EN EL CAMINO DE GABRIEL (Cuento)

 

EN EL CAMINO DE GABRIEL

 

“Abriré mi boca en proverbios; hablaré cosas escondidas desde tiempos antiguos”

SALMOS, 78, 2.

 

 

            Con su cabello delgado, rubio y oscuro, poco; con su ropa formal, modesta y muy usada; con ese rostro que entregaba la virilidad al desasosiego, Gabriel andaba el camino que él no sabía por qué andaba. El Sol parecía aullar el ruido de los guijarros bajo sus pisadas, con su luz haciendo imposible el silencio que se sentiría ante ese cielo despejado y pálido, casi blanco, entre las construcciones de piedras esculpidas, pintadas de colores poco comunes pero discretos.

            Era el llamado a la incomprensión.

            Gabriel abrió los ojos, y, a través de la ventana manchada de salitre, vio el mar. Un mar que estaría muy frío en ese momento del año. Aún no invierno, tan lejos del verano.

            Bien, tenía que escribir, se dijo. Lo hizo. Escribía sobre un dilema, la reflexión vendría como dentro de un huevo en la historia: Un grupo de mongoles convence a la guardia militar de una pequeña ciudad musulmana a unirse a ellos en la devastación, el hurto, las violaciones contra ella. A cambio de ello, no sólo gozarán del más violento y voraz libertinaje, sino que también salvarán sus vidas.

            El dilema estaba en lo siguiente: ¿Para qué unirse a los mongoles, si morir por Alá y sus fieles era, literalmente, tan placentero y conveniente como el devorar una ciudad y seguir viviendo? No habría por qué entregarse a una engañosa liberación.

            Una historia de amor, difícilmente. Su primera taza de café ya estaba casi fría, y se sirvió la segunda.

            Al caminar vio, ya que había anochecido, a sus lados, su propia derrota. Era un airecillo tranquilo que le hacía bajar la mirada al suelo. Pero no parecía algo grave que todo a su alrededor estuviera triste. De algún modo, el camino lo protegía de su propio caminar.

            Una historia de amor. Miró la pantalla, sus letras, el indicador parpadeando. Verónica, él lo sabía, no tardaría en engañarlo, o quizá ya lo había hecho. En cualquier momento cruzaría la puerta de entrada, en lo que él escribía o veía por la ventana. Y ella lo hizo, la cruzó, con bolsas del mercado en los brazos.

            Desde su silla él la miró. Parecía vulnerable revisando dentro de las bolsas a mitad de la cocina, con su cabello de salón, sus curvas todavía jóvenes y blancas, sus labios frutales y enormes, bellos. Verónica era una de esas mujeres que un hombre no ve hermosa, sino, más aún, la sabe hermosa. Indiscutiblemente hermosa.

            –¿Estabas con Terry? –le preguntó Gabriel.

            –Eh… Sí, estaba con Terry –ella respondió–. ¿Por qué?

            –Porque pasas mucho tiempo con Terry.

            Verónica interrumpió lo que estaba haciendo. Colocó una mano en la cintura e, inconscientemente, ladeó un poco sus caderas. Lo miró, con una mezcla de apatía y desafío.

            –¿Algún problema con que pase todo el tiempo con Terry?

            –Vaya; yo dije mucho tiempo, tú dices que todo el tiempo: ¿Lo ves? ¡No es natural!

            –¿Qué no es natural?

            –El tiempo que pasas con él.

            Verónica continuó ordenando el mercado.

            –¿Entonces? –preguntó Gabriel desde su escritorio.

            Verónica, en un desplante de ira, arrojó al suelo lo que tenía en la mano.

            –¡¿Entonces qué?!

            Gabriel nunca la había visto tan molesta. Verónica casi corrió a la recámara.

            Él sólo quería que ella le dijera si tenía un amante. Gabriel se levantó de su silla, con unos cuantos pasos entró a la cocina, y revisó qué había tirado al suelo Verónica. Era un bote de cartón de leche, abierto por el golpe, escurriéndose lentamente en el piso de la cocina, que Gabriel trapeó.

            Acercarse a ella, respirarla. Decir “Mi amor, te amo”, besarla sin el permiso de sí mismo. La extrañaba. Gabriel, en realidad, aún la amaba. Sabía que perderla le sería algo imposible de aguantar. Además, también sabía qué era engañar a una pareja. Si Verónica sentía con alguien más lo que Gabriel sintió con Rita y que fue inolvidable, él podría vivir con ello. Preferiría que no fuera así, pero hasta sentía que se embellecía su carácter de mujer sensual, de Verónica en sí. Él quería preguntar si podía pasar, olerle el pelo, besarla en las mejillas, en el cuello.

            –¿Verónica? –Gabriel preguntó al tocar la puerta.

            –¡Déjame en paz! –dijo Verónica, al otro lado

            –Vamos, amor, déjame entrar…

            –¡Ponte a escribir!

            Gabriel bajó la mirada al suelo, y suspiró. Regresó a su mesa de trabajo y se dejó caer sobre la silla. Por pasar la mitad de su vida huyendo de las fatigas del desamor, él se hallaba exhausto cuando el amor llegó. Ahora, quizá, él era una horrible aburrición humana para ella, se decía Gabriel. Pero eso no significaba no ver a su velero favorito por la ventana. Era un velero en cuya cubierta se encontraba un material, algún objeto, que emitía, al reflejo del sol, una estrella blanca de luz. Escribió una frase, luego otra. La historia iba bien; antes de la redacción del cuento, Gabriel ya la tenía escrita.

            Como si bajase directamente de la luna, un halcón interrumpió el caminar de Gabriel, pero no el camino. Él se supo humano, se sintió devastado por dentro, casi culpó a su imaginación por soñar. Ahora sólo quería seguir caminando, pero el halcón de lo real lo impedía, aleteando fuerte y lentamente las alas, abriendo sus garras.

            El halcón se fue. Gabriel no hizo nada, y se fue.

            Era tiempo de una tercera taza de café. Mejor ir por ella a la Tienda de Maggie, y comprar un periódico. Esperaba encontrar a Ralph, el comisario de la Policía local que siempre estaba comprando mentas o preguntando si todo estaba bien a la hija de Maggie, Roseanne, que el oficial conocía desde que estaba en el vientre de su madre, cuando ésta acababa de abrir su tienda en el pueblo. Ralph, por ejemplo, decía que el condado seguía siendo un pueblo, que debían ser realistas y, unidos, aceptar que todavía no era una ciudad el lugar donde vivían.

            –Y Maggie lo sabe –decía.

            Gabriel entró a la Tienda de Maggie. En lugar de la pequeña campana que cascabeleaba cuando alguien abría la puerta del local en tiempos de la fundadora, ahora un sensor láser identificaba cuando entraba un cliente, a través de la puerta automática, y emitía un pitido no del todo agradable.

            –¿Qué hay, Roseanne?

            –¡Gabriel, hola! ¿Cómo está el macho más afortunado de Sea-Land County?

            –Ah, ese… Ya no soy yo.

            El rostro de Roseanne se ensombreció, pero una sonrisa se mantuvo, trémula, ahí, esperando haber entendido mal.

            –¿Por qué, qué pasó?

            Gabriel recargó ambos codos en el mostrador y cruzó los brazos. Su rostro, sonriente, triste, inclinado hacia Roseanne, sólo dijo:

            –Creo que tiene algo con Terry.

            Roseanne se tranquilizó, pero una nueva correntada de energía la invadió.

            –Algo he oído… sí. Pero, vamos, Gabriel, tómalo sólo como una fase. Ni siquiera creo que estén durmiendo juntos. Es sólo que, ¡bueno!, todos somos humanos, seamos o no ciudadanos de este país… ¿Estás muy mal? –le preguntó Roseanne a Gabriel, invitándolo a desahogarse calladamente.

            –No lo sé.

            ¿Qué podría yo saber? ¿Quién podría yo ser? ¿Qué voy a sentir? Esto es sólo el comienzo.

            –Perderla sería… ¡Sería tan humillante, ¿sabes?!... No sólo socialmente…

            –Lo social es lo más efímero del mundo, Gabriel.

            –Sí, pero la humillación también sería psíquica. La psique no es efímera, Roseanne. Perder, no tener a la mujer más bella que jamás conoceré, no escuchar su voz pidiendo más, sus ruiditos de amor emitidos por su trompita de pato gigante al acariciar su frente, abrazados… Su olor, Roseanne… Mi psique, además, culparía a alguien por la humillación de no tener a Verónica…

            –Detente ahí, amigo; si ya ni tuvieras a Verónica, nadie tendría la culpa, ¿por qué? Dile eso a tu psique.

            –¡Díselo tú! La psique es un organismo sordo con un cuerpo hecho de orejas inmensas por donde entran toda clase de sonidos. Si mi psique fuese razonable creo que escribiría mejor. Sin embargo, Roseanne, creo que mi psique, frente a Verónica, se ha vuelto demasiado vulnerable. Creo que se quiere suicidar.

            Roseanne volvió a preocuparse.

            –¿Quién? –preguntó confundida.

            –Mi psique –respondió Gabriel.

            –Mira, ve más despacio, porque no te estoy entendiendo. ¿Tu psique será la que sufra la humillación o la que te humille a ti? Eso no lo entiendo…

            Gabriel volvió a enderezarse. Suspiró como suspiró ante la puerta de la recámara.

            –Mira… Sólo te lo digo, eso es todo. Porque, al final, si no tiene uno amigos…

            Roseanne casi soltó una risotada alegre y amigable, y se pasó al otro lado del mostrador mientras decía:

            –¡Oh, vamos, Gabriel! ¡Por supuesto que para eso estamos los amigos, viejo, para lo peor y lo mejor! Ven aquí, muchachote, y dale un fuerte abrazo a Roseanne.

            Se abrazaron, Gabriel no pudo aguantar el llanto y Roseanne le hizo un descuento a su café, que él llevó a la pequeña banca fuera de la tienda con su periódico, para leer un poco y ver a la gente pasar, a los habitantes de Sea-Land County, o platicar un poco con Ralph, quien no tardó en aparecer, saludar a Gabriel, entrar a la Tienda de Maggie y volver a salir.

            Sin mirarlo directamente, como reflexionando sobre él, junto a Gabriel sacó una pastilla de menta, del tamaño de un bombón, de su envoltura, que era sólo un delgado papel blanco. Como mirando al horizonte, el comisario Ralph dijo:

            –Sí, Gabriel, los días no son fáciles para hombres como tú y como yo, sin pretensiones… Maggie me dijo que sabes más que bien que, en un par de ocasiones, hemos visto a Verónica con Terry.

            Gabriel condujo la mirada hacia el mismo horizonte imaginario de Ralph.

            –Entonces, es cierto…

            –¡Bueno, Gabriel, sólo los hemos visto juntos! Lo que pasa realmente, sólo Verónica y él lo saben, ¿sabes a lo que me refiero?

            Gabriel sabía a qué se refería el comisario. O tal vez no. Quizá Ralph sólo estaba hablando de aquello que Gabriel estaba viviendo, creer que tu mujer te ama, aunque esté viéndose con alguien más, creer que va a quedarse contigo, que no se va a ir, que eres para ella y ella para ti.

            –En Sea-Land County no hay mucho qué hacer con la ley –continuó el comisario–. La gente que no sigue la ley, no la rompe. No la ve. Si un habitante comete un homicidio, el habitante va a la cárcel. Ayer en la tarde, justamente, tuve que asistir a la escena del crimen de tres mexicanos asesinados. Dos de ellos eran ilegales. Pero trabajadores, no pienses que no. Tampoco pienses que me dio gusto verlos así, muertos, baleados. Yo no soy así, yo sí creo en la ley, para no cumplirla, para que cuando vea a dos chicos indocumentados con la cabeza destruida por una pistola americana no me dé gusto, no me siente bien.

            Ralph se acercó más a la banca donde Gabriel estaba sentado, y se sentó junto a él.

            –Fue un lío de faldas. La chica confesó haber estado jugando con uno de los mexicanos y con un chico negro recién llegado de Texas.

            –¿Él lo hizo?

            Ralph volvió a perder su mirada en el aparente vacío. Su quijada se movió en un gesto para él inconsciente, y dijo:

            –Sí. Él los mató. Está bajo arresto y el fiscal del distrito estará pensando en pedir pena de muerte. Pero, ¿pena de muerte? No creo que lo consiga –siguió hablando el comisario lentamente, gravemente–, por más que los dos chicos ilegales fueran menores de edad. El residente tenía más de veinticinco años y, parece ser, había confrontado y agredido al chico que lo mató, más de una vez… Eso también es Sea-Land County, Gabriel. No tiene que ser una ciudad para que haya muertos… Tú y Verónica –volteó Ralph la mirada hacia Gabriel–, me atrevo a decir, son, para mí y desde que los vi juntos por primera vez, una pequeña linda parejita que no necesita el matrimonio para amarse por completo…

            Ahora fue Gabriel quien volteó la vista hacia el comisario. Parecía cansado, y, además, no sabía qué pensar de las palabras de Ralph.

            –Creo que ella está aburrida de mí.

            Su respiración, mientras seguía caminando, se volvía calma, y sentía que en sus pulmones se habían metido las estrellas. ¿Estaba salvado? ¿El halcón regresaría? La realidad contra la vivencia, contra la verdad. Podía tocar el suelo de su derrota, podría lamer su dolor, si acaso había uno.

            Al entrar a casa, vio a Verónica en la cocina, fumando un cigarrillo. Por su semblante, Gabriel supo que ella había estado llorando.

            Se preguntó Gabriel si ella estaría llorando por él. Sería halagador.

            Verónica no dijo nada. Gabriel, tan torpe, no se dio cuenta que era su turno para decir algo, lo que fuera.

            –¿No vas a decir nada? –le preguntó, finalmente, ella con una voz queda y fatigada.

            –Pues… Que te amo. Que creo que estaba vez yo no he tenido la culpa…

            –¿No?

            –No. Considero que es normal sentir un poco de celos, ¿no crees? Especialmente si tenemos en cuenta que, bueno, sería humillante para mí en todos los sentidos perderte.

            –¿Eso es lo que te importa? ¿Lo que piense la gente?

            –Lo que piense la gente es lo que menos me importa en esta vida, pero me importa lo suficiente como para no meterme en un lío ahí ¿sabes?... Además, hablo de otra clase de humillación. Una humillación personal, apasionada, única, mutante, insólita si te perdiera, si no vinieras a dormir todas las noches, mi amor.

            –¡¿Y lo que estás escribiendo qué?!

            –¿Qué estoy escribiendo?

            –Esa historia contra las mujeres.

            –¡¿Qué?!

            –Sí. No creas que no me he enterado de qué trata tu nuevo cuento. Es sobre musulmanes.

            –Sí… Lo es. Sin embargo, espero que no vayas a decirme que por ser sobre musulmanes es misógino.

            Verónica colocó una mano en la cintura, ladeó su cadera, clavó su mirada inquisitiva en Gabriel y, por inercia, preguntó incrédula:

            –¿No?

            –¡No!

            –¿Y cómo supones que iba yo a saberlo, si nunca me hablas de lo que escribes?

            –¡¿Nunca te hablo de lo que escribo?! ¡¿Cómo puedes decirme eso?!

            –¡¿Acaso estoy mintiendo?!

            –¡Fue tu idea que yo no te hablara de mis escritos! ¡Me hiciste prometértelo con una ceremonia ritual frente a una fogata, quemando uno de mis libros ¿recuerdas?!

            –Eso fue hace mucho tiempo, Gabriel…

            Gabriel lo vio. En su rostro, en su voz rasgada por el humo. El amor.

            –Vamos, Verónica… No te vayas.

            –¿Irme? No, si yo no me voy a ninguna parte. Eres tú quien va a dormir en el sofá.

            –¿Sofá? No tenemos un sofá.

            –Claro que sí, ese.

            –Ese es un sillón, Verónica, pensé que ya lo habíamos hablado.

            –No me importa qué sea…

            –No me podría acostar, tendría que dormir sentado…

            –Duerme de pie, si quieres.

            –Te repito que no, no quiero dormir de pie, no quiero dormir sentado, no quiero dormir de rodillas, no quiero dormir…

            –¡Para ya con eso!

            –Bueno, pues, ¿qué quieres que te diga? Quiero dormir contigo, Verónica.

            Ella cruzó los brazos. Lo miró. Lo auscultó con los ojos. De un momento a otro, relajándose su semblante, dijo:

            –Tengo que irme. Regreso pronto.

            –Espera.

            Verónica, buscando su bolso, preguntó:

            –¿Qué?

            –¿Estás durmiendo con Terry?

            –No, duermo aquí contigo, en la noche.

            –Sí, claro. Sabes a lo que me refiero.

            Verónica detuvo su búsqueda de las llaves, y lo miró de frente, cerca de él, de su rostro.

            –Sí, Gabriel. Lo hice.

            –¿Y ahora… vas a ir a verlo?

            –No, Gabriel. Todos los hombres son iguales. Tú, sin embargo… Eres el que me gusta, Gabriel, me gusta dormir contigo a mí también. No quiero complicarme la vida buscando a alguien más.

            –Ni algo más.

            –No. Algo más sí quiero, pero lo vamos a buscar juntos, tú y yo, ¿vale?

            –Oh. Sí, supongo. Pero no tienes que hablarme como a un niño pequeño.

            –Mira, Gabriel, me tengo que ir ¿de acuerdo? Regreso antes de cenar.

            –Así que, todo… ¿todo está bien?

            –Sí, Gabriel, todo está bien… ¡Adiós, nene! –alcanzó a decir antes de cerrar la puerta.

            Solo, otra vez. Bien, lo de Verónica estaba resuelto. Se puso a escribir. Las oraciones fluían entre pequeñas consultas que hacía a un par de libros y a Google. Siempre fue un placer para él escribir.

            El velero seguía ahí. Casi nunca, en realidad, se iba.

            El general mongol regresa a la princesa iraquí a su príncipe. Sólo ella sobrevivió a la matanza. La ciudad no era otra cosa que el feudo de esos príncipes.

            Ah. Punto final. No esperaba terminarlo esa tarde. Rebuscó en los cajones de Verónica y encontró cigarrillos. Sólo uno, por terminar su relato.

            Caminando es tomado de las axilas, desde atrás de su espalda, por un hada gigante, amarilla, resplandeciente, que le levanta y lleva volando unos metros más allá… sobre un agujero sin fondo por el que Gabriel habría caído si no fuera por la mágica creatura, que se despidió de él, volando majestuosa, después de salvarle la vida. Un ser modesto y grácil, puro y, de cierto modo, también feroz.

            Podía dormir un poco. Lo consiguió. En el sueño es donde siguió caminando, aún pensando en cómo el hada le había librado de aquella muerte segura. Y entonces lo vio, frente a él, cerrando el paso. Un templo mayor, colorido, lleno de virtud, entre la noche. El templo le dijo ser el dios de su mediocridad. “¡No me lastimes!”, Gabriel pidió, y el templo le aseguró que no había venido al mundo a hacerle daño, sino a informarle oficialmente que sus holocaustos de mediocridad habían sido aceptados por la ley del mundo. “¡Enhorabuena!”, el templo exclamó. Y, finalmente, el templo le pidió regresar por la dirección en la que había llegado, para concluir su camino.

            A punto de oscurecer, Gabriel preparaba café en la cafetera. El sueño le había agotado. Pero lo intrigaba. Ahora encontraba tres dimensiones conexas y en su persona. Y ese camino, casi invisible, que le afectó el cuerpo. Era demasiado para él. Ya era hora, entonces, de empezar a trazar un cuento nuevo. Con la taza de café en la mano, se sentó en su silla a imaginar.

            Se imaginó a sí mismo viéndose desde la ventana caminar sobre el agua del mar como Cristo desde la orilla hasta llegar al velero de la estrella blanca de luz. Quizá ese era su regreso, ese momento que, aunque pensaba dedicarlo a su trabajo, resultó tan libre y apasionado. Gabriel pensaba que Dios, para los que creían en Él, era perfecto, pero ya sólo un dato científico, algo materialmente posible y forzado a permanecer verosímil en cuanto a Sí; mientras que Jesucristo, lleno de contradicciones, ofendido y difamado, golpeado, temeroso, pesimista, asesinado y hecho sangrar… es un animal completamente mágico y milagroso, pues es sólo el primer Beatle de la historia. Y Gabriel se preguntó si no quería ser Jesús, y no Dios, y poder sangrar y poder hacer sangrar a Verónica, al hablar, al hacer el amor. Pensó, además, en su escritura. Podía ser que terminara hasta escribiendo mejor, se dijo.

            Se abrió la puerta.

            –¡Hola, nene!

            –¿Quién es? –preguntó Gabriel, en la oscuridad.

            –¡Soy yo, Verónica!

            Gabriel pudo ver la silueta alargada en la sombra de Verónica contra la luz débil del pasillo, en el suelo, al abrirse y cerrarse la puerta.

            –¡Llegué a casa!

            –Si estás así de alegre, ¿por qué no abres una botella de vino?

            –¿Vino?... Si quieres.

            Gabriel se levantó de la silla. Prendió la luz para buscar algún pañuelo desechable, para limpiarse la nariz.

            –¿Cómo no voy a querer? Hoy acabé mi relato. Mi cuento.

            Verónica, que, podría realmente pensarse, no estaba consciente de lo hermosa que particularmente se veía esa noche, miró a Gabriel a los ojos, curiosa.

            –¿Sí?

            –Sí.

            –Y eso ¿es bueno o es malo?

            –¿Cómo que si es bueno o es malo?

            –Sí. Bueno o malo… para mí.

            –¿Para ti?

            –¡Sí! –exclamó Verónica y se colgó del cuello de Gabriel, quien casi se cae–. ¡Escribiste ese cuento porque me odias!

            Gabriel no pudo evitar reír, pero se recompuso, pretendiendo lo mejor que pudo, en un par de segundos.

            –Yo no escribo cuando odio, Verónica. A ti no podría odiarte, además.

            –¡Ah! Entonces, ¿sí escribes sobre mí?

            –¿Cómo?

            –Si no escribes cuando odias, escribes cuando no odias, y no me odias a mí, entonces sí escribes sobre mí, Gabriel…

–Verónica…

–¡Te odio, tigre…! –exclamó ella antes de soltarse a llorar corriendo hacia él.

            Gabriel la sostuvo en un abrazo cálido, animal. Y la sentía llorar entre sus brazos, con su rostro clavado en su pecho.

            –¿Quieres ir a dormirte un rato, mi amor? –le preguntó Gabriel, casi en un susurro, como si ya estuviera dormida.

            –No. Sólo llévame a la cama.

            Hicieron el amor como nunca. No era la primera vez que hacían el amor así, como si nunca hubiesen alcanzado ese placer. Quizá era la verdad. Sexualmente evolucionaban como pareja. Pero la lucecita, que parecía temblar, de la lámpara junto a la cama, junto con la tibieza del marrón de la pared, así como el camino, el camino aquél…

            El dios de su mediocridad. La ley del mundo aceptando su sacrificio sobre el altar.

            –¿En qué piensas, nene?

            –En lo que no pudiere yo ver… Puedo ver el camino, y creo que me puedo ver a mí –volteó hacia Verónica sobre la cama, bajo las sábanas opacas, arrugadas, limpias–. Puedo verte a ti, eso sí. Pero… –regresó a mirar hacia el techo, por la pared–, ¿qué hay de algo que fuera… realmente triste? Algo que pudiera hacerte pedir compasión para contigo mismo.

            –¿Triste como qué?

            –Bueno, pues como te lo estoy diciendo… Algo terrible. Triste y terrible.

            La pared pareció oscurecerse y la luz pareció temblar.

            –¿Como una guerra, mi amor? ¿A eso te refieres?

            –Sí. Como en una de esas películas europeas que ves. O como en mis cuentos.

            –¿Escribes cosas tristes, nene?

            –Sí.

            –¿Por qué? –le preguntó Verónica intrigada.

            –Por varias razones, pero, olvida eso… Hablo de algo sobre lo que yo no podría o no querría escribir. Algo así de triste. Como mi cuento.

            –¿El que terminaste?

            –Sí. ¿Miento, acaso, al hablar de algo verdadero pero que yo no conozco?

            –¿A qué te refieres?

            –A algo que escuché hoy, del comisario.

            –¿De Ralph?

            –Sí.

            –Siempre me manda saludos para ti. Es muy amable.

            –Nunca me dices que lo viste.

            –Está en todas partes.

            –Siempre que lo ves estás con Terry, y por eso no me dices que lo viste y que me manda saludos, chica, ¿no es eso?

            –Obviamente no, Gabriel. Tranquilízate, nene, ¡chispas!

            –Sí. Disculpa. Pero, a esto me refiero. Un engaño, una aventura, una separación. Sería triste. La gente empieza a medicarse de por vida después de un mal trago amoroso. Y la depresión, la ansiedad no se van del todo. Nunca. Muchos ni siquiera vuelven a amar. Otros, no dejan de hacerlo, nunca cesan de amar, pero a una sola persona en toda su vida, una persona que los hirió o a la que hirieron, que no tienen, que succionan todo…

            –Te entiendo. Sigue.

            –No es lo mismo a lo que acabo de vivir contigo.

            –¿Con lo de Terry?

            –Sí. Con lo de Terry.

            –¿Te pareció grave?

            –¿Grave?

            –Sí. Doloroso… o yo qué sé.

            –No. No. Y… Y ese es el punto. Lo que para mí no es grave, como tú dices, para otra persona es el infierno. Y ese infierno es sólo tristeza. Lo que el recolector de historias de guerreros militares ancestrales no podría soportar en la mirada de un joven soldado que acaba de perder a un amigo… ¡o a su pierna! Y de tanta tristeza, el recolector de guerras legendarias, dejaría de creer en la Historia y en el arte de escribir. Porque no quiere esa tristeza.

            Verónica reflexionó. Volteó hacia Gabriel y se apoyó en un codo para decirle acostada sobre su costado:

            –Al contrario, nene. Lo que ese recolector quiere es esa tristeza. El recolector que continúa trabajando…

            –Escribiendo.

            –Escribiendo, es el recolector que quiere su trabajo y no la tristeza. Él cree en la Historia, pero si creyera en la tristeza, no creería en esa Historia, esa Historia que le alejó de la tristeza.

            –Pero… ¿Qué pasa si no se va? La tristeza es…

            –A veces, nene, la tristeza no es tan mala.

            –¿Aunque sea insoportable?

            –Eso es lo que dicen.

            –¡Exactamente! Eso es lo que decimos personas como yo: ¡¿Estamos haciendo mal?!

            –Dios, Gabriel, tranquilízate, nene, ¿estás bien?

            –Sí… Sí, sí estoy bien. Te lo aseguro. Estoy bien.

            –¿Sí?

            –Sí, todo bien… Todo bien.

            –Me ibas a decir algo de Ralph.

            Gabriel lo recordó.

            –Sí. Me habló de algo que vio en su trabajo.

            –¡Dios mío! ¡Siempre te cuenta algo que vio en su trabajo y terminas perturbado una semana!

            –Sí, lo sé, calma, calma. Es sólo que, esta vez es diferente.

            –¿Ah, sí? ¿Y cómo es diferente, dime?

            –Porque eran unos chicos sin nombre, sin identidad. Unos chicos mexicanos. Eran apenas unos niños.

            –Cielos… ¿Qué les pasó?

            –Los mató un chico, por una chica. Parece ser que… –Gabriel se detuvo.

            –¿Parece ser que qué, nene? ¿Qué pasó?

            Al borde del llanto, Gabriel dijo:

            –Parece ser que el calibre era muy grande y… y los dejó sin cabeza.

            –¡Oh, Dios mío!

            –Lo sé, lo sé, nena… –Gabriel tomó su mano–. De un momento a otro, deberían estar en la escuela, en su país… ¡y les vuelan la cabeza!

            –¿Eso fue aquí?

            –Sí.

            –En Sea-Land County.

            –Sí, en Sea-Land County, te lo estoy diciendo.

            Ambos despertaron al mismo tiempo, pero pasaron varios minutos antes de que abrieran los ojos. El primero en levantarse fue él. Iba a salir de la recámara para darse un baño, cuando escuchó a Verónica:

            –Tal vez, sí lo haces, ¿sabes?

            –¿Qué?

            –Vivir y leer y escribir esa tristeza, esa tristeza insoportable. Sólo Dios no sufre, y Dios es el único ser vivo en el que no crees. Pero crees en Jesús y crees en Los Beatles. Estoy segura que ellos sufrieron.

            Gabriel sonrió. La recámara olía a ella, a sus pechos cálidos.

            –Gracias, mi amor.

            El velero frente a él, tras el salitre de la ventana. La estrella blanca de luz.

            Después de tomar una taza de café, fue a tomarse la segunda a la tienda de Maggie.

            En la banca, pensó en todo. En una concepción universal del olvido que, estrictamente, debe recordar algo para olvidarlo, vivirlo para desaparecerlo. Un próximo cuento, sólo café y Verónica, cualquier cosa le esperaba ese día.

            Esa mañana se había mirado en el espejo. Sus dos ojos redondos, duros como canicas, de color azul celeste, muy claro.

            Gabriel había visto ojos así en otros como él, que los tenían. En ellos veía ojos vacíos, huecos, ausentes. Pero él no, él veía en sus ojos la vida que no veía en los ojos de su raza. Nunca lo decía, pero a él le habría hecho feliz ser afroamericano. Sabía bien que Verónica estaría encantada con un chico negro que rapeara en las calles. Los había visto en ese espejo, el de siempre, el de Verónica y él. Suspiró de amor.

            El comisario Ralph salió de la tienda de Maggie desenvolviendo su gruesa pastilla de menta.

            –Gabriel.

            –¿Qué tal, Ralph? ¿Cómo va todo?

            Ralph dio unos pasos hacia la calle. Miró en ambos sentidos. Lentamente, dio la vuelta y se dirigió hacia la banca, junto a Gabriel.

            –No muy bien, Gabriel. No muy bien personalmente. Podría ser que todo esté bien con mi mujer y con mi nómina, pero en lo personal, no está nada bien.

            Gabriel se enderezó sobre la banca.

            –¿Por qué, Ralph? ¿Todo bien?

            –Los dos menores, los que mató el chico negro…

            –¿Sí?

            –Eran salvadoreños. Pandilleros iniciados.

            Ralph guardó silencio, como si esperara que Gabriel entendiera el alcance de las cosas.

            –¿Y eso qué puede significar, Ralph? –le preguntó Gabriel, cautelosamente, como si buscara la confesión de un niño.

            –Lo peor.

            –¿Y qué es lo peor?

            –¡Una puta guerra de esta puta gente que es puta basura! ¡Eso es lo que puede pasar, Gabriel! ¡Eso es lo que puede pasar!

            No le sorprendió a Gabriel que la gente alrededor se helara, de repente, y, luego, volviera a moverse, como si nada hubiera sucedido al comisario en esa banca, tan molesto, junto al hombre aquel que llevaba ahí toda la vida pero que era de otra parte y que escribía o una peculiaridad así, gritando de esa manera. Ralph volvió a mirar a Gabriel.

            –Esto puede ser un maldito desastre, Gabriel, un desastre, ¡¿me oyes?!

            –Lo oigo, jefe, sí.

            –Gente que va a morir, gente que se va… a morirse. Policías, civiles, norteamericanos.

            –Pero, Ralph, ¿cuántos pandilleros son necesarios para hacer una guerra?

            –Con dos grupos de quince cada uno, se levantaría el Juicio Final, ¡EL JUICIO FINAL!

            Gabriel saltó en su asiento. Puso una mano sobre el hombro del comisario, intentando tranquilizarlo.

            –Estos chicos tienen más misiles que ropa, Gabriel, entiéndelo ¿sí? Porque si no lo entendemos, si no lo creemos, estamos jodidos ¿me oyes? ¡JODIDOS!

 

FIN

Eric.

Agosto 4, 2025

Querétaro, Qro., Mex.

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