"TRANSFIGURACIÓN" (Cuento)


“TRANSFIGURACIÓN”

Noir: Tipo de novela del siglo XX que trata de crímenes violentos e investigaciones policíacas o detectivescas. Usualmente, de tramas laberínticas.

Era una piscina, azul y blanca, y yo estaba desnudo nadando en ella. Hombres y mujeres, vestidos de gala, me miraban serios, sentados en sillas y mesas de metal alrededor del agujero. El ruido empezó, yo no sabía qué demonios era, pero significaba que tenía que salir de la alberca, de pronto roja y turbia. Mis ojos estaban abiertos, sí, mas un abrirlos más me llevó a darme de frente con un botón rojo y una campana electrónica que intermitentemente alteraba todo a mi alrededor. Contesté:
            -¿Sí?
            -Buenos días, señor Salome. Es vuestro servicio de despertador. Son las ocho de la mañana.
            -Ah, sí, sí… –mascullé- Gracias.
            Me levanté, llevaba cuatro horas dormidas en treinta y seis. España. Sí, me dije, estoy en España. En Royuela. Ayer me bañé en la reciedumbre de la Cascada Batida del Molino Viejo, el molino deshecho de Calomadre, localidad aledaña a esa columna de agua tremenda y preciosa, junto con la localidad de Royuela, donde estoy en un hotel de tres gordas estrellas.
            Los globos oculares los traía yo secos e inflamados. Empecé a caminar dentro de la habitación para no quedarme dormido. Prendí la lámpara sobre el diminuto buró sobre el que caben sólo el teléfono y ella. Ella, la lámpara, era la dueña del cuarto, se me figuró al verla dando vida a lo que dio muerte hacía apenas unas horas.
            Felipe Cabrera ya me esperaba, de pie a pesar de los dos silloncitos que conformaban el vestíbulo, con las manos en los bolsillos.
            -¿Arturo? –me preguntó ya sabiendo la respuesta.
            -Sí, don Cabrera…
            -Felipe, dime Felipe, que todavía no tengo los sesenta, hijo de puta.
            Su risa no se me contagió, por el sueño, pero pude contestarle con la más amplia sonrisa que logré. Me abrazó y me besó la mejilla.
            -Disculpa el entusiasmo, joder; vos no sabíais que sois mi escritor favorito de novela negra que hay. ¡Más que Pérez Reverte! Lo conozco a ese Pérez Reverte, ¿vos?
            -No, no soy tan exitoso.
            Una carcajada aventó Felipe, más fuerte que la primera.
            -Mira que la modestia me la paso por los huevos, como decís vosotros. ¿La estás fingiendo o es real, joder?
            -Sea como sea, es un orgasmo.
            Lo que era real era mi necesidad de una buena dosis de cafeína. En cuanto nos sentamos en un pequeño restorán de tapas, pedí un espresso doble o “café turco”.
            -Todavía es temprano para que hablemos de negocios, joder.
            Entonces se puso a hablar de Albarracín, alguna vez llamado Abn Razin. Todo empezó hace ocho mil años, como lo prueban las pinturas rupestres sobre cazar toros y otros animales. Hay registros de que Albarracín siempre ha estado ocupado desde ese entonces. Siendo un poblado visigodo de carácter cristiano, a él llegaron, en el año 711, los musulmanes. Era común en esa etapa, que los árabes dejaran a los bereberes, etnias de África del Norte, muchas veces conversos al Islam, los sitios más difíciles para la explotación. Pues bien, de Argelia los Hawwara, importantes tribus bereberes en la Edad Media, aún habitando Argelia, Marruecos, Libia, gobernaron Abn Razin a partir de finales del siglo X, en las personas de la familia Banu Razin.
            -Voy a pareceros un orate, Arturo, pero os puedo decir el nombre de los tres reyes de la dinastía Banu Razin que tuvo Albarracín: Hudhayl ben Jálaf ben Razín, Abd al-Málik ben Hudhayl, y Yahya ben Abd el-Málik…
            -Amín.
            -¡Amín, joder, sí! Ahora, no os he preguntado si encontráis mi vocabulario algo feo, cabrón.
            -Soy de México, Felipe, no te preocupes.
            -Yo soy de la más puta de mi familia y no es broma. Me educaron católico; padres católicos, abuela católica, colegios católicos, todo católico, joder. Pero un día, escuchadme, un día decidí que masturbarme no era malo… Estaba en la universidad ¿sabéis?
            Felipe desayunó con vino.
            Entramos en la parroquia de San Bartolomé. Felipe seguía sin dejar de hablar, con el mismo vocabulario, como lo llamó él, pero en susurros. Luego me dijo que me dejaba solo, que no orara a Cristo, que disfrutara, sin embargo, del arte humano, y salió a fumarse un cigarrillo.
            Me senté. En una banca más cercana al altar había un par de ancianos que se me figuraron casados. Los imaginé jóvenes y besándose con descarrío en plena parroquia. Y fue entonces que recordé a mi ex esposa.
            Frente al Cristo sostenido por su madre la Virgen, cadáver, dios que permanece en la madera y en el marfil de las glorias arquitectónicas más grandes de España, sentí en mi ser cierta vergüenza por ser un divorciado. Que yo supiera, eso no le agradaba a Dios ni a su hija la madre Iglesia. Ese hombre, receptáculo de rabias diabólicas y humanas, cuando Dios, repudia el divorcio. Pero yo nunca fui a misa y nunca oré, hijo de la pobreza y del Gobierno, escritor obsceno cuyas memorias divertidas de la infancia son paredes de cemento pintadas de verde y azul, de los balnearios y parques públicos. Si acaso leí los Evangelios para una novela que escribí, pero ahí no se habla mucho de la religión romana, posterior al corazón vivo del asunto. “Sí, Jesús, me divorcié”, dije en voz queda, sin saber por qué; la parroquia de San Bartolomé estaba callada. Sin embargo, ninguna Voz retumbó: ¿Por qué mi pobre y nimia vida habría de cimbrear los cimientos de templos o de las normas de nuestra dimensión? Aunque, de cualquier manera, también sabía yo que a Jesucristo un poco le importaría; podría ser que en mis adentros preguntase, por lo menos, por qué. “Porque dejó de amarme”, contestaría yo. Pero “¿Qué tanto la amasteis vos?”, preguntaría Él.
            Salí. Ahí estaba Felipe, fumando. El Sol caía lozano. El calor, el picor del fuego lejano, de la lumbre que es España en vida y en recuerdo, es lo más sano que he sentido jamás.
            -¿Fumas?
            -No. Ya no –contesté.
            -Hacéis bien, hijo de puta. El fumador sabe todo, menos lo que está haciendo.
            -¿Lo considerarías un suicidio?
            -Imprudencial, quizá.
            Reí. La verdad era que se me antojaba muchísimo el cigarrillo que me ofrecería de yo bajar la guardia. Mas el Cristo de la parroquia a mi pensamiento fue a dar y sólo dije:
            -Pensar que el Quijote es más antiguo que esta parroquia.
            -Y, a pesar de ello, el primer libro Modernista en la Historia, aunque se cabreen algunos cuando digo eso, joder. ¡Soy editor, a fin de cuentas! ¿Por qué se cabrean esos comemierdas? ¡Tengo un puto doctorado, joder!... Pero en fin, Arturo, no quisiera desconcertaros. ¿Estáis listo para la Comarca de Albarracín? La primera parada será también una iglesia: La Catedral de San Salvador.
            Subimos al auto.
            -¡La hostia que está esto hirviendo! ¿No nos estaremos yendo al Infierno, colega?
            Tal vez fueron los árboles mudos y las montañas conformadas por placas de piedra, quizá fue el rodeno con el que están construidas las casas y otras construcciones, no importa, la cosa es que quedé pasmado ante una hermosura tan innegable que me convirtió en un ser de palabras calladas y agradecidas. La antigüedad seguía viva en Albarracín, en la tranquilidad incierta que conocí alguna vez en ciudades medievales mediterráneas, cuando viajé con Beatriz hacía ya más de diez años. Será el Guadalaviar, que desemboca, precisamente, en el Mediterráneo, el que repartió en esos siglos la magia que menciono, el río de Albarracín que se convierte luego en el Turio. También en las montañas de Albarracín, los ríos Tajo, Júcar y Jalón se forman para vivir por siempre.
            Las calles son auténticos laberintos en la Comarca de Albarracín; son destellos de piedra y amores despiertos que enuncian al hombre civilizado por sus pasiones. Y las casas que cuelgan de las montañas, de rodeno e ilusión, son la esperanza en la tierra de que el cielo es divino.
            Felipe no decía nada, repentinamente prudente y respetuoso. Me dejaba mirar, escuchar, oler. Caminábamos hacia la catedral de San Salvador, construida a partir de 1572 y sobre los restos de un templo románico del siglo XII, por los arquitectos Martín de Castañeda y Quinto Pierres Vedel, francés, cuando pensé que, ciertamente, aquí ni Dios ni el hombre habían mentido. El lugar permanece un poblado de menos de dos mil habitantes que, me parecía, serían los hombres más felices del planeta, no sé si los más orgullosos, porque el orgullo no siempre va de lado con la verdad: en un golpe de emoción grité: “¡La verdad es Albarracín!”.
            -¿Te has deschavetado, coño?
            -Esto es lo más hermoso que he visto en el mundo, Felipe. Gracias a ti y a tu editorial.
            -Gracias a ti y a tus novelas, chaval, que no te hice tomar dos vuelos sólo por los mareos.
            En contraste con el color barro de todo el pueblo, la portentosa punta de una de las torres de la catedral está decorada de líneas triangulares azules y blancas; rodeada está la catedral por las bellas casas.
            -Aquí la tenéis, hijo de puta. La catedral de San Salvador.
            Subimos un par de niveles de escaleras para entrar por la fachada barroca. Y vi algo hermoso y rico en elementos de provincia. La nave central, bajo una bóveda de crucería gótica, presentaba a su extremo el altar mayor, obra renacentista del artista Cosme Damián Bas, que data de 1566, y a sus flancos tres capillas, una a la Virgen del Pilar, de un altar detalladísimo y oscuro que me fascinó; otra capilla es la de San Pedro y la tercera es la de las Ánimas. Reformado en el siglo XVIII, el templo que es la catedral de San Salvador posee también elementos barrocos en su interior. Gótico, renacentista y barroco, el corazón de la Comarca de Albarracín es la obra más exquisita de un pueblo, semilla reconocida de las docenas de iglesias que yo conocía bien de mi país. Todo el peso del arte catedralicio mexicano estaba ahí en su forma más pura. La Historia es simultánea entre ambos países, me percaté. Y, en ese momento, decidí dejar el Noir. Me sentí extasiado y libre, exhausto y lleno. Me senté en una de las bancas de madera clara y miré la Cruz en el polígono superior del altar mayor. Debajo, la Transfiguración de Jesucristo, que es el momento en el que el Rabí se hace luz frente a los apóstoles en un monte, para después charlar con Elías y Moisés.
            Volví a recordar a Beatriz, pero esta vez los recuerdos fluyeron sin problema alguno; ahí estábamos los dos en una playa de Quintana Roo cercana a Cancún, en México. Teníamos diez años de casados y ella me estaba engañando. Me daba cuenta por sus ausencias al responder y hacer llamadas telefónicas. Supongo que quería que me diera cuenta, quizá no. Empecé a notar que la alegría que mostraba con esas llamadas que llamaba “de trabajo” iba decreciendo conforme pasaban los días, hasta que me di cuenta que su amante la había dejado. No decía nada, sólo estaba muy seria y dispersa. No soy un detective, pero escribo sobre ellos con el instinto. Mi instinto declaró que, de sopetón, la habían mandado mucho a la chingada. No dije nada un par de días, mas una noche, acostados en una cama limpia, la abracé fuerte y la besé en la frente. Ella comenzó a llorar desconsoladamente, completamente deshecha, como el amor lo deja a uno tantas veces. La comprendí, Beatriz lo amaba, y no dejé de abrazarla y besar su frente hasta quedar dormidos.
            Sentí que el altar me miraba profundamente, sin poder yo ocultar nada. Porque, de ser sincero, me casé con Beatriz por dinero y por su linda figura. Fui el hombre más afortunado. Luego publicaron mi primera novela y, después, siete más. Prostitutas y viudas negras ocupaban mi corazón, historias laberínticas ocupaban mi mente, dejando nada en ella para Beatriz, casi babeando en el desayuno me encontraba yo todas las mañanas. Por falta de talento, era mi mujer o el Noir, y escogí el Noir y me hice un hombre rico yo mismo. No dejé nunca de tener aprecio y agradecimiento, y hacíamos el amor muchísimo, al principio. ¡Ella me amaba tanto! Mientras que yo no.
            -¿Listo para más jabugo, cabrón? –me dijo Felipe, sacándome de mi ensueño.
            -Sí –contesté.
            Y nos fuimos a comer a un agradable café cerca de ahí. Felipe pidió vino y yo otro espresso doble.
            -Hoy dormiréis tranquilo, hijo de puta, creedme.
            -Que sea profecía, Felipe.
            Prendió un cigarrillo de aroma delicioso que cambió la química del ambiente.
            -Esto va rápido, Arturo, escuchad.
            -Escucho, Felipe.
            -Escribes una novela, te pagamos los derechos, la editamos aquí y en tu editorial en México, y, si tiene éxito en España, te pagamos doscientos mil euros más unas regalías de mierda que no te caerán mal por los derechos de tus novelas anteriores. Pero escuchadme, escuchadme, que viene lo interesante, colega. La novela que escribiréis para nosotros debe estar ambientada aquí en Albarracín, cabrón. ¿No es fabuloso, joder?
            Respiré profundamente. Hice un silencio y dije:
            -Voy a dejar el Noir.
            La decepción cruzó el rostro de Felipe como un rayo. Me sentí mal. Le expliqué la epifanía que sufrí en las iglesias, y le conté la historia de mi matrimonio.
            -Este lugar me está cambiando, Felipe. No quiero más violencia ni más egoísmo en esta vida. He escrito cosas fuertes, inaceptables, inclusive. Mis libros son lecturas inadecuadas para cualquiera. Así los definí a un reportero pendejo que sólo leyó “Delfines de amor” y “Te quiero tanto”. Se quejó del contenido, y hoy lo comprendo. Además, no quiero ser yo quien haga de Albarracín una historia de violencia. Si violencia hubo en su formación, no lo sé. Pero hoy es un pueblo tranquilo, el más bello que haya yo visto sobre esta Tierra.
            Felipe me miró callado. No parecía enojado, sino que noté su mente dando vueltas inteligentemente. Miró su reloj, y dijo:
            -Todavía hay tiempo para el Portal del Agua.
            La Comarca de Albarracín es, en parte, un conjunto de fortificaciones. Al recinto defensivo de las murallas que rodean la población, el Portal del Agua es entrada. En caso de asedio, por el Portal se tiene acceso al suministro de agua.
            Es un portal sencillo de belleza compleja. Semiclandestino, sólo es un paso bajo un arco europeo. Sobre éste una construcción pequeña para ser el cuerpo de guardia, de donde asoma, actualmente, un balcón.
            Lo observaba embelesado, cuando Felipe me dijo:
            -Guerra aquí es recibida. Aunque tenéis razón, colega, es un sitio tranquilo. Pero imagina esto, cabrón. Pisadas de un hombre corriendo que, al pasar bajo el portal, recibe tres tiros en la espalda y, gritando, cae, primero de rodillas, luego de bruces.
            Me emocioné, sí, algo en mí latió. Dije:
            -El pueblo no acepta lo sucedido y, deplorando la violencia, resuelven el crimen en conjunto, liderados, quizá, por un comisario católico y un investigador barcelonés harto.
            -Asqueado…
            -Sí. El asesino resulta ser un menor de edad que descubrió un proyecto terrorista aficionado.
            -Completamente orates los hijos de puta.
            -Unos chicos mexicanos que quieren vengarse de la Conquista. Con dinero, con pasiones, con mujeres indiscretas.
            -Una de ellas se enamora del asesino y le dice su proyecto, arrepentida de lo que su hombre planeaba hacer. Otra lo envenena, convirtiéndolo en héroe nacional.
            -No se acercó a la Policía por las marcas en todo su cuerpo de las inyecciones de morfina, misma que él traficaba.
            -Muere como héroe por haber vivido como villano, el muy cabrón. Sin embargo, Arturo, escuchadme por última vez antes de que te regrese a tu hotel para dormir quince días, hijo de puta.
            -Dime, Felipe…
            -El libro dejará claro que aquí, en Albarracín, la gente no tolerará el crimen, y si crimen hay es porque no es crimen en absoluto, y si crimen, coño, hay que es crimen, la Providencia sabrá cobrarlo.
            Felipe prendió un cigarrillo. El atardecer estaba en su glorioso cenit.
            -¿Qué pensáis, Arturo?
            -Que quiero transfigurarme.
            Felipe soltó su carcajada.
            -¡Pues claro, joder! ¿Quién no va a querer hacer eso?
            -Y otra cosa. Quiero hablar con Beatriz. Va a ser más fácil encontrarla con tu ayuda.
            Esta vez Felipe sólo sonrió.
            -Va a gustarle este lugar, hijo de puta.
            -Ni siquiera sabe que existe. Esta vez… Esta vez voy a amarla con toda el alma.
            De regreso al hotel, convenimos en que el grupo de terroristas sería indígena, lo que significaría que, a un comienzo, la muerte del hombre bajo el Portal del Agua sería causa de una indignación brutal de parte de ciudadanos de todo el mundo y medios de comunicación. En ello estábamos cuando me vi rodeado de un mar de sangre, en una noche profunda; la sangre me llevaba a la orilla, la playa era Albarracín. Felipe me despertó.
            -Hemos arribado, joder.
            Los sueños no resultaron ser malos presagios. La novela tuvo un gran éxito y Beatriz, más guapa que nunca, más enamorada de mí que en un pasado, volvió a casarse conmigo.

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