende el Marquís. ¿No puedes venir a checarlo?”
Fernando Navarro; “Well, of
course! I´ll be there, ahm, let´s say at…”
El coche no tenía gasolina.
Ximena Navarro, la hija de
Fernando Navarro, le había dado ese libro de regalo a Ernesto Sajíaz. Ese mismo
día, también, le dijo que Carlos Fuentes la recibió a ella con los suyos en su
casa con Silvia Lemus, la mujer más guapa del mundo.
Ernesto
Sajíaz: “Si le dices a Pedro, se desmaya, Ximena.”
Ximena
Navarro: “Ay, siií…”
Ernesto
Sajíaz, dentro de su prudencia, de su sentarse con las piernas así, nunca
escudriñó la dedicatoria en la primera página de papel del libro. Decía que a
Luis de ¿Gamba?
¿Qué más?, pensó Ernesto Sajíaz,
destrozado por sus propias dedicatorias. “en recuerdo de una conversación sobre
el Teatro, la Existencia y el mundo ¿en Mérida?” Y firmaba Fernanda. Octubre de
1995, el año en que fue editado EXISTENCIA, ENCUENTRO Y AZAR, de Fernanda
Navarro.
En Chile
Pablo Neruda escribió joven y galán “Puedo escribir los versos más tristes esta
noche” y en México un docto de Cuba dice “Por mí, ¡que los escriba!”
La niña del
trigo, la niña morena. Nicole, para Ernesto Sajíaz.
Las barcas
que se mueven, amarradas, golpeando una orilla, golpeando otra madera.
La luz de
la visión salía detrás del fragmento de esfera para Ernesto Sajíaz: “¡La
palabra: Extrañar!” Es, si uno siente que la toma en serio como vocablo,
pueril. “Echar de menos.”
Extrañar a
Raquel Leño. Si no lo explicaba, porque lo estaba explicándoselo, él mismo se
lo advirtió, ¿podría describirlo?
El resto era solo una
poesía extraña
Éste fue el
verso que alguna vez, un par de años después, Ernesto Sajíaz escribió con
respecto a la diferencia entre el dolor que sentía y las imágenes románticas de
la mujer fugada. Las últimas eran, incluso, algo ridículas. Pero no podía ni
caminar del dolor.
Y se sentó
en un parque. Recordó cuando Pedro Tilo le hizo reír con uno de sus
disparatados desplantes de culpabilidad por nada. Ernesto Sajíaz le había
prestado el libro que escribió Fernanda Navarro.
Ernesto
Sajíaz, cuando Pedro Tilo se lo devolvió: “¿Bien? ¡¿Qué pensaste, Pedro?!”
Pedro Tilo
estaba un tanto… ¿ansioso? ¿nervioso? ¿agitado? Le dijo que había sentido
paranoia.
Ernesto
Sajíaz, riendo, preguntó: “¿Paranoia? Es un libro de amor, Pedro. El título lo
dice.”
Pedro Tilo,
caminando de un lado a otro, junto a un Mercedes en la noche: “Ábrelo y ve.”
Ernesto
Sajíaz: “¿Y qué vamos a ver?”
Pedro Tilo:
“Las ideas, las categorías de estos filósofos. Son peligrosas.”
Ernesto
Sajíaz no dijo nada, y leyó: “En el plano cognoscitivo, estos filósofos han
registrado un cierto abandono de toda definición de `sujeto´ que suponga que
conoce la verdad.”
Pedro Tilo:
“¿Lo ves?... Lee otro, otra vez al azar.”
Ernesto
Sajíaz lo hizo diciendo: “A ver… Ah, mira, ¡Husserl!”
“Para
Husserl, el descubrimiento de la subjetividad –o del sujeto trascendental– es
el descubrimiento de la dimensión propia de la filosofía, a saber, la dimensión
trascendental. De esta manera se realiza la idea husserliana…”
Pedro Tilo:
“No no no, no estás leyendo todo. Ideas sobre trabajadores. Ideas modernas.”
Ernesto
Sajíaz: “Sólo está diciendo algo muy cierto. La subjetividad es el
conocimiento. Es parte de la lógica. Ahora que, si te refieres a Sartre… ¡Tú
amas LA NAÚSEA!... ¿Son tus miedos al socialismo otra vez?”
Pedro Tilo:
“Llámale como quieras. ¡Qué voy a saber yo del soviet!”
Ernesto
Sajíaz: “Sólo dilo tranquilamente, Pedro, para que no te partan la cara
individuos que, por ser seres humanos, también se apasionan y te entienden mal
las cosas.”
Pedro Tilo
dijo antes de prender un cigarrillo: “¿Cómo qué?”
Ernesto
Sajíaz: “Sobre ser un fascista, compadre.”
Pedro Tilo:
“No. Yo no digo que soy un fascista; y tú siempre haces lo mismo, al poner
palabras en mi boca, Ernesto. Digo que lo que alcancé a leer en Mussolini fue
que el Fascismo es un movimiento a favor del obrero y de las instituciones
religiosas.”
Ernesto
Sajíaz: “Y siempre agregas que, por lo tanto, sí señores soy fascista…”
Más tarde,
Ernesto Sajíaz le dijo a Pedro Tilo, que sudaba sentado en un sofá en el
interior de la casa donde estaban: “O que Hitler es judío.”
Pedro Tilo:
“Porque era judío.”
Ernesto
Sajíaz miró a su amigo con franqueza: “Dices que, por lo tanto, el movimiento
nazi no es racial, sino político…”
Pedro Tilo:
“Económico.”
Ernesto
Sajíaz: “Económico, sí. Porque había un filósofo alemán en los veintes diciendo
sobre Alemania que:”
Pedro Tilo:
“Que el marco tendría que ser pulverizado, levantado del suelo para
auténticamente hacerlo fuerte en las prensas del trabajo alemán.”
Ernesto
Sajíaz: “Y que Hitler pensaba así, y que eso quiso hacer. Destruir el marco con
una guerra intercontinental en la que fracasaría Alemania. Un derroche
aparente, más inteligente que, sin embargo, que un derroche, fue hacer al
derroche un arma de destrucción masiva. Una cuestión económica, en efecto,
Pedro.”
Pedro Tilo,
realmente interesado en saber la respuesta, pues comenzaba a recordar que su
amigo le estaba pidiendo prudencia. Prudencia que él no tenía. Preguntó: “¿Y
eso qué tiene de malo, de escandaloso?”
Ernesto
Sajíaz: “Que al explicar el nazismo, la gente piensa que tu interés en él es
una simpatía.”
Pedro Tilo
quiso defenderse. Ernesto Sajíaz lo detuvo: “Sé que no sería necesariamente
así. Que podrías estar haciendo la labor de un historiado, o, por lo menos, de
un periodista. Pero, Pedro…”
Pedro Tilo:
“La gente la toma a mal.”
Ernesto
Sajíaz nunca le diría, y se sentiría mal al pensar en hacerlo: “Di, mejor, que
tienes sangre judía.” Porque para Pedro Tilo el padre era la última cuenta del
rosario. Sabía cosas que convencían hasta a Ernesto Sajíaz de lo oscuro que
puede a llegar a ser la permisibilidad espiritual humana. Pero era inocente. Él
y Hitler eran judíos, y así vivía feliz, diciéndolo sólo sobre Hitler y nunca
de él, así estuviera burlándose de su padre.
Era la
abuela el que lo amaba. Ella consiguió redimirle. En lugar de un suicida, Pedro
Tilo era un drogadicto ocasional. Era un cómico en vez de un hablador. Era una
especie de caballo de mar en calzoncillos ajustados para un chico casi tan
afortunado como su amigo Pedro Tilo.
Y entonces,
lo supo. Pedro vive en San Petesburgo. Joven intelectual, bebe con Dostoievski
en una habitación cerrada. Gozosos, Pedro se arroja a Dostoievski, saca su
largo y grueso pene y lo empieza a chupar.
Pedro:
“Déjame ser tu niño ruso, Dostoievski.”
No, pensó
Ernesto Sajíaz.
Pedro:
“Déjame ser tu chico ruso, Fédor.”
Los dos, en
unos instantes, sintieron, de pronto, que no era necesario, que perdían la
erección. ¡Pero no la voluptuosidad de dos amigos!
Pedro:
“Entonces, ¡hablemos de Literatura!”
Fédor:
“Pues, hablemos de Rusia.”
Pedro:
“Entonces, escribamos.”
“Pedro”, se
asió Ernesto Sajíaz a él. Sintió una estimulación real, sana y sanadora.
Ernesto
Sajíaz pensó, pues, en Rusia, para seguir escribiendo. La Literatura rusa es la
última clásica, a pesar de sus afectaciones de autor moderno, como lo dice
Tarkovski sobre Tolstoi. Pamuk, en ME LLAMO ROJO, habla a través de sus
personajes, que el estilo en la antigua pintura canónica turca es un defecto en
la obra. Por lo tanto, Ernesto Sajíaz entendía, Tarkovski suponía que el hombre
sólo tiene defectos para hacer arte.
Entonces,
al escribir, quizá haya un defecto. Podría apresurarse, precipitarse incluso.
Llegó casi corriendo, de noche, a su cuarto. Escribiría las primeras partes del
cuento de Pedro. Sólo un cuento, para el que pregunte por Raquel Leño y él, en
vez de llorar por ella, por ella leer un cuento que él acaba de escribir. Así,
se dejaba masticar por la muerte.
“En el
tiempo del silencio, en el tiempo en que todo resulta bajo la Luna estar
mirando la Luna, bajo la noche estar sintiendo la noche. Sobre la grama,
siempre fresca, tras las lluvias, el desastre. Bajo las lluvias, el desastre.
En esa noche en que todo es un territorio, una posibilidad de escapar de la
posibilidad menos grave. Todo es vida, todo es ilusión, cuando realmente
queremos divertirnos un poco.”
“Todo es
gratuito; este jardín, esta ciudad, yo mismo.”
Ernesto
Sajíaz siguió leyendo su ejemplar de LA NÁUSEA:
“¿Cuánto
tiempo duró esta fascinación? Yo era la raíz de castaño. O más bien yo era, por
entero, conciencia de su existencia.”
Lo cerró,
“gratuito.” Cerrar el libro y sentir su cuerpo, tan agradable como la lectura y
como la caligrafía. Él era, como unidad, un libro como él. Le hacía sentir bien
un personaje que no necesitaba de un perdón. No quiere ser perdonado, a pesar
de atisbar el sufrimiento o la locura. Ve el objeto, la cosa. “La cosa” era
para él un vocablo asqueroso. La cosa se escurre, aguada, vacía, carnosa. Como
un sexo pisoteado. La cosa ahí, y son muchas cosas. Ronquetin entiende, por
otro lado, que el conflicto es la incomprensión. El fenómeno es la
incomprensión. Eso le reclamamos a la existencia. No la podemos ni describir.
No tan fácilmente, pensaba Enrique Sajíaz.
Mira el
hombre de la sala de los retratos a otro retrato. Un patriarca que colocó su
mano sobre la cabellera rizada de su nieto, como si significara algo verdadero,
como si le transmitiera el bienestar que le deseaba materialmente. Pero no, es
sólo la mano sobre su cabeza. Su padre trabaja para el abuelo, no el abuelo
para el padre. “¿Trabajaré yo para mi padre?”, se pregunta el nieto o, quizá,
cree que ese momento le asegura el buen camino y al buen destino. Igualmente,
en otro libro, Sartre, habla sobre el antisemitismo francés del burgués. Éste
se encuentra necesitado de sentirse un ser superior, por razones que sólo a
ella corresponden. Y señala a un judío, y dice: “¡Judío!”, y se siente superior
al judío sólo por señalarlo, por imaginarlo. Llega el niño a casa, y pregunta:
“¿Qué es judío?”
Puede
Enrique Sajíaz imaginar el pequeño cajón del café, la caja de cerillas, incluso
un zapato, que mira Ronquetin en su Náusea, como la caja de cerillas que a la
vez era un murciélago y ninguno de los dos de Picasso. Algo así. Su alma. Del
objeto. El objeto tiene la vida del alebrije.
¿Raquel
Leño sería esa aparición en él, en medio de la ciudad, de la ciudad
representada por una figura de piedra de la Virgen María con los brazos
abiertos que comienza a escurrir una línea de sangre desde un orificio en su
pecho? Esa violencia, esa muerte. ¿Navegaría él a Raquel Leño si la muerte
verdaderamente habitaba a su vieja amante? Él quería saber qué extrañaba. Si
extrañaba, era que él poseía una psique comprometida con otro ser humano y, al
no estar ese ser humano, tanto su mente como su cuerpo sentirían el vacío, esa
cosa, como un auténtico dolor o carencia. Una ceguera que no dejaba de ser
desesperante. Sentido de no asimilar la situación psíquica de no encontrar a
nadie en el espacio del corazón, cuando el ojo del alma amaba esa visión y a diario.
Estar, en verdad, dentro de cierto peligro, por un arrepentimiento suicida de
nunca saberla existente, a pesar de que le hacía el amor a su ser y a su ser
olía las noches de Teatro. Leía sus libros, que hablaban no sólo sobre su
madre, sino sobre su entrega a la modernidad. A la misma, al final, la insultó,
la arrancó de los brazos de su propia obra. A la modernidad se le da aún de
mamar. Raquel Leño se la destetó y le dijo que él la hizo a ella inexistente
como ser, quitándole su existencia para que fueran “novelas de él” y no de ella
las que Raquel Leño escribió en el transcurso de quince años.
Raquel Leño: “¡Porque pensé que podía dedicarle un par de
años a experimentar como tú, como tus amigos, como tus tipas, tus escuinclas
descerebradas!... Y ahora, que me voy a morir, que no publicaré quizás ningún
libro más, mi obra no es una que resulte coherente ni en sí misma ni de acuerdo
a lo que quise dar a leer a los lectores de este mundo!”
Y le llamó asesino. Le dijo que él la mató. Lo recordaba
ahora. Lo volvía a escuchar, a ver, ahora. “Asesino, tú me mataste.” A ese
grado, a ese grado le odiaba. Pero alcanzaba a darse cuenta de otra cosa: En
ese momento, esa tarde mientras escuchaba esos gritos contra él, Enrique Sajíaz
extrañaba ya a su mujer. Ya no era su mujer. Con sus bragas asexuadas de lo
mucho que le había olvidado a él Raquel Leño. Las mismas que no quitaba cuando
la penetraba, el mismo ejemplar, cubriéndole el hoyo y protegiendo sus muslos
de las gotitas de orina colgando de su vello púbico. Esperando a algo o alguien
más, hasta por mera costumbre. O por hacerle daño. Un daño psíquico. Ocupar el
espacio de Raquel Leño para poner el de Satanás. Solamente que Enrique Sajíaz
sentía exigir, entonces, mejor el de la muerte.
Ir a su casa. Verla. Pues sentía que, si sabía que ella
escribía algo ahora, que tenía la esperanza de publicar más, mucho más aún,
antes de su muerte, él se sentiría mejor.
Eso era egoista, sádico, y su propia clase de ceguera. El
peligro de que, sin la responsabilidad, el contacto con el otro es un conflicto
contra la existencia debido a nuestro propio ser. La luz de otro sol no es la
luz del Sol, tendría que ser el mismo sol o uno idéntico, a igual distancia,
etcétera, para ser la misma tierra. Porque la luz, el fuego del otro, no
importa si es el Cielo o el Infierno, no representa la cordura en un yo. Nos
quedamos ciegos al tocarnos, y nos tocamos porque estamos ciegos. Pero no le
importó. No pensó siquiera. Sintió el impulso en su cuerpo, el cuerpo alrededor
del vacío, la mente atrapada en él al querer ocuparlo. Sólo verla y saber que
no murió. Que su muerte era también luz de él. Aunque él tenía su propia
muerte, como todos, como la mía, que fue espectáculo y agravio a la vez.
El Dios al que Asaf canta es el Dios de los Ejércitos.
Dios es el Dios de la guerra. Pero los horrores de la guerra, eso es obra del
hombre, dice Carpentier. La muerte, la muerte, Nazareno, decía en el desierto
el Diablo, la muerte también es de Dios, ¿por qué dices que la muerte es mala,
Jesús?
Cataratas de luces de otras personas. Ernesto Sajíaz no
podría contemplarlas. Sólo Dios, sólo un ángel. Y Enrique Sajíaz se entendió
como una necesidad de un ser que explica toda existencia y es causa de sí, como
dice Ronquetin, en su concepto moderno de Dios. Eso es lo que iba a decirle a
Raquel Leño. Que en la modernidad, ella olvidó a Dios, cuando él le estaba
enseñando el Modernismo Anglosajón por el cual se conocieron, y se enamoraron.
Todo artista joven dado a experimentar en el arte, debe saber que el arte
moderno es el arte de representar la modernidad sin olvidar los sentimientos
clásicos que derrumbarán las figuras antiguas de la catástrofe original
moderna. Ella iba a tener que entenderlo. Él ni le hizo daño ni dañó su obra.
La enriqueció con la libertad de ella, de la autora, finalmente, de esos
libros.
Pero
él sabía que pecaba. Ella lo maldijo, además. Ernesto Sajíaz podría perder la
razón, si es que no lo había hecho ya, aunque fuera intermitentemente, entre
dos pasos de un lugar a otro de la ciudad, al variar su navegar en esos mareos
de colosales sepulturas para sólo una persona que se desliza sobre la mugre de
las peores banquetas.
Ya no hay un puente aquí, sino que modernizaron el paso…
pues el puente cansaba a las mujeres gordas y estaba siempre cubierto de orines
que esucrrían por los peldaños de cemento quebradizo. Un paso adelante para la
ciudad no erta un paso hacia adelante para Ernesto Sajíaz en ese momento. La
muerte del puente era la existencia del puente. Él pasó muchas veces por ese
puente, años atrás. Lo recordaba bien. Bloques del olor del orín dificultaban
el paso por ahí. Con Raquel Leño, parecía al revés. Una peste, un hedor impedía
que Ernesto Sajíaz surcara por el pasado al otro lado de la vía. No podía
atravesar la pútrida sensación de ser odiado. Él era repulsivo por la repulsión
de su mujer. “¡A mi edad, estar aguantando eso!”, se dijo Ernesto Sajíaz, y
creyó que, por eso, tendría que sobrevivir a toda costa.
¿La muerte no regresaría, de un instante a otro instante
de su vida, para pedirle masticarlo? La muerte podría mascarle como un hombre
odiado por una hembra que antes él poseía. La perdió. La muerte se la
quitó y él podría estarse corriendo dentro de una mujer que fuera casi una
niña. En ves de eso, al abrir la puerta de su cuarto, cayó al suelo lentamente.
Por ella. La aparición. El tiro en el pecho de la Virgen.
De algún modo, ella traicionaba a la ciudad misma con su odio contra ese
habitante, ahora autoproclamado miserable a sí mismo, eso lo grita, lo pregona,
como cuando un general que desertó a don C. S. G. le cantaba corridos frente a
su gente, pero les pedía que el señor no se enterara.
Sí. Tropezar y buscar el otro fragmento de la parte de la
médula rota. El año de la muerte de Ricardo Reis. Especificar todo, ese
movimiento en la ciudad. La mujer que entre semana pide limosna afuera de
Tiendas del Sol con una bocina que emite música popular, pero que los domingos
también canta. Pedro Tilo le deja dinero. No mucho. Cinco pesos.
Pedro Tilo: “Los tengo…”
Sí, Pedro Tilo podría decir que él podría ser Bloch, pero
no lo era. Él mismo lo sabía. Pedro Tilo era un judío fuera de la concepción
que una cultura hizo de su propia Lengua. Pedro Tilo era una persona que, judío
o no judío, por algo relacionado a judíos de verdad él podría morir
atropellado, enfermo, muerto a golpes por un amante casual, sospechosamente.
Llorando, Pedro Tilo alguna vez le dijo lleno de ironía:
“Eso se lo agradezco a mi padre, sí señor… Pero si lo digo, soy un `racista´.
¿Qué coño es un racista? Si estoy molesto por esto, ¡por esto a mi alrededor!
¡Este Pueblo maldito…! Si me muestro contrariado por lo difícil que es ser un
judío, me llamarán un traidor, un criminal, porque consideran que no existo.”
Pedro Tilo nunca preguntaba qué es judío, porque nadie más pero nadie menos que
él lo era… Pero es de esas palabras cuyo nombre tan corto engaña al que la
imagina, porque hay cosas que tienen nombres cuya extensión puede ser de
párrafos, de libros enteros. El nombre es la descripción, no la explicación.
Esa la da el ser mismo a su nombre. Cada quien tiene su muerte, y el nombre
propio es su imagen epitáfica, su mausoleo imaginario. Nunca preguntaba qué es
judío, y dejaba de serlo. Era otra cosa. Era un apóstol, un plato en la casa de
Jacob, el nieto de un polaco.
Pedro no es judío. Es homosexual. Declarado y deseado.
Pedro Tilo: “Debes agregarle esto, Ernesto: Es un chico
que se enamoraría de una ballena vieja como de un niño de diez años, que
tendría sexo anónimo y candente con un borracho como con un uranista académico,
y lo dice, finalmente: `No tengo preferencias, ¡mas eso no significa que vaya a
acostarme con la primera persona que se me ponga en frente!´ ¿Sabes? Aunque
esté buscando sexo desesperadamente, el cosmos es el que decide, no la
promiscuidad. Uno no es promiscuo, Pedro. Tan no soy promiscuo que ni siquiera
voy a decir que soy una persona liberal, aunque
sea un liberal y nada más. La gente no entiende las palabras, Pedro.
Sólo se las comen, se las llevan como cucarachas, y las civilizaciones caen.
Por lo menos eso decía Octavio Paz, por más que le detestemos.”
Ernesto Sajíaz: “Yo no detesto a Octavio Paz.”
Pedro Tilo: “Es requisito. Como leerle, me imagino. Ya
ves, robarte el tiempo es lo peor que le puedes hacer a un lector.”
Ernesto Sajíaz: “Por otro lado, es la primera vez que lo
dices así, tal cual.”
Pedro Tilo miró interrogativo a Ernesto Sajíaz: “¿Decir
qué?”
Ernesto Sajíaz sonrió.
Ernesto Sajíaz: “Que te gustan los hombres.”
Pedro Tilo bromeó: “No creo que sea necesario decírtelo a
ti.”
Ernesto Sajíaz: “¿Por qué no quieres acostarte conmigo o
por las veces en que te he visto filtrear con cientos de hombres?”
Pedro Tilo rio, divertido: “Mira, Ernesto, la verdad es
que nadie lo creería.”
Ya no está el letrero pintado en la entrada de la
Alameda:
SE PROHIBE LA ENTRADA
A VENDEDORES
CICLISTAS
Y PAYASOS
Es la misma fuente, son los mismos árboles, las mismas
piedras. Ya no se puede fumar cigarrillos dentro. La epidemia de ardillas fue
controlada. Los baños son impagables. Pedro Tilo orinaba en otros sitios, donde
no le cobraran cinco o diez pesos. Entraba en un restaurante cualquiera, cuando
iba bien vestido. Cuando no, orinaba en cualquier calle escondida. Decía que
sentía la adrenalina. El puente que se derruye, no hay vuelta atrás, la orina
ha salido. Sal, sal, orina, sal de una puta vez por completo.
Eso es lo que decidió Pedro Tilo dar de universal a
Pedro, quizá para no hacerle tal. Pedro Tilo sabía que Pedro era una pieza
completamente única y un personaje muy fácil de describir. Decidió respetar
eso.
Pero la muerte es el otro. En el otro está el yo
primordial que lo hace otro, pero no el otro. En la muerte del otro está el yo,
está su ser sin compañía de la existencia. El otro como un otro es un yo
que existe y, por lo tanto, en ciertas discusiones podría ser categorizado como
inexistente. El otro es un yo que existe sin el ser. Mas la Filosofía derivó en
decir que se debe respetar la existencia y no al ser, pues debe cambiarse según
las leyes universales del hombre, de la moral. La existencia, en cambio, es el
bloque que no debe manipularse. Se respeta al otro porque es un yo que existe,
y el yo, se dice, debe ser respetado al cien por ciento sólo porque es yo… Pero
se debe respetar al otro por ser otro. Además, cambiar el ser no es siempre
mejorarlo. Intantarlo no siempre es lograrlo. Es absurdo.
Pero él no, aun escuchando sus propias palabras. Quería
recuperar algo impulsivamente y que tenía que ver con su cordura. Con su
sexualidad también. Así que, fue a Raquel Leño. En su casa, la de ella, grande,
triangular y con mucho cristal y madera.
Salió de ahí a punto de anochecer. Estaba ciego.
Raquel Leño había tratado de suicidarse tomando un
veneno, cuando aún estaba con Ernesto Sajíaz. No resultó. Pero desarrolló un
extraño cáncer, que la mataba lenta y rápidamente.
Sentada en un sillón, frente a Ernesto Sajíaz, Raquel
Leño le dijo, reteniendo su contrariedad parcialmente: “¿Qué quieres, Ernesto?
¿A qué vienes, a que te muestre la vagina, a que te bese y abrace?”
Ernesto Sajíaz: “Quiero saber si estás escribiendo.”
Raquel Leño: “Creo que te dije que eso ya no es asunto
tuyo.”
Siguieron la absurda conversación. Psaron incluso por el
punto de ella decirle que los opeáceos le hacían alucinar una boca humosa que
tuviese en el paladar un tablero de botones de máquina antigua, moviéndose sin
orden aparente. Depués pasó a hablar de la sensación en su cuerpo, de un dolor
demasiado intenso, producto del tamaño del tumor presionando sus músculos. Pero
terminó, al final, por decir que escribía su testamento como si fuera una obra
literaria, y que le hacía bien. Entonces, comenzóa llorar, a hablar del
detergente con el que limpian el hospital a donde va a tenderse, a negarse a
las quimioterapias.
Raquel Leño: “Yo no podría vivir con las náuseas.”
Ernesto Sajíaz: “Todos pueden vivir con ellas. Y vivir
bien.”
Raquel Leño: “Yo, parece, que no soy todos, porque con la
náusea bien me voy a morir.”
Y Raquel Leño le dijo que alguien le hizo el amor. Y no
era un concierto de violín. Era José José, y a cada embestida, ella tenía que
moverse del dolor.
Ernesto Sajíaz: “¿Quién es?”
Jen-paul Sarte, el hombre más sensible a la angustia
humana delo siglo xx, pasó su vejez sobando agitadamente las piernas de sus
estudiantes en los cafés. Pero Ernesto Sajíaz, que pudo vivir su vida
escribiendo sobre las plantas del desierto, tratando de seguir a Rulfo y no a
Cervantes, caminando por el Centro, pues caminar cada sábado por la noche por
el Centro es conocerlo. Alguien ausente a la angustia que no fuera un escritor
llorando por su actriz. Ahora quería sentarse en la acera, tras cruzar
el largo jardín frontal de Raquel Leño, y llorar por lo que Raquel Leño le
explicó era un pelota de tejido amorfo. En cuanto a las razones para haber
intentado suicidarse, Raquel Leño le dijo A Ernesto Sajíaz que no tenían que
ver con él y no dijo más.
Cuando pudo levantarse, con cinco mil pesos que no
necesitaba realmente, pero que Raquel Leño le había dado, pidió un taxi en vez
de caminar hacia la parada de camiones. Fue al centro, mareado, viviendo su
náusea, por Pedro, por el mismo Ronquetin lo haría. Por Gallimard. Gallimard
que sería un levantamiento en los cuadros de piedra de las calles de París,
para salvar al subsuelo. Para leer bien a Baudrillard.
El ejercicio editorial. La existencia de la Literatura no
es sólo un libro bien impreso y encuadernado, si no llegó a serlo
industrialmente. En al ejercicio editorial las palabras conducen a la
inexistencia. Sólo se puede oler un libro de frente, se puede leer un libro al
otro lado del mundo, pero el ejercicio editorial da la carne hermosa al
espíritu cualquiera. ¿Dónde está la carne de la Literatura? ¿Quién la come?
¿Quién tiene una náusea?
Caminaba entre los rayos de sol, bajando de los edificios
del siglo XVI y XVII a la plaza a los edificios del siglo XVIII. Se dio cuenta
de que él no era más que un personaje. Un hombre con nombre, carácter, vida,
logros, que sólo era un tumor, un tipo desagradable ante la persona que lo veía
derrotado y débil. La mujer que no tomaría a un hombre derrotado y débil, eso
era él.
Ernesto Sajíaz, sintiendo una punzada de dolor, se
preguntó: “¿Qué es débil, la existencia o el ser?”
Otra vez, la lengua. Pero para el que ha aprendido a
escuchar, la lengua lame, resbala el ser a los pies del cazo lleno de soma para
que Zoroastro lo beba y entre en trance: El ídolo cuya piel de metales
semipreciosos es el fuego que a lamidas le ilumina los contornos de su cuerpo.
El ídolo va a decretar algo o a
permanecer callado eternamente. Ese es el trago de soma sagrado. Cuando la
respuesta es el ídolo caído pero la voz emitiendo la palabra Yo. “Yo soy Dios.”
Luego, Dios siempre es otro, y cielos han visto más de nosotros que de Él en
día cualquiera, y no hay nada bajo el cielo que no sea de Dios. “¿Tú diste al
ave el vuelo?”, pregunta Jehová al hombre. “¿Tú diste a mi mujer la vida?”,
pregunta Raquel Leño a Ernesto Sajíaz. “Pues, mira adentro.” Adentro, los
corredores del hospital, donde gente muere en un quirófano dejando líneas de
sangre por doquier. La imagen del tumor golpeteando su cuerpo. Los vómitos que
evita. Sólo sobrevive en un nuevo mundo de horror, una mujer fuerte y guapa
aguantando duros dolores en el coito. Golpes de verdad.
Reducida Raquel Leño a Raquel Leño, se calmaba Enrique
Sajíaz. “Bien lo sabía, a ella ni la conocí.” Era ficción. Pero era una ficción
rasgada. Era el fantasma de otro.
Sin embargo, yo, por ejemplo, podría decir que de mí no
puedo compararme a que Sartre tuviese la Náusea, pues no la tuvo, y vivió la
vida más feliz y europea del mundo. Yo, no sufro, pero tengo el problema, uno
que me hace notar esta novela, de usar palabras distintas para dolor y
sufrimiento. Y tengo el problema de tener a Enrique Sajíaz sin poder caminar
bien, porque se pregunta qué clase de hombre le hace esas cosas a Raquel Leño.
Se siente rodeado del más burlón Pagannini y, por otra parte, él sabe muy bien
lo que es José José: Su padre fumaba cocaína y bebía en una cantina de doce a
dos. Todo era la ciudad ahora desdoblada y él deseó el sexo de Raquel Leño más
que nunca. Lastimarla. Deseó que ese hombre presionara su pene duro contra el
tumor de Raquel Leño. Entró, a prisa, al Vip´s frente a la plaza del Centro.
Corrió al baño a masturbarse, y regresó
a escoger una mesa. Cinco mil pesos extra ¿eh? Prácticamente cenó.
Pensaba en Pedro. En cómo no, no es un burgués, sino un miembro de la realeza
que sería muerta a tiros, y en el fuerte y grandecito trasero blanco del
principito que cae aún sentado en un charco frío de agua de pescado en un
callejón. Pero ya sabe leer, y no por milagro.
Seguía asido a Pedro. ¿Entraría en el Vip´s frente al
Palacio de Invierno de los zares? ¿Cómo entraría? ¿Buscaría pan y chocolate o
alchol para un bohemio? ¿Qué edad tendría? Al final, ya sabría escibir también,
y ser un caballerito que dice que el caballero se nota no ante la dama, sino
ante el otro congénere. Realmente, quizá sólo sea su cuerpo grueso en su
menudez, esbelto en su figura de jovencito que un siglo después caminaría como
una dama. ¿Qué haría un muchacho pobre para conseguir pan y chocolate o alcohol
para un bohemio aquí?
Cuando gana una apuesta.
Ernesto Sajíaz no se atrevió. “El Jugador”, tanto como la
biografía, de Dostoievski hablan de la ludopatía, ahora llamada, de la adicción
al juego, en una forma relevante y negativa.
Fédor pierde a Pedro por el juego. Porque Pedro, solo por
las noches, a veces perdía a Fédor por lo mucho que Fédor bebía, y caminaba, él
mismo ebrio, buscando dinero para compar todos los tomos de su Enciclopedia
Rusa, sobre calles cual colinas contra la Luna grande del San Petesburgo sin
luz, contento, volviéndose adicto al juego, por no quere engañar a Fédor ni con
un a dama, no señor. A Fédor no.
No se puede ahorcar. No. Es atropellado, por un carruaje,
huyendo de unos cobradores de apuestas. En la noche, frente al Café M. que,
lleno de luces y bellas mujeres, solían concurrir cuando tenían dinero.
Para empezar a escribir, Ernesto Sajíaz se dijo que Pedro
no era el concierto para violín de Tchiakosvky, sino que él para otro era el
concierto para violín de Tschaivosky.
Raquel Leño o, más bien, el hombre que hacía eso, decía
Ernesto Sajíaz puerilmente, era una escultura inmensa en medio de la plaza,
rodeando con su cuerpo hercúleo y su cráneo casi calvo el cuerpo desnudo y
atormentaod por el brutaql abrazo de ella.
Ernesto Sajíaz sólo suspiró. Raquel Leño vivió lo mejor
de su vida, ¡sus últimos días!, con alguien más. Eso ya no sería extrañar,
pensaba, mientras las lágrimas salían, sin realmente ser un llanto, de sus ojos
en el parque, ante la escultura.
No moriría en un quirófano, como él pensó. Con los
riñones drenados inutilmente. Se pegaría un balazo con su amante, con las
mismas bragas puestas, ya tan poco ajustadas.
La historia de un suicidio de dolor. Se teme el
sufrimiento. Se teme el quirófano y los pasillos del hospital y hasta el
maldtio gotero. Se intentó suicidar, y su muerte le dio la fruta más exquisita,
así, frente a él, el intruso, Ernesto Sajíaz.
Se doparían los dos. Ni siquiera con heroína, sería muy
dolorosa la sobredosis. ¡Pero seguro que la probarían!
Ella era esa avalancha de caballos faulknerianos, que el
amigo de Ernesto Sajíaz nunca describe, sino que descirbe a los otros, a los de
su marido, el soldado, el asesino, el hombre blanco del Sur. Ella quiso que
fueran esos tres caballos despegando a los cielos, finos delgados salvajes y
bellos, el azul del cielo del Centro de México.
¿Qué tal ser rechazado como lector o como marido? Como
ser humano para la civilización, para la Literatura. Sintió, por lo tanto, que
Raquel Leño le hacía a él lo que a ella le hacía quel amante de la escultura.
Se dobló de dolor, no resistió ser tan repulsivo, todo dando vueltas alrededor
de él. Entonces, sus manos estaban sobre el suelo de piedra, sobre la suciedad.
Pedro lo recogió, lo ayudó, le ofreció una moneda, con un
libro bajo el brazo.
Pedro:”O… ¿Quiere un trago de vino?”
Enrique Sajíaz dijo que no. Pedro se despidió, y el
cuerpo de Ernesto Sajíaz despegó a su cuarto. Era la muerte.
Tendido en su cama, buscaba el autogobierno de su cuerpo.
Era el insecto de Kafka, finalmente. Eso ganó por escribir, a pesar de las
precauciones. A pesar, se dio cuenta, de ser el villano, podría ser como uno de
esos villanos que escriben bien. La salvación sólo sería el siguiente
movimiento, el de la posibilidad.
Lo inexplicable no siempre es cuestión de alienígenas y
estigmas religiosos, es también cuestión de lo innegablemente existente y del
ser. Raquel Leño surgió como un ser lleno de ideas misteriorsas que lo estaban
matando. Estaba repleta de actos por dentro.
Pedro Tilo: “Voy a dedicar mi artículo a él. Estoy harto,
lo que se dice no poder más. Me insulta y habla de “Existencialismo” a un
hombre que es un existencialista formal desde los diescisiete años. El
Existencialismo es una doctrina lingüística, fundada por Jean Paul Sartre, que
enuncia a la existencia como lo que precede al ser y al ser como responsable de
sí como un ser, no como un yo. Es pesadísimo. Es de los que me da problemas por
la cuestión judía. Voy a escribir algo sobre Asaf. Mira, aquí tengo las notas
que tomé a mano. Están ya en la computadora… Espera.” Mientras cambiaba
rápidamente el cigarrillo de mano, Pedro Tilo suspiró. “Lo que se dice harto y
fatigado, Ernesto. Es un hombre de mucho dinero… Nada que ver contigo o
conmigo, amigo…”
De su saco sacó un par de hojas cuadriculadas de libreta
escolar, dobladas y algo arrugadas.
Pedro Tilo: “Canta, hermano, Como esa canción de epígrafe
a ELEKRTONIK TÜRKÜLER. Asaf cantaba. Las cosas más tristes, es verdad.
Pero no siempre. Dios complacido”.
(Pedro Tilo: “Heidegger y Camus no negaron ser llamados
Existencialistas por desprecio, sino por respeto a Sartre, a las posibilidades
de Sartre. A su libertad. Ahora ya podemos leer, finalmente, a Gide en México.
Pero a Sartre, quizá nuevamente, ya no. Su libertad peligrosa. Nunca salió del
café. Con sus chicas. Con ella. Ella y su aventura con un escritor
norteamericano, no con Nelson Algren, a él no lo quiso. Con Thomas Wolfe o algo
así. Fue bastante intenso. Sartre ni se enteró, casi. Su relación era abierta.
No todo es vano, no todo es público.” La mano de Pedro Tilo tiró el resto de su
trago a la calle. “¡Ah! Mierda, salpiqué mis zapatos.” Los zapatos se
encontraban tan bien lustrados, tan negros, que Ernesto Sajíaz pudo ver las
gotas de bebida sobre la piel.)
Asaf. Ebrio, Ernesto Sajíaz llegó a su cuarto, a su
pequeño hogar. Se tumbó en la cama unos minutos. Después, se levantó y fue a
sentarse a su escritorio, a revisar las notas de Pedro Tilo sobre el cantor.
Enfrente de todo Jerusalén, a donde Israel fue
convocado, el rey David hizo pasar el arca del pacto de la Alianza con Jehová
su Dios a su lugar, que él mismo había preparado. Y el tabernáculo había sido
tienda de David.
De entre
Israel, hacía tiempo Jehová apartó a la tribu de Leví para que estuviese
delante de Él para servirle y para bendecir en Su nombre, por lo cual no tenía
Leví parte ni heredad con sus hermanos. Jehová es tu heredad, como Jehová le
dijo. Y así, los levitas cargaron, por el conocimiento de David de que así era
mandado en las Escrituras desde Moisés, el arca de la Alianza; y el rey David
mandó llamar entonces a los cantores, pues él sabía que Jehová su Dios le había
mandado alabanza. Dejó de porteros del arca a Berequías y Elcana; Beniaía y
Eliezer. Mandó orquestar a los músicos cantores, todos de entre los hermanos de
los levitas: Hemán, Asaf (hijo de Berequías) y Etán cantaban y tocaban los
címbalos, de bronce. Zacarías, Aziel, Semiramot, Jehiel, Uni, Eliab, Maasías y
Benaía con salterios agudos de Alamot. Matatías, Elifelehu, Micnías, Obededom,
Jeiel y Azazías tenían “arpas afinadas en la octava para dirigir.”
Pedro Tilo
anotaba que la palabra venida del hebreo “instrucción”, masquil, era la manera
de Asaf de entenderse como judío. Para él mismo, Pedro Tilo, los judíos son los
hombres descritos en el masquil de Asaf Salmo 78. “Los judíos son las manos que
rodean a Israel.” Continuaba escribiendo, diciendo que su historia familiar era
esa, la de traiciones burdas y grotescas, de ineptitudes y codicias, de
crueldad y abuso, una y otra vez. Pero sólo la redención de ellos podría
significar el perdón de Jehová al hombre. Por eso el rey David no era un
hombre, sino más que un hombre. Al morir la generación de los previos judíos,
sus hijos no cometerán los pecados de sus padres, y serán recibidos de vuelta
en Israel, el Reino de Dios y de sus escogidos. Entre paréntesis, Pedro Tilo
hacía una referencia a “las Bienaventuranzas cristianas.”
Asaf tenía
que vivir por David, el líder espiritual de Israel, lo que el rey no debía
experimentar en carne propia. Lo vivió su ungido, Asaf, hijo de Berequías,
célebre cantor de la corte del rey. Porque muchos Salmos hablan del sufrimiento
del Profeta, pero los Salmos de Asaf hablan del sufrimiento de un judío. Como
los del rey David.
Ernesto
Sajíaz se dijo: “¿Qué tanto, Pedro, hay en ti, amigo, de la palabra judío, que
no te puedes callar?”
Pedro Tilo,
en una fiesta: “La palabra judío debería ser erradicada del lenguaje, para bien
o para mal.” El “para bien o para mal” fue percibido por los escuchas como el
colmo de la maldad verbal. “Por un lado, significa lo que se sufrió en el
Holocausto, por el otro, significa lo que algunos seres humanos, ¡varios!,
quisieron pulverizar.”
O, con la
tristeza no de la decepción de un intelectual a otro, sino de un amigo que teme
por la vida del suyo, escucharle usar sus palabras más allá de la razón:
Una persona
molesta con Pedro Tilo, en otra fiesta: “¿Está diciendo que había algo de
`estudiado´, me parece que es la palabra que usó, en el exterminio nazi?”
Pedro Tilo:
“¿Exterminio? ¿Cuál exterminio?”
La persona
molesta, ahora molestísima: “¡El de los judíos!”
Pedro Tilo:
“¿Pero, exterminio? Si quedaron muchísimos…”
¿Por qué
provocar a alguien, así? ¿Qué buscaba? ¿Noches de cristal? Iban a romperle la
cara un buen día. Su sensualidad haría que le violaran sexualmente, en alguno
de esos palacios a donde le llevaba a tomarse sus copas. A sus “fiestas”. ¡A
sus orgías! Y conocer gente agradable ahí en esas fiestas, y gente desagradable
actuando de forma violenta, incluso contra ti mismo, frente a tu esposa, que no
te suelta el brazo por quince años de fiestas así. Porque en sus fiestas, en
las de Raquel Leño, Pedro Tilo, que siempre está ahí, apoya a Estados Unidos de
América, y exige a Raquel Leño más “simpatía con él” por leer ella a Faulkner
“también.”
“Un maldito
alcohólico mató a mi mujer.” Esa era la verdad. Succionó su vida, se la fumó,
cigarrillo tras cigarrillo, a seis cigarrillos la hora. Porque Pedro Tilo salía
con dos cajetillas para él y una completa para obsequiar cigarrillos a quienes
se los pedían. Él siempre traía tabaco para esos chicos de dieciocho años. Como
había escrito un cuento sobre pedofilia, todos sonreían al mirarle mejorar.
Pero se alcoholizaba de tal forma en las noches, que sus parejas siempre fueron
personas comunes que conocía en el día a día, nunca los príncipes y princesas
enjoyados de sus sueños, que se fueron tornando en hermosísimas pesadillas, que
le eran un vicio, que eran sus veladas. Y él se volvió su sátiro. Y ese sátiro
grandilocuente era el sabio Asaf, haciendo los cantos de la noche. Esas
personas, esos hombres y mujeres que Raquel Leño acusaba como a Ernesto Sajíaz
mismo, destruyeron su obra. Rechazó ella a su público, lo quiso abortar y se
pudrió dentro de ella, con su nombre, con su estilo. En vez de sólo haber
amado, que es haber sido leída. Eso es el Existencialismo en cuanto a
Literatura Existencialista. Escribir para el presente un libro presente. Raquel
Leño estaba mal.
Vivir con
la copa, o la taza, cerca de la mano. Como su padre le decía a su hermana
menor: Hoy tenemos más que suficiente, y mañana lo suficiente tendremos, que es
más.
Ser leído, tu nombre, tu rostro,
tu persona, lo que sea, ser leído.
“¡Raquel”,
se desesperó. Lo había dejado todo ir, adiós, a la nunca. La obra, la obra
podría ser una sola novela. No un testamento. Pero él no se iba a culpar si
ella insistía en no escribir lo que quería escribir, ¡culparle como a un
asesino! El asesino era Pedro Tilo, el asesino era Faulkner, ¡no Ernesto!...
“¡Yo no sufro más que como judío!”, quiso gritar, repitiendo lo que hacía de
Pedro Tilo un judío, para él. Ernesto Sajíaz y Pedro Tilo, dos judíos, el Dios
era la Literatura y el Profeta era el Modernismo Anglosajón.
Raquel
Leño: “De Faulkner no quiero que tampoco me hables ya. Faulkner no es lo que
piensas.”
“¡Pero es
normal no atreverse a escribir como Faulkner, Raquel! Yo no escribo como él, no
me atrevo. García Márquez ni intentó volver a hacerlo después de CIEN AÑOS DE
SOLEDAD… ¡Y no es necesario!”, le diría, si la tuviera enfrente, y la llevaría
a la librería a comprarle ABSALOM, ABSALOM! en inglés y después a una fiesta.
Inventarían un cuento entre todos, que escribiría Raquel Leño. Alguien diría
que EL OTOÑO DEL PATRIARCA también es faulkneriano.
Si hubiese
un Cielo, un Israel, como decía Pedro Tilo, ¿Raquel Leño la pasaría con él? ¿O
estaría tendida desnuda, abierta, con su sexo enorme, ante otro hombre, bajo un
árbol?
Bajo el
árbol, comiendo una fruta. Su cuerpo tiene las formas de una mujer que ha
esperado perezosamente la llegada del permiso de comer el fruto prohibido. Sus
carnes flojas, su silueta desparramada ahora, mordiendo con la boca abierta,
gimiendo nasalmente, la gran manzana, penetrada por fuerza por el hombre que
salta sobre ella. Ernesto Sajíaz tendría que colocar en el suelo las patas del
caballete, acomodar el lienzo, sacar las pinturas y hacerle el cuadro a Dios.
Tal vez, con espanto, metidas entre las lonjas y los muslos enormes, note las
viejas bragas, para él asexuales.
Ahora no la
extrañaba. Ella ocupaba el espacio del Demonio. Pues, así como Dios es un
nombre que le sigue al ser, Lucifer es un ser que le sigue al nombre. Dios
puede ser malo, pero el Diablo nunca puede ser bueno, dentro de las normas
lingüísticas existencialistas. No se sabe si el Diablo existe. Se cree más que
Dios es el padre también del Mal. Pero si Jehová es Dios, no puede existir el
Diablo. Si el Diablo existe, Dios es malo. Dios puede ser malo, no ser Dios
sino sólo Jehová, el Creador, Todopoderoso, pero imperfecto por no tener
Misericordia. Jehová es un ser que fue llamado Dios, el dios de dioses, y que
es Dios sólo para el hombre que así lo considera. Esa es la palabra Dios. Si el
Diablo no estuviese en contra del bienestar, su nombre sería Lucifer, no el
Diablo. Lucifer fue engañado por Israel, lo que significa que Israel es el
Diablo por ser lo que la palabra Diablo significa, por ejemplo.
El Diablo
no puede ser Dios, pero Dios puede no ser bueno y al mismo tiempo todopoderoso.
Asaf
cantaba a su Señor. La palabra YHWH, Yahvé, que enuncia el eje del ser, “Yo soy
el que soy”, posteriormente mántrico, perdió en la tradición oral el registro
de su fonética original, pues los hebreos dejaron de pronunciarla, por respeto,
y pasaron a articular: “Señor”, que es Adonai. La Biblia católica sustituye el
nombre de Dios por Señor, también. El nombre de su Señor, en las Escrituras lo
dice, a Él le produce intenso celo, y proclama a uno de esos Profetas menores
que desaparecieron por tanta tierra en sus desiertos, que: “¡RECUÉRDALES QUE MI
NOMBRE ES JEHOVÁ!” Dios o no Dios, Jehová es el Señor de sus escogidos.
La historia de Jehová, es pertinente aclararlo, se
desarrolla según varía Su nombre. Ese nombre, en la Historia, indica todo lo
que es Su presencia. Volviéndose como Su hijo en la Tierra, como los pastores y
los comerciantes y las prostitutas, ahora se pasea en las regiones y las
poblaciones por él agraciadas, llamándose a Sí mismo “El Dios”, librando
la guerra en contra de todas las almas y naciones entregadas a la palabra dios,
al concepto dios de los hombres y dioses por encima de otros hombres y más
dioses que El Creador, Jehová. El dios es el fenómeno, no el ser.
“Escucha, Israel, y testificaré contra ti.”, dice el
primer Salmo de Asaf, Salmo 50. Se le atribuían, precisamente, a este cantor
sensibles facultades proféticas. Y a través de la profecía, el pueblo de Israel
quedaba desnudo como en el día de su creación y en el día de su muerte. Pues
Cristo dijo: “Tienen cubiertos los ojos, tapados los oídos, para que no se
vuelvan a mí y yo los sane.” Así, cuando hasta Israel escucharía las
expresiones de ira de Jehová, alguien a Israel impide regresar al bienestar de
su Dios. Ese alguien es el Diablo, y si no es el ángel Lucifer, el Diablo
siempre fue otro ser, un ser que aún no coincide con su idea primordial. Pero,
como también se canta, hemos alejado tanto a Dios de nos, que Él tampoco puede
a nosotros oírnos, estemos o no arrepentidos, los canales naturales de
comunicación con Jehová han sido estropeados por manos humanas. El Cielo mismo,
dice la tradición, seguirá en guerra hasta el día en que la última hormiga deje
de sufrir aquí en la Tierra. Moriremos y llegaremos a un Cielo en guerra. Eso
es el Diablo. Es más grande que Israel, e Israel se cree sin necesidad de Dios,
pues piensa que el Diablo no es otra cosa que un ángel bello y mangoneable
llamado Lucifer. Pero la angustia existencialista nos llama a aceptar que, no
por no pensar que Dios existe o por pensar que no existe, vamos a aseverar que
no necesitamos lo que le consideramos que vendría siendo para la humanidad. Una
oportunidad. Para un niño con hambre, un enfermo de cáncer, un judío en el
Holocausto, una víctima en un accidente automovilístico.
Nuestras palabras nos dan hambre, pero nos conducen a
cazos vacíos. Soñar con Dios no es el pecado de Dios, es el pecado del hombre.
Asaf bendice a Sión, Jehová su Dios lo hizo. Ese es el
momento del Salmo, cuando se bendice al monte de Sión con el regreso de Jehová
a Su morada. Pero Jehová también dice: “Por cuanto las hijas de Sión se
ensorbecen, y andan con cuello erguido y con ojos desvergonzados; cuando andan
van danzando, y haciendo son con los pies; por tanto, el Señor raerá la cabeza
de las hijas de Sion, y Jehová descubrirá sus vergüenzas.” Lo que significa
que, en vez de las generaciones jóvenes no hacer lo que sus padres, son las
hijas del lugar bendito, por no ser el lugar bendito, las que se corrompen al
no leer la Literatura de Asaf, al pensar que la corrupción les dará a Israel
como un Cielo, cuando es lo que hará de Israel un infierno. El judío deja de
ser judío, y pasa a ser el Diablo. Está contra Jehová.
Era verdad. Eso decía Asaf, ese ciclo judío, tanto
biográfico como histórico, que el hombre debe vivir. Porque, al final, es Asaf
quien avisa, quien alerta: “Han dicho: Venid, y destruyámoslos para que no sean
nación, Y no haya más memoria del nombre de Israel.” Israel, el Reino de
Dios. Israel es como palabra un grito de guerra, tanto la combatida como la
victoriosa, que viene del hebreo “el que lucha con Dios” y “Dios prevalece.”
Como la parábola de Jesucristo, de los labradores
malvados que asesinan a los trabajadores y al hijo del patrón. Como la parábola
de los labradores que no hacen florecer las viñas del patrón. Asaf es depojado
de su reino. Incluso hoy se sabe que el pueblo tiene derecho a un Estado. A una
propiedad que es defendida con violencia, cuando podría ser la fuente de la
vida. Ellos han dicho: “Heredemos para nosotros las moradas de Dios.”
Sólo quedan palabras para agredir, cuando las que eran
para defenderse no consiguieron la caída de una civilización. Sartre lo dijo,
llega el momento en la vida de muchos intelectuales, de dejar la pluma y tomar
el rifle.
¿Eso hacía Pedro Tilo? ¿Tomar un rifle, hablar hasta que
lo mataran a golpes y no sólo escribir? Le dijo a Ernesto Sajíaz que tenía una
idea hermosa para un cuento: La biografía de un general musulmán, un sultán
mejestuoso, joven, hábil, fiel, perfecto, que, mientras se libra una poderosa
batalla contra los infieles, que intentan entrar a su palacio, el sultán
despierta. Mira a su alrededor confundido, adormilado, y se da cuenta que
soñaba, que él sólo es un soldado de Israel en las trincheras, armado con un
rifle, protegido con un casco demasiado grande, y que una nueva batalla va a
comenzar.
Miedo a usar las palabras. A decir sociedad. Como
escritor, decir sociedad es usar un término demasiado primitivo para describir
algo demasiado complejo intelectualmente. Pero como persona, él no decía
sociedad por la cuenta que se daba de lo poco que la conocía. No la quería. No
creía en ella. Es una palabra estúpida, se decía. Solamente que iba a usarla. A
imaginar la sociedad. La sociedad es orgánica, pero una idea completamente
virtual. Es una obligación impuesta al hombre. Miedo a usar las palabras, en
vez de amarlas.
La sociedad posee un control sobre el individuo, y no es
una organización de los individuos, sino de lo social, de ahí que permanezca
como un ser virtual, y que no todo lo orgánico es social, así como tampoco
todas las organizaciones lo son. Amar las palabras es una guerra.
Por el vidrio escurre el manojo de semillas de la
granada.
Miedo a amar, a besar, a presionar con la boca la carne
más suave de la otra persona. Porque es un cadáver, ahora, la otra persona.Uno
rehúsa entrar a esa caverna. El camino no existe, en ocasiones, de una persona
a otra.
La calle sigue melódica en los dedos, en los ojos, en los
pies. No es que sea profundo, sino que profundo es el miedo a no terminar un
cuento, una novela. Por eso se escribe bien en la cárcel, cuenta la tradición.
¿Cuál sufrimiento hay de Cervantes en el segundo Quijote? Sólo es gozo, esa es
la nota de lamento del Quijote, sólo una tersura en la imagen de la novela, no
por el sentimiento de la melancolía, sino por su color que hasta en los peores
momentos de Sancho hace brindis.
Fragmento del Quijote:
“Fuéronse a comer, y la comida fue tal como don Diego
había dicho en el camino que la solía dar a sus convidados: limpia, abundante y
sabrosa; pero de lo que más se contentó don Quijote fue el maravilloso silencio
que en toda la casa había, que semejaba un monasterio de cartujos. Levantados,
pues, los manteles, y dadas gracias a Dios y agua a las manos, don Quijote
pidió ahincadamente a don Lorenzo dijese los versos de la justa literaria; a lo
que él respondió que, por no parecer de aquellos poetas que cuando les ruegan
digan sus versos los niegan y cuando no se los piden los vomitan…
–…yo diré mi glosa, de la cual no espero premio
alguno, que sólo por ejercitar el ingenio la he hecho.”
En un punto, desde un principio, don Quijote habla un
castellano tan antiguo, que los otros personajes lo notan. Un castellano
medieval como el del LIBRO DEL BUEN AMOR:
“Vozes dulces, sabrosas, claras é bien puntadas,
A las gentes alegra, todas tyene pagadas.”
Tanto para Archipestre De Hita como para los personajes
del Quijote, la lengua de Castilla, desde antes de ser por completo la de
Cervantes, resultaba presta a la vulgaridad o la ridiculización de sus
propiedas riquísimas. Lo burdo del español mexicano viene más de España que de una espontánea epidemia verbal
presente en el brutal impacto en el indio de ver a su madre violada. Es el
indio quien ensalzó al castellano, le hizo Dios. Y Pedro Tilo decía, en un
sentido contrario a su cruel juego con respecto al exterminio judío, decía que
no hubo exterminio indio; no por festejar un crimen español, sino por negar una
tragedia mexica. Los mexicanos que no son morenos, son españoles venidos de la
guerra civil española, por ejemplo. Tienen sangre alemana, como los menonitas.
Por parte de Cortés quizá no hubo siquiera agravio, por lo que una india lo amó
y milagrosamente aprendió en un santiamén el castellano.
Pedro Tilo: “Hay un mexicano, y esto me choca pensarlo,
que tiene a la Malinche como una persona real y a la Virgen de Guadalupe como
un invento para algo peor que los idiotas.”
Es García Márquez quien escribe la novela que le siguió
al Quijote, es Fuentes quien habla de “la Lengua de Castilla” recibiendo el
Príncipe de Asturias. Es el español quien desterró a más de una órden
religiosa, de las cuales auténticos oasis de conocimiento cultural surgían en
la Nueva España.
Ernesto Sajíaz se daba cuenta de que pensaba lo que
siempre había dicho.
En el Quijote se encuentra un pasaje de una buena
descarga de gases que no puede evitar Sancho, que suda asido a su señor,
montado en su rocín artrítico, quejoso de esas sopas tan fuertes de su
escudero. Y es de una alegería exquisita, a pesar de lo mucho que en ese
momento lo sufren ambos personajes. Porque en el español la grosería es alegre.
Del español se acepta el tortazo, viene de él. Ahí está la belleza del
castellano, su grosería. Sólo el español es alegre en su grosería. Su grosería,
fuera del lenguaje estético, en cambio, mata. Mata toros, españoles y hasta
reyes. Mata todo si no es la carcajada. En él no se miente, en él se esconde, y
luego él mismo acepta su interior grosero, y sale pa´fuera. Él muta, él caca,
mordida de bola dura, de un sabor opaco, neutro, antes del siguiente escalón,
tras la grosería que ya mata, se muerda la bola de caca, y un sabor
excrementicio, popóseo estalla y puede causar la arcada si no se escupe a
tiempo. La grosería no es violencia en Cervantes, pensador. La violencia es
grosería y el único real problema de don Quijote y su escudero Sancho Panza. El
amor, en cambio, en don Quijote no pierde nada al perder la ilusión, que
sobrevivió toda la historia. Es un desplante de insensatez de ambrosía roja, de
los labios rojísimos de Dulcinea del Toboso, que le espera. Pero El Caballero
de la Triste Figura la corteja. El duelo de lanzas por Dulcinea y la realidad
misma es sólo una intensificación de todo lo que hemos visto, que es a Don
Quijote de la Mancha pelear sin atino y con perjuicio, cuando le sacan las
sangres de la quijada en la venta y molinos simples le avientan con las fuerzas
de un gigante. Pero Sancho Panza, a los finales de su buena ventura, consigue
la cena del gobernador ahora de la ínsula prometida ni por el señor, sino por
su señora Literatura, ama dél, hinca los dientes pequeños pero gordos en
verdaderas aves enmieladas y en una chuletiza propinada por los servicios y
extremidades de más de una dama, y así se paga hasta el gusto de verle, al
pobre, tan bello en su zarandeatica para uno, que hasta se goza en que el
muchacho es tan común. El castellano de vulgar le pasa a hermoso, pero le
muestra siempre grosero, prosaico con todo y culpas. El hombre era un hombre no
sólo de pueblo, sino ya ni del tiempo gótico, antes de llegar el recurso desde
la Nueva España para nuevas guerras y nueva iglesia. Si no surgió en España y
Francia un Estado en cada cual tras la Nueva España, en algo mucho lector se
equivoca, pues Europa, medieval, bárbara, se enjoyó toda de reina. Tanto, que
hasta perdió su cordura, opinan algunos, con respecto a la cuestión de la
cultura. Pero es sólo sentir, y si en sentir no se duda, no siempre se puede
sentir. Entonces, a viva voz, ya se extraña esa golosina que es Cervantes, en
historias y en estilo, propia su estructura, que son los tres elementos
conocidos como la conformación de la Novela.
“Porque hay falsas realidades que existen”, pensó Ernesto
Sajíaz.
¡Cómo temblaban al día siguiente las cosas, por
extrañarla ahora tanto! Con el Sol de la mañana, caliente, amarillo, y la falta
de alcohol en la mente y en el ánimo, la extrañó de otra forma. Más que como
una dama, como un cuerpo.
Pudo ver su rostro por varios segundos como un todo. Ella
sonríe. Ella se va.
Raquel Leño sonríe. Caen sus lágrimas. Se sonroja. Se
cohibe. Se percibe adolorida. Quizá se retuerce del dolor, que erotiza, al que
provoca, al que perturba con el falo del macho que la toma con embestidas
fuertes, trémulas, húmedas.
Como una respuesta surgida de un complejo cálculo
mecánico hiper rápido, surge una idea que es más que un planteamiento. Es un
posible comando. Raquel Leño debe ser destruida. Por ello, Ernesto Sajíaz se
siente aún pecador, ahora mortal, casi un cobarde. No por eso va a sentirse, a
final de cuentas, poco estimulado por la idea de extirpar a Raquel Leño tanto
como ella quiere permanecer con su tumor, con su entrega. Con su propia clase
de grosería. Una muy baja, si es grosería. Una sublime, si es por hacer el amor
con su cuerpo más que nunca.
La solicitaba, como Marcel el beso de su madre. A
diferencia del alter ego de Proust, Ernesto Sajíaz no la amaba. Incluso
prefería el asco, el desprecio, que el necesitar el abrazo que no recibía, unos
buenos días cordiales, con un beso acostumbrado. Él no sabía si la tibieza de
esos besos era un causante o un síntoma del eventual desprecio de Raquel Leño.
Ernesto Sajíaz quería estirar la voz de Raquel Leño.
Sentir las lágrimas de la desaparición. Tenía que odiarla o eso quería causarse
para por fin poder dar una bocanada de aire. Una situación común en tantos
hombres, incluso en un servidor, sin nunca llegar a saber que realmente fueran
un error. Ni una culpa.
Destruirla como un virus. Atacarla, excretarla, hcer el
amor con otra mujer. Comer su coño, lamer su boca, morder su piel. Olerla. Más
joven, gustándose en una voluptuosidad de novedad y curiosidad encontrada.
Podría ir tan bajo como pedir a Pedro Tilo una novela de Faulkner.
Por teléfono, Pedro Tilo le traducía: “Abril séptimo
1928. Por la cerca, entre los espacios flor rizantes, yo podría verle
golpeando. Ellos venían hacia donde la bandera estaba y yo fui por la cerca.
Luster estaba cazando en la grama por el árbol flor…”
Después, hablaron de Shakespeare. Soñaron con los que
llamaban ya “desesperaciones purgantes.” Ernesto Sajíaz se daba cuenta que,
hubiese o no matado a alguien personalmente, su amigo Pedro Tilo era, en
efecto, un “asesino”, como todos los personajes de Shakespeare, casi. Pero
conocer toda la poesía, el Verso de Shakespeare, es casi imposible. Es una obra
extensísima, le decía Pedro Tilo. Ernesto Sajíaz se especializó, por intentar
comprender a Shakespeare bien aunque con pocas piezas, en “Macbeth” y “Hamlet”,
y en el personaje de Shylock. Si de por si le gustaba, le apasionaba el pequeño
discurso del usurero, ahora le enloquecía casi lo mucho que podría entender en
él de lo que sentía hacia Raquel Leño como mujer:
“Si no alimenta nada más, alimentará mi venganza.”
Sintió en él el deseo de lastimarla, inclusive
brutalmente. De favor, brutalmente. Llegado a ese punto, su extrañarla se
agudizó a tal manera, que fue él quien se retorció de dolor. Se detuvo. La amó
otra vez. No, no la podía lastimar. ¿Cómo?
Pero tendría que dejarla caer. Hermosamente. Como las
suites de cello de Bach que son apagadas y avanzan por la arena como las
visiones del hashish. Dejarla caer y andar, a pesar de que, diciéndose
“Oh Dios, si existes…”, quiso golpear a su mujer.n Dejarla caer y verla morir,
pero sólo porque se estaba muriendo.
Podría hacer el amor con una mujer extranjera de pelo
corto. La edad de Raquel Leño, pero con una energía más juvenil. Ella era de un
país hermoso de Europa. Le hablaba de postres a Ernesto Sajíaz y Ernesto Sajíaz
le hablaba de Pedro Tilo para hacerla reír, siendo que escuchaba tan atenta al
jocoso compadre del fascista aquél. Hacer el amor con ella y besarla. Decirle
que no puede continuar, que la ama.
Se abrió el cielo. Ernesto Sajíaz salió a caminar por la
zona, sin alejarse mucho de los árboles que veía por su ventana. Jehová no le
permitiría, empero, comprometer la felicidad de una mujer enferma.
El Dios de Israel: Sin embargo, Ernesto, te prefiero.
En cuanto vio a Pedro Tilo, su amigo le hizo saber que
estaba listo para la batalla. Le entregó una Biblia suave pero pesada, todavía
fresca.
Pedro Tilo: “Mira. Es una Biblia hermosa. Es casi para
paganos. Es Protestante, en cierto modo. Ábrela en Isaías 36. Lee el primer
párrafo. Creo que es hasta el versículo 10.”
“36
Aconteció en el año catorce del rey Ezequías, que Senaquerib rey de Asiria
subió contras todas las ciudades fortificadas de Judá, y las tomó. 2Y el rey de Asiria envió al Rabsaces con un gran
ejército desde Laquis a Jerusalén contra el rey Ezequías; y acampó junto al
acueducto del estanque de arriba, en el camino de la heredad del Lavador. 3Y salió a él Eliaquim hijo de Hilcías, mayordomo, y
Sebna, escriba, y Joa hijo de Asaf, canciller, 4a los cuales dijo el Rabsaces: Decid ahora a Ezequías: El gran rey, el rey
de Asiria, dice así: ¿Qué confianza es esta en que te apoyas? 5Yo digo que el consejo y poderío para la guerra, de
que tú hablas, no son más que palabras vacías. Ahora bien, ¿en quién confías
para que te rebeles contra mí? 6He aquí que
confías en este báculo de caña frágil, en Egipto, en el cual si alguien se
apoyara, se le entrará por la mano, y la atravesará. Tal es Faraón rey de
Egipto para con todos los que en él confían, 7Y si me decís: En Jehová nuestro Dios confiamos; ¿no es este aquel cuyos
lugares altos y cuyos altares hizo quitar Ezequías, y dijo a Judá y a
Jerusalén: Delante de este altar adoraréis? 8Ahora,
pues, yo te ruego que des rehenes al rey de Asiria, mi señor, y yo te daré dos
mil caballos, si tú puedes dar jinetes que cabalguen sobre ellos. 9¿Cómo, pues, podrás resistir a un capitán, al menor de
los siervos de mi señor, aunque estés confiando en Egipto con sus carros y su
gente de a caballo? 10¿Acaso vine yo ahora
a esta tierra para destruirla sin Jehová? Jehová me dijo: Sube a esta tierra y
destrúyela.”
¿Cuántas
tardes habían pasado de aquellas pocas pero tardes completas? La dispersión
mental de su propia carne, de su filosofar. Ernesto Sajíaz se dio cuenta de su
nueva condición de hombre cubo. No dejó la carne, no deja la Literatura, pero
las mantiene en dispersión. Pide ver un eje. Quiere saborearse como hombre cubo
para conocerse, como lo haría una mujer. Como lo hizo y lo sigue haciendo su
mujer en ese resbalar de cuerdas del arco.
Como un santo atormentado, quisiera hacer de la
sexualidad de Raquel Leño un acto fornicativo, un pecado o falta. Quiere salir
de su estado-lengua y reptar los sentidos de los tejidos suaves del interior de
la almeja de su mujer.
Entiende la existencia, pronta, temible, de lo mojada que
está toda la tira rugosa y gruesa, con forma de orquídea, que brilla
insospechadamente frágil, distraída, penetrada, irrigada, despreocupada pero
también vulnerable ante ciertos contactos físicos. Pero esa misma delicadeza le
mordió el rostro. Raquel Leño no es su mujer.
Ernesto Sajíaz, sabiéndose frente al pasado, se sintió
revuelto. Tenía que acudir al propio pulpo que le hablaba con palabras basadas
en sonidos en forma de o, que le platicaba todas las cosas que Raquel Leño le
había dicho personalmente, además de las que escondía.
Ese pulpo se estaba burlando de él. Al fondo del mar,
donde la luz es morada, el pulpo hablaba sus os y Ernesto Sajíaz era atravesado
por la noción de algo que él no llamaría pérdida, sólo porque pérdida es una
palabra demasiado luctuosa. Pero haciendo una denotación, era una perdida. Un
cambio. Y al pensar cambio, sintió dentro de él la palabra cambio como un
cambio y nada más. Dentro de su estómago. Ni siquiera fue desagradable.
Fue
claro, de cualquier manera.
Entraba con la Biblia bajo el brazo, o con LA NÁUSEA,
corriendo. A escribir después de distraerse con la lectura. De estar,
literalmente y como lo diría Pedro Tilo, saliendo de una depresión. Temía,
incluso, que el paso final para superarla necesariamente fueran los
medicamentos. Quería acercarse a la mujer extranjera, como Narváez a la India
en lo oscuro de la parte baja del templo. De la parte negra del templo, de la
noche. Del poco fuego. Del músculo del amor, así sea sólo una mirada descuidada
o accidental. El contacto permitido al conquistador, de sí mismo, de la
conquista de sí misma. Entra en la niña. Ella le abraza y grita. El explorador
español llora de gusto, de amor. Así, Ernesto Sajíaz se soñó. “El muy cubo que
soy”, se dijo.
Conocerla. A la mujer extranjera, en la que pensaba
enamorado. Caminar por un parque. Gustaban de la misma música. Pedro Tilo le
propuso que fingiera llorar frente a ella, diciéndole que a quien extrañaba era
a Faulkner, porque Raquel Leño lo había arruinado para él como un autor a leer
en el día a día de una novela o de una lecturam de unos minutos. Pero era una
idea venida de la marihuana, y que estaba hasta un poco de más, aunque era todo
menos mal intencionada.
Pedro Tilo. “Te haría ver con carácter.”
Ernesto Sajíaz no pudo evitar reír, a pesar de que casi
lloraba: “Estás hasta las chanclas, imbécil.”
Irían a comer postres y se acostarían juntos. Ella sería
la mujer esfera, pero él lo callaría. Le diría algo más viril, fingiría. Ella
le creería, pero no importaría. Era otra la mujer que le hizo un pecador. “Será
que Dios ama a los hombres porque pudiesen ser pecadores que no pecan, contra
su paopia naturaleza y por amor a Él.”
No habría maldad. La mujer esfera no sería Raquel Leño
llegando voraz a robarle todas las circunferncias del universo. O por lo menos
con esa peligrosa intención. La mujer esfera sería la mujer extranjera.
Una noche, esperando el camión que le llevaría de una
avenida aledaña al Centro a su colonia, se dio cuenta de la visión calmante del
absurdo. El absurdo es un creador. Y en un creador siempre hay alguien
creativo. Era absurdo esperar casi una hora a que pasara el camión mientras
tenía, al mismo tiempo, la certeza de que el camión pasaría. La soledad de esa
parte de la avenida. Una pareja de jóvenes ancianos esperando la misma ruta.
Sólo la noche y el tiempo. En un caldo de miedo. Miedo a que hubiera un mal.
Una supresión del destino, sólo porque el destino fuera feliz, pero con la
certeza de que no sucedería. Un miedo sin peligro. En un artista, en un
escritor, el absurdo puede terminar en una bala, en una carcajada. En lo mejor.
Se preparan las luces y los gestos del absurdo, que es
una representación cuando ya tiene su nombre de absurdo. La recreación, el
desafío del hielo, del pecho perfecto que se contornea rodeado de dolor. Dolor,
dolor, dolor. “Vaya que hay dolor en la vida”, se dio cuenta Ernesto Sajíaz.
Había visto la vida fuera del absurdo, y en su absurdo, el dolor no es un
sufrir.
Adiós a las noches de clarinete, de tomar fuerte, entre
tentaciones. Deafíos, la muerte. El conocer el sabor a durazno de su sexo
desnudo, bajo el vestido negro, prudentes, pero negras y elegantes, sus
pantaletas que saca de sus piernas, sin quitarse los tacones, cuando eran
jóvenes y decir…
Las fiestas. No sólo París es una puta fiesta. Pero vaya
que es la mejor. Discutir temas intelectuales, sentir que con eso, en ese
momento, la estás perdiendo y te odia ya. Luego le haces el amor, le crees.
Pasan quince años. Ella tiene que ser fulminada por el rayo del llorar fálico.
Que no suceda, pide un caballero. Que no suceda más, pide el dolor.
Raquel Leño, quejándose de él, se mofa: “¡Sí! ¡Algo de
vida, por favor!”
Como un trago de coñac, lo de entre sus piernas, en ese
entonces. En los tiempos del desafío que él ganó, quedándose con ella. Raquel
Leño creció, y por supuesto que le odió por ganarle un desafío que debió ser
amor u olvido.
Y saberla por ahí, ¡en el recuerdo total!
Porque un verdadero héroe no pierde su heroicidad con la
derrota. Y el amor necesita de héroes. Eso le dijo Pedro Tilo.
Pedro Tilo: “Por cierto, le conté a Angélica la historia
de tu cuento, del que escribes.”
Ernesto Sajíaz: “Ah, vaya. ¿Te dijo algo?”
Pedro Tilo: “Le gustaría saber si Pedro es perseguido por
los cobradores de apuesta sólo por dinero, o si el pequeño hizo alguna fechoría
más grave.”
Ernesto Sajíaz: “Tanto como cuento como historia
formalmente dostoievskiana, es sólo por dinero, no importa que sea
prácticamente un niño.”
Pedro Tilo prendió un cigarrillo. Estaban en la banca de
un parque. Estaban, dentro de todo, pasando un bonito día.
Pedro Tilo: “Hay algo en las aves, o de las aves, no lo
sé, eso que, como dice Saramago, en los hombres no tiene nombre, pero es lo que
somos. Algo así. En ENSAYO SOBRE LA CEGUERA…”
Ernesto Sajíaz recordó como un chorro de sangre el pasaje
de la última violación de esos villanos.
Pedro Tilo: “Algo que son, que las tiene aquí. Quizá
redimir al hombre, finalmente, con las poesías de su vuelo. Como EL ALBATROZ,
de Baudelaire.”
Pedro Tilo conocía bien a Baudelaire. Hasta en la
sobriedad, en el sopor de la vida de un escritor como él, había leído a
Baudelaire y poseído un ejemplar de LAS FLORES DEL MAL. Pero le aceptaba una
mente criminal, a pesar de su exquisitez macabra. Ernesto Sajíaz le preguntó
cuándo fue la última vez que leyó LAS FLORES DEL MAL, pues Pedro Tilo solía
leer libros de Verso en lugar de una novela.
Pedro Tilo pareció sonreír imperceptiblemente. Miró hacia
otro lado, fumó, y sonrió abiertamente.
Pedro Tilo: “Hace mucho… `Como un cadáver, como un
cadáver tendido´ o como mi amigo Pablo Ruiz decía, `Como un cadáver, como un
cadáver muerto´.” Citó. “Depende de la teraducción, pues, si se cambian las
palabras, ¡las ideas!, por respetar la rima o la métrica, según algunos: ¿por
qué no cambiarlas por imaginación? Bueno… según algunos, pues.”
Ernesto Sajíaz: “¿Tus amigos?”
Pedro Tilo realmente comenzó a reflexionar si lo eran.
Quizá ni siquiera Pablo Ruiz ponía más atención en eso que al decir que él leyó
“Como un cadáver, como un cadáver muerto”. Era poesía ese teorizar, nada más.
Pedro Tilo: “Aunque, debo aceptar, sé que son, por lo
menos, mis lectores, Ernesto. Intento juzgarles… ¡nunca!”
Ernesto Sajíaz: “¿Qué es la Literatura, Pedro?”
Pedro Tilo: “Siempre me preguntas lo mismo y jamás
recuerdo qué te dije la última vez.”
Ernesto Sajíaz pensaba que nunca jamás se lo había
preguntado. Se lo dijo. Pedro Tilo volvió a mirara hacia enfrente, como al
horizonte que los árboles, en la zona universitaria, cubrieron para Ernesto
Sajíaz esa tarde, al salir del restaurante.
Pedro Tilo: “El arte de la memoria, supongo.”
Ernesto Sajíaz vio las cejas arqueadas de su amigo. Se
alegró por él. Se estaba acostando con alguien. Venía de ahí. Y tras el efecto
de la cocaína que le hacía una señorita encerrado en una habitación con
alguien, quedaba en Pedro Tilo el efecto de una persona que está mirando Europa
caer como la lluvia, sin esfuerzo alguno.
Pedro Tilo: “Lo que más me agradaba cuando era joven,
cuando leía y escribía un poco mejor que hoy, era la admiración que sentía por
el autor de una obra de arte, incluso de obras anónimas y/o colectivas. Creo
que esa sensualidad que acusamos tú y yo, por nuestro compromiso con ella, es
la Literatura, pero sé que no toda la Literatura es ella, sino que todo de la
Literatura en ella está. Porque, nos hemos preguntado, ¿no todo lo que es
estimulante y placentero es sensual?”
Ernesto
Sajíaz: “¿Cuál es el resto, enonces, de la Literatura para ti?”
Pedro Tilo: “El auténtico escándalo. Quizá Kundera. Sabes
que me encanta. No he escrito del todo como él.”
La Europa que no cayó, sino por la que desfiló un
ejército de tanques, también era Europa. Donde no se quemaron los libros. A
unos kilómetros de donde se autoinmoló una persona. Una tira de sangre que une
a Bohemia con Sarajevo, a Checoslovaquia con Estalingrado. Distintas guerras.
La Europa que llueve. Algo de tristeza adentro, sin embargo, por lo impensable
del hambre o el frío o la perdida de privacidad, incluso de cordura. Y
escribir.
Pedro Tilo: “Pero mi guerra es aquí. En México. La
cuestión de mi familia. No es una guerra que debería escribirse. Es terrible.
Se puede comunicar, pero estoy demasiado enfermo para no escribir, al final,
algo verdaderamente atroz.”
Ernesto Sajíaz: “¿Es tu miedo al rechazo como persona?”
Los ojos de Pedro Tilo se alegraron súbitamente
abriéndose como platos. Intentó recordar algo. Cuando lo hizo, dijo Pedro Tilo:
“¡Encontré la respuesta! La respuesta a aquello que también comentábamos la
otra vez. Pareciera que fuera ayer.”
Ernesto Sajíaz: El rechazo como escritor como miedo en ti
y el rechazo como persona como miedo en mí. Sí, lo recuerdo.
Pedro Tilo: “Es fácil. Doloroso, es verdad. Es simple. El
que es rechazado como artista es rechazado como persona, el que es rechazado
como persona es rechazado como artista. Ahora sólo falta dilucidar a qué viene
que temamos, cada quien, que primero surja en nosotros, o en los otros, el
rechazo de nos. Que te rechacen como persona porque te rechazaron como artista,
en ti, Ernesto. En mí, lo contrario. Sin embargo, ambos se presentarían juntos.
Ernesto Sajíaz dijo sarcásticamente: “Vaya, Pedro, qué
alivio.”
Pedro Tilo: “¡Venga, Ernesto, cambia la actitud, hijo de
Cristo! El filósofo eres tú. No soy tu secretaria, cabrón, pero creo que puedo
ayudarte.”
Ernesto Sajíaz, ocurriéndosele algo: “Pero, si te fijas,
Pedro, hemos conseguido abstraer el rechazo del fenómeno que era, haciendo del
rechazo un objeto.”
Pedro Tilo: “Nuestro objeto, ¡claro!”
Pedro Tilo se levantó y exclamó: “Wú…!”
Se volvió a sentar. Le interesaba la idea de tener no
sólo en su mirada, sino en sus manos al rechazo que tendría, por definición,
que estar fuera de su control. Pero, desaparecería o sólo se escondería.
¿Perdería la existencia?
“¿Las palabras llevarían a eso, a la inexistencia del
rechazo?”, Ernesto Sajíaz se preguntó.
Ernesto Sajíaz descruzó la pierna y con la mano sacudió
superficialmente sus pantalones.
Ernesto Sajíaz, antes de levantarse, dijo: “¡Vamos por un
café!”
Pedro Tilo: “¿Al Oxxo?”
Ernesto Sajíaz: “Sí, al Oxxo. ¿O dijiste oxxo?”
Pedro Tilo: “Eh… No, sí pensé en el Oxxo, no en un oxxo.”
Ernesto Sajíaz: “Aunque pudo haber sido.”
Pedro Tilo, levantándose: “Sí, claro, pero no conozco
bien la zona.”
Ernesto Sajíaz leyó en su ejemplar de LA NÁUSEA:
“Nunca hubo nada que fuera como una revelación; no puedo
decir: a partir de tal día de tal hora, mi vida se ha transformado.” Ernesto
Sajíaz sintió que esas palabras eran de la Literatura hablando de sí misma,
definiéndose. Describiéndose. La oración, en realidad, era parte de un diálogo
entre el protagonista y una mujer.
Una mujer salida del mundo al ser comprendida era la
tercera mujer. Raquel Leño. Pero Ernesto Sajíaz leyó la oración dentro de lo
que imaginó, que Sartre indujo.
Y caminó pensando en la Literatura. Pero hacia la casa de
triángulos, cristal y madera de Raquel Leño. Tocó el timbre. El interfón lo
respondió otra persona, pero Raquel Leño abrió la puerta.
Raquel Leño: “¿Qué pasó, Ernesto? Pásale.”
Sentado frente a ella, algo tranquila, algo bebida, la
miró con sus ojos redondos, oscuros. Si hubiese usado sombrero, lo tendría
girando del ala con sus dedos.
Ernesto Sajíaz dijo: “Para… para…”, y un llanto lo
interrumpió antes de completar, finalmente, la frase. “Para… para… ¡sobrevivir!
Para sobrevivir, Raquel…”
Raquel Leño no expresó el desconcierto y la tristeza que
sentía, pues las consideraba sensaciones inadecuadas en ese momento. Le dijo a
Ernesto Sajíaz que se calmara. Él lo hizo.
Ernesto Sajíaz: “Para sobrevivir, cobardemente, Raquel,
no puedo venir y ofrecerte una disculpa.”
Raquel Leño: “No te preocupes, no me gustan las
disculpas.”
Ernesto Sajíaz: “Pero sí puedo decirte algo que leí en
los Evangelios.”
Raquel Leño parecía interesada.
Raquel Leño: “A ver, dime.”
Ernesto Sajías: “Dice Jesucristo que sólo lo que sale del
hombre hace daño, que lo que entra, jamás. Como tu dolor físico. Estoy seguro
que es algo que entró en ti y que sale de ti. Pues mira, Raquel, si entra en ti
un dolor, conviértelo en una razón para sentir y actuar de acuerdo a la caridad
cristiana, y disfrutar así de Dios y soñar con el Cielo y querer seguir
viviendo, a pesar del dolor. Si de una persona sale maldecir a Dios, en vez de
adorarle, lo malo no fue lo que en él entró.”
Raquel Leño: “Pero yo soy atea.”
Ernesto Sajíaz: “¡No importa! Porque de ti salen un
montón de experiencias sexuales frenéticas, ni siquiera una resignación.”
Raquel Leño: “Sí, Ernesto, pero eso ya lo hago y, además,
creo que ya me lo habías dicho.”
Raquel Leño intentó recordar si realmente lo había hecho.
Ernesto Sajíaz: “¿En verdad?”
Raquel Leño, cada vez más amable: “Sí, Ernesto, creo que
sí me lo dijiste cuando veniste.”
Ernesto Sajíaz: “Estoy seguro que no. Y, por otra parte,
Raquel, dentro de la misma idea de esas palabras de Jesucristo, tú, tú
resultaste ser una buena apóstol de él. Nada malo salió de ti…”
Raquel Leño se conmovió. En ningún momento de su vida,
depués de escuchar esa tarde a Ernesto Sajíaz hablar así, pensó que de ella
salió, quizá, lastimarlo. De algún modo, él dejó de hacerlo también.
Raquel Leño: “Cuando quieras venir, Ernesto, eres
bienvenido. ¡Pero sólo si vienes a decirme cosas lindas como esas ¿eh?! Si no,
no, corazón.”
Ernesto Sajíaz dijo en la puerta: “Nos vemos, Raquel.”
Ernesto Sajíaz quiso enfrentar la noche, atravesando la
circunferencia brutalmente, por el supuesto espacio existente del camino.
Porque en su pupila vio la necesidad de aventarse a la Monstruosidad como ante
una confitura para María Antonieta. Sin embargo, a pesar de los bombones
rosados de la Reina, era un dulce aún muy oscuro así lamido. Era noche ya, pero
porque el Sol acabía de meterse. El cielo era azul, habían nubes a la vista,
pero era de noche ya, apenas, pues. ¿Cuándo caerían las estrellas? Ernesto
Sajíaz no se lo preguntaba. Atravesaba. Había llegado al punto de enfrentar una
posibilidad de alma en la transfiguración que fuera sólo la profundidad de la
superficie de la cosa. La cosa era él. Tomó la navaja y la elevó. Rasuró el
pelo que quedaba después de cortarlo con unas tijeras que adquirió de peluquero
alrededor de su cráneo redondo, de un blanco pálido y descubierto. Lo hizo con
cuidado, pues temblaba. Le llevó tanto tiempo, que él no creyó haber tenido la
paciencia de no desesperarse, pero no quedó una sola pelusa visible. Miró en el
espejo sin marco su rostro. De sus ojos grandes, carnosos pero vacíos en su
mirada, caían gruesas lágrimas que él no sabía qué significado dar. Pero era
tiempo de encontrar la Monstruosidad en su alma. En la lengua callada, que de
repente se siente quemada por una hoja delgada al rojo vivo. Una cuchilla de
dos filos. El sudor, el olor de su amiga extranjera, estaba en él. Ella sabía,
por supuesto, que se iba a afeitar. No estaba, además, tan demente como una europea
que fuera a raparse también porque él lo hizo, con la belleza propia de ella.
Era una mujer, inclusive, elegantísima, pero de mezclilla. Ernesto Sajíaz
pensaba en ella con el sentimiento del enamorado que ríe de alegría con la que
estuvo riendo de alegría una tarde anterior. A pesar de que sólo sucedieran
pocas cosas, un par de veces, él podría amarla. Ella podría dejarle ir, no
dejar de verle. Reír. Aceptar que tuvieron sexo alguna vez, etcétera. Era el
tiempo de recordar el niño delicado en él, en su silencio, en la lengua que
pudo haber rebanado su lengua. “El monstruo que soy es un cerdo”, se dijo.
“¡Buscaré trufas!”, cantó. Porque para que la Filosofía
de Zaratustra sea, las palabras de Zaratustra son dichas por un hombre que
camina bailando. Si Zaratustra no baila, sus palabras no lo hablan todo.
Como una garza, cantó casi volando de un lado a otro de
su pequeño cuarto. Entonces supo que lloró porque había llorado.
Era un monstruo de la Europa de Pedro Tilo, con tantos
secretos. Porque eran secretos, a fin de cuentas, los que ni solo recordaba.
Estaban ahí, en el humo de esa mujer que le hizo comenzar el hábito de escribir
fumando.
Pedro Tilo: “¡Justo cuando yo estoy haciendo lo
contrario!”
Ernesto Sajíaz: “Vamos. Joaquín Sabina dice que no se
puede escribir sin un cigarrillo.”
Pedro Tilo soltó la carcajada.
Pedro Tilo: “¡Vaya, eres todo un fumador ya ¿eh?”
Ernesto Sajíaz: “Y me mandó preguntarte algo.”
Pedro Tilo: “¿Ah, sí? Dime.”
Ernesto Sajíaz: “¿Qué le pedirías a Hitler, Pedro?”
Ernesto Sajíaz atravesaba la circunferencia. Y era un
monstruo. Y sólo los osos y los monstruos se abrazan. Cantó. Cantó con su
caminar, con su peso nuevo de los postres, con el cráneo afeitado, pero
seductor: Llevaba un sombrero de ala redonda y grande, negro. Negro. Como su
abrigo. Como sus zapatos. Todo el atuendo, mi Dios, era negro. Y atravesaba la
circunferencia una vez más en el nuevo espacio pertinente, político, social
ahora. Porque él estaba seduciendo a su hijo, la Literatura.
Consumiría el último respirar del cielo. Nadie moriría,
rica lluvia de estrellas fugaces. Cambio. Alma que se va a preguntar si puede
estar estática. Si puede serlo. La lengua carnosa, gruesa, del marrano, aún
conectada a la vida por el calor y el frío de sus tejidos.
La última emoción. La promesa. El canto a la alegría.
Pedro Tilo: “¿Qué le pediría a Hitler? Salvar Francia.
Definitivamente.”
Ernesto Sajíaz: “¿Salvar Francia?”
Pedro Tilo: “Sí. Salvar Francia.”
Ernesto Sajíaz: “Albert Camus te lo agradecería.”
Se levantaron de la banca de fierro grueso de la plaza.
Pedro Tilo: “Y yo lo agradecería a las autoridades
pertinentes.”
Ernesto Sajíaz: “Eres increíble. Ni siquiera te das
cuenta de lo que estás diciendo. No ves todo el fragmento de la idea que
enuncias. No lo dirías. Quizá lo pensarías. Pero no lo dirías.”
Pedro Tilo frunció el ceño: “¿No lo sé? ¿No lo veo? No me
hagas reír. Lo que sucede es que no es propaganda de mi parte.”
Ernesto Sajíaz, cada vez más divertido: “¿No?”
Pedro Tilo: “¡Es Historia!”
Pero Ernesto Sajíaz sabía que, en cierto sentido, esa
Historia era sólo información para un historiador en el mundo de la guerra
ininterrumpida.
Pedro Tilo: “Es Historia. Aunque, dime, sé sincero,
Ernesto.”
Ernesto Sajíaz: “Te escucho.”
Pedro Tilo: “¿Me entregarías a ellos, a los nazis?”
Ernesto Sajíaz tuvo que reír tanto, que la gente a su
alrededor vio a un hombre carcajeándose con las manos apoyadas en las rodillas
en medio de la plaza.
Entonces, todo el cielo estaba negro, pero la tierra no.
Y él seguía andando la tierra. Pero sin ser el Diablo, sino, más bien, un
hombre. Un poco Dios.
17/09/2025
Querétaro, México.
Eric Laparcua Heinze Moreno.
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