EL (Cuento)

 

EL

por Eric Laparcua Heinze Moreno

 

A la memoria de Carlos Fuentes Lemus, “Escritor mexicano”

Muere mientras tu piel comienza a relucir

(Canción de rap de Notorious B.I.G. What´s beef?)

 

 

 

            La mujer de su patrón imaginaba el duro humo del aceite de varón de José. Cómo olería a un indicado de Dios y por Él agraciado, cómo se vería en ese segundo rostro de un primero y único cuerpo.

            Pero tanto empieza mucho antes en la vida de José hijo de Jacob. Sólo podemos imaginar la cara redonda y negra de Bilha, contra las antorchas tirando esperma de resina sobre la arena hebrea. Raquel hija de Labán, hermana de Lea, Bilha esclava de Labán, Labán tío de Jacob, Jacob marido de Lea y Raquel, Raquel es la hija menor de Labán.

            Raquel, con los años quiere un hijo. Y se lava los cabellos y los humecta con aceites. Lea daba hijos a Jacob. “¡Dame un hijo o me mato!”, gritó Raquel.

            Jacob la miró. No parecía estar teniendo un momento del todo agradable, como siempre. Entre las llamas de la noche, este súbito llanto de su mujer. “¿Qué quieres? La voluntad de la carne es del espíritu, y el espíritu nuestro es Jehová. ¿Acaso soy, yo, Dios, mujer? Pide a Dios que dé de tu vientre un fruto.”

            Entonces, Raquel dio a luz a José. Y Jacob dijo a Labán su tío que le dejara partir. Su tío le dijo: “Tu presencia me bendice ante Dios.” Jacob dijo aún que no se quedaría, porque se iría y, por el precio de irse con su paga, volvería a cuidar de su ganado.

            Luego, los corrales en los campos de Labán, se llenaron de hombres, cientos, que tomaban cientos más de ovejas y cabras que no fueran blancas. Las separaron de entre el rebaño inmenso, levantándose la tierra y ensordeciéndose el espacio. Porque Jacob pidió de paga las ovejas y cabras que estuviesen manchadas, rayadas, pintas o de un solo color.

            Jacob enseñó a sus ovejas y cabras a aparearse sólo frente a las varas que él inventó cuando notó que junto al agua de donde bebían, concebían. Y concebían y parían frente a las varas que ponía Jacob sólo a sus animales más fuertes, para que los débiles, que era los que daba a Labán su tío, no se reprodujeran.

            Las ovejas y cabras daban a luz crías de todas apariencias y colores. Jacob enriquecióse muchísimo. Y se hizo de más animales y de más hombres y mujeres.

            Tiempo después, Jacob y los suyos hallábanse en nuevo peregrinaje por la senda de Dios. Dios le hablaba y le santificaba, y donde le hablaba Dios, Jacob erigía un altar, como el de la ciudad de Siquem, en las tierras de Canaán, llamado El-Elohe-Israel, Dios-Dios de-Israel, o como el de Bet-el, Casa de Dios.

            Fue ahí donde Raquel dio a luz al que llamó Hijo de mi dolor, Benoni, Benjamín llamado por Jacob su padre, quien ya de nombre, por indicación de Jehová, era Israel.

            Jacob el patriarca.

            Raquel se asía a la partera, temblando por el hijo del dolor que fuese perderlo, mientras la partera le decía: “Tendrás a tu hijo, señora, tendrás a tu hijo, mujer.”

            Crecidos todos los hijos de Jacob, Jacob prefería a los hijos de Raquel. Los hermanos consideraban que su padre, por mostrar preferencia por José y Benjamín, estaba cometiendo una equivocación. Dijeron, perdámosle, dejémosle lejos, muy lejos de aquí. “Asesinémoslo.” Discutían sobre el castigo tanto de la conciencia como de Dios, pero decían que, pasados los años, se arrepentirían y volverían a ser hombres a los ojos de sí. “Virtuosos”, nuevamente, decían, serían después, con el arrepentimiento.

            “¡No le asesinemos!” Y acordaron tirarle a un pozo seco.

            Del pozo, José fue rescatado y vendido como esclavo.

            Al regresar los hermanos de José y decir a Jacob el padre de ellos que José había sido devorado por un lobo, pues le dejaron junto con las provisiones del viaje, que atrajeron al lobo, Jacob rasgó sus vestiduras y les llamó mentirosos. “¡Que Dios me dé consuelo! Lo que ha sucedido no es como me lo cuentan, sino que es una falsedad que inventaron. Me resignaré pacientemente y que Dios me dé consuelo para sobrellevar la desgracia que me acaban de contar.”

            El empleado de su propio señor fue al pozo donde estaba José. Dentro de la circunferencia parduzca y negra, vio los dos ojos brillar de José, que miraba hacia arriba, en silencio.

           

 

            Esa noche, mirando a los montes entre las piedras colocadas a presión que hacían su hacienda, Jacob recordó a la madre de José, acurrucándose a él, pidiéndole un hijo, con gritos de dolor, pidiéndole que tomara a Bilha, su sierva, y eyaculara en ella y Raquel pudieran presionarse contra el calor de la esclava, para que Jacob le diera un hijo. Nacieron Dan y Neftalí, que fueron paridos en la oscuridad y secrecía de la habitación de Raquel, siguiendo la extraña indicación de que fuese sobre sus rodillas, para hacerlos hijos suyos.

            Bilha, su concubina, su rostro negro bajo la mano áspera de Jacob, que la acaricia sin caricia alguna, con su aspereza, con su curiosidad, con su bendición.

            Porque amaba a Raquel con la fuerza y por el celo de un gavilán tan salvaje como el que más, por sus pechos profusos y blancos. Por sus besos recios, sus lamidas de puta. ¡La manera en que olías, Raquel, mi niña!

            Y en esos tiempos atrás, y fue lo que mayormente Jacob recordaba, era su conversación con un pequeño ángel común: “¿Qué pasa, Jacob, mi padre?” A lo que Jacob contestó: “¿Quién eres, que vienes en nombre de Dios?”, “Sólo vengo a preguntar por tu virtud.” Y Jacob demostró al ángel que era un hombre que sentía en Dios el respeto al prójimo, como después pediría Jesucristo, el último hijo de David, rey del pueblo de Jacob. Y el ángel, siendo creatura muy poderosa en la Tierra y consejero de Dios, le dijo: “¿Qué te parece si es así? Que Dios signifique amor y paz.” Y formaron el pacto que formó la persona que Jehová entregó en Jesucristo, el hombre piadoso incluido. “Todo es bueno, y en cuanto a quitar mujeres y cortar cabezas, sólo recordemos tú y yo, que el castigo de las mujeres es peor que el de nuestro Rey”, a lo que Jacob rio. Luego Jacob, ensombreciéndose su semblante como todo profeta, le preguntó al ángel, cómo debía orar, cómo debía complacer a Raquel. “Sólo relájate, Jacob, mi padre. Tú eres el mismísimo Reino de Dios. Anda y muere, que te esperan.” Jacob entendió que era un hombre bueno y la vida para todos difícil, que podría, al fin, sólo vivir. “Por eso el ángel aquel, que te separó el tendón, lo hizo sólo para que supieras que también eres hombre, para que alabes a tu Dios el Redentor de Israel con tu humanidad, hermano. Todos sabes quién eres, Jacob, y hoy tú nos dices cómo somos nos, señor.”

            Recordó Jacob esa tarde, cuando supo que él era casi Dios. Y ahora se preguntaba, cómo a Dios podría sucederle esto. Como se lo preguntó al morir Raquel, entre sus brazos, sobre su sangre, con el gritos de varón insoportables, de salvaje, del bebé Benjamín.

            El retazo de la supuesta ropa de José estaba manchado de una sangre que olía a la sangre de los perros, no de los hijos de Jacob. Y lo gritó a los hermanos de José.

            Porque los hermanos de José y Benjamín nunca pensaron jamás que, al ser estéril tanto tiempo Raquel, ellos dos, para Jacob, eran hijos de Dios.

            Y Jacob no dijo nada, y se embriagó. Antes de cerrar los ojos, pues volvióse a levantar, clamó al ángel aquél, quien, sonrojado, le dijo solamente: “Tranquilo, Jacob, mi padre, pues José te será devuelto con tus años.”

 

 

 

            José habíase dado cuenta del crimen de sus hermanos, cometido contra él. Cuando le descubrieron arrojado ahí, en la oscuridad del pozo, José no era un hombre que soñara. Porque era apenas un muchacho, pero era un hombre. Bien pudo ser un niño, y José sería un hombre.

            Y sus hermanos habían dispuesto, al ver que le rescataban tan pronto, que fuera vendido como esclavo para Egipto, donde, en realidad, le esperaba su revelación como profeta de Dios.

            Porque fue vendido como esclavo, y le fueron entregadas sus ropas, que halló dignas. Pero la mujer de su patrón le deseaba. Veía al muchacho que era un hombre, y quería mirar sus dos caras, y quería beber de su cuerpo. Además, le sabía un hombre bueno, y ella pensaba que las diosas del pan, que ella llamaba e idolatraba, le conseguirían a un hombre de Dios, venido de Asia. José, por su parte, sentía por ella indiferencia sexual y, ante su impulsividad, sus insistencias, sus triquiñuelas, sentía inclusive repulsión.

            Ella, una noche, alimentada por ruegos y venenos de sus malditos demonios, le amenazó con un cuchillo con el cual, alguna vez, ella se cortó por accidente en las cocinas, deslumbrada por la belleza de José, que consideró la de un ángel, sobre su cama, despertándole, para que se desnudase. José, intrépido como un tigrillo, consiguió levantarse antes de que ella le rasgara ropas y piel de su retaguardia.

            La mujer de su patrón gritó, acusándole de querer seducirla. Pero otras mujeres se acercaron al señor, y le dijeron sabiamente: “Si están lastimadas sus espaldas y no arañado su rostro, ella miente.” Y el no dijo nada, pero no culpó a José.

            En la población, sin embargo, como una especie de peste, sin que sus habitantes lo quisieran, surgió la noción de una cuestión pecaminosa sucediendo dentro de la casa donde José servía. Así que, el marido de la mujer permitió que José, para callar las habladurías, más que por detener las intenciones de su esposa, fuese encarcelado por un tiempo entonces indefinido, que serían muchos años.

           

 

 

En el primer año de cárcel, José descansaba a escondidas de los guardias. Oyó, de un momento a otro, guijarros levantándose de la tierra y súbitas respiraciones, antes de escuchar en un susurro: “¡José! ¡José!”

            José vio el rostro de su amigo de Grecia y el rostro de su amigo de la África oriental, presos con él, uno por un crimen no grave y otro acusado de uno muy violento. “José, dinos. Yo me soñé haciendo vino, pisando los pequeños frutos del olivo, que es como mis primeros padres hacían el vino. Zübe se soñó corriendo por su villorrio, en las largas extensiones de tierra amarilla, cargando sobre su cabeza un cesto lleno de pan de tef, cuando era apenas un niño.”

            “Háblanos sobre tu interpretación, porque nos pareces un hombre virtuoso”, le pidieron.

            José, aún sentado en la tierra, inclinó su cabeza hacia los dedos de su mano, donde la recargó. Sus dos ojos se abrieron y aparentemente se vaciaron. De un momento a otro, José volvió de donde parecía estar, pues pareció como si se encontrase en otro lugar, porque tal fue la altura de su concentración mental.

            Les preguntó sobre sus costumbres, sobre sus pensamientos con respecto al espíritu que está afuera del cuerpo, y les predicó la religión de un Dios único. Después dijo: “Tú servirás vino otra vez al rey de Egipto”, “¡Ah, José! Yo sé eso qué significa y te creo”, “Tú, Zübe, hermano…”, José tomó su mano y la apretó con fuerza, “serás crucificado por una causa de Dios”, “Yo te creo, mas no sé eso qué significa.” José concluyó diciendo que los sucesos tras sus sueños estaban escritos ya en el Libro de los Cielos.

            Y el amigo de Grecia salió pronto de la cárcel. “Habla de mí al rey de Egipto a quien conocerás. Dile que estoy encerrado aquí sin acusación alguna. Él será un hombre justo conmigo.” Y su amigo, que ya le tenía como profeta, lo prometió. Pero en libertad, el amigo enfermó de una rara dolencia mental, pues no dejaba de soñar con el encierro. Su dolor fue tanto que sufrió, y en vez de perder la cordura, el ángel bueno de Jacob hizo lo que José le habría pedido, que perdiera, en vez de la razón, la memoria.

            Y tras varios años, el amigo libre de José se vio copero del rey de Egipto, Faraón, pues le preparaba el vino como en Grecia.

 

 

 

            La grama larga, delgada, concentrada, de un verde oscuro era mecida por el viento como agua, bajo un cielo purpúreo y fúnebre, con una luna blanca y minúscula colgando de él, en la colina, que trepaban calladas, pero veloces, siete espantosas y anémicas vacas con cueros de burro, como mojadas de grasa negra, apresurándose hacia las siete vacas, todas coloridas o muy pintas, rollizas como niñas de buena raza, alegres en su callada dulzura, y mordiéndolas, arrancando cuero, músculos y huesos, mientras las siete vacas gordas mugen hacia esa luna indiferente a cada mordida de sus devoradoras asesinas…

            Y al abrir Faraón sus ojos sobre su lecho, sintió una mordida completamente curva en todo su costado derecho, por lo que su boca se abrió para soltar un tremendo alarido de dolor. “¡AH…!”, escucharon, una y otra vez todos sus siervos, que llamaron médicos y magos para asistir al rey, que, ahora ya sin fuerzas para moverse más que lo que podía aún temblar, sin otra expresión en su rostro que el llanto muscular de sus ojos, empapado en un agua aceitosa que era su espeso sudor, no podía suspirar más, sin embargo, oh hermanos míos, dentro de él no cesaban los gritos.

            En la pálida mañana, cuando el sol aún es blanquecino, el copero amigo de José daba de beber vino al rey, que callaba, sentado desnudo, con ese cuerpo delgado y fuerte, joven aún, oliendo al baño de todas sus partes importantes, las que le daban descanso y placer, cuyos humores él nunca sometía, pues eran en verdad bellísimos, y temblaba como de frío, y su mirada estaba perdida.

            El copero le habló de un Dios que le había quitado ese terrible dolor a su señor. Faraón le preguntó por Él, pero el copero no recordaba mucho de Él porque tenía noción de Dios sólo por las pláticas con José, pues había perdido mucho de su memoria.

            “Sin embargo, rey, aún estáis como adolorido”, “Siervo, tuve un segundo sueño.” El copero se preocupó. “¿Aviso a los astrólogos?”, le preguntó. “¡¿Ellos qué supieron?!”, replicó Faraón, pues, cuando se encontraba aún con sus inhumanos dolores y la sensación de estar mordido e incompleto, sentía que sólo sabiendo el significado de su sueño el tormento se iría por fin, al grado de que eso era lo que pensaba. Sin embargo, los astrólogos de Egipto temieron dar una interpretación falsa para salvarle, por miedo al dios que tuviese el poder de morder a Faraón. Y ninguno creyó saber el significado, pues primero se fue el dolor, paulatinamente, hasta desaparecer y poder dormir, después, el rey otra vez. “Entonces, ¿regresa el dolor?”, preguntó cauteloso el copero. “Es otro dolor. Es frío. La sensación que me da el miedo a volver a vivir más de un minuto lo que viví, servil amigo, con la que he despertado luego de volverme a dormir.”

            El segundo sueño, le explicó el rey al amigo de José, era la visión de una espiga de trigo seca y una verde, una tras otra, hasta formar catorce, deshaciéndose con el tiempo sólo aquellas que estaban buenas, prevaleciendo las espigas muertas; y no se fue, pues Faraón lo siguió soñando cada noche, y despertaba en las mañanas con el insoportable frío del miedo. E insistía a sus hombres doctos que le interpretasen el sueño de las siete vacas.

            Un día, cuando un músico de los más viejos de Egipto, que se disponía a escribir el sueño del rey con notas musicales, para contemplarle mejor y quizá entender su significado, Faraón le habló, además del sueño, del dolor. “La mordida, sabio maestro, no era una de colmillos. Era la mordida de una vaca, pero… pero no de las vacas flacas y malvadas, sino una mordida de las vacas buenas, pero… pero no era la mordida de sus fauces, sino de sus colores, de sus manchas. Como si las vacas mordidas me estuviesen pidiendo ayuda.”

            En ese momento, al escuchar sobre las vacas de muchos colores y manchas, como José le había contado en la cárcel sobre las coloridas ovejas y cabras de la primera casa de su padre Jacob, que aún se mantenía productiva, a pesar de los tantos viajes del patriarca y los suyos a través de los años, el copero, que estaba ahí, preparando la copa a su señor, sintió el dolor de su propio miedo, de ese frío que le hizo perder casi la cabeza años atrás, y recordó que estuvo en prisión con José. La copa, que él ya tenía en la mano, se le cayó al suelo al recordar también no sólo la promesa que hizo al profeta su amigo, sino la virtud de José de interpretar los sueños, y el copero exclamó: “¡Mi rey…!”

 

 

 

            “¡José!”

            Pero José no estaba en su celda, pues era el encargado de todos los presos en la cárcel, y estaría, le dijo el guardia, entonces, en las cocinas, donde, en efecto, el copero del rey lo encontró. Una mujer lo cabalgaba. Y el sudor de José era tan dorado sobre su piel de pálido bronce, que deslumbró a su amigo, que rio y gritó por segunda vez en esa cárcel: “¡José, José!”, y el profeta y la chica se cubrieron sin prisas.

            Ellos reían.

           

 

            José le dio la interpretación siguiente, a su amigo el copero de Faraón, según es registrado en El Corán: “Es una advertencia. Deben sembrar como de costumbre siete años, pero lo que se cosecha déjenlo dentro de la espiga almacenado para nueva siembra, excepto una parte, de la que pueden comer. Luego vendrán siete años de sequía en los que comerán lo que hayan acopiado, salvo la parte que espera ser sembrada. Luego vendrá un año en que la gente será bendecida con la lluvia, y en él volverán a tener jugo los alimentos.”

            Al escuchar la interpretación, Faraón exclamó: “¡Tráiganlo ante mí!”

           

 

 

            Caminando por los jardines, Faraón preguntó a José: “Pero, dime, José, que en ti está el espíritu del dios, ¿por qué tuve que sentir semejante dolor? ¡Esa mordida, amigo!” Y José le habló de lo que el Faraón le llamaba “el dios”, pues el rey Egipto creía en Dios sin saber que ese era el espíritu de José. Y entonces Faraón lo supo, y se retiró a buscar la respuesta que José le mandó preguntar a Jehová.

            Caminando el rey entre los árboles de hojas largas y delgadas, quebradizas pero olorosas, de un verde casi acuoso, sobre esa tierra rojiza, mordiendo un fruto de carne seca, el ángel bueno de Jacob, bajó ese día a la Tierra sólo para hablar con él y decirle lo que pudo ser tanto lo mismo como lo opuesto a lo que dijo al patriarca: “Él lo hizo para recordarte que eres dios, y camines como hombre en el Reino de los Cielos, porque el hambre es un hombre, y eso sólo tú lo tiene que saber.”

            Faraón se despidió del ángel después de orar juntos a Jehová, cuando Éste le dijo: “Más que lo que José te ha pedido, dale, para bendecirlos a ambos dos veces.” Pues está escrito que José le pidió encargarse de las arcas de su reino, pero como hombre de campo, lo cual también agradaba a Dios, pero fue escrito que José se convirtiera en el tesorero de Faraón y gobernador de todo Egipto.

            Fue honrado José con un anillo de oro. Y muchas mujeres y esclavos le enviaba el rey, pero José, sin embargo, seguía enamorado de una sola mujer. Así como, desde ese entonces, José era transportado en carruajes de caballos ruidosos y mal educados de los establos de Faraón.

 

 

 

            En busca de provisiones, a través de los caminos hasta Egipto, llegaron a la gran tierra. En el mercado, mientras José escogía peras para Faraón, llevándolas a su enorme nariz y sintiendo sus pesos, vio a sus hermanos. Y los vio arrepentidos.

            Se acercó a ellos y tomó la figura de un mercader, y les suministró de tantas provisiones como le fue posible mandar cargar a sus animales, que los hermanos bendecían a Dios. Y José les dijo: “En sus próximas fiestas, vengan, ¡vengan!, y les daré lo mismo al mismo precio, pero de vino de Grecia. Mas les digo, mi Dios me pide que me traigan a un hijo de Belén, pues su presencia sola servirá de holocausto a nuestro Señor”, les dijo José, pues sabía que su madre, la madre de él y Benjamín, estaba enterrada en los caminos de esa ciudad, también llamada Efrata. Y se alegraban sus hermanos al pensar que el mercader egipcio que creían era José, tuviera un Dios tan similar al de su padre Jacob, que era el Dios que amaban, al que pedían noticias lejanas de su hermano José.

            Y José mandó poner el valor del cargamento dentro del equipaje de sus hermanos en monedas de oro, que, al llegar, pedían a Jacob dejarlos llevar a su hermano a Egipto.

            “¡Padre!”, exclamó uno. “¡Ese mercader nos ha devuelto en oro lo que pagamos por la compra!” Sus hermanos festejaron la buena voluntad de ese hombre, y le decían que tenía un Dios como el del patriarca. “¿Es un dios o es Dios?”, les preguntó, pues no lo sabía. Y ellos, comentándole entre sí, se convencieron. Le dijeron: “Debe ser tu Dios, Israel”, y lo dijeron así pues Jacob, por mandato de Dios, era llamado con ese nombre, según lo indicó a su profeta cuando apareciósele a él  de regreso desde Padan-aram. Y José llevaría el nombre de Israel como apellido, según se indica en el libro de Isaías que sucedió.

            Jacob oró velozmente. Jehová le dijo: “Jacob, deja que vaya con su hermano.” Y Jacob temió como nunca había temido.

            Y en Egipto, en el mercado, los siervos de Faraón, mandados por José, colocaron una de las copas del rey de Egipto, la favorita del gobernador, en las valijas de Benjamín, que no reconoció a José, pues llevaba el rostro cubierto, porque sabía que Benjamín sí le reconocería.

            A punto de salir los hermanos de José por los portales principales del mercado, por los mismos que habían entrado todos juntos, a pesar de las advertencias de su padre, los guardias del rey les detuvieron, y les acusaron de haber robado la copa del gobernador, quien ellos no sabían que era, de cualquier manera, José.

            Ellos se preocuparon y bajaron de sus caballos. José se acercó y les dijo: “Si entregan ahora la copa del gobernador de Egipto, les daré la carga que acomode a un buen camello.” Pero ellos, agitados, no sabían qué decir para ser creídos. Y José mandó revisar, pues Dios se lo dijo, las valijas de su hermano Benjamín al último, de donde surgió el objeto supuestamente robado. Era de oro, como el anillo del mercader.

            “Pero, ¡¿cuál será la pena para nuestro hermano?! ¿Cuánto debemos de pagar si la copa ya ha sido hallada?”, “Por el agravio, debe quedar preso por una estación del año.”

            Sus hermanos rasgaron sus vestiduras, y lloraban, pero los guardias les pidieron salir del país. Y cuando llegaron ante su padre Jacob, le pidieron entender que el dolor de ellos era mayor al de él. Le decían: “Como tú, padre nuestro, que sólo piensas en José, nosotros.” Pero Jacob, con la ira de Dios, abofeteó al mayor y, pateando a los otros, les ordenó ir por su hermano y traerlo, así murieran todos sus hijos en el intento. Sus hermanos, en vez de traicionar a Jacob, tomaron la visión de la muerte como la manera con la cual Jehová, quizá, les permitiría encontrar el final consuelo de haber perdido, por sus propias faltas, por no saber qué es el arrepentimiento, cuyo dolor fue tal que les santificó, una vez que supieron que Dios les daba noticias de José, a su hermano menor.

            Armados, se presentaron junto a miles de trabajadores de su padre, ante las puertas de la cárcel, de donde salió el mercador. Y Dios quiso que en ese momento, pues fue lo que sucedió, vieran en el rostro de su hermano a José, que bajaba los escalones del umbral, para recibirles. “¡¿Eres tú hermano?!”, exclamó uno de ellos, mientras los otros ya estaban arrodillándose en el suelo.

            La ira de Jacob era tal, que no podía ver bien. No culpaba a Dios, sino al ángel bueno y a sus hijos, a la tierra de Egipto, a todos menos a Benjamín. Y temía que, siendo que Jehová le dijo que estarían juntos ambos hermanos, ellos estuviesen muertos. Y su amargura era tal, que no recordó el Reino de Dios, que le habría dado consuelo.

            El hijo mayor de Jacob, que se llamaba Rubén su primogénito, entró a los aposentos de su padre. Casi arrastrándose por la piedra piadosamente, puso un trozo de la ropa de José, gobernador de Egipto, de una tela que Jacob no conocía, que se deslizaba de un lado a otro como la mejor y más pesada de las sedas, en las manos débiles de su padre. Y Dios quiso que pudiera el patriarca ver además sus colores, pues el olor franco y delicioso de su hijo José le devolvió la vista.

 

 

 

            Desde la primera jornada que José pasó de vuelta en la casa de su padre Jacob, hubo fiestas, como luego las tendría el bueno Job. Y en la primera, cuando sus hermanos, que le decían estar perdonados por Dios, aunque no sabían si José los perdonaría, le hablaban de la santidad, José dijo: “¿Perdonarles? ¿Castigarles? Sólo déjenme decirles, hijos de Jacob nuestro padre, que vendrá de mí con la fuerza de los truenos aquello que abata a los que intenten destruir y envenenar a mis hermanos, y sabrán que Su nombre es Jehová, cuando ponga sobre ustedes mi venganza”, pues quería decirles que ésta no era otra cosa que ver la felicidad de su familia.

 

FIN

 

23/09/25

Querétaro, Querétaro.

Eric Laparcua Heinze Moreno

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