"EL PETATE" (Cuento)


“EL PETATE”

En el suelo de tierra estaban los dos petates, a distancia corta de una hoguera casi muerta. Abrazaba a mi hermano menor y así nos quedábamos dormidos, escuchando a nuestros padres hacer el amor. Él bebía, garrafas de pulque. Abrazo a Gabriela, tuvimos un orgasmo simultáneo tomados de la mano. El viento que se llevó la excitación sexual nos dejó lo nuestro, lo de nosotros dos, una amistad asexual. Está tan dormida que ronca, desnuda. Yo la abrazo, la amo; sigo ebrio. Hice con mis hijos lo que mi padre hizo conmigo: beber. Dejé de beber ya que estaba divorciado, lejos de mi niña y de mi niño. Dejé de tomar con la ayuda de “Alcohólicos Anónimos”, esto es, con la ayuda de Dios.
            Dios mueve los maizales en una dirección predominante. Nos colgamos una canasta en la espalda y recogemos, cosechamos, las mazorcas de maíz. Mis ojos se llenan de lágrimas, un hombre que no conozco está gritándome, diciendo que he hecho daño a mi mujer y a mis hijos. Todos a mi alrededor toman café y fuman, pero yo no: no he dejado de beber, hago daño hasta a mis compañeros de trabajo. Mi padre llegó un día a nuestra pobre casa con un machetazo en la cabeza; la herida no era profunda; dejó de tomar pulque una buena temporada, luego volvió a tomar. Su estómago terminó por inflarse e inflarse hasta que estalló; sentado en un bote de pintura, soltó una arcada de sangre y cayó. Yo solté hilos de lágrimas y me desmayé. Soñé, si soñar es lo que hacen los desmayados, con un campo azul, verde y amarillo, repleto de colibrís; yo volaba con ellos.
            “¿Recaí?”, me preguntaba, sintiendo la respiración alcohólica de Gabriela. “Recaer”, en jerga de AA, es volver a consumir, volver a delinquir, volver a deprimirse o sucumbir a la soberbia. Las tetitas de Ana no me excitaron en el momento en que me las enseñó. Me excitaron después, cuando estuve solo. La recuerdo riéndose detrás de un árbol en el campo. Me pidió que le enseñara mi “pájaro”; lo hice con miedo, podría decirse que estaba ahí mi padre, observándolo todo. ¿Por qué, si nos estábamos enseñando las partes no hacíamos los ruidos que hacían mis padres?
            Sentí renovado mi deseo, por las tetas grandes, redondas y morenas de Gabriela, por su pubis tan cerca de mí. Me pregunté si debía despertarla. Ana me había pedido recorrerme el prepucio para verme el glande. Sin preguntar, recuperé mis brazos de alrededor de Gabriela; su amistad, el nunca pensar en ella de esa manera me provocaba una excitación animal. Le separé las piernas y comencé a lamer su sexo. Ella despertó y separó las piernas; me llené la boca de vellos y ella comenzó a gemir. El olor era fuerte, casi insoportable, pero ello sólo conseguía aumentar mi deseo. Sin saber cómo, mi pene entró a su boca. Nos pusimos como locos. Ella se corrió dos veces y yo, al eyacular, sentí un fuerte dolor en la parte posterior de los testículos. Volví a la almohada, nos besamos, pero ninguno de los dos sentimos un amor romántico; era un amor fraternal, carnal. Ella metió su lengua en mi boca y la movió arriba abajo como una serpiente. Ana, días después, me pidió lamerle “la cola”. Sabía a su ropa y a orina, y a sudor. Pero alguien nos vio y lo contó a sus padres. La próxima vez que vi a Ana, su rostro estaba cubierto de moretones. Mi padre, en cambio, estaba orgulloso de su hijo y me dio un trago de pulque que escupí.
            Gabriela y yo decidimos desayunar en una tienda de autoservicio antes de entrar al trabajo; teníamos más de una hora libre. Hacía frío. ¿Éramos novios, amantes, qué? Ella estaba radiante, feliz, pero no intentaba seducirme. Lo entendí, hasta supuse que nunca más habríamos de acostarnos. Yo, todavía de un rancho, me figuraba que terminaríamos por casarnos, no por el sexo, pues bien conocía el sexo ocasional y el marital, ambos viciados; sino por los abrazos de calor y amistad. La amistad ahí seguía, pero el calor no.
            Llegamos directamente a la zona de fumadores. Yo me había bañado pero traía la misma ropa y olía a alcohol podrido. Gabriela se puso a platicar con dos amigas suyas. Yo sólo me fumé dos cigarros. “¡Hueles a cigarro, José!”, me gritó mi padre y tenía razón. Salió de la casa y regresó con una fuerte y flexible rama, “¡Bájate los pantalones!”, me dijo, y comenzó a pegarme en las nalgas. Fingí más dolor que el que me infundía con sus golpes, pero me abrió la piel. No pude comprender la diferencia entre el pulque, la carne y el tabaco. Entramos Gabriela, sus amigas y yo al colosal establecimiento, un centro de ventas por teléfono. Ya que mi padre empezaba a inflarse del vientre, me acercó un día y me dijo: “¿Quieres ser como yo?”. No supe qué contestar. “Estudia y vete a la ciudad, o recogerás elotes con la espalda el resto de tu vida”. Y eso hice, dinero por aquí, por allá. Mi hermano menor se quedó con mi madre en los maizales, y mi padre, que guardaba algo de dinero, cooperó ya muerto para que me fuera a estudiar a la ciudad, donde trabajé por cinco años mientras cursaba la licenciatura, sin saber con honestidad si quería ser diferente a mi padre. Entre el trabajo y la carrera, tomaba casi todos los días. Así conocí a mi exmujer, alcohólica también, pero alcohólica que no grita, ni golpea ni deja en la miseria a toda su familia. Casado, me dio hasta por apostar y llegué sangrando a mi casa varias veces, como mi padre llegó aquella vez con un machetazo.
            -Buenos días, habla José Sánchez, ¿con quién tengo el gusto?
            -¿Para qué me habla?
            -Para darle información relevante a su patrimonio financiero.
            -No, joven, ahorita no tengo tiempo de eso.
            -¿Hay alguien con quien sí pueda hablar?
            Y colgó. Diecinueve llamadas, de veinte, son así. Puedes hartarte, enloquecer, perder el sentido entero y toda filosofía suya por la vida, porque esa llamada entre veinte, sólo es más amable y está aún menos interesada en comprar un producto cualquiera por teléfono que los otros diecinueve. En la parte posterior de la escuela rural donde estudié la primaria y la secundaria, cuatro compañeros, más grandes que yo, me obligaron a enseñarles, como a Ana, el pene. Yo ya tenía vello púbico. Podía notar sus erecciones bajo los pantalones deportivos del viernes. También me pidieron que me descubriera el glande. No sabía, sólo intuía, por qué lo hacían; tal vez fuera por ser el primero en mi clase. Esa noche me acosté en el petate excitado. Esperé a que mi madre y mi hermano se quedaran dormidos y comencé a tocarme, a apretarme el pene erecto, y, pronto y por instinto, me masturbé lenta y silenciosamente. Toqué con una mano un glúteo de mi hermano. Estaba caliente, vivo. Al venirme lo hice con un sonido parecido a la tos, por reprimir un gemido. En el baño más cerca de mi lugar en el centro de ventas, dentro del único retrete, alguien con plumón escribió: “José se la metió bien rico a Gabriela. Pinches gatos”.
            Me turbé. Terminé de defecar y salí del baño. Observé el panorama frente a mí: más de doscientas personas haciendo invasoras llamadas a hombres y mujeres de este país. Hay los que no se detienen ni dejan de tener el ímpetu necesarios para hacer lo imposible: vender seguros de vida (contra el cáncer, contra secuestro, contra todo lo imaginable), tarjetas de crédito, cobros por teléfono. Yo, yo sólo soy yo. No soy como los jóvenes de mi rancho que corrían de ida y venida kilómetros con baldes de agua colgadas de un palo de madera.
            Gabriela y yo estábamos en el mismo equipo de ventas. Me senté en mi lugar y, al poco tiempo, sentí que me abrazaba por atrás y me daba un beso en la mejilla, con tal castidad que no pude, o no quise, engañarme: habían sido el alcohol y el amor fraternal los que nos pusieron a copular en la cama de Gabriela. No dejé de masturbarme por las noches. Imaginaba las nalgas desnudas de mis victimarios, recordaba sus sexos duros, y cada vez sobaba con mayor frenesí las nalgas de Juan; debía de estar despierto y consciente. Un día se recostó bocarriba, y masturbé su sexo erecto y húmedo, sobando mi sexo contra su cuerpo. Mi madre nunca se despertaba, o fingía no estar ahí. No podía quitarme la visión de las tetas de Gabriela de la cabeza; estaba trabajando excitado; su vello tupido, su olor, el sabor de su interior, los besos que daba a mi ano y a mi pene. Me levanté y fui a masturbarme al mismo sanitario. “José se la metió bien rico a Gabriela. Pinches gatos”, las palabras seguían ahí. Me excitaron enormemente, pero me ofendieron con la misma intensidad después de que me vine.
            Salí del baño. Doscientos o trescientos vendedores esperando hacer su venta, como un maizal de doscientos o trescientos maíces esperando ser recolectados.
            Una tarde, Edgardo, el líder de nuestro equipo de ventas, nos presentó a Enrique, que estaría trabajando con nosotros.
            -No tengas miedo de pedir ayuda a tus compañeros o a mí. Pero bueno, ¡adelante!
            Uno de los campesinos que cosechaba maíz con nosotros fue mordido por una serpiente de cascabel. No murió pero quedó loco; ningún médico sabía por qué. Después de esto, mi padre volvió a preguntarme si quería ser yo un campesino. Otra vez, no supe qué contestar.
            Enrique, en su primer día, consiguió dos ventas. No me extrañó, estaba vestido mejor que Edgardo, tenía unos cuarenta y cinco años y había sido vendedor de plata en una playa hermosa, como tantas hay, en este país. Mi madre preparaba las tortillas en el metate. Después de la muerte de mi padre, siguió haciendo el mismo número de tortillas que antes. Las repartía entre los tres. Yo sentía, al comer esas tortillas, que el alma de mi padre entraba a mí.
            Enrique se me figuró dos cosas: la serpiente que mordió al campesino que quedó loco, y mi padre. Sin saber por qué, pues mi padre era serio y gruñón, y Enrique era jovial y enérgico; y las serpientes, usualmente, son el Diablo.
            Ese día, que lo pasé crudo, no fui a tomar, no quise ni hablar con Gabriela, y regresé a mi casa, un cuarto que rentaba, sin sentir que tenía una hasta que cerré la puerta tras de mí. Me preparé la cama, prendí el televisor. La maestra se percató de mi erección en plena clase. Me enviaron con el director, mi madre me envió con un sacerdote. El sacerdote parecía una serpiente. Empezó a hacerme preguntas sobre mi vida sexual que yo contestaba con mentiras. Ahora era el padre quien parecía estar excitado. Yo quería salir corriendo de ahí, pero mi madre me había pedido que pasara ahí el tiempo suficiente para contar “todas esas cosas que haces”. El padre ya lo sabía todo; sabía que estaba mintiendo. Hablaba de sexo con una mujer, con una esposa. Habló de jóvenes que tenían relaciones sexuales con borregos, vacas y cerdos. Pasé ahí dentro dos horas. Salí y me recibió un viento tan fuerte que quise odiar por siempre a Dios.
            A los tres o cuatro días de beber y acostarme con Gabriela, Enrique me invitó a tomarnos una cerveza. Acepté.
            Sentados a la mesa de una cantina, Enrique aventó una ambigua pregunta:
            -¿Qué te parece?
            -¿La cantina?
            -¡No! Gabriela.
            -Ah, Gaby. Pues nada, es mi amiga.
            -Yo estoy enamorado de ella. Muero por estar con ella. ¿Crees poder ayudarme?
            -¿Ayudarte cómo?
            -Pues no sé, tú y ella son amigos. ¿Qué le gusta?, por ejemplo.
            -Te puedo decir que le gusta el dinero, llevar un buen registro de sus ventas… en fin, lo que le gusta es su trabajo.
            -¿Y los hombres cómo le gustan? ¿Mayores?
            Reflexioné…
            -Sí, yo diría que le gustan mayores. Mayores y con dinero.
            Enrique sonrió grotescamente y se apuntó a si mismo con los pulgares.
            -¡Soy yo! ¡Mayor y con dinero!
            Dinero. Mi madre guardaba las monedas, debajo de su petate. Confiaba en nosotros, pero Juan siempre agarraba algunos centavos para comprar chicles o dulces. Hoy ya no existen los centavos, pero en ese entonces, sí. El resto del dinero, los más pobres billetes, lo dejado por mi padre, lo ahorrado por mi madre, era un viaje a la ciudad y dos semanas de gastos, guardado en la casa de mi abuela.
            -Oye, ¿crees que podrías ayudarme, hablar con ella, preguntarle qué le parezco, etcétera?
            Sin encontrar la propuesta inmoral, y respondiéndome que Gabriela no se molestaría, acepté. Él continuó:
            -Estoy… ¡¿cómo decirlo?! ¡Enamorado de ella!
            Imágenes de ella me vinieron a la mente. Su sexo, sus pechos, su rostro expresando un máximo placer. Me sentí mal por Enrique. Pedí una segunda cerveza, en contra de las instrucciones de Alcohólicos Anónimos.
            Llegué a mi casa ebrio. Me metí al baño, que compartía con otras personas, y me vi al espejo. Vi a un hombre delgado y muy moreno, con un fino bigote negro que le hacía parecer mucho mayor. Bajé la tapa del escusado y me senté. Comencé a llorar: Yo también estaba enamorado de Gabriela. Al bajar del camión, sin antes haber estado en la ciudad, vi la inmensidad de una bandera mexicana que ondeaba pesada con el viento. Toqué las monedas y billetes que traía en el bolsillo derecho del pantalón. Tomé mis cajas, pues no llevaba maletas, y me dirigí al transporte público. “¿Cuál lleva al Centro?”, pregunté. Busqué un hostal, como me había indicado mi madre que hiciera, y, temprano al día siguiente, salí a encontrar algún empleo, cualquiera. Estaba becado en la Universidad, que comenzaría a impartir clases en dos semanas. Compré un cuarto de mezcal, que bebí en mi cama, entre la oscuridad y los ronquidos.
            Si algo conocía yo de Gabriela era su amor por el dinero y por los hombres maduros. Sería necesario apenas decirle “le gustas a Enrique” para enviarla directo a sus brazos. Y eso es justo lo que pasó.
            Empecé a tomar otra vez. A nadie le importaba mi tufo a alcohol en las mañanas, porque todos olían igual. Gabriela se dio cuenta, pero para ella, para la manera en que veía las cosas, un ser humano que no consume alcohol desmedidamente no es un ser humano.
            Me faltaba el tiempo para tomar. Salía a la una, o dos, o tres, de las cantinas. A veces acompañaba a Enrique y a Gabriela, que no so dejaban en paz. Me sentía como un niño que odia a su padre porque está enamorado de su madre. Ni siquiera se percataban de lo borracho que yo me ponía, embebidos en su amor propio y compartido.
            Hasta que un día, saliendo de una cantina que frecuentábamos, Enrique me metió dos balas en el tórax. Estaba esperándome, con una pistola.
            -¿Te cogiste a Gaby? –me preguntó.
            Lo miré a los ojos, vi el rostro de mi padre y respondí:
            -Sí.
            Los impactos me aventaron contra unas bolsas de basura.
            -¡¿Por qué me traicionaste así?! –me preguntó, me gritó.
            -Porque… -tosí sangre- porque… porque todavía no nos conocíamos.
            No alcanzaba a ver la expresión de Enrique, pero debió de haber cambiado. Se acercó a mí, como queriendo asistirme.
            -No, no, no puede ser. Yo estaba hablando de ayer, de la semana pasada.
            Tosí más sangre. Comenzaron a oírse gritos. Una patrulla llegaría en dos minutos.
            -Estaba demasiado aseada, con cara de culpable, y me di cuenta que me había engañado –alcanzó a decirme.
            Yo no dejaba de toser sangre.
            -¿Sabes qué? –le dije.
            -¿Qué, hermano? Dime.
            -Te odio con todos mis pinches huevos, hijo de tu puta madre.
            Vi a mi hermanito persiguiendo una gallina que no dejaba de escapársele de las manos, y perdí el conocimiento. Otra vez estaba sobre el petate, pero la hoguera ardía, su fuego me quemaba la cara. No existía nada que no fuera el petate, la hoguera. Las brasas, blancas de calor, eran gruesos leños. Era Dios.
            Sobreviví y regresé, un mes después, a mi pobre trabajo. No debía fumar pero lo primero que hice fue darme una vuelta a la zona de fumadores, donde, efectivamente, encontré a Gabriela. Me abrazó llorando. Me pidió perdón por estar con ese “loco”.
            Días después me confesó que sí lo había engañado, pero con Luis, el gerente. “Maduros y con dinero…”, me dije a mi mismo, frente a ella, enamorado, alcohólico, con una cicatriz arriba del abdomen y una cicatriz, muy cerca del corazón, en el pecho; con ganas de decirle, tú y yo, también estamos locos. Se levantó de la mesa, estábamos en el comedor. “Voy a fumarme un cigarro”, me dijo, y me dio un dulce beso en la mejilla. ¿Quién sabía si Dios, esa hoguera, ese fuego, esa existencia tan solitaria, quisiera que pasáramos juntos una noche de nuevo?




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