EN LA CULTURA DE MIS PALMERAS (Cuento)
EN LA CULTURA DE MIS
PALMERAS
Decía el maestro:
“La Ética
es el acuerdo lógico de lo que es mejor para el hombre. Es una moral, nos dice
Kant, una ley universal. Podemos, sin embargo, empatizar con el libertinaje,
con el crimen, también. La maldad también es una ley universal.”
“Por otro
lado, no hay leyes universales. Las leyes hacen individual lo individual, para
que el universo pueda lidiar con ello. La Ética no puede ser una ley moral,
sino un legislador moralista.
–¡Mira!
¡Mira, en mi mano! –gritó el hombre, el viejo, sosteniendo un pequeño libro
azul, una especie de cuaderno del tamaño de una agenda pequeña, de los
Evangelios y los Salmos de David–. ¡Mira, aquí! –decía sosteniéndolo con su
mano nudosa y tiesa, con las uñas largas, un tanto sucias–. ¡Mira lo que dice!:
“Levántate, oh Dios, juzga la tierra; porque tú heredarás todas las naciones”.
–¿Y tiene
que darme una lección a mí con eso, viejo cochino? –gritó el abogado, golpeando
con el mango de su paraguas las manos del viejo que le predicaba, que no tenía
malas intenciones, al contrario.
El viejo
creía que se podría acercar a él, al abogado.
Ese abogado
era mi padre. Tenía un bigotillo de mosca demasiado largo y el cabello negro,
negro y prestado. Se provocaba, debido a la bulimia que aprendió de la abuela
que lo crio, los vómitos con pañuelos de seda que metía hechos un nudo a su
garganta.
Caminaba
por la plaza en las mañanas, frente a las oficinas del Gobernador.
Después,
muchas décadas después, estoy en una playa virgen de México, decidiendo entre
familias, entre pueblos, entre civilizaciones, según la cultura de estas
palmeras, según los mapas en esta arena. Yo nunca quise ser abogado y ahora soy
juez, del mundo.
Pero era
una pesadilla ver sus muebles viejos, a Susana, a Lorena, olerlos y olerlas, y
era imposible evitar marearme y sacar la cabeza por la ventana del tercer piso,
que da a la avenida. Cuando eso pasó, me di cuenta que gastaría una década,
mejor, en dejar de vivirlo. Terminar viviendo en la playa, sin ningún poder.
Vencí, en cambio, una enfermedad. ¿“En cambio”? Sí, porque al vencer la
enfermedad, gané todo el poder. El poder del mundo, del trabajador del Gobierno
que decide qué es inaceptable y punible.
El año de
su muerte, mi padre no soportaba escuchar relojes que todavía emitieran un
tic-tac. Los arrancaba de estantes y muñecas y los pisaba con sus zapatos
negros y largos. Todavía tenía fuerza. El doctor insistía, festejaba que, a
pesar de todo, ¡estaba como un muchacho!
Casi no
puedo hablar de su muerte, de su culpa. Él mismo tenía ese problema. Para él,
la realidad y la verdad eran algo distinto: La realidad es lo que se pone en
duda para alcanzar la verdad. Pero era acérrimo a sus ideales, y sus ideales,
en vez de una anarquía permitida por una inmensa cantidad de capital, le
permitían hablar de Jesucristo, de la misa, a la viuda del muerto, que él mató,
y, además, estar hablando sobre la muerte misma de ese muerto, insinuando que
éste merecía morir por la inspiración de eventos divinos. Ella, a veces,
lloraba impotente, con los ojos cerrados y el pañuelo cubriéndole los labios
dolidos; otras veces, la viuda iba a buscarlo al día siguiente a la oficina.
Así, en
efecto, soy yo. Sentado a una mesa encabezada por un hombre maligno, pero que
es mi padre y, quizá, pues tengo que descubrirlo en algún punto de mi vida, que
me ama y quiere que sea igual de maligno que él o que sea todo lo contrario a
él. Ya lo sabré. Él me lo hará saber, pero lo que no hará es decidirlo por mí.
Sólo pedirá que yo lo haga de un modo radical. Crecer frente a él, a su dinero,
su poder, un poder que no sería ilimitado, pero ciertamente era invencible.
Sabiendo que moriría, para absorber en su vida el último y más mínimo gotear de
su dinero, prendía largas velas colocadas en lujosos candelabros, cuando cenaba
en la oscura y rojiza sala de juegos, como un perro. No encontraría a nadie en
el comedor, ni en la sala, ni en su recámara, y en la cocina sólo estaba la
sirvienta que nunca, y eso era jamás, dejaba de hablarle. Le hablaba de su
salud, por ejemplo.
–Ahora sí
que, si usted me dice que le prepare un bisté, yo se lo preparo, pero no sin
insistirle sobre su salud, señor Borrego, por las úlceras, que le dijo el
doctor, y por tanta grasa que trae la carne de animal, ¡luego, tanto aceite! Y
comiendo azúcar, además, señor Borrego. ¡Usted no debe comer azúcar!
–¿Perdón?
–Le digo
que el azúcar es malísima para usted.
–Pero no
tengo diabetes, Angélica.
–No le
hace, es muy mala para usted…
–¿Según
quién o qué?
Y podrían
seguir toda la noche. Ella encantada. Sin embargo, mi padre no. Y pedía que
Angélica le dejara su cena en una bandeja al otro lado de la puerta, a una hora
determinada, para que ella no tuviera que tocar.
Una noche
sentí sus lágrimas, su aliento a licor y la fuerza de su cráneo en el mismo
momento, de lo fuerte que me abrazó. Me dijo que me amaba. Lo sigo creyendo.
Ya muerto,
todo mundo resulta un mequetrefe. “Se decía muy hombre ese tipo, ¡y miren!, no
aguantó estarse muriendo, se arrastraba frente a su mujer, le sonreía a la
sirvienta…”. Mas me digo: Si supieran de ese abrazo, sabrían que fue un hombre.
Un hombre de plomo. Algunos dicen, incluso, que murió siendo un completo
homosexual.
Lo único
que es peor a ver una guerra es vivirla. No, vivirla es distinto, es demasiado,
pelearla es sufrirla con el cuerpo, con el cuerpo fatigado. Yo sólo la vi. La
guerra. La guerra cerca de aquí. Tan cerca, que la vi. No puedo decir que fui
parte de algún bando. Sólo soy el juez.
Mientras
tanto, mi hermano, que sí vivió una guerra, salvó su vida de milagro en el
Medio Oriente. Él comulgaba con las ideas de los musulmanes palestinos y, con
el pretexto de ser periodista, fue a invitar cervezas y cigarrillos a jóvenes
guerrilleros que construían y lanzaban bombas, bombas que difícilmente podrían
seguir siendo llamadas caseras. Después, lo llevaron a las sierras, donde mató
a su propio soldado enemigo: Un periodista norteamericano. A los pocos meses de
eso, los capturaron mercenarios de Israel. Lo torturaron, mataron a sus
compañeros palestinos, y lo enviaron a la embajada de Estados Unidos, a pesar
de ser mexicano.
“Esa es la
Historia ¿no? Que todo ganador es derrotado, pisoteado, sin poder sólo morir…
Pero no. Todos y cada uno de los niños que murieron incinerados por las llamas
en Gaza, ¡ellos!, ellos no fueron derrotados jamás, ellos sólo murieron.
Directo al Cielo, ¡y ya!... Yo, ¡yo!... Yo soy sólo el derrotado, porque, les
podría decir sin estar mintiendo a todos ustedes, creo que ni siquiera fui un
ganador… Los guerrilleros, los talibanes, mis amigos, ¡ellos, ellos no fueron
derrotados ni pisoteados sin poder sólo morir! Ellos pudieron sólo morir, les
digo… La Historia está mal, ¡mal!”, decía mi hermano, quien impresionaba
profundamente a todo el que supiera que fue periodista en Medio Oriente, en la
Guerra, por años, en otros idiomas, también parecía, en ocasiones, un hombre
muy afectado por todo el esfuerzo que solicitó de su persona con esa vida que,
además, casi perdió.
Tengo que
ser el juez, por ejemplo, al escoger, vía internet, lo respectivo al funeral
que resulte ornamental, que es lo mismo a decir todo. Mi hermano, como
musulmán, quiere que sea el velatorio de un completo católico, en un sitio
lleno de cruces y de ritos eclesiásticos… Cada agencia funeraria es diferente.
Hasta Angélica tiene algo que decir. Todos sus hijos y sus hijas. Todos sienten
por él más asco que nunca, y no los culpo, pero sé que están impacientes por
devorarlo por completo. Uno de ellos, incluso, no propone, sino que insiste en
un entierro new-age. Yo no tengo problema con eso, pero mi padre sí.
Abrí el
ataúd. Con su saco cruzado, de solapas grandes, de alguna época en la que fue
muy feliz según quienes le sobrevivieron.
La guerra
que vi. Me afectó y dejé de pretender que no sufrí lo que comprendí. ¿Lo
entiendo? No. Pero lo comprendí. En mi enfermedad, pude, sin embargo, corregir
el cortocircuito. Hacer frente al dolor con una lágrima que bloquea el ojo,
pero no la vista. Cuando la lágrima caiga… Como me dijo mi padre
La lágrima
caerá. Mi padre me llamaba cobarde. Llegó a jalarme la oreja, cuando yo ya
tenía más de treinta años.
Lo quieren
incinerar. No sé por qué insisten también en eso. En vez de respetar lo que mi
padre indicó en su testamento al pedir que no lo cremaran, están hablando con
el abogado para hacer algo al respecto, algo con respecto a la propia higiene y
salud de mi padre, o quizá a un lapso de locura que lo llevó a hacer esa
indicación, para ellos absurda y sin fundamento, de no ser cremado. Para él,
aún, son una pesadilla, como la guerra para mí o Israel para mi hermano o el
cristo de dos metros tras el ataúd ante ellos. Al final, un problema con mi
hermano, porque ellos tienen infinidad de “negocios” con judíos, y toman como
personal lo que mi hermano está haciendo personal.
Gracias a
mi padre, conocí al presidente que, al yo terminar con él por odiar yo la
política, se dice, tomó toda clase de decisiones erráticas por estar enamorado
aún de mí. Me pidieron decidir si sería adecuado castigarle por las miles de
muertes que causó. Que yo, pasando claramente por encima de la constitución que
no dejaba alternativa al castigarle, le absolviera de alguna pena o sentencia,
debido a mi inmensa humanidad. Lo hice.
Lo perdoné.
A los dos años, supe que tenía SIDA. Yo. SIDA. Al espejo. Fueron dos años de
intentar llevar la lágrima al ojo para poder afrontar el terror. Luego, llorar
era una liberación al sufrimiento. Después, al final, no tenía que llorar para
liberarme del sufrimiento. Y sí, de cualquier manera, esa lágrima te ayuda. Es
como una pintura abstracta. Después de cinco años, te sientes preparado para
descansar escuchando a los médicos que te han repetido que no vas a morir
pronto. Aún no. Nunca morirás pronto. Moriré, pero no pronto. No por el SIDA,
eso es. Y no es una exageración. Es lo que me mantuvo vivo otros diez años, y
contando. Sin embargo, el ex presidente que me amaba, perdió nuevamente los
cabales y metió en líos a una menor. Clamó a los cuatro vientos que por
enterarse de que yo tenía VIH fue que cometió una atrocidad para el
pensamiento. Quizá fue cierto. No supo reaccionar. A fin de cuentas, él me ama
sin que a mí me moleste que lo haga. Si se quiere matar, que se mate. No voy a
detenerlo. Pero, ¿detendría una condena en su contra? De poder librarle yo a él
de un dolor que él no quisiese, ¿lo haría?
Quiero
pensar que sí. Pero la chica no era cualquier chica. Y aunque lo fuera, ni
siquiera yo querría olvidarme de ella. En esos círculos. Los círculos espesos
de la sociedad de altura: Genocidas y violadores. O jueces. Incluso el pecador,
dice el Nuevo Testamento, ama a los que lo aman. Pero, entre pecadores, sólo
encontrarás odio. Odio y maldad. El único orgullo de tantos seres humanos es
permanecer malvados, o ser más malvados que otros, a un nivel superior, donde
el mal es sofisticado y científicamente productivo.
¿Tenemos
alma? Preguntarlo me habría ganado un revés en la cara, de parte de mi padre.
“¡Por supuesto que tenemos alma, idiota! Si crees que Cristo sangró hasta morir
en la Cruz por tus eructos de animal, estás claramente alejado de Dios y de la
religión… ¿Quieres decirme por qué? Porque te recuerdo que pago cierta
educación de cierto valor, con cierta intención de mi parte, Alfonso. Una
educación católica, ilustrada. Privada, para que puedas ponerte a pensar en
avanzar espiritualmente como persona, no en agarrarte a golpes en los recreos.
¿Te das cuenta? ¿Te das cuenta de qué significa que me preguntes si tenemos
alma?”, y eso si lo hubiese tomado con calma, pues, hay algo que es muy cierto,
que yo no tuviera el dato de lo que se supone yo sabía era la existencia del
alma habría sido un insulto de mi parte. Sin embargo, si lo hubiese preguntado
después, o sin parecer que yo ignorase la teoría católica catequista del alma,
le hubiese preguntado: “Bien, eso, eso que es el alma, ¿la tenemos?”, él habría
respondido así, a un idiota, a un cínico involuntario.
Las últimas
cinco horas que pasó vivo, las pasó gritando de dolor. Sus gritos largos y
agudos, como sables de agonía. Sin sangre, sin coma, pero, en realidad, su
muerte fue tan dolorosa por dos o tres meses y esa última tarde que él habría
preferido ser un vegetal dos o tres años.
Verlo vivir
ese nivel de suplicio, me transformó, me fecundó, formándose un miedo extremo
al saber, presenciándolo, que ese grado de dolor, que esas insoportables
sensaciones físicas, son posibles y permitidas por la Naturaleza. Por las Leyes
de la carne. Del universo.
Entonces,
soy hasta juez de Dios. Pero le temo, como mandan por ahí. El temor a Dios es
un mandamiento oriental. Le temo porque puedo vivir el dolor que presencio, que
puede ser una falta de Él, por no anticipar la posibilidad del tormento
biológico en su creación.
La única
razón por la cual no dejé a Dios, fue por saber que no había sobrevivido. Y la
muerte, la muerte era un dulce alivio. Si dentro de mí algún parásito comenzara
a devorar uno de mis órganos, creo que tomaré la pistola y acabaré con mi vida,
al no poder soportar sus mordidas dentro de mí.
¿Qué era?
Lo que me salvaba, lo que me levantaba en las mañanas. Vivir en la playa. Ver
solamente la playa. Vivir, esta vez no sólo ver, la playa, una casa que huela a
sal y agua y calor. Pero también los cigarrillos y el vodka. El sexo,
obviamente. El arte, sobre todo. Cosas así, por si sentía que una de esas
gripas comunes, que no matan a nadie, pero que nos atormentan con fiebres tan
brutales que nos causan dolores de cabeza o con la imposibilidad de respirar
por la nariz por semejantes congestiones nasales o una fatiga corporal tan
desagradable que nos hace vomitar, para mí no eran una pequeña casa de los
sustos para ejecutivos de dos días, o lo que un niño no preferiría ni a faltar
a la escuela, o un fumador que acude a la mayor paciencia, sino el miedo a que
fuera lo último que viviera en este mundo combinado con el suplicio físico. Así
era el SIDA. Ahora, sufres el mismo miedo. Cada gripa es un COVID, en ciertos
sentidos. Sin embargo, no es la última, como antes, como una generación antes
de la mía. Imagina, la próxima vez que tengas una gripa que te tenga en la
cama, que esas molestias te están matando. Lo creerías viable. Psíquicamente,
sería un infierno.
Esas son
las Leyes del universo, no lo posible, sino lo obligatorio.
¿Un
cigarrillo más en mi vida; París; una camisa ajustada de un azul casi
imperceptible? ¡Claro! Con gusto, como mi hermano siempre quiso. Pero, en poco
más de un lustro, sólo una playa, una hamaca, una mujer local. Para ver las
razones sucias y veraces de por qué los judíos mueren y los musulmanes se
escapan, y hacer un juicio. Me doy cuenta, de tan juez que soy, que el juicio
de un juez no coincide necesariamente con su opinión. El espectáculo es tal que
no puedo evitar reír, que si yo siguiese incapaz de alejar de mí el llanto no
dejaría jamás de llorar.
Una mujer
local. Le hablaría del SIDA. Por la mitad de ese dinero las hay que hacen cosas
mucho peores. Ella no. Ella no haría cosas mucho peores ni por el doble.
Tendría sus límites. Sólo por eso no tendríamos hijos.
Inclusive,
partir yo mismo nuestros propios cocos. “Yo como coco, pero como poco coco
compro, poco coco como”, jugábamos mis amigos y yo, mientras tomábamos enfrente
de la preparatoria. Quizá ser considerado un lunático, pero un lunático libre,
con un inglés de miedo y una esposa que juega ajedrez y me hace reír sin yo
haber esperado de ella que lo hiciera. Lo hace todo el tiempo. Esa clase de
comedia femenina que es intimidante y previa a que uno mismo se congratule por
semejante mujer. No he sentido aún que un parásito me esté comiendo algún
órgano. El día que lo haga, haré lo que dije que haría, y mi mujer sólo tendría
que vivir los quince o veinte años que viví yo sin más problemas que una
tosecita permanente y algo de náuseas, que es lo peor, de repente en la semana.
Me dicen
que no niegue el factor del dinero de mi padre. Del dinero, punto. Que me ponga
a predicar después, cuando sea pobre. Sin embargo, sé que es posible que el
hombre crea en Dios cuando Dios se presenta como otro hombre, como fue en el
caso de Jesús y de… De tantos.
Y prendes
el cigarrillo, al final, junto a Dios. Por Su propio bien, lo mantienes
separado de tu vida.
El vodka. Y
claro, la necesidad de amantes cero-positivos, que lleva la homosexualidad.
Pero adquirí el SIDA por una chica, una chica tonta que yo veía como toda una
mujer, y que terminaría por serlo. Pero ¿cuál de todas esas chicas así que
conocí fue la culpable? Porque eso sí me hizo un juez y, como ser humano, falto
de tantas virtudes en los ángeles, no siempre consigo no culparla. Sin siquiera
saber si ella sabía. ¿Y el resto qué? Quizá yo las contagié a ellas. No por no
usar preservativos. No. Es sólo que, quien verdaderamente se va en la cama con
ellas, sabe que no hay látex capaz… Bueno. Lo fui. Un pecador que pecó. Dice la
religión que Dios nos ama porque somos pecadores que no pecan, pues
traicionamos nuestra propia naturaleza humana al no pecar, siendo pecadores, y
optar por un comportamiento divino.
De
cualquier manera, sí es cierto. El hombre permite más que Dios. Pero Dios es el
culpable de todo, para el hombre. Dios hace más matemáticas que el hombre; sin
embargo, e indudablemente.
Debo juzgar
contemplando lo que el expresidente hace a esas chicas, que fue lo que esas mujeres
me hicieron a mí.
Yo no
quiero estar hablando de lo que me hicieron sólo porque, para ellos, tengo que
compararlo con lo que él les hace a sus víctimas menores de edad. Yo no querría
estar ni siquiera pensando en ello. Y si yo fui quien hizo mal a alguien alguna
vez, sólo quisiera hablar de ello para decir que así me supe un pecador, si es
que soy cristiano, como mi padre. Porque no peco. Porque Dios es fe, esperanza
y amor. Ellos no lo creerían en mí. Primero creerán ellos en Dios que creer que
yo creo en Dios también.
Como mi
padre. Que quizá no creía en Dios, por más que auténticamente creyera en la
Iglesia. Ese hombre oscuro, que más de una vez, me atrevo a decir, mató, decía
creer y obedecer a Dios. ¿Era cierto? ¿Lo creía? ¿Era su Dios lo que yo
considero Dios, la misma especie de cuerpo luminoso?
¿Qué es lo
justo? ¿Que no pueda vivir descalzo sin perder el derecho a calzarme de vez en
cuando? Tengo que decretar que los niños pueden andar descalzos en las
mazmorras de alguna nación que yo conozca por casualidad. A veces, de cosas así
llegan a convencerme. Y es cuando río, cuando reitero que no es hallar
culpables a un crimen, sino decidir si su crimen es imperdonable o no. De
cualquier manera, pueden llegar a cometerlo sin que yo pueda impedirlo. Sólo
soy el juez. Le pregunto a las palmeras si Bagdad merecía caer, porque yo no
sabía que había caído. Les pregunto sobre Constantinopla y el ejército
bizantino. Porque tengo que decidir. En todo momento y, ya lo he dicho, sobre
diversas situaciones y actores. Actores que saldrán del papel y reirán, como yo
río. Mas, ¿y si corro hacia la orilla del mar, gritando: “¡Me quieren hacer
juez, soy un juez, un juez, maldita sea! ¡Tengo que serlo hasta según
documentos firmados por el Gobierno Federal y la CIA! ¡De un testamento, un
pleito, de un amor, de tantos crímenes! ¡Llévenme, sáquenme de aquí!”?
Entonces, perdería casi todo. Seguiría siendo el juez. Sólo el poder, el poder
que, entre tantas cosas, me hace juez, ese poder no perdería, en la barca que
me recogiera, bajo el Sol a través de la sal quemándome, antes de que me
intercepten los guardacostas para decirme que me baje, y recupere el resto de
mí que no es el poder, y llorar a los pies de mi mujer. ¡A los pies de mi
mujer! ¿Por qué? ¿Por París? Por lo que, en efecto, sé. En la silla dorada y
roja vi cruzar las piernas, en unas medias negras exquisitas, a Sofía. Llevaba
los labios pintados como un corazón y el cabello casi suelto. Era hermosa en
verdad. Hallar a mi mujer aquí, ¿viendo todo? Por no vivirlo. Ahora, sólo pido
no caer a vivirlo, pues, además, no habría de dejar de verlo también.
El hombre
atacado por la tormenta del cielo. Está en los brazos desnudos de su mujer, en
los brazos de sus besos. En los humos de sus vicios, de lo que les pregunta a
las palmeras, a la arena, si Roma est bonum o si Romae malum est. En las
percusiones que con su viento frío de la noche púrpura bajo el techo de palma
están entrando a ese lecho. Yo. Decidiendo. Pero, antes de decidir, decido.
Haré mi fallo, diré lo que es y lo que tuvo que ser lo que es, cuando sienta
que algo me está masticando el interior del cuerpo, como guerrilleros
palestinos corriendo cual agua viva por las cavernas de mi Tierra. Viviré para
eso, para cumplir mi deber. Años, ¡más décadas, chingao!, antes de que suceda
lo que está bien que llegue. El SIDA no me mató. Gracias, sobre todo o
únicamente, a mi padre.
Y como me
estaré retorciendo de dolor y desagrado, juzgaré a todos libres de castigo
alguno que se compare a mi situación médica, observable, pero intangible ya. Y
sólo quedará juzgar a Dios, por lo que siente mi cuerpo, y caeré en la arena.
“No inocentes, sino que no hay proceso, ¡no hay proceso, entiéndanlo, y
escúchenme!, no sientan esto, no. Yo lo puedo sentir porque soy inocente, sí,
¡soy inocente!, soy el juez, ¿lo ven? Y puedo retorcerme en el Infierno sin
necesidad del fuego”. Tendido. Como un cadáver yerto, ni tumbado lo soportaré.
A la mañana
siguiente, pasará un pescador y lo saludaré desde lejos moviendo el brazo y la
mano.
–¡A las
palmeras! –le gritaré con entusiasmo.
Él no
escuchará la primera vez.
–¡¿Cómo dice?!
–¡Escojo a
las palmeras! –repetiré alegremente, gritando.
–¡¿Para
qué?! –él preguntará.
Yo no
responderé y él seguirá caminando después de despedirnos cortésmente. Voy a
pasar una cuerda por una de mis palmeras. Terminaré con eso. Jesús pudo tolerar
el calvario en la Cruz. Yo no, porque mi calvario es más horrendo, consiste en
sentir los mordisqueos de creaturas vivas dentro de mí. No señor. Después de
cuarenta años de esta vida, después de cinco más, la Luz del que perdono,
mientras ellos considerarían imperdonable al Señor que nos ayuda a sacrificar
un animal que sufre. Mi padre lo sufrió una tarde, yo un par de días, mientras
crece, mientras juzgo se vuelve insoportable. Los siento, a los parásitos, mientras
puedo verlos en el hielo sucio donde están clavadas las cervezas que me tomo
desde hace más de cuarenta y cinco años. Sé que vienen de ahí. Llegaron a donde
no llega ninguna inyección. Me enloquece saber que están vivos, que no es una
inflamación muscular, sino el dolor de una herida. No vomitaré sangre. No me
dolerá la cabeza. El último trago de vodka. Salir cojeando del dolor a la cuerda
que preparé, mientras mi mujer llora.
–¡Vivan!
¡Vivan! –gritaré antes de colocar la horca en mi cuello.
FIN
Eric
Agosto, 2025
Qro., Qro., Méx.
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