EN LA CULTURA DE MIS PALMERAS (Cuento)

 

EN LA CULTURA DE MIS PALMERAS

 

Decía el maestro:

            “La Ética es el acuerdo lógico de lo que es mejor para el hombre. Es una moral, nos dice Kant, una ley universal. Podemos, sin embargo, empatizar con el libertinaje, con el crimen, también. La maldad también es una ley universal.”

            “Por otro lado, no hay leyes universales. Las leyes hacen individual lo individual, para que el universo pueda lidiar con ello. La Ética no puede ser una ley moral, sino un legislador moralista.

 

            –¡Mira! ¡Mira, en mi mano! –gritó el hombre, el viejo, sosteniendo un pequeño libro azul, una especie de cuaderno del tamaño de una agenda pequeña, de los Evangelios y los Salmos de David–. ¡Mira, aquí! –decía sosteniéndolo con su mano nudosa y tiesa, con las uñas largas, un tanto sucias–. ¡Mira lo que dice!: “Levántate, oh Dios, juzga la tierra; porque tú heredarás todas las naciones”.

            –¿Y tiene que darme una lección a mí con eso, viejo cochino? –gritó el abogado, golpeando con el mango de su paraguas las manos del viejo que le predicaba, que no tenía malas intenciones, al contrario.

            El viejo creía que se podría acercar a él, al abogado.

            Ese abogado era mi padre. Tenía un bigotillo de mosca demasiado largo y el cabello negro, negro y prestado. Se provocaba, debido a la bulimia que aprendió de la abuela que lo crio, los vómitos con pañuelos de seda que metía hechos un nudo a su garganta.

            Caminaba por la plaza en las mañanas, frente a las oficinas del Gobernador.

            Después, muchas décadas después, estoy en una playa virgen de México, decidiendo entre familias, entre pueblos, entre civilizaciones, según la cultura de estas palmeras, según los mapas en esta arena. Yo nunca quise ser abogado y ahora soy juez, del mundo.

            Pero era una pesadilla ver sus muebles viejos, a Susana, a Lorena, olerlos y olerlas, y era imposible evitar marearme y sacar la cabeza por la ventana del tercer piso, que da a la avenida. Cuando eso pasó, me di cuenta que gastaría una década, mejor, en dejar de vivirlo. Terminar viviendo en la playa, sin ningún poder. Vencí, en cambio, una enfermedad. ¿“En cambio”? Sí, porque al vencer la enfermedad, gané todo el poder. El poder del mundo, del trabajador del Gobierno que decide qué es inaceptable y punible.

            El año de su muerte, mi padre no soportaba escuchar relojes que todavía emitieran un tic-tac. Los arrancaba de estantes y muñecas y los pisaba con sus zapatos negros y largos. Todavía tenía fuerza. El doctor insistía, festejaba que, a pesar de todo, ¡estaba como un muchacho!

            Casi no puedo hablar de su muerte, de su culpa. Él mismo tenía ese problema. Para él, la realidad y la verdad eran algo distinto: La realidad es lo que se pone en duda para alcanzar la verdad. Pero era acérrimo a sus ideales, y sus ideales, en vez de una anarquía permitida por una inmensa cantidad de capital, le permitían hablar de Jesucristo, de la misa, a la viuda del muerto, que él mató, y, además, estar hablando sobre la muerte misma de ese muerto, insinuando que éste merecía morir por la inspiración de eventos divinos. Ella, a veces, lloraba impotente, con los ojos cerrados y el pañuelo cubriéndole los labios dolidos; otras veces, la viuda iba a buscarlo al día siguiente a la oficina.

            Así, en efecto, soy yo. Sentado a una mesa encabezada por un hombre maligno, pero que es mi padre y, quizá, pues tengo que descubrirlo en algún punto de mi vida, que me ama y quiere que sea igual de maligno que él o que sea todo lo contrario a él. Ya lo sabré. Él me lo hará saber, pero lo que no hará es decidirlo por mí. Sólo pedirá que yo lo haga de un modo radical. Crecer frente a él, a su dinero, su poder, un poder que no sería ilimitado, pero ciertamente era invencible. Sabiendo que moriría, para absorber en su vida el último y más mínimo gotear de su dinero, prendía largas velas colocadas en lujosos candelabros, cuando cenaba en la oscura y rojiza sala de juegos, como un perro. No encontraría a nadie en el comedor, ni en la sala, ni en su recámara, y en la cocina sólo estaba la sirvienta que nunca, y eso era jamás, dejaba de hablarle. Le hablaba de su salud, por ejemplo.

            –Ahora sí que, si usted me dice que le prepare un bisté, yo se lo preparo, pero no sin insistirle sobre su salud, señor Borrego, por las úlceras, que le dijo el doctor, y por tanta grasa que trae la carne de animal, ¡luego, tanto aceite! Y comiendo azúcar, además, señor Borrego. ¡Usted no debe comer azúcar!

            –¿Perdón?

            –Le digo que el azúcar es malísima para usted.

            –Pero no tengo diabetes, Angélica.

            –No le hace, es muy mala para usted…

            –¿Según quién o qué?

            Y podrían seguir toda la noche. Ella encantada. Sin embargo, mi padre no. Y pedía que Angélica le dejara su cena en una bandeja al otro lado de la puerta, a una hora determinada, para que ella no tuviera que tocar.

            Una noche sentí sus lágrimas, su aliento a licor y la fuerza de su cráneo en el mismo momento, de lo fuerte que me abrazó. Me dijo que me amaba. Lo sigo creyendo.

            Ya muerto, todo mundo resulta un mequetrefe. “Se decía muy hombre ese tipo, ¡y miren!, no aguantó estarse muriendo, se arrastraba frente a su mujer, le sonreía a la sirvienta…”. Mas me digo: Si supieran de ese abrazo, sabrían que fue un hombre. Un hombre de plomo. Algunos dicen, incluso, que murió siendo un completo homosexual.

            Lo único que es peor a ver una guerra es vivirla. No, vivirla es distinto, es demasiado, pelearla es sufrirla con el cuerpo, con el cuerpo fatigado. Yo sólo la vi. La guerra. La guerra cerca de aquí. Tan cerca, que la vi. No puedo decir que fui parte de algún bando. Sólo soy el juez.

            Mientras tanto, mi hermano, que sí vivió una guerra, salvó su vida de milagro en el Medio Oriente. Él comulgaba con las ideas de los musulmanes palestinos y, con el pretexto de ser periodista, fue a invitar cervezas y cigarrillos a jóvenes guerrilleros que construían y lanzaban bombas, bombas que difícilmente podrían seguir siendo llamadas caseras. Después, lo llevaron a las sierras, donde mató a su propio soldado enemigo: Un periodista norteamericano. A los pocos meses de eso, los capturaron mercenarios de Israel. Lo torturaron, mataron a sus compañeros palestinos, y lo enviaron a la embajada de Estados Unidos, a pesar de ser mexicano.

            “Esa es la Historia ¿no? Que todo ganador es derrotado, pisoteado, sin poder sólo morir… Pero no. Todos y cada uno de los niños que murieron incinerados por las llamas en Gaza, ¡ellos!, ellos no fueron derrotados jamás, ellos sólo murieron. Directo al Cielo, ¡y ya!... Yo, ¡yo!... Yo soy sólo el derrotado, porque, les podría decir sin estar mintiendo a todos ustedes, creo que ni siquiera fui un ganador… Los guerrilleros, los talibanes, mis amigos, ¡ellos, ellos no fueron derrotados ni pisoteados sin poder sólo morir! Ellos pudieron sólo morir, les digo… La Historia está mal, ¡mal!”, decía mi hermano, quien impresionaba profundamente a todo el que supiera que fue periodista en Medio Oriente, en la Guerra, por años, en otros idiomas, también parecía, en ocasiones, un hombre muy afectado por todo el esfuerzo que solicitó de su persona con esa vida que, además, casi perdió.

            Tengo que ser el juez, por ejemplo, al escoger, vía internet, lo respectivo al funeral que resulte ornamental, que es lo mismo a decir todo. Mi hermano, como musulmán, quiere que sea el velatorio de un completo católico, en un sitio lleno de cruces y de ritos eclesiásticos… Cada agencia funeraria es diferente. Hasta Angélica tiene algo que decir. Todos sus hijos y sus hijas. Todos sienten por él más asco que nunca, y no los culpo, pero sé que están impacientes por devorarlo por completo. Uno de ellos, incluso, no propone, sino que insiste en un entierro new-age. Yo no tengo problema con eso, pero mi padre sí.

            Abrí el ataúd. Con su saco cruzado, de solapas grandes, de alguna época en la que fue muy feliz según quienes le sobrevivieron.

            La guerra que vi. Me afectó y dejé de pretender que no sufrí lo que comprendí. ¿Lo entiendo? No. Pero lo comprendí. En mi enfermedad, pude, sin embargo, corregir el cortocircuito. Hacer frente al dolor con una lágrima que bloquea el ojo, pero no la vista. Cuando la lágrima caiga… Como me dijo mi padre

            La lágrima caerá. Mi padre me llamaba cobarde. Llegó a jalarme la oreja, cuando yo ya tenía más de treinta años.

            Lo quieren incinerar. No sé por qué insisten también en eso. En vez de respetar lo que mi padre indicó en su testamento al pedir que no lo cremaran, están hablando con el abogado para hacer algo al respecto, algo con respecto a la propia higiene y salud de mi padre, o quizá a un lapso de locura que lo llevó a hacer esa indicación, para ellos absurda y sin fundamento, de no ser cremado. Para él, aún, son una pesadilla, como la guerra para mí o Israel para mi hermano o el cristo de dos metros tras el ataúd ante ellos. Al final, un problema con mi hermano, porque ellos tienen infinidad de “negocios” con judíos, y toman como personal lo que mi hermano está haciendo personal.

            Gracias a mi padre, conocí al presidente que, al yo terminar con él por odiar yo la política, se dice, tomó toda clase de decisiones erráticas por estar enamorado aún de mí. Me pidieron decidir si sería adecuado castigarle por las miles de muertes que causó. Que yo, pasando claramente por encima de la constitución que no dejaba alternativa al castigarle, le absolviera de alguna pena o sentencia, debido a mi inmensa humanidad. Lo hice.

            Lo perdoné. A los dos años, supe que tenía SIDA. Yo. SIDA. Al espejo. Fueron dos años de intentar llevar la lágrima al ojo para poder afrontar el terror. Luego, llorar era una liberación al sufrimiento. Después, al final, no tenía que llorar para liberarme del sufrimiento. Y sí, de cualquier manera, esa lágrima te ayuda. Es como una pintura abstracta. Después de cinco años, te sientes preparado para descansar escuchando a los médicos que te han repetido que no vas a morir pronto. Aún no. Nunca morirás pronto. Moriré, pero no pronto. No por el SIDA, eso es. Y no es una exageración. Es lo que me mantuvo vivo otros diez años, y contando. Sin embargo, el ex presidente que me amaba, perdió nuevamente los cabales y metió en líos a una menor. Clamó a los cuatro vientos que por enterarse de que yo tenía VIH fue que cometió una atrocidad para el pensamiento. Quizá fue cierto. No supo reaccionar. A fin de cuentas, él me ama sin que a mí me moleste que lo haga. Si se quiere matar, que se mate. No voy a detenerlo. Pero, ¿detendría una condena en su contra? De poder librarle yo a él de un dolor que él no quisiese, ¿lo haría?

            Quiero pensar que sí. Pero la chica no era cualquier chica. Y aunque lo fuera, ni siquiera yo querría olvidarme de ella. En esos círculos. Los círculos espesos de la sociedad de altura: Genocidas y violadores. O jueces. Incluso el pecador, dice el Nuevo Testamento, ama a los que lo aman. Pero, entre pecadores, sólo encontrarás odio. Odio y maldad. El único orgullo de tantos seres humanos es permanecer malvados, o ser más malvados que otros, a un nivel superior, donde el mal es sofisticado y científicamente productivo.

            ¿Tenemos alma? Preguntarlo me habría ganado un revés en la cara, de parte de mi padre. “¡Por supuesto que tenemos alma, idiota! Si crees que Cristo sangró hasta morir en la Cruz por tus eructos de animal, estás claramente alejado de Dios y de la religión… ¿Quieres decirme por qué? Porque te recuerdo que pago cierta educación de cierto valor, con cierta intención de mi parte, Alfonso. Una educación católica, ilustrada. Privada, para que puedas ponerte a pensar en avanzar espiritualmente como persona, no en agarrarte a golpes en los recreos. ¿Te das cuenta? ¿Te das cuenta de qué significa que me preguntes si tenemos alma?”, y eso si lo hubiese tomado con calma, pues, hay algo que es muy cierto, que yo no tuviera el dato de lo que se supone yo sabía era la existencia del alma habría sido un insulto de mi parte. Sin embargo, si lo hubiese preguntado después, o sin parecer que yo ignorase la teoría católica catequista del alma, le hubiese preguntado: “Bien, eso, eso que es el alma, ¿la tenemos?”, él habría respondido así, a un idiota, a un cínico involuntario.

            Las últimas cinco horas que pasó vivo, las pasó gritando de dolor. Sus gritos largos y agudos, como sables de agonía. Sin sangre, sin coma, pero, en realidad, su muerte fue tan dolorosa por dos o tres meses y esa última tarde que él habría preferido ser un vegetal dos o tres años.

            Verlo vivir ese nivel de suplicio, me transformó, me fecundó, formándose un miedo extremo al saber, presenciándolo, que ese grado de dolor, que esas insoportables sensaciones físicas, son posibles y permitidas por la Naturaleza. Por las Leyes de la carne. Del universo.

            Entonces, soy hasta juez de Dios. Pero le temo, como mandan por ahí. El temor a Dios es un mandamiento oriental. Le temo porque puedo vivir el dolor que presencio, que puede ser una falta de Él, por no anticipar la posibilidad del tormento biológico en su creación.

            La única razón por la cual no dejé a Dios, fue por saber que no había sobrevivido. Y la muerte, la muerte era un dulce alivio. Si dentro de mí algún parásito comenzara a devorar uno de mis órganos, creo que tomaré la pistola y acabaré con mi vida, al no poder soportar sus mordidas dentro de mí.

            ¿Qué era? Lo que me salvaba, lo que me levantaba en las mañanas. Vivir en la playa. Ver solamente la playa. Vivir, esta vez no sólo ver, la playa, una casa que huela a sal y agua y calor. Pero también los cigarrillos y el vodka. El sexo, obviamente. El arte, sobre todo. Cosas así, por si sentía que una de esas gripas comunes, que no matan a nadie, pero que nos atormentan con fiebres tan brutales que nos causan dolores de cabeza o con la imposibilidad de respirar por la nariz por semejantes congestiones nasales o una fatiga corporal tan desagradable que nos hace vomitar, para mí no eran una pequeña casa de los sustos para ejecutivos de dos días, o lo que un niño no preferiría ni a faltar a la escuela, o un fumador que acude a la mayor paciencia, sino el miedo a que fuera lo último que viviera en este mundo combinado con el suplicio físico. Así era el SIDA. Ahora, sufres el mismo miedo. Cada gripa es un COVID, en ciertos sentidos. Sin embargo, no es la última, como antes, como una generación antes de la mía. Imagina, la próxima vez que tengas una gripa que te tenga en la cama, que esas molestias te están matando. Lo creerías viable. Psíquicamente, sería un infierno.

            Esas son las Leyes del universo, no lo posible, sino lo obligatorio.

            ¿Un cigarrillo más en mi vida; París; una camisa ajustada de un azul casi imperceptible? ¡Claro! Con gusto, como mi hermano siempre quiso. Pero, en poco más de un lustro, sólo una playa, una hamaca, una mujer local. Para ver las razones sucias y veraces de por qué los judíos mueren y los musulmanes se escapan, y hacer un juicio. Me doy cuenta, de tan juez que soy, que el juicio de un juez no coincide necesariamente con su opinión. El espectáculo es tal que no puedo evitar reír, que si yo siguiese incapaz de alejar de mí el llanto no dejaría jamás de llorar.

            Una mujer local. Le hablaría del SIDA. Por la mitad de ese dinero las hay que hacen cosas mucho peores. Ella no. Ella no haría cosas mucho peores ni por el doble. Tendría sus límites. Sólo por eso no tendríamos hijos.

            Inclusive, partir yo mismo nuestros propios cocos. “Yo como coco, pero como poco coco compro, poco coco como”, jugábamos mis amigos y yo, mientras tomábamos enfrente de la preparatoria. Quizá ser considerado un lunático, pero un lunático libre, con un inglés de miedo y una esposa que juega ajedrez y me hace reír sin yo haber esperado de ella que lo hiciera. Lo hace todo el tiempo. Esa clase de comedia femenina que es intimidante y previa a que uno mismo se congratule por semejante mujer. No he sentido aún que un parásito me esté comiendo algún órgano. El día que lo haga, haré lo que dije que haría, y mi mujer sólo tendría que vivir los quince o veinte años que viví yo sin más problemas que una tosecita permanente y algo de náuseas, que es lo peor, de repente en la semana.

            Me dicen que no niegue el factor del dinero de mi padre. Del dinero, punto. Que me ponga a predicar después, cuando sea pobre. Sin embargo, sé que es posible que el hombre crea en Dios cuando Dios se presenta como otro hombre, como fue en el caso de Jesús y de… De tantos.

            Y prendes el cigarrillo, al final, junto a Dios. Por Su propio bien, lo mantienes separado de tu vida.

            El vodka. Y claro, la necesidad de amantes cero-positivos, que lleva la homosexualidad. Pero adquirí el SIDA por una chica, una chica tonta que yo veía como toda una mujer, y que terminaría por serlo. Pero ¿cuál de todas esas chicas así que conocí fue la culpable? Porque eso sí me hizo un juez y, como ser humano, falto de tantas virtudes en los ángeles, no siempre consigo no culparla. Sin siquiera saber si ella sabía. ¿Y el resto qué? Quizá yo las contagié a ellas. No por no usar preservativos. No. Es sólo que, quien verdaderamente se va en la cama con ellas, sabe que no hay látex capaz… Bueno. Lo fui. Un pecador que pecó. Dice la religión que Dios nos ama porque somos pecadores que no pecan, pues traicionamos nuestra propia naturaleza humana al no pecar, siendo pecadores, y optar por un comportamiento divino.

            De cualquier manera, sí es cierto. El hombre permite más que Dios. Pero Dios es el culpable de todo, para el hombre. Dios hace más matemáticas que el hombre; sin embargo, e indudablemente.

            Debo juzgar contemplando lo que el expresidente hace a esas chicas, que fue lo que esas mujeres me hicieron a mí.

            Yo no quiero estar hablando de lo que me hicieron sólo porque, para ellos, tengo que compararlo con lo que él les hace a sus víctimas menores de edad. Yo no querría estar ni siquiera pensando en ello. Y si yo fui quien hizo mal a alguien alguna vez, sólo quisiera hablar de ello para decir que así me supe un pecador, si es que soy cristiano, como mi padre. Porque no peco. Porque Dios es fe, esperanza y amor. Ellos no lo creerían en mí. Primero creerán ellos en Dios que creer que yo creo en Dios también.

            Como mi padre. Que quizá no creía en Dios, por más que auténticamente creyera en la Iglesia. Ese hombre oscuro, que más de una vez, me atrevo a decir, mató, decía creer y obedecer a Dios. ¿Era cierto? ¿Lo creía? ¿Era su Dios lo que yo considero Dios, la misma especie de cuerpo luminoso?

            ¿Qué es lo justo? ¿Que no pueda vivir descalzo sin perder el derecho a calzarme de vez en cuando? Tengo que decretar que los niños pueden andar descalzos en las mazmorras de alguna nación que yo conozca por casualidad. A veces, de cosas así llegan a convencerme. Y es cuando río, cuando reitero que no es hallar culpables a un crimen, sino decidir si su crimen es imperdonable o no. De cualquier manera, pueden llegar a cometerlo sin que yo pueda impedirlo. Sólo soy el juez. Le pregunto a las palmeras si Bagdad merecía caer, porque yo no sabía que había caído. Les pregunto sobre Constantinopla y el ejército bizantino. Porque tengo que decidir. En todo momento y, ya lo he dicho, sobre diversas situaciones y actores. Actores que saldrán del papel y reirán, como yo río. Mas, ¿y si corro hacia la orilla del mar, gritando: “¡Me quieren hacer juez, soy un juez, un juez, maldita sea! ¡Tengo que serlo hasta según documentos firmados por el Gobierno Federal y la CIA! ¡De un testamento, un pleito, de un amor, de tantos crímenes! ¡Llévenme, sáquenme de aquí!”? Entonces, perdería casi todo. Seguiría siendo el juez. Sólo el poder, el poder que, entre tantas cosas, me hace juez, ese poder no perdería, en la barca que me recogiera, bajo el Sol a través de la sal quemándome, antes de que me intercepten los guardacostas para decirme que me baje, y recupere el resto de mí que no es el poder, y llorar a los pies de mi mujer. ¡A los pies de mi mujer! ¿Por qué? ¿Por París? Por lo que, en efecto, sé. En la silla dorada y roja vi cruzar las piernas, en unas medias negras exquisitas, a Sofía. Llevaba los labios pintados como un corazón y el cabello casi suelto. Era hermosa en verdad. Hallar a mi mujer aquí, ¿viendo todo? Por no vivirlo. Ahora, sólo pido no caer a vivirlo, pues, además, no habría de dejar de verlo también.

            El hombre atacado por la tormenta del cielo. Está en los brazos desnudos de su mujer, en los brazos de sus besos. En los humos de sus vicios, de lo que les pregunta a las palmeras, a la arena, si Roma est bonum o si Romae malum est. En las percusiones que con su viento frío de la noche púrpura bajo el techo de palma están entrando a ese lecho. Yo. Decidiendo. Pero, antes de decidir, decido. Haré mi fallo, diré lo que es y lo que tuvo que ser lo que es, cuando sienta que algo me está masticando el interior del cuerpo, como guerrilleros palestinos corriendo cual agua viva por las cavernas de mi Tierra. Viviré para eso, para cumplir mi deber. Años, ¡más décadas, chingao!, antes de que suceda lo que está bien que llegue. El SIDA no me mató. Gracias, sobre todo o únicamente, a mi padre.

            Y como me estaré retorciendo de dolor y desagrado, juzgaré a todos libres de castigo alguno que se compare a mi situación médica, observable, pero intangible ya. Y sólo quedará juzgar a Dios, por lo que siente mi cuerpo, y caeré en la arena. “No inocentes, sino que no hay proceso, ¡no hay proceso, entiéndanlo, y escúchenme!, no sientan esto, no. Yo lo puedo sentir porque soy inocente, sí, ¡soy inocente!, soy el juez, ¿lo ven? Y puedo retorcerme en el Infierno sin necesidad del fuego”. Tendido. Como un cadáver yerto, ni tumbado lo soportaré.

            A la mañana siguiente, pasará un pescador y lo saludaré desde lejos moviendo el brazo y la mano.

            –¡A las palmeras! –le gritaré con entusiasmo.

            Él no escuchará la primera vez.

            ¡¿Cómo dice?!

            –¡Escojo a las palmeras! –repetiré alegremente, gritando.

            –¡¿Para qué?! –él preguntará.

            Yo no responderé y él seguirá caminando después de despedirnos cortésmente. Voy a pasar una cuerda por una de mis palmeras. Terminaré con eso. Jesús pudo tolerar el calvario en la Cruz. Yo no, porque mi calvario es más horrendo, consiste en sentir los mordisqueos de creaturas vivas dentro de mí. No señor. Después de cuarenta años de esta vida, después de cinco más, la Luz del que perdono, mientras ellos considerarían imperdonable al Señor que nos ayuda a sacrificar un animal que sufre. Mi padre lo sufrió una tarde, yo un par de días, mientras crece, mientras juzgo se vuelve insoportable. Los siento, a los parásitos, mientras puedo verlos en el hielo sucio donde están clavadas las cervezas que me tomo desde hace más de cuarenta y cinco años. Sé que vienen de ahí. Llegaron a donde no llega ninguna inyección. Me enloquece saber que están vivos, que no es una inflamación muscular, sino el dolor de una herida. No vomitaré sangre. No me dolerá la cabeza. El último trago de vodka. Salir cojeando del dolor a la cuerda que preparé, mientras mi mujer llora.

            –¡Vivan! ¡Vivan! –gritaré antes de colocar la horca en mi cuello.

 

FIN

 

Eric

Agosto, 2025

Qro., Qro., Méx.

 

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