NO HAY TRES BRUJAS, SINO UN ESPÍRITU (Cuento)
NO HAY TRES BRUJAS,
SINO UN ESPÍRITU
Sebastián corría en el túnel de
la ciudad y de la vida, era el viajero de la historia: El viajero en el Tiempo,
pues hay Tiempo sin historias, pero no hay historias sin tiempo. Pudo cruzar en
su carrera, el sueño del señor Obrera: Era el señor Obrera ya un fantasma.
La historia
que escuchó de su madre.
Era un
remolino de sensaciones entreveradas. La realidad parecía una esfera hueca
hecha de pulpa y lágrima que escondía el fruto prohibido de la verdad. Corría
entre muros de ideales y con su juventud. Quizá dejaría todo atrás, alguien le
diría; pero, él lo sabía, sólo estaba acercándose al todo de ello.
La silueta
de un rostro ladeó la posición de la cabeza. Los ojos abiertos, de luz.
***
Ella
imaginaba, al pasar el dedo a través de la hoja de su cuchillo de cocina, el
filo de la muerte del señor Obrera, la línea del sesgado tejido carnal, el
vómito de sangre que hace el cuerpo luego de dichas heridas. Como una especie
de marrano, chillando ante su muerte o castración. Podía verlo retorciendo su
hocico ancho y rosáceo, contra su propia sangre y dolor de marrano. El señor
Obrera, en cambio, la encontraba a ella una mujer encantadora, discreta, buena
para su marido; y ni siquiera sospechaba que ella, Leticia, le dedicaba más de
un minuto al día en sus pensamientos, cuando pensaba en él tanto como si
estuviera enamorada. Pero, no, al contrario, lo odiaba y soñaba con asesinarlo.
Si lo asesinase, su marido, Pedro, ocuparía el puesto de la vicepresidencia de
la empresa. Una empresa bastante grande…
Saboreaba
su muerte, y se la representaba a ella misma. Matarlo y recibir un triple de
ingresos mensuales, ella para su marido, era algo que Leticia se disfrazaba en
la imaginación como el rostro, inflamado por una tensión enorme y sudorosa, del
señor Obrera perdiendo un ojo. La salido del globo ocular inflado, empujado por
una plasta dura y oscura de coágulos que eran el verdadero cerebro del
vicepresidente, su alma: $. Como una bolsa de cuero abierta y desguanzando
fajos duros y gruesos de dólares verdes.
Su marido,
tomaba una copa de coñac con el señor Obrera, por ejemplo: Era como una esfera
de luz entre su mano, cual proyecto cuyo resplandor fuera hacer de urgencia una
maqueta, unas estadísticas, una conclusión, la conformación de la vida. El
señor Obrera chasqueó la lengua y dijo que qué buen brandi, que por eso lo
pidió. Redondo por comer tanto, cubierto su globo estomacal por su corbata
amarilla y cara, de un hombre que le pone su atención, con su traje oscuro. El
pelo cano y casi desaparecido por completo de alrededor de su cráneo y que,
apenas sobre las orejas, se asomaba corto y gobernado; igual el bigote, un
triángulo firme y delgado, discreto. No tenía una sonrisa, pero jamás se podía
molestar con nada ni nadie, ni cuando despedía a alguien con justicia. Era un
justiciero del dinero, de las cuentas. Pedro, con él, sintió el golpe y el
oleaje de un trago fuerte de brandi. Era exquisito, casi como un coñac
grandioso. El señor Obrera acercó su copa a la boca, la inclinó y, luego, metió
la punta de su lengua en el brandi, donde la dejó varios segundos. La retiró.
Dijo que el dinero así puede saber a las manos. A un crepitar de la carne
propia. Y decía que para eso eran las rameras. Continuaba hablando y hablando,
predicando a la mano derecha de alguien más pero que era de importancia
inmediata a él en la empresa. Hablaba de culos, prestaciones, un rancho y tener
nietos. Pero todo era virtud del dinero, de esa madre que avienta a su cuerpo
del cuerpo.
Quizá con
un taladro… Leticia pensaba y dibujaba esas escenas brutales, esa corporalidad
de la muerte y el dinero del señor Obrera, ella, muy mujer, muy dama, pedazos
suaves pero inmensos del interior del vicepresidente, la extendería a su
marido. Le daría besos, le masturbaría. “¿Quieres matarlo? Por favor,
¡dímelo!”, le dijo alguna vez en la cama, cuando él la giró para tenerla debajo
de él y abiertos los pechos. Él fingió no escucharla o no comprenderla. ¿O
fingía no tener interés en ello? Leticia se lo decía: “Amo a mi marido”. Un
corte, una rebanada de hígado casi negro, y que las fauces de Pedro mordieran
un buen trozo. Un rito, como un rito, ella se decía, satánico. “Pero ¡yo qué sé
de Satanás!”, se reía de sí misma, pero no dejó de volverse una obsesión esa
idea suya, descarapelada ante sí misma, mostrando un corazón de almíbar rojo y
duro, que ella mordía hasta causarse cosquillas en las encías de su mente. ¡Era
tan posible, y su marido ni se movía, ni la escuchó!
***
Conforme
se da cuenta de que ya va aceptándose muerto, se vuelve y se vuelve más y más
una especie de higo obeso y colgante, a punto de estallar. Él está muerto y fue
una muerte sangrienta, pero él ya tomó una conciencia de vientre de higo: Él
pasa al estado del viaje colosal, de la aventura resbaladiza y temprana de
recorrer los túneles del Más Allá:
Cruza
una raya de luz de un sol encima, de un cielo igual, pero otro, tras una gruesa
mica, planeta de la entidad. Sus manos tocan la mica, por la que se desliza, de
pronto, una enorme serpiente: Las manos quieren salir, pero tocan la mica. Con
un taladro ve su mano perforar la mica, que se hace añicos luego de perforarla
varias veces y golpearla con la misma herramienta: Algo grita en él: Soy el eco
que me avienta este aire caliente, esta pradera seca que sufre del frío
invernal: El aullido viene luego de la línea del sol, del cielo abierto y
flaco.
Al
tornarse a una posición apoteósica como dama del Karma, la serpiente a su alma
hecha mujer rodeó para que encendiera sus curvas como anuncio de neón para un
bar de estriptís donde se engrasan camioneros y licenciados por igual: La
cadera rodeada del rosario de Brahma, porque de hombre el señor Obrera iba con
sus hijas a la misa del domingo: Cuando, Cristo roto, al haber fronteras, balas
que caen del racimo de tus altares, especulaciones firmes de mi doctrina,
espejos de caras de santos muertos en la álgida nota del órgano de catedral
para esos mártires de la fe, pila bautismal, donde cubierto el pene dormido de
agua de un río de Jesús Nazareno se acercan los lirios de racimos sin panteón
en los sueños violentos cuando son de carne y con hechos; sí: Cristo, Cristo; a
la función idílica, luego más arte henos de haber, ha la luz que he visto bajar
(¡Paloma!) al altar de estos hombres, en un silencio con razón (¿qué es un
pronombre?) porque implosivo bajar veo la luz por el vitral, Espíritu Santo,
deidad sagrada; la campana, la campana; la subida, compañeros, de Jesucristo
Nuestro Señor a las Alturas, seguido de la Virgen María; manos que se
estrechan, palmadas en la espalda y feroces sonrisas alargadas y delgadas. De
ahí, de su cuerpo salió el precisar de los cosmos: El señor Obrera es elegido
La Reina de Las Galaxias, porque su espíritu ha trascendido a un campo
superior: Su pubis, es la tierra que es la carne aún fértil entre los dientes
macizos de Dios; su pezón de niña gorda y sonriente, el grosor de su tronco
perseguido por sus pies ya de diosa, y cómo alimentan angelillos su boca,
pedazos de ate ensanchan su garganta al bajar por ella. El señor Obrera da de
su nueva maternidad alterna una burbuja de ectoplasma que es el semen de su labio
tranquilo: Es sólo su conocerse, su rueda maldita para el suspiro que es sobre
la lápida la tradición si tan amarga, esa esperma, esa medusa, es un trozo de
ectoplasma para recordar su nombre, para recordar su firma, para rezarle al
muerto.
El
fantasma rechina ante la cara de Leticia. Ella grita, porque lo recuerda. Pero
él ya: Cruzó, en un cavernoso suspiro, la raya de fuego terso que separa la
Tierra del Más Allá, donde no se deja jamás atrás, el pecho del señor Obrera,
cuando era un niño, los frotamientos de crema de eucalipto que le hacía su
madre contra la tos; su conocer los dulces. Y esa lengua, de abajo arriba, como
una penetración de lanza española, de esputo espumoso, verde, lacerado. Esa
lengua herética del papel de sus oídos, de sus contrarios, de un cierto ensoñar
con preguntarse, preguntarse qué? Y dentro de la boca los dedos, llenos de él,
cuando cometía esos pecados.
Un Más
Allá donde se juzga a lo más frustrante de la Tierra, pero se castiga así el
recuerdo de lo más bueno y gozoso de ella. ¿Látigos? ¿Lo que se dice látigos?
Los vio. En todos lados, gente esclavizada, herida. Y seguía caminando, hasta
hallarla a ella, la madre de sus hijos, una atractiva esclava que siempre era
castigada, tanto como el que más. Y al recibir los latigazos, ella le decía al
látigo: “Tú y yo, nene, nos vamos a ir juntos algún día de aquí, a ser
felices”. Ella las parió, como gajos de una toronja saltando, y luego a
Ponchito, como una alubia saliendo de su madre: Ella, los perfumes de noches
incluso con sospechas y las mejores para él, para ella, para su ilusión, su
piel negra y brillante de la billetera que mantenía delgada y llena. Para
besarla, ahora, ¡ahora!, muerto… Se dijo: “Soy suspiro, calabaza”, sintiendo
que comenzaba a rodar y a revolverse en sí, a una alta velocidad. Él se sentía
alejado de su ser más agradecido, el que él llevaría ante el Señor: ¿Hay
injusticia en cómo las cosas realmente son?
“Tiene
que mantenerse el caballo en mi pecho, ¡en mi pecho!”. Y el caballo dentro de
su pecho se desdobló y el alcanzó a cruzar la ilusión de la vida. Y la perdía.
Volvía la vista a un panorama verde con una puerta en medio, de donde salió una
mujer desnuda y delgada, con un pubis grande y extenso, muy negro. No bailaba,
casi, sino que se movía para amenazarle a la cara con su sexualidad, la
sexualidad perdida de las bolas de luz que son nuestros seres. Así, se sintió
tentado, y se dijo: Merecí morir, porque no signifiqué nada.
Él
continuará su mutación espacial…
***
Pedro se
deshace de la blusa blanca de su mujer, cubierta de sangre, y del abrigo que
ella llevaba para cubrirse, que Leticia no quería darle, clamando que no tenía
manchas de sangre.
Ese fue el
inicio de los silencios incómodos:
Pedro se
acerca con una copa de güisqui a un jarrón grande; chino, azul; y se atreve a
tocarlo, a acariciarlo, porque es suyo: “Pero esta es la tarde, y lo que
alguien vería en un atardecer así de púrpura de esplendor, yo lo veo de crimen”.
Su alma es un peligro y no, no es poco frecuente que Leticia llore.
Ella
extendió, él lo sabía, las mangas de su atuendo para bañar de sangre, por
completo, el cuerpo del señor Obrera. Le colocó, incrustándosela, una máscara
de teatro japonés, reventándose toda la zona delantera de su rostro.
Pedro dejó
de tocarla sexualmente. Resultaba que ser vicepresidente era enormemente mucho
más trabajo del que pensó: Su esposa es una asesina que vive con él por nada.
Eso es ella, una asesina, una homicida, una puta vil. Pero llora. Él la abraza
y le susurra palabras más de ánimo que de sensualidad, y entra en su cabeza,
donde sólo hay olas de sangre.
Por su
parte, Leticia se colocó como una araña mecánica sobre la cabeza del señor
Obrera, y separó con fuerza la parte superior de su cráneo. ¿Por qué hizo eso?
¿Por qué no lo envenenó o disparó o atropelló?... No la reconozco: ¡Qué locura
es lo que hizo!
Ella saca
una tira interminable de pañuelos atados de seda de su boca. Sus ojos,
abiertos, inmóviles por la desesperación, lloran ante la sensación de las
falsas arcadas, del ahogo, sobre su cama. Él entra (él estaba trabajando), la
intenta calmar, llama una ambulancia, la atienden, son los nervios, está
enferma. Sin embargo, señores, las pastillas la calman. Es otra vez una persona
normal, aunque muy triste: Es normal ver a una mujer con el aspecto de un sauce
seco.
Quiere
comerse el cañón de una pistola y mandar su nuca a la pared de la sala. Pero no
teme lo demás, los rojos y los negros cubiertos de aceite de su crimen; pues,
al repudiar el crimen que cometió, teme ahora al rito. Y culpa, culpa a Pedro
por ser el autor de la muerte. Por eso, él la golpeó una noche en la cara.
Ella
eructó, otra noche, como suave viento de rosas, una frasecilla que le recordó a
Obrera: “No me da pena mi reloj porque me da más pena el de los otros”, que
hablaba de la timidez que, aun proba, debe superarse alguna vez. Estaba sentada
en la cocina, y se escuchó. Empezó a llorar desconsolada y llamaba a Pedro:
“¡Ay, Pedro! ¡Ay, Pedro!”, porque sabía muy bien que ella lo había matado, y la
llevaba, casi arrastrándola, a la habitación, donde la acostaba sin poder parar
esa hemorragia de llanto. Pero él sentía que compartía la mancha de sangre. Se
lavaba las manos restregándolas con fuerza, se provocaba los vómitos, se miraba
pálido y sudando al espejo, derrotado, un desafortunado cómplice, alguien que
hizo mal. Pero él no sabía qué tanto había de mal en ello. No tenía esa
educación. Era una máquina que no puede filtrar con la moral el entendimiento
entre los mundos. Pedro decía que él era culpable, sí señor, pero lo decía
siempre entre sombras, a su mujer, como dos jóvenes homosexuales que se hacen
el amor mientras fingen que duermen. Él se acercaba a ella bajo las sábanas, y
a su rostro le hablaba de ello, del crimen, de su culpa, como si la estuviera
liberando de algo que ella no pudiera aguantar, y que aguantar no podía, pero
él podía menos liberarla de ello. Entonces se comían de noche, sus alientos
olían a alcohol de distintas clases, y pensaban en la muerte, en el horror de
esa sangre, de esos jirones de piel sobre el suelo. En ese horror. En una
balsa.
¡oh,
espíritu de la noche, aguarda! he de cantar a los cascabeles verte aquí en los
sembradíos de estas huertas! oh, me agrada saber que me recibes… Pero el
espíritu de la noche, se lo dice al final: Tu mujer contará la historia a tu
hijo(!).
Él se
patinó en su dolor como si se retorciera sobre sus propias vísceras. Se tocaba
el cuerpo, lo sentía cerrado, suave, sano; su vello con ese aroma a cuero
cansadizo. Él estaba ahí, completo, “Tranquilízate, Pedro”. Pero el espíritu de
la noche se lo decía: Entre medicamentos que padecía, producto de su infernal
esposa, no merecería mucho para su hijo, vástago de su bocado de pecado, de
piedra, de madera porosa y fatua.
***
Y en esa
gracia, en ese mismo beso a la golosina que era su espíritu interespacial,
volvió a la postura del niño que pregunta. Como un árbol, el brazo de un dios
del conocimiento le acercó azúcar a la boca, para que mamara. Encontró el
inicio de la locura vital, sin fundamentos, de la hegemonía de la Naturaleza.
Fue cuando se hizo bicho. Sólo fue unos días, sólo una habitación en una senda
que él no sabía si era la suya, y lo preguntó a los animales de ese sublime
país iluminado:
Y le
dijeron ser hijo de Castilla, y en el español le dejaron. Lágrima que revienta,
que cae formada empero, de su ojo conmovido por el brandi que quiere jinetear,
que nunca se deja. Por eso lo busca. El caballo en su pecho, se desdobla. Un
relincho, un guamazo. De fuete sólo su amor, sus ruidos.
Sale al
aire: la esperanza. La nueva boca que español adentro, emprende el puesto
(posición, postura) de la solicitud: Metióse lengua en mi lengua, arrecife
bocado de estas navajas puras, de esta para arriba. Hablemos. Siéntense.
Hablemos. Sonríanme. Hablemos. Salúdenme. Hablemos. Fuera de aquí, incluso,
hablemos. Esperanza en la cadena de gozo y verbo, de huevo. Iglesia Pura, tú
eres la agencia turística en esto del Más Allá: Colmena de cruces: Toma Cristo
Señor Mi Cuerpo. Y así le vio a la sangre, del Maestro (“La probé, es salva”),
cuando niño, sangre tendida en el canal de las almas al altar, resbalando pa´
bajo. ¡Entre flores, entre flores, perdóname si crezco, JESUCRISTO! Como una
revolución el trabajo de joven: Como la revolución de medio pueblo. Espalda: Me
azotan, como a Ti, Maestro, tus romanos. Necesita tiempo y espíritu dase de
cuerpo, por lo menos, la boca: Se escupe y es el reloj. Su mecanismo. De
engrane a engrane se brinca en sí mismo. El reloj. Deja hasta de ser otra
persona ser un reloj, adentrándose en el objeto de la existencia que, aunque
mera existencia material, es una existencia inteligente. Dentro del chaleco,
dentro del chaleco, dice el señor del segundero (Mi mano trabajadora: puño de
acero y talcos). Se da su cuerda. Siente esa locura en la canica de diamantes
que es la perilla al Reino de Los Cielos, donde nace el Nazareno.
Le
dijeron habla: Los moros le decían que Jesús habló en la cuna. Él hablaba si el
Cristo habló en sus primeros pañales. El villancico llegaba con el ponche, las
niñas y las vacaciones. Mordía las cañas de la sorpresa de esas fiestas ya
desnudas por sus propios bríos de criatura. Y lo mecían los Cielos.
Y pidió
el mordisco al pan dulce de la niñez: Ser ascendido por los ángeles, los
querubines, y volverse de sebos y espumas y ser cirio en el santo corazón de mi
madre, Padre Nuestro.
La vio,
de niño, con su espalda como desnuda por esa tela negra, devota. Ella fue
tacones, amores, besos, lamidas, centros. Esa espalda: El crucifixus
alargado colgado escurriendo de sus omóplatos morenos, dorados. Donde se
deshizo ese esperma, pero manchando los calzoncillos. Castigos. El español como
la espada que le pidieran hendir, de tajada a tajada de entre los insultos y la
falta de compasión, en el crucifijo de esa mujer, su mujer. Quería, esos labios
rojísimos, besarlos dulcemente, irse al diablo con ellos, tradicionalmente…
Un
tormento hacerme de hielo cuando efluvio maldiciendo a lo que me arrastra de
mis prados… Pero soy espíritu de cuerpo desgajado. Soy ese pedazo de torta
masticada camino a la oficina, cuando estaba en el Centro. Y ahora soy azotado,
soy sólo una voluta que se irradia falta de claridad en sus brincares. Quiero
lágrima hallar la forma del español y de mi Cristo. Caer a los abrazos
larguiruchos del tío Raúl, cuando el abuelo andaba por la estancia diciendo
cosas de un Cervantes. Formada Coral, que libre mujer tu espíritu derramas en
tu sexo: Porque sin cuerpo y sin Tierra no hay sexos ni cocaína: No hay, decía
José, comunicación con la Creación: Alguien miento, y mi alma, pelota verde de
luz tersa que yo no entiendo, me dice que sólo soy ella, y no me puedo estirar,
ay, carajo, es como una pesadilla… Entra, grita en una oficina, salido de un
pilar acostado celeste verde lila, arropándose con su fantasma, con su
ectoplasma como capa: “¡Yo soy Obrera! ¡Yo soy Obrera! ¡Carlos Francisco Obrera
Jiménez!”, y le reconocieron, y le ungieron los pies los vivos, y que los
muertos entierren a sus muertos. Y no supo qué saber de su alma, siendo su
cuerpo entre demonios, cuando se alce como un pino el monte aquel donde se
sangra, donde se habla: Esta es mi consciencia de ti. Quiero devorar, quiero
estar libre…
Y
respira… En una playa, se siente adolorido, como una tira espesa salida del
brandi, y se palpó, y dijo: ¡Sólo me falta recuperar el Universo! Sin embargo,
inmediatamente supo que le habían matado, que el mundo no existe porque ahí la
gente muere asesinada.
***
Pierde los
estribos, él diría. La persigue por la casa apenas iluminada, le pide que deje
de llorar (“¡Maldita sea!”), y la alcanza y la lleva al dormitorio, donde la
sujeta. Ella, después de sentir ira y desear golpearlo, se rinde, hunde el
rostro en las sábanas, y regresa al llanto, y voltea hacia Pedro: “Yo no maté a
nadie, a nadie ¿verdad, Pedro?” Pero él la abraza y le dice que ambos lo
hicieron, y ella lo separa y le grita que no.
El espíritu
de la noche parece mordisquear sus pensamientos con su profecía maldita. La
pérdida de un hijo. Y lo reclama a su esposa, la toma de los brazos y le grita:
“¡¿Crees que soy un idiota?!”, y ella finge tener mucho miedo, para que la deje
en paz. Han gritado tanto, por tanto tiempo, casi años, que los vecinos casi se
saben el crimen de memoria. La Policía entra, viene por ellos, pero encuentra a
Pedro pidiendo una ambulancia a gritos. Leticia se abrió las muñecas, como se
descama un pez vivo, y se quitó esa vida.
Él es su
propia visión del barrote: Es un espejo, se dice. El rostro, la cena final, la
muerte, los tragos, verse frente a los espejos desnudo y sin forma, sintiendo
que esa es la muerte, la muerte que no le importaría, pues no duerme con su
esposa. No recuerda cuándo pasó aquello con la joven prostituta. Lo que pasó
con ella. Ni valía la pena recordarlo. Era obsceno. Se negaba a realmente
disfrutar, con su mujer así, con la traición futura de su mujer hacia él, de
algo realmente carnal, y no se despreciaba por ello: El era sus propios
genitales, ese mismo cuerpo, ese efluvio, aunque quisiese el tiempo asexuarle,
el andaría el mundo siendo unos genitales. Pero cada barrote era cada espejo
donde se vio, y en ellos ahora se veía. Entendía, hasta cierto punto, el acto
de canibalismo al que le invitó su esposa. Matando a ese hombre espléndido.
Quitándole todo, quitándole el cuerpo, en el éter de su güisqui, de sus
pastillas, de la sangre. Él no merecía morir, su mujer tampoco, pero recibieron
una golpiza que volteó las cosas, que pudieron enterrar dentro de ellos la
libertad perdida, la del asesinato.
Voló fuera
de la ventana la hoja que se desprendió del árbol. Se deshizo en la falta de
vocablo para dirigirse a esa específica mutación.
Eric
Julio 21, 2025
Qro., Qro.
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