"COPILLI" (Cuento corto)


“COPILLI”

                El perro negro corta la neblina, nos ve, nos mira a los ojos y dice:
                Esta es la historia de un nahual. Nahual, el que se convierte en animal con la sagrada asistencia de los Dioses y de las costumbres secretas. Este nahual de esta historia, Efluvio Ausencio se llama y se transforma en ave.
                Efluvio Ausencio aprendió la nahualería de parte de su profesor de Matemáticas, heredero éste, único y estéril, de una línea directa de nahuales y hechicerías. Al no tener hermanos ni hijos, al poseer el conocimiento de que el bien vencerá el mal si el mal no desaparece, este profesor vio en Efluvio Ausencio la nobleza necesaria para ser el nahual que él buscaba crear con el Universo. Y Efluvio Ausencio resultó no sólo noble, sino también diestro, y sus ojos de pájaro, redondos y negros, se tornaron, en un par de años, en profundísima mirada. Y volaba por las noches, bajo la presencia herida de Coyolxauqui, sobre la nueva Tenochtitlán, viajes por los cuales aprendió lo monstruoso que el hombre puede llegar a ser en ocasiones… demasiadas ocasiones. Y ello le lastimó. Comenzó a volar sólo de día, y se enteró que de día el hombre no cambiaba tanto. “Quisiera tocarlos con una lengua de sol, para purificarlos con amor y fuego”, pensaba.
                Se metió de taxista para estar más cerca del caos, para conocer el corazón de todo. Pero menos que un ave, se sentía apenas una pluma. “Trabaja, Efluvio Ausencio, trabaja y olvídate de la Muerte, que ella, yo sé, sabrá encontrarte”, le dictó su profesor.
                Entonces conoció a su mujer, volando sobre Iztapalapa, la vio y bajó de los cielos y su mujer, que aún no lo era, gritó y salió corriendo, creyéndole un halcón o cosa peor. Efluvio Ausencio se presentó en el mismo lugar y a la misma hora por un par de días después, hasta encontrársela y decirle, con franqueza, que los cuatrocientos guerreros que a Coatlicue quisieron matar palidecían en las noches frente al fervor que en él encandecía sólo por saber de ella la existencia. Felipa Ana, que así se llama su mujer, le aceptó acompañarlo a tomar café en algún establecimiento cerca.
                Como una liebre perdida, se metió al vientre de Felipa Ana un hombre en gestación. Efluvio Ausencio y ella decidieron casarse, antes de dar a luz a Ausencio o, como todos lo llamaban, Ause. Como en todo hay sacrificios, Felipa Ana, sin el apoyo de su familia, que desconfiaba de Efluvio Ausencio, se volvió aprendiz de costurera, y él volviose chofer particular de una pareja madura que vivía en Paseo de la Reforma y ocupaba de él de diez a quince horas diarias.
                Y el cosmos meció el tiempo, Ause creció. Pero creció albergando el odio que personas distintas a su padre en él sembraron. Fuera en el barrio, fuera en otro lado, Ause detestaba a todo aquel cuya clase social superara la suya. Por ello, Efluvio Ausencio detuvo el aprendizaje nahual de Ause. “Primero habrá que quitarle el odio. El odio no es bueno ni en la guerra”, pensaba. Y se preguntaba: “¿Sabrá que mis patrones pagaron completita su escuela y la casa donde vivimos? Sus ideas se equivocan. Maldiga Huitzilopóchtli a los que se las pusieron dentro”, se decía, tal vez odiando a su vez un poco, mas nadie es perfecto y, como él veía las cosas, peores eran esos que se buscaban lo jodido para hallar poder entre los hombres, que los ricos que de pobres sacan a gente como su familia. El viento llena de vida a todo, y la vida, casi siempre, tiene un trasfondo.
                El trasfondo de Ause fue la Muerte. Cuando ella lo halló, lo tocó y se lo llevó, él planeaba secuestrar a un familiar de los patrones de su padre. No les sorprenda, Ause pintaba los muros con la sangre de sus manos desde hacía ya un par de años. Había matado, privado, violado. Mas su muerte no tuvo de causa la justicia, tuvo de causa la política que Ause ejercía libremente, sin título, sin partido, sin religión. Sus discursos afirmaban que era tiempo de rebelarse contra los hombres y mujeres ricos, de reafirmar que la UNAM no era aún autónoma, y que la Policía mejor haría en regresarse a su agujero por siempre. “Anárquicamente estaremos mejor”, decía. Hasta que lo apuñalaron treinta veces en Iztapalapa, a una cuadra de donde su padre, Efluvio Ausencio, conoció y abordó a su madre, Felipa Ana; a una cuadre de la raíz de su vida, de su persona… Siempre irrespetuoso, le dijo alguna vez a su padre: “No me avergüenza que seas un sirviente, al contrario. Lo que no tolero es que esa clase de gente para la que trabajas tenga al pueblo de servidumbre. Yo no odio lo que es amor, yo odio lo que de amor no tiene nada”. Su padre le contestó: “Espero que algún día llegues a viejo y sepas toda la verdad de ese padre que tanto amas y de la gente que nos sacó de la miseria”.
                El cadáver no fue dejado ahí, sino que fue conducido a una vieja casa en Lomas de Chapultepec, para formar parte central de una misa negra de antropófagos. Ause, el famoso “Pito”, amado y odiado, mitad y mitad, en Tepito, fue devorado por altos mandatarios y narcotraficantes de la más alta esfera, practicantes de un credo macabro.
                Cuando al tercer día Ause no llegó ni a cenar, Efluvio Ausencio se transformó en ave.
                Buscó en todos los lugares que sabía o pensaba que podría ver a su hijo. No era la primera vez que vigilaba su existencia. Siempre se preocupó, y siempre supo dónde estaba, aunque el qué hacía y el por qué se le escapaban a su razón, pero, según lo que les digo, nunca escaparon a sus instintos.
                Un día, el nahual se cansó, “Iré al templo de Huitzilopóchtli, Huitzilopochco, para presentarme ante el Sol en plena noche y saber que mi hijo está muerto”. Llegó a Huitzilopochco, que vendría siendo Churubusco, e invocó a su Dios. Pero quien apareció fue Tezcatlipoca.
                Efluvio Ausencio quedó casi cegado por la imagen del Dios: una boca profunda y negra, un espejo de humo espeso y oscuro gris; el resto era invisible. Su voz, acompañada por una orquesta de flautas, dijo: “Efluvio Ausencio, hijo del Sol joven y nieto de Tonatihú, me complace saludarte a plena noche, en este ardor”. El ave dijo: “No merezco ni ese nombre ni ese honor”, “¡Te equivocas! Y no me contradigas si tan poca cosa eres. Vengo a hablarte de tu corazón”. Tras un silencio profundo, bajo unas estrellas blancas que en la gran ciudad nunca dejan verse, Efluvio Ausencio contestó: “Mi corazón está roto porque mi hijo debe estar muerto. No lo encuentro, ni como ave ni como hombre. Mi corazón está roto porque mi muchacho murió equivocado, oh Tezcatlipoca”. El Dios soltó una carcajada retumbante y carraspeada y le dijo: “Hijo de Huitzilopóchtli, debes saber que soy el Dios de los esclavos. En mi seno viven muchos hombres equivocados, egoístas, ignorantes, abusivos… pero inocentes. Tu hijo, nieto de Huitzilopóchtli, bisnieto de Tonatihú, parentescos que hoy te informo, está equivocado pero no muerto. En los cientos de viajes que en menos de siete días has hecho sobre la gran ciudad, los has hecho con él en tu corazón, roto, sí, pero también vivo y tuyo. Su corazón, el de tu hijo, se paró y empezó a doler su cuerpo, ah, hasta que el Inframundo lo devoró. Ya de él no queda nada que no sea su presencia en tu interior. El nieto de tu padre sigue vivo”. Efluvio Ausencio graznó de emoción un llanto, reconociendo que era verdad. “Tú y él serán eternos, y tanto su corazón ausente como tu corazón presente serán de donde brote la nueva Tenochtitlán, como sucedió anteriormente. Hoy… Hoy no es el día de la tragedia, es el día de la Creación”.
                Volando Efluvio Ausencio de regreso a su hogar, hablaba con Ause y Ause le contestaba. “¡Qué disparates los del Gran Dios!”, “¡Lo sé, padre!”, “Huitzilopóchtli siempre ha sido más claro”.
                Efluvio Ausencio, ahora conocido por los Dioses como Moyol, que significa corazón, aterrizó en la azotea de su linda casa. Felipa Ana subió para asistirle con oraciones durante la metamorfosis. Él sólo dijo: “Mujer, hoy no vengo solo”.
                El perro negro aúlla, ha finalizado su historia. Y nosotros llevaremos su relato en nosotros hasta el fin de los días. La neblina nos cubre, acariciándonos.

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